6. La Orden de los Jerónimos

En este curso, haremos un viaje en el tiempo para situarnos en los orígenes del monacato cristiano. Conoceremos las distintas órdenes monásticas, a sus fundadores, sus monasterios, su arte, cultura, forma de vida y su importancia para la civilización a través de la historia hasta la actualidad.

Fecha de inicio:
11 de agosto de 2014

Fecha final:
27 de octubre de 2014

Responsable: Hini Llaguno

Moderadores: Catholic.net, Ignacio S, hini, Betancourt, PEPITA GARCIA 2, rosita forero, J Julio Villarreal M, AMunozF, Moderadores Animadores

Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor leoo_torres » Lun Sep 22, 2014 2:26 pm

San Jerónimo en Belén

Dicen que este santo ha sido el hombre que en la antigüedad estudió más y mejor la Santa Biblia.
Nació en Dalmacia (Yugoslavia) en el año 342. Sus padres tenían buena posición económica, y así pudieron enviarlo a estudiar a Roma.

Sus últimos 35 años los pasó San Jerónimo en una gruta, junto a la Cueva de Belén. Varias de las ricas matronas romanas que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén a seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres, y una casa para atender a los peregrinos que llegaban de todas partes del mundo a visitar el sitio donde nació Jesús.

Allí, haciendo penitencia, dedicando muchas horas a la oración y días y semanas y años al estudio de la Santa Biblia, Jerónimo fue redactando escritos llenos de sabiduría, que le dieron fama en todo el mundo.

Con tremenda energía escribía contra los herejes que se atrevían a negar las verdades de nuestra santa religión. Muchas veces se extralimitaba en sus ataques a los enemigos de la verdadera fe, pero después se arrepentía humildemente.

La Santa Iglesia Católica ha reconocido siempre a San Jerónimo como un hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la Santa Biblia. Por eso ha sido nombrado Patrono de todos los que en el mundo se dedican a hacer entender y amar más las Sagradas Escrituras. El Papa Clemente VIII decía que el Espíritu Santo le dio a este gran sabio unas luces muy especiales para poder comprender mejor el Libro Santo. Y el vivir durante 35 años en el país donde Jesús y los grandes personajes de la Santa Biblia vivieron, enseñaron y murieron, le dio mayores luces para poder explicar mejor las palabras del Libro Santo.

Se cuenta que una noche de Navidad, después de que los fieles se fueron de la gruta de Belén, el santo se quedó allí solo rezando y le pareció que el Niño Jesús le decía: "Jerónimo ¿qué me vas a regalar en mi cumpleaños?". Él respondió: "Señor te regalo mi salud, mi fama, mi honor, para que dispongas de todo como mejor te parezca". El Niño Jesús añadió: "¿Y ya no me regalas nada más?". Oh mi amado Salvador, exclamó el anciano, por Ti repartí ya mis bienes entre los pobres. Por Ti he dedicado mi tiempo a estudiar las Sagradas Escrituras... ¿qué más te puedo regalar? Si quisieras, te daría mi cuerpo para que lo quemaras en una hoguera y así poder desgastarme todo por Ti". El Divino Niño le dijo: "Jerónimo: regálame tus pecados para perdonártelos". El santo al oír esto se echó a llorar de emoción y exclamaba: "¡Loco tienes que estar de amor, cuando me pides esto!". Y se dio cuenta de que lo que más deseaba Dios que le ofrezcamos los pecadores es un corazón humillado y arrepentido, que le pide perdón por las faltas cometidas.

El 30 de septiembre del año 420, cuando ya su cuerpo estaba debilitado por tantos trabajos y penitencias, y la vista y la voz agotadas, y Jerónimo parecía más una sombra que un ser viviente, entregó su alma a Dios para ir a recibir el premio de sus fatigas. Se acercaba ya a los 80 años. Más de la mitad los había dedicado a la santidad.


Dios los bendiga y la Virgen del Carmen los cuide.
Leopoldo Torres
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor Marigel » Lun Sep 22, 2014 3:07 pm

Buenas noches a todos
Como vivo en Valencia, creo que lo más adecuado es hablaros de una de las bellezas que tiene esta hermosa tierra y es, precisamente, el Monasterio de los Jerónimos que está en el pueblecito de Alfahuir. No se me da nada bien subir las fotos, aunque está muy bien explicado el cómo hacerlo, pero a cambio, os dejo una web para que podáis ver tranquilamente el lugar y podáis reconocer conmigo que está en un hermosísimo entorno.

MONASTERIO DE SAN JERÓNIMO DE COTALBA (Valencia)
Real Monasterio de San Jerónimo de Cotalba (Valencia)
Bien de Interés Cultural
MSJeroni.JPG
Tipo: Monasterio jerónimo
Ubicación: Bandera de la Comunidad Valenciana (Alfahuir) Valencia, España
Coordenadas: 38°56′26.71″N 0°14′46.34″O
Uso: Culto Iglesia católica
Diócesis: Valencia
Orden: Orden de San Jerónimo
Arquitectura:
Construcción: 1388 - Siglo XVIII
Fundador: Alfonso de Aragón y Foix
Estilo arquitectónico: Mudéjar, Gótico, Renacentista, Barroco y Neoclásico.
http://www.cotalba.es
Allí podemos disfrutar de verdaderas obras de arte como son:
• Lateral del claustro inferior gótico-mudéjar.
• Escalera de estilo gótico-flamígero, junto a la sala capitular.
• Ventanales del claustro renacentista superior.
• Sarcófago medieval de los Infantes Don Juan y Doña Blanca de Aragón, hijos del Duque Alfonso el Viejo.
• Jardines románticos del Monasterio, de principios del s. XX.
• El Real Monasterio de San Jerónimo de Cotalba (en valenciano Sant Jeroni de Cotalba) es un edificio conventual fundado en el año 1388 y construido entre los siglos XIV y XVIII que está localizado en el término municipal de Alfahuir, (Valencia), a 8 km de Gandía.

Historia:
El monasterio se levanta sobre el Tossalet de Cotalba en el término de Alfahuir. Se trata de una de las construcciones monásticas más notables de la Comunidad Valenciana, hecho que se ve acentuado por la gran diversidad estilística de su conjunto que, arrancando de una primitiva estructura gótica medieval se desarrolla fundamentalmente desde el siglo XVI al XVIII y abarca cinco estilos diferenciados: mudéjar, gótico, renacimiento, barroco y neoclásico.
En 1388 el Duque Real Alfonso "el Viejo", nieto de Jaime II y primo de Pedro IV el Ceremonioso, impulsa la construcción del Monasterio, comprando el lugar de Cotalba a los musulmanes y donando este terreno a la comunidad jerónima de Jávea para que se trasladen allí, evitando con ello las reiteradas incursiones de los piratas berberiscos en la costa valenciana ya supone un lugar mucho más seguro. A partir de entonces se inicia la consolidación y expansión de la famosa Orden de los Jerónimos convirtiéndose este monasterio en la Casa Madre, al ser la primera comunidad jerónima establecida en la antigua Corona de Aragón.
Respecto a la edificación del Monasterio, según las crónicas, fue Pere March, padre del conocido poeta valenciano Ausiàs March, como mayordomo del Duque de Gandía, el encargado de organizar e idear la edificación del monasterio. La íntima relación de la familia March con este monasterio queda reflejada en la edificación de una capilla en la iglesia y el enterramiento de varios de sus miembros en ella. En este monasterio descansan también los restos de las dos esposas de Ausiàs March.
El Monasterio se convertirá entonces en el centro espiritual y cultural de la corte del Ducado de Gandía y de la comarca de La Safor. La predilección que su fundador, el Duque Alfonso de Aragón y Foix, siente por el monasterio, se verá reflejada tanto por las continuas donaciones que realiza al monasterio, como por el enterramiento de su esposa, Violante de Aragón (en 1411) y la de dos de sus hijos, los Infantes Juan y Blanca, en el propio monasterio.
Más tarde, será su hijo Alfonso "el Joven" el que continuara la construcción del monasterio, por ejemplo, con el levantamiento del campanario en el año 1412.
Posteriormente, en el siglo XVI, el monasterio tendrá la protección de la familia Borja, siendo la Duquesa de Gandía, María Enríquez de Luna, viuda del duque Juan de Borja y Cattanei y nuera del Papa Alejandro VI, la que realizara obras de ampliación en el monasterio, como el claustro superior de estilo renacentista o el aljibe medieval y las fuentes del Patio de los Naranjos. Más tarde, también pasó sus últimos días en este monasterio Leonor de Castro, esposa de Francisco de Borja, que fue Dama y amiga íntima de la Emperatríz Isabel de Portugal.
La leyenda popular cuenta que en el claustro gótico-mudéjar del monasterio que se encuentra junto a la iglesia, predicó San Vicente Ferrer.
Mención especial merece la figura de Fray Nicolás Borrás, pintor renacentista valenciano, que ingresó como monje en este Monasterio. Es considerado como uno de los más prestigiosos pintores valencianos de su época, siendo discípulo y continuador de Juan de Juanes. Trabajando en el monasterio, se sintió atraído por la vida monástica e ingresó en él a los 45 años, donde un año después, en 1576, hizo testamento y profesó como monje. Pintó el retablo mayor del Monasterio, concluido en 1579 y varios retablos menores junto con otras pinturas para distintas dependencias. Hoy en día todas las pinturas que Fray Nicolás Borrás realizó para el monasterio se encuentran en el Museo de Bellas Artes de Valencia donde se conservan en parte almacenadas debido a su tamaño. La única obra de Nicolás Borrás que aún hoy se conserva en el monasterio es "La Santa Cena", una grisalla realizada al temple, que se encuentra en el antiguo refectorio del monasterio. Debido a las numerosas concesiones que el pintor realizó al monasterio, la comunidad acordó celebrar cincuenta misas todos los años por el alma de Fray Nicolás Borrás y lo incluyó en la lista de benefactores del monasterio.
Desde la desamortización de Mendizábal el monasterio es propiedad de la familia Trénor, que lo adquiere en 1843 y a la cual se le debe la buena conservación del mismo hasta nuestros días y la mejor aportación de la cual han sido los jardines de estilo romántico de la parte norte, que datan de principios del siglo XX. Están inspirados en el estilo de los jardines que el arquitecto paisajista francés Nicolás Forestier realizó en España.
Fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) el 24 de mayo de 1994 mediante el decreto 93/1994 de la Generalidad Valenciana.1 Desde mayo de 2005 el Monasterio esta abierto al público.2 3 Actualmente se puede visitar la mayor parte del monasterio.

Arquitectura:
Se pueden destacar dentro del edificio cuatro grupos constructivos con características homogéneas: la torre del homenaje o de las campanas, la Iglesia, el claustro en sus dos plantas y las dependencias del monasterio propiamente dichas.
La torre del homenaje o de las campanas es el centro de atención del edificio que sobresale por su volumen y altura.
La iglesia es un espacio único de planta basilical sin crucero con la tipología tradicional y característica del gótico valenciano. Se ordena en cuatro tramos de bóveda cubiertos por arcos de crucería. Cuenta con un presbiterio rectangular con añadidos barrocos y un coro elevado con bóveda estrellada. Las capillas laterales se sitúan entre los contrafuertes interiores encontrándose sepulturas en algunas de ellas. La portada, muy deteriorada, es muy sencilla y sigue el esquema típico de estructura ojival moldurada. La actual capilla de la Virgen de la Salud fue la antigua Sala Capitular del monasterio. Adosado a sus muros se encuentra el sarcófago medieval en piedra tallada de los hijos del Duque Alfonso el Viejo: los Infantes Juan y Blanca de Aragón. Constituye un bello ejemplo de escultura funeraria gótica valenciana, que fue elaborado en Játiva en el año 1380, unos años antes de la fundación del monasterio, por el maestro de la piedra Pere Andreu.
El claustro con dos plantas. La inferior está considerada como uno de los más claros y singulares ejemplos del gótico-mudéjar en la Comunidad Valenciana y se trata de un espacio policromo abierto con nervaduras. En el ángulo más cercano a la iglesia se sitúa una escalera helicoidal cuasi flamígera. La parte superior del claustro tiene elementos que lo sitúan en el siglo XVI: la cubierta con nervaduras medievales se opone a los arcos rebajados del exterior. El moldurado y la tipología constructiva son de gusto renacentista.
El Patio de los Naranjos. Las galerías forman un patio central llamado "Patio de los Naranjos", en el que se encuentra un aljibe medieval con 24 fuentes, ordenada construir por la Duquesa de Gandía, María Enríquez de Luna, en el siglo XVI, que almacenaba el agua para el abastecimiento del cenobio, y un pozo que data de los orígenes del monasterio.
El refectorio. De estilo majestuoso, se corresponde con la primera época del edificio y guardaba similitud con el claustro mudéjar del propio monasterio. A lo largo del siglo XVIII los monjes llevan a cabo distintas mejoras en el refectorio, cambiando su aspecto inicial y de las cuales se conserva una pila de agua de piedra. La familia Trénor también realizará diferentes mejoras para convertirlo en un salón de ceremonias. Construirán una gran chimenea al fondo y una escalera imperial, inspirada en la escalera aurea de la Catedral de Burgos, para unir el refectorio con el Salón de Armas de la planta superior.
Las dependencias monacales. El interior del monasterio presenta en ocasiones unos recorridos intrincados y tortuosos y presenta variadas dependencias. El monasterio tiene numerosas salas y salones con solución constructiva similar, consistentes en bóveda de cañón con arcos fajones que reparten el peso de la cubierta.
Los Jardines Románticos. Los jardines de estilo romántico datan de principios del siglo XX y están inspirados en el estilo de los jardines que el arquitecto paisajista francés Nicolás Forestier realizó en España. En ellos se encuentra una interesante variedad de árboles y plantas no autóctonos junto a un lago o estanque artificial que recibe agua por medio de una cascada adosada al acueducto gótico medieval. Los jardines románticos así como el resto de parajes adyacentes al monasterio, constituyen espacios ambientales de interés paisajístico.
Acueducto gótico. Es de destacar el interesante acueducto medieval de estilo gótico del Monasterio, que conducía el agua desde la fuente de Batlamala o de la Finestra, a casi 6 kilómetros, en el término de Almiserà para el abastecimiento del propio monasterio. El acueducto se divide en dos alturas, la inferior del siglo XIV y la superior de los siglos XV y XVI. Su estado de conservación es bueno y puede contemplarse desde los alrededores de la parte posterior del monasterio o desde los jardines románticos del mismo.
El monasterio también cuenta con numerosas dependencias anexas para la explotación agrícola, algunas de las cuales se han habilitado como un embrión de un museo etnológico.

Rutas monumentales:
Ruta de los Monasterios de Valencia (GR-236): El Monasterio supone el inicio de esta ruta religiosa, cultural y turística inaugurada en el año 2008,4 5 que recupera una antigua senda religiosa medieval. La "Ruta de los Monasterios de Valencia" tiene su comienzo en la cercana ciudad de Gandía, a solo 8 km. del monasterio y su primera etapa es el Monasterio de San Jerónimo de Cotalba, pudiéndose visitar el monasterio por medio de cuatro itinerarios o maneras diferentes:
• A pie, acondicionada y señalizada para la práctica del senderismo.
• En coche.
• En bicicleta de montaña, acondicionada y señalizada para la práctica de BTT.
• A caballo, señalizada y homologada por la Real Federación Hípica Española (RFHE).
Ruta de los Borja: El Monasterio supone la continuación, después de visitar la impronta borgiana en Gandía, de esta ruta cultural 6 7 que recoge la huella y el esplendor de la familia valenciana más universal, los Borja o "Borgia" en la Comunidad Valenciana. El Monasterio de San Jerónimo de Cotalba contó con la protección de la familia Borja, siendo la duquesa de Gandía, María Enríquez de Luna, viuda del duque Juan de Borja y Cattanei y nuera del Papa Alejandro VI, quien realizó obras de ampliación en el monasterio, como el claustro superior de estilo renacentista o el aljibe medieval y las fuentes del patio de los Naranjos. Más tarde, también pasó sus últimos días en este monasterio la esposa de Francisco de Borja, Leonor de Castro, que fue Dama y amiga íntima de la Emperatríz Isabel de Portugal.

Visitas:
Algunas dependencias son privadas pero se puede visitar la mayor parte del monasterio. Las visitas comprenden el patio de entrada con la torre gótica, patio de los naranjos, claustro mudéjar, la iglesia con capilla barroca, antigua sala capitular, la almazara, silo, lagar, caballerizas, antigua cocina de los frailes, el refectorio, los jardines románticos y el acueducto gótico. Para realizar las visitas conviene consultar los horarios actualizados de visitas en el portal del monasterio.
PAZ Y VIDA
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor NOEMAR » Lun Sep 22, 2014 3:12 pm

Santa Paula


Santa Paula nació el 5 de mayo de 347. Por parte de su madre, tenía parentesco con los Escipiones, con los Gracos y Paulo Emilio. Su padre pretendía ser descendiente de Agamenón. Paula tuvo un hijo, llamado Toxocio como su marido y cuatro hijas: Blesila, Paulina, Eustoquio y Rufina.

Paula era muy virtuosa como mujer casada y con su marido edificaron a Roma con su ejemplo. Sin embargo ella tenía sus defectos, particularmente el de cierto amor a la vida mundana, lo cual era difícil de evitar por su alta posición social. Al principio Paula no se daba cuenta de esta secreta tendencia de su corazón, pero la muerte de su esposo, ocurrida cuando ella tenía 33 años, le abrió los ojos. Su pena fue inmoderada hasta el momento en que su amiga Santa Marcela, una viuda romana que asombraba con sus penitencias, la persuadió de que se entregara totalmente a Dios. A partir de entonces, Paula vivió en la mayor austeridad.

Su comida era muy sencilla, y no bebía vino; dormía en el suelo, sobre un saco; renunció por completo a las diversiones y a la vida social; y repartió entre los pobres todo aquello que le pertenecía y evitó lo que pudiera distraerla de sus buenas obras.

En una ocasión ofreció hospitalidad a San Epifanio de Salamis y a San Paulino de Antioquía, cuando fueron a roma. Ellos le presentaron a San Jerónimo, con quien la santa estuvo estrechamente asociada en el servicio de Dios mientras vivió en Roma, bajo el Papa San Dámaso.

Santa Blesila, la hija mayor de Santa Paula, murió súbitamente, cosa que hizo sufrir mucho a la piadosa viuda. San Jerónimo, que acababa de volver de Belén, le escribió una carta de consuelo, en la que no dejaba de reprenderla por la pena excesiva que manifestaba sin pensar que su hija había ido a recibir el premio celestial. Paulina, su segunda hija, estaba casada con San Pamaquio, y murió siete años antes que su madre. Santa Eustoquio, su tercera hija, fue su inseparable compañera. Rufina murió siendo todavía joven.

Cuanto mas progresaba Santa Paula en el gusto de las cosas divinas, mas insoportable se le hacía la tumultuosa vida de la ciudad. La santa suspiraba por el desierto, y deseaba vivir en una ermita, sin tener otra cosa en que ocuparse más que en pensar en Dios. Determinó, pues, dejar su casa, su familia y sus amigos y partir de Roma. Aunque era la más amante de las madres, las lágrimas de Toxocio y Rufina no lograron desviarla de su propósito. Santa Paula se embarcó con su hija Eustoquio, el año 385; visitó a San Epifanio en Chipre, y se reunió con San Jerónimo y otros peregrinos en Antioquía. Los peregrinos visitaron los Santos Lugares de Palestina y fueron a Egipto a ver a los monjes y anacoretas del desierto. Un año más tarde llegaron a Belén, donde Santa Paula y Santa Eustoquio se quedaron bajo la dirección de San Jerónimo.

Las dos santas vivieron en una choza, hasta que se acabó de construir el monasterio para hombres y los tres monasterios para mujeres. Estos últimos constituían propiamente una sola casa, ya que las tres comunidades se reunían noche y día en la capilla para el oficio divino, y los domingos en la Iglesia próxima. La alimentación era escasa y mala, los ayunos frecuentes y severos.



Todas las religiosas ejercían algún oficio y tejían vestidos para sí y para los demás. Todos vestían un hábito idéntico. Ningún hombre podía entrar en el recinto de los monasterios. Paula gobernaba con gran caridad y discreción. Era la primera en cumplir las reglas, y participaba, como Eustoquio, en los trabajos de la casa. Si alguna religiosa se mostraba locuaz o airada, su penitencia consistía en aislarse de la comunidad, colocarse la última en las filas, orar fuera de las puertas y comer aparte, durante algún tiempo. Paula quería que el amor a la pobreza se manifestase también en los edificios e iglesias, que eran construcciones bajas y sin ningún adorno costoso. Según la santa, era preferible repartir el dinero entre los pobres, miembros vivos de Cristo.

Paladio afirma que Santa Paula se ocupaba de atender a San Jerónimo, y le fue a éste de gran utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y en Palestina había aprendido suficiente hebreo para cantar los salmos en la lengua original. Además, San jerónimo la había iniciado en las cuestiones exegéticas lo bastante para que Paula pudiese seguir con interés su desagradable discusión con el obispo Juan de Jerusalén sobre el origenismo. Los últimos años de la santa se vieron ensombrecidos por esta disputa y por las preocupaciones económicas que su generosidad había producido. Toxocio, el hijo de Santa Paula, se casó con Leta, la hija de un sacerdote pagano, que era cristiana. Ambos fueron fieles imitadores de la vida de su madre y enviaron a su hija Paula a educarse en Jerusalén al cuidado de su abuela. Paula, la joven, sucedió a Santa Paula en el gobierno de los monasterios. San Jerónimo envió a Leta algunos consejos para la educación de su hija, que todos los padres deberían leer. Dios llamó a sí a Santa Paula a los 56 años de edad. Durante su última enfermedad, la santa repetía incansablemente los versos de los salmos que expresaban el deseo del alma de ver la Jerusalén celestial y de unirse con Dios.

Cuando perdió el habla, Santa Paula hacía la señal de la cruz sobre sus labios. Murió en la paz del señor, el 26 de enero del año 404.
NOEMAR
 
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor jaime a. mejía rosales » Lun Sep 22, 2014 3:16 pm

Estimados en Cristo: aquí mi aportación al tema.

LA ORDEN DE SAN JERÓNIMO

San Jerónimo es conocido como Padre y Doctor de la Iglesia latina y como traductor de la Biblia al latín, la Vulgata. Pero es menos sabido que fue monje y fundador. Pues «en rigor es él el primer monje occidental, el más laborioso y el más metódico de los cenobitas. Su misión fue organizar el movimiento, encauzándolo hacia el estudio de los libros santos» (Fray Justo Pérez de Urbel).

En efecto, Jerónimo fue escriturista, erudito, hagiógrafo, moralista, psicólogo, polemista, literato, sacerdote; pero ante todo, monje. Y no un monje cualquiera. Y es que él fue el gran enamorado de Cristo, que puso todo su empeño en conocerle más y más, y mejor imitarle. De aquí los dos grandes ideales a los que dedicó toda su vida: la Sagrada Escritura y la vida monástica.

Después de haberse impregnado de toda la sabiduría clásica y de haber sufrido en el desierto un duro aprendizaje de oración, penitencia y meditación asidua de la ley del Señor, que le purificó y capacitó para transmitir el mensaje evangélico, esbozó en Roma e instituyó en Belén, a mediados del siglo IV, en los monasterios construidos por [b]Santa Paula Romana, [/b]un «género de vida celestial».

Al tiempo que surgía la Orden Jerónima, [b]un grupo de mujeres de santa vida[/b], dirigidas por Dª María García, se retiraban en unas casas de Toledo para consagrar sus vidas a Dios en oración y penitencia. Alma de esta floración es fray Pedro Fernández Pecha que en el 1374 fundaba el monasterio de Santa María de La Sisla en las proximidades de la ciudad. Él las atiende, la orienta y les va perfilando su modo de vida en todo semejante a la recién fundada Orden de San Jerónimo. Este primer brote dio origen al monasterio de San Pablo “de beatas de San Jerónimo”, como se las comenzó a llamar, con gran fama de observancia y santidad. La Orden se hizo cargo de dicho monasterio hacia 1464, si bien no fue incorporado jurídicamente hasta el Capítulo general del 1510, cambiando entonces el nombre de beatas por el de religiosas.

Una veintena de [b]monasterios de monjas emularon la vida que Santa Paula inauguró en Belén.[/b] Casi todos fueron fundados del siglo XV al XVII inclusive. La exclaustración aunque a las monjas no les afectaba directamente pero sin embargo sus monasterios sufren distintas vicisitudes que se agravan por no tener el apoyo de los monjes, ni existir entre ellos dependencia jurídica. La mayoría van manteniéndose, unos mejor que otros, hasta encontrar un favorable refuerzo con la restauración de los monjes, y sobre todo con el fuerte impulso que promovió la M. Cristina de la Cruz al constituirse la Federación Jerónima de Santa Paula que une a todos los monasterios femeninos.

En la actualidad cuentan con:

San Pablo (Toledo, 1464)
Santa Marta (Córdoba, 1464)
Santa Paula (Sevilla, 1475)
San Matías (Barcelona, 1475)
Santa María de la Concepción (Trujillo, Cáceres, 1478)
Santa Isabel (Palma de Mallorca, 1485)
La Concepción Jerónima (Madrid, 1504)
San Bartolomé (Inca, Baleares, 1530)
Santa Paula (Granada, 1540)
Santa María de la Asunción (Morón de la Frontera, Sevilla, 1568)
Nuestra Señora de los Remedios (Yunquera de Henares, Guadalajara, 1572)
Nuestra Señora de la Salud (Garrovillas, Cáceres, 1572)
Corpus Christi (Madrid, 1605)
Nuestra Señora de los Ángeles (Constantina, Sevilla, 1951)
Nuestra Señora de las Mercedes (Almodóvar del Campo, Ciudad Real, 1964)
Santa María de Jesús (Cáceres, 1975)
Nuestra Señora de Belén (Toral de los Guzmanes, León, 1990)
Mater Eclessiae (Punalur, Kerala, India, 2000)

Les comparto este link que contiene una presentación multi-media deseando sea de su agrado.

http://www.santapaula.es/presentacion_multimedia.php

Saludos y que Dios los bendiga ;)
jaime a. mejía rosales
 
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor AMunozF » Lun Sep 22, 2014 3:33 pm

----------------------------------------CATEQUESIS DE S.S. BENEDICTO XVI----------------------------------------

[ 1 ] - Intervención de S.S. Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 7 de noviembre de 2007 en la que presentó a San Jerónimo; su vida.

Hoy concentraremos nuestra atención en san Jerónimo, un padre de la Iglesia que puso en el centro de su vida la Biblia: la tradujo al latín, la comentó en sus obras, y sobre todo se comprometió a vivirla concretamente en su larga existencia terrena, a pesar de su conocido carácter difícil y fogoso que le dio la naturaleza.
Jerónimo nació en Estridón en torno al año 347 de una familia cristiana, que le dio una fina formación, enviándole a Roma para que perfeccionara sus estudios. Siendo joven sintió el atractivo de la vida mundana (Cf. Epístola 22,7), pero prevaleció en él el deseo y el interés por la religión cristiana.
Tras recibir el bautismo, hacia el año 366, se orientó hacia la vida ascética y, al ir a vivir a Aquileya, se integró en un grupo de cristianos fervorosos, definido por el como una especie de «coro de bienaventurados» (Chron. ad ann. 374) reunido alrededor del obispo Valeriano.
Se fue después a Oriente y vivió como eremita en el desierto de Calcide, en el sur de Alepo (Cf. Epístolas 14,10), dedicándose seriamente al estudio. Perfeccionó el griego, comenzó a estudiar hebreo (Cf. Epístola 125,12), trascribió códigos y obras patrísticas (Cf. Epístolas 5, 2). La meditación, la soledad, el contacto con la Palabra de Dios maduraron su sensibilidad cristiana.
Sintió de una manera más aguda el peso de su pasado juvenil (Cf. Epístola 22, 7), y experimentó profundamente el contraste entre la mentalidad pagana y la cristiana: un contraste que se ha hecho famoso a causa de la dramática y viva «visión» que nos dejó en una narración. En ella le pareció sentir que era flagelado en presencia de Dios, porque era «ciceroniano y no cristianxo» (Cf. Epístola 22, 30)
En el año 382 se fue a vivir a Roma: aquí, el Papa Dámaso, conociendo su fama de asceta y su competencia como estudioso, le tomó como secretario y consejero; le alentó a emprender una nueva traducción latina de los textos bíblicos por motivos pastorales y culturales.
Algunas personas de la aristocracia romana, sobre todo mujeres nobles como Paula, Marcela, Asela, Lea y otras, que deseaban empeñarse en el camino de la perfección cristiana y de profundizar en su conocimiento de la Palabra de Dios, le escogieron como su guía espiritual y maestro en el método de leer los textos sagrados. Estas mujeres tamben aprendieron griego y hebreo.
Después de la muerte del Papa Dámaso, Jerónimo dejó Roma en el año 385 y emprendió una peregrinación, ante todo a Tierra Santa, silenciosa testigo de la vida terrena de Cristo, y después a Egipto, tierra elegida por muchos monjes (Cf. «Contra Rufinum» 3,22; Epístola 108,6-14)
En el año 386 se detuvo en Belén, donde gracias a la generosidad de una mujer noble, Paula, se construyeron un monasterio masculino, uno femenino, y un hospicio para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, «pensando en que María y José no habían encontrado albergue» (Epístola 108,14)
Se quedó en Belén hasta la muerte, continuando una intensa actividad: comentó la Palabra de Dios; defendió la fe, oponiéndose con vigor a las herejías; exhortó a los monjes a la perfección; enseñó cultura clásica y cristiana a jóvenes; acogió con espíritu pastoral a los peregrinos que visitaban Tierra Santa. Falleció en su celda, junto a la gruta de la Natividad, el 30 de septiembre de 419/420.
La formación literaria y su amplia erudición permitieron a Jerónimo revisar y traducir muchos textos bíblicos: un precioso trabajo para la Iglesia latina y para la cultura occidental. Basándose e los textos originales en griego y en hebreo, comparándolos con las versiones precedentes, revisó los cuatro evangelios en latín, luego los Salmos y buena parte del Antiguo Testamento.
Teniendo en cuenta el original hebreo y el griego de los Setenta, la clásica versión griega del Antiguo Testamento que se remonta a tiempos precedentes al cristianismo, y de las precedentes versiones latinas, Jerónimo, ayudado después por otros colaboradores, pudo ofrecer una traducción mejor: constituye la así llamada «Vulgata», el texto «oficial» de la Iglesia latina, que fue reconocido como tal en el Concilio de Trento y que, después de la reciente revisión, sigue siendo el texto «oficial» de la Iglesia en latín.
Es interesante comprobar los criterios a los que se atuvo el gran biblista en su obra de traductor. Los revela él mismo cuando afirma que respeta incluso el orden de las palabras de las Sagradas Escrituras, pues en ellas, dice, «incluso el orden de las palabras es un misterio» (Epístola 57,5), es decir, una revelación.
Confirma, además, la necesidad de recurrir a los textos originales: «En caso de que surgiera una discusión entre los latinos sobre el Nuevo Testamento a causa de las lecciones discordantes de los manuscritos, recurramos al original, es decir, al texto griego en el que se escribió el Nuevo Pacto. Lo mismo sucede con el Antiguo Testamento, si hay divergencia entre los textos griegos y latinos, recurramos al texto original, el hebreo; de este modo, todo lo que surge del manantial lo podemos encontrar en los riachuelos» (Epístola 106,2)
Jerónimo, además, comentó también muchos textos bíblicos. Para él los comentarios tienen que ofrecer opiniones múltiples, «de manera que el lector prudente, después de haber leído las diferentes explicaciones y de haber conocido múltiples pareceres —que tiene que aceptar o rechazar— juzgue cuál es el más atendible y, como un experto agente de cambio, rechaza la moneda falsa» («Contra Rufinum» 1,16)
Confutó con energía y vivacidad a los herejes que no aceptaban la tradición y la fe de la Iglesia. Demostró también la importancia y la validez de la literatura cristiana, convertida en una auténtica cultura que para entonces ya era digna de ser confrontada con la clásica: lo hico redactando «De viris illustribus», una obra en la que Jerónimo presenta las biografías de más de un centenar de autores cristianos.
Escribió biografías puras de monjes, ilustrando junto a otros itinerarios espirituales el ideal monástico; además, tradujo varias obras de autores griegos. Por último, en el importante Epistolario, auténtica obra maestra de la literatura latina, Jerónimo destaca por sus características de hombre culto, asceta y guía de las almas.
¿Qué podemos aprender de san Jerónimo? Sobre todo me parece lo siguiente: amar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. Dice san Jerónimo: «Ignorar las escrituras es ignorar a Cristo». Por ello es importante que todo cristiano viva en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios, que se nos entrega en la Sagrada Escritura.
Este diálogo con ella debe tener siempre dos dimensiones: por una parte, tiene que darse un diálogo realmente personal, pues Dios habla con cada uno de nosotros a través de la Sagrada Escritura y tiene un mensaje para cada uno. No tenemos que leer la Sagrada Escritura como una palabra del pasado, sino como Palabra de Dios que se nos dirige también a nosotros y tratar de entender lo que nos quiere decir el Señor.
Pero para no caer en el individualismo tenemos que tener presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para edificar comunión, para unirnos en la verdad de nuestro camino hacia Dios. Por tanto, a pesar de que siempre es una palabra personal, es también una Palabra que edifica la comunidad, que edifica a la Iglesia. Por ello tenemos que leerla en comunión con la Iglesia viva. El lugar privilegiado de la lectura y de la escucha de la Palabra de Dios es la liturgia, en la que al celebrar la Palabra y al hacer presente en el Sacramento el Cuerpo de Cristo, actualizamos la Palabra en nuestra vida y la hacemos presente entre nosotros.
No tenemos que olvidar nunca que la Palabra de Dios trasciende los tiempos. Las opiniones humanas vienen y se van. Lo que hoy es modernísimo, mañana será viejísimo. La Palabra de Dios, por el contrario, es Palabra de vida eterna, lleva en sí la eternidad, lo que vale para siempre. Al llevar en nosotros la Palabra de Dios, llevamos por tanto en nosotros la vida eterna.
Concluyo con una frase dirigida por san Jerónimo a san Paulino de Nola. En ella, el gran exegeta expresa precisamente esta realidad, es decir, en la Palabra de Dios recibimos la eternidad, la vida eterna. San Jerónimo dice: «Tratemos de aprender en la tierra esas verdades cuya consistencia permanecerá también en el tiempo» (Epístola 53,10).


[ 2 ] - Intervención de S.S. Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 14 de noviembre de 2007 en la que presentó a San Jerónimo; sus enseñanzas.

Continuamos hoy presentando la figura de san Jerónimo. Como dijimos el miércoles pasado, dedicó su vida al estudio de la Biblia, hasta el punto de que fue reconocido por mi predecesor, el Papa Benedicto XV, como «eminente doctor en la interpretación de las Sagradas Escrituras». Jerónimo subrayaba la alegría y la importancia de familiarizarse con los textos bíblicos: «¿No te parece que estás —ya aquí, en la tierra— en el reino de los cielos, cuando se vive entre estos textos, cuando se medita en ellos, cuando no se busca otra cosa?» (Epístola 53, 10). En realidad, dialogar con Dios, con su Palabra, es en un cierto sentido presencia del Cielo, es decir, presencia de Dios. Acercarse a los textos bíblicos, sobre todo al Nuevo Testamento, es esencial para el creyente, pues «ignorar la Escritura es ignorar a Cristo». Es suya esta famosa frase, citada por el Concilio Vaticano II en la constitución «Dei Verbum» (n. 25)
«Enamorado» verdaderamente de la Palabra de Dios, se preguntaba: «¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?» (Epístola 30, 7). La Biblia, instrumento «con el que cada día Dios habla a los fieles» (Epístola 133, 13), se convierte de este modo en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona.
Leer la Escritura es conversar con Dios: «Si rezas —escribe a una joven noble de Roma— hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla» (Epístola 22, 25). El estudio y la meditación de la Escritura hacen sabio y sereno al hombre (Cf. «In Eph.», prólogo). Ciertamente para penetrar de una manera cada vez más profunda en la Palabra de Dios se necesita una aplicación constante y progresiva. Por este motivo, Jerónimo recomendaba al sacerdote Nepociano: «Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; es más, que el Libro no se caiga nunca de tus manos. Aprende en él lo que tienes que enseñar» (Epístola 52, 7). A la matrona romana, Leta, le daba estos consejos para la educación cristiana de su hija: «Asegúrate de que estudie todos los días algún pasaje de la Escritura… Que acompañe la oración con la lectura, y la lectura con la oración… Que ame los Libros divinos en vez de las joyas y los vestidos de seda» (Epístola 107,9.12). Con la meditación y la ciencia de las Escrituras se «mantiene el equilibrio del alma» («Ad Eph.», pról.). Sólo un profundo espíritu de oración y la ayuda del Espíritu Santo pueden introducirnos en la comprensión de la Biblia: «Al interpretar la Sagrada Escritura siempre tenemos necesidad de la ayuda del Espíritu Santo» («In Mich.», 1,1,10,15)
Un amor apasionado por las Escrituras caracterizó por tanto toda la vida de Jerónimo, un amor que siempre trató de suscitar en los fieles. Recomendaba a una de sus hijas espirituales: «Ama la Sagrada Escritura y la sabiduría te amará; ámala tiernamente, y te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias. Que sea para ti como tus collares y tus pendientes» (Epístola 130, 20). Y añadía: «Ama la ciencia de la Escritura, y no amarás los vicios de la carne» (Epístola 125,11)
Para Jerónimo, un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia. Por nosotros mismos nunca podemos leer la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Biblia fue escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Sólo en esta comunión con el Pueblo de Dios podemos entrar realmente con el «nosotros» en el núcleo de la verdad que Dios mismo nos quiere comunicar. Para él una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia católica. No se trata de una exigencia impuesta a este libro desde el exterior; el Libro es precisamente la voz del Pueblo de Dios que peregrina y sólo en la fe de este Pueblo podemos estar, por así decir, en el tono adecuado para comprender la Sagrada Escritura. Por este motivo, Jerónimo alentaba: «Permanece firmemente unido a la doctrina de la tradición que te ha sido enseñada para que puedas exhortar según la sana doctrina y refutar a quienes la contradicen» (Epístola 52,7). En particular, dado que Jesucristo fundó su Iglesia sobre Pedro, todo cristiano, concluía, debe estar en comunión «con la Cátedra de san Pedro. Yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia» (Epístola 15, 2). Por tanto, con claridad, declaraba: «Estoy con quien esté unido a la Cátedra de san Pedro» (Epístola 16)
Jerónimo no descuida el aspecto ético. Con frecuencia reafirma el deber de acordar la vida con la Palabra divina. Una coherencia indispensable para todo cristiano y particularmente para el predicador, a fin de que sus acciones no contradigan sus discursos.
Así exhorta al sacerdote Nepociano: «Que tus acciones no desmientan tus palabras, para que no suceda que, cuando prediques en la Iglesia, alguien en su intimidad comente: “¿Por qué entonces tú no actúas así?”. Curioso maestro el que, con el estómago lleno, se poner a pronunciar discursos sobre el ayuno; incluso un ladrón puede criticar la avaricia; pero en el sacerdote de Cristo la mente y la palabra deben estar de acuerdo» (Epístola 52,7)
En otra carta, Jerónimo confirma: «Aunque tenga una espléndida doctrina, es vergonzosa la persona que se siente condenada por la propia conciencia» (Epístola 127,4). Hablando de la coherencia, observa: el Evangelio debe traducirse en actitudes de auténtica caridad, pues en todo ser humano está presente la Persona misma de Cristo. Dirigiéndose, por ejemplo, al presbítero Paulino, que después llegó a ser obispo de Nola y santo, Jerónimo le da este consejo: «El verdadero templo de Cristo es el alma del fiel: adorna este santuario, embellécelo, deposita en él tus ofrendas y recibe a Cristo. ¿Qué sentido tiene decorar las paredes con piedras preciosas si Cristo muere de hambre en la persona de un pobre?» (Epístola 58,7)
Jerónimo concretiza: es necesario «vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo» (Epístola 130, 14). El amor por Cristo, alimentado con el estudio y la meditación, nos permite superar toda dificultad: «Si nosotros amamos a Jesucristo y buscamos siempre la unión con Él, nos parecerá fácil lo que es difícil» (Epístola 22,40)
Jerónimo, definido por Próspero de Aquitania, «modelo de conducta y maestro del género humano» («Carmen de ingratis», 57), nos ha dejado también una enseñanza rica y variada sobre el ascetismo cristiano. Recuerda que un valiente compromiso por la perfección requiere una constante vigilancia, frecuentes mortificaciones, aunque con moderación y prudencia, un asiduo trabajo intelectual o manual para evitar el ocio (Cf, Epístolas 125, 11 y 130, 15), y sobre todo la obediencia a Dios: «No hay nada que le agrade tanto a Dios como la obediencia…, que es la más excelsa de las virtudes» («Hom. de oboedientia»: CCL 78,552). Del camino ascético pueden formar también parte las peregrinaciones. En particular, Jerónimo las impulsó a Tierra Santa, donde los peregrinos eran acogidos y hospedados en edificios surgidos junto al monasterio de Belén, gracias a la generosidad de la mujer noble Paula, hija espiritual de Jerónimo (Cf. Epístola 108,14)
No hay que olvidar, por último, la contribución ofrecida por Jerónimo a la pedagogía cristiana (Cf. Epístolas 107 y 128). Se propone formar «un alma que tiene que convertirse en templo del Señor» (Epístola 107,4), una «gema preciosísima» a los ojos de Dios (Epístola 107, 13). Con profunda intuición aconseja preservarla del mal y de las ocasiones de pecado, evitar las amistades equívocas o que disipan (Cf. Epístola 107,4 y 8-9; Cf. también Epístola 128, 3-4). Exhorta sobre todo a los padres a crear un ambiente de serenidad y de alegría alrededor de los hijos, para que les estimulen en el estudio y en el trabajo, y les ayuden con la alabanza y la emulación (Cf. Epístolas 107,4 y 128,1) a superar las dificultades, favoreciendo en ellos las buenas costumbres y preservándoles de las malas porque —dice citando una frase de Publilio Siro que había escuchado en la escuela— «a duras penas lograrás corregirte de las cosas a las que te vas acostumbrando tranquilamente» (Epístola 107, 8)
Los padres son los principales educadores de los hijos, los maestros de vida. Con mucha claridad Jerónimo, dirigiéndose a la madre de una muchacha y luego al padre, advierte, como expresando una exigencia fundamental de toda criatura humana que se asoma a la existencia: «Que ella encuentre en ti a su maestra y que su inexperta adolescencia se oriente hacia ti maravillada. Que nunca vea en ti ni en su padre actitudes que la lleven al pecado. Recordad que podéis educarla más con el ejemplo que con la palabra» (Epístola 107, 9)
Entre las principales intuiciones de Jerónimo como pedagogo hay que subrayar la importancia atribuida a una sana e integral educación desde la primera infancia, la peculiar responsabilidad atribuida a los padres, la urgencia de una formación moral religiosa, la exigencia del estudio para lograr una formación humana más completa.
Además, hay un aspecto bastante descuidado en los tiempos antiguos, pero que era considerado vital por nuestro autor: la promoción de la mujer, a quien reconoce el derecho a una formación completa: humana, académica, religiosa, profesional.
Y precisamente hoy vemos cómo la educación de la personalidad en su integridad, la educación en la responsabilidad ante Dios y ante los hombres, es la auténtica condición de todo progreso, de toda paz, de toda reconciliación y de toda exclusión de la violencia. Educación ante Dios y ante el hombre: la Sagrada Escritura nos ofrece la guía de la educación y, por tanto, del auténtico humanismo.
No podemos concluir estas rápidas observaciones sobre este gran padre de la Iglesia sin mencionar la eficaz contribución que ofreció a la salvaguarda de elementos positivos y válidos de las antiguas culturas judía, griega y romana en la naciente civilización cristiana. Jerónimo reconoció y asimiló los valores artísticos, la riqueza de los sentimientos y la armonía de las imágenes presentes en los clásicos, que educan el corazón y la fantasía en los nobles sentimientos.
Sobre todo, puso en el centro de su vida y de su actividad la Palabra de Dios, que indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad. Por todo esto precisamente en nuestros días podemos sentirnos profundamente agradecidos con san Jerónimo.

Fuente | Autor : http://www.vatican.va
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor mariagselva » Lun Sep 22, 2014 5:09 pm

Imagen
San Jeronimo:
-"Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo"
-"¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?"
-"Estoy con quien esté unido a la Cátedra de san Pedro" "yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia".
La Biblia de Gutenberg
A solicitud del Pontífice y de acuerdo con los textos griegos, revisó la versión latina de los Evangelios que "había sido desfigurada con transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras descuidadas".
La Biblia de Gutenberg es el primer gran libro impreso en Europa occidental a partir de tipos móviles de metal.
La Vulgata es una traducción de la Biblia hebrea y griega al latín, realizada a finales del siglo IV (en el 382 d.C.) por Jerónimo . Fue encargada por el papa Dámaso I dos años antes de su muerte (366-384). La versión toma su nombre de la frase vulgata editio (edición divulgada) y se escribió en un latín corriente que Jerónimo dominaba. El objetivo de la Vulgata era ser más fácil de entender . Al mismo tiempo, hizo la primera revisión al salterio en latín.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor Adrianajannet » Lun Sep 22, 2014 5:54 pm

SAN JERÓNIMO
Fiesta 30 Septiembre

Uno de los cuatro Doctores originales de la Iglesia Latina. Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato.
(347-420)

En breve:
Nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado. Abrazó la vida ascética, marchó al Oriente y fue ordenado presbítero. Volvió a Roma y fue secretario del papa Dámaso. Fue en esta época cuando empezó su traducción latina de la Biblia. También promovió la vida monástica. Más tarde, se estableció en Belén, donde trabajó mucho por el bien de la Iglesia. Escribió gran cantidad de obras, principalmente comentarios de la sagrada Escritura. Murió en Belén el año 420.
________________________________________
San Jerónimo
Audiencias de Benedicto XVI: 7 de noviembre y 14 de noviembre, 2007
Síntesis de las audiencias sobre S. Jerónimo:
San Jerónimo:
-"Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo"
-"¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?"
-"Estoy con quien esté unido a la Cátedra de san Pedro" "yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia".
La Biblia, instrumento «con el que cada día Dios habla a los fieles, se convierte de este modo en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona».

Leer la Escritura es conversar con Dios: «Si rezas --escribe a una joven noble de Roma--hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla».

Como interpretar la Biblia
«un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia».

«Por nosotros mismos nunca podemos leer la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Biblia fue escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo»

«Sólo en esta comunión con el Pueblo de Dios podemos entrar realmente con el “nosotros” en el núcleo de la verdad que Dios mismo nos quiere decir».

«Para él una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia católica».

La lectura de la Escritura lleva al santo a entregarse a los demás: es necesario «vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijar a los que no tienen un techo».

La Palabra de Dios «indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad».
________________________________________
Vida de San JERÓNIMO (Eusebius Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma. En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde. Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años )y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, "teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos". Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios.
En el año de 370, Jerónimo se estableció temporalmente en Aquilea donde el obispo, San Valeriano, se había atraído a tantos elementos valiosos, que su clero era famoso en toda la Iglesia de occidente. Jerónimo tuvo amistad con varios de aquellos clérigos, cuyos nombres aparecen en sus escritos. Entre ellos se encontraba San Cromacio, el sacerdote que sucedió a Valeriano en la sede episcopal, sus dos hermanos, los diáconos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y su sobrino Nepotiano y, sobre todo, se hallaba ahí Rufino, el que fue, primero, amigo del alma de Jerónimo y, luego, su encarnizado opositor. Ya para entonces, Rufino provocaba contradicciones y violentas discusiones, con lo cual comenzaba a crearse enemigos. Al cabo de dos años, algún conflicto, sin duda más grave que los otros, disolvió al grupo de amigos, y Jerónimo decidió retirarse a alguna comarca lejana ya que Bonoso, el que había sido compañero suyo de estudios y de viajes desde la infancia, se fue a vivir en una isla desierta del Adriático. Jerónimo, por su parte, había conocido en Aquilea a Evagrio, un sacerdote de Antioquía con merecida fama de ciencia y virtud, quien despertó el interés del joven por el oriente, y hacia allá partió con sus amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, éste último había sido esclavo de Santa Melania.
Jerónimo llegó a Antioquía en 374 y ahí permaneció durante cierto tiempo. Inocencio e Hylas fueron atacados por una grave enfermedad y los dos murieron; Jerónimo también estuvo enfermo, pero sanó. En una de sus cartas a Santa Eustoquio le cuenta que en el delirio de su fiebre tuvo un sueño en el que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado. Al preguntársele quién era, repuso que un cristiano. "¡Mientes!", le replicaron. "Tú eres un ciceroniano, puesto que donde tienes tu tesoro está también tu corazón". Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su espíritu y su encuentro con San Maleo, cuya extraña historia se relata en esta obra en la fecha del 21 de octubre, ahondó todavía más el sentimiento. Corno consecuencia de aquellas emociones, Jerónimo se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma. Ahí soportó grandes sufrimientos a causa de los quebrantos de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales.
"En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto", escribió años más tarde a Santa Eustoquio, "quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma ... En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma". De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular, rnonótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginación desatada. Se propuso aprender el hebreo. "Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos", dijo en una carta fechada en el año 411 y dirigida al monje Rústico, "como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido judío, a fin de que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, de las juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicerón, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio, pasé a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas. ¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios". No obstante su tenaz aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto se daba tiempo para releer a los clásicos paganos.
Por aquel entonces, la Iglesia de Antioquía sufría perturbaciones a causa de las disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de Calquis también tomaron partido en aquellas disensiones e insistían en que Jerónimo hiciese lo propio y se pronunciase sobre los asuntos en discusión. El habría preferido mantenerse al margen de las disputas, pero de todas maneras, escribió dos cartas a San Dámaso, que ocupaba la sede pontificia desde el año 366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia cuáles tendencias se inclinaba. En la primera de sus cartas dice: "Estoy unido en comunión con vuestra santidad, o sea con la silla de Pedro; yo sé que, sobre esa piedra, está construida la Iglesia y quien coma al Cordero fuera de esa santa casa, es un profano. El que no esté dentro del arca, perecerá en el diluvio. No conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extraño para mí. Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no está con Cristo, pertenece al anticristo... Ordenadme, si tenéis a bien, lo que yo debo hacer". Como Jerónimo no recibiese pronto una respuesta, envió una segunda carta sobre el mismo asunto. No conocemos la contestación de San Dámaso, pero es cosa cierta que el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de Antioquía y que Jerónimo recibió la ordenación sacerdotal de manos del Pontífice, cuando al fin se decidió a abandonar el desierto de Calquis. El no deseaba la ordenación (nunca celebró el santo sacrificio) y, si consintió en recibirla, fue bajo la condición de que no estaba obligado a servir a tal o cual iglesia con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones le llamaban a la vida monástica de reclusión. Poco después de recibir las órdenes, se trasladó a Constantinopla a fin de estudiar las Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nazianceno. En muchas partes de sus escritos Jerónimo se refiere con evidente satisfacción y gratitud a aquel período en que tuvo el honor de que tan gran maestro le explicase la divina palabra. En el año de 382, San Gregorio abandonó Constantinopla, y Jerónimo regresó a Roma, junto con Paulino de Antioquía y San Epifanio, para tomar parte en el concilio convocado por San Dámaso a fin de discutir el cisma de Antioquía. Al término de la asamblea, el Papa lo detuvo en Roma y lo empleó como a su secretario. A solicitud del Pontífice y de acuerdo con los textos griegos, revisó la versión latina de los Evangelios que "había sido desfigurada con transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras descuidadas". Al mismo tiempo, hizo la primera revisión al salterio en latín.
Al mismo tiempo que desarrollaba aquellas actividades oficiales, alentaba y dirigía el extraordinario florecimiento del ascetismo que tenía lugar entre las más nobles damas romanas. Entre ellas se encuentran muchos nombres famosos en la antigua cristiandad, corno el de Santa Marcela, a quien nos referimos en esta obra el 31 de enero, junto con su hermana Santa Asela y la madre de ambas, Santa Albina; Santa Léa, Santa Melania la Mayor, la primera de aquellas damas que hizo una peregrinación a Tierra Santa; Santa Fabiola (27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas, Santa Blesila y Santa Eustoquio (28 de septiembre). Pero al morir San Dámaso, en el año de 384, el secretario quedó sin protección y se encontró, de buenas a primeras, en una situación difícil. En sus dos años de actuación pública, había causado profunda impresión en Roma por su santidad personal, su ciencia y su honradez, pero precisamente por eso, se había creado antipatías entre los envidiosos, entre los paganos y gentes de mal vivir, a quienes había condenado vigorosamente y también entre las gentes sencillas y de buena voluntad, que se ofendían por las palabras duras, claras y directas del santo y por sus ingeniosos sarcasmos. Cuando hizo un escrito en defensa de la decisión de Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que súbitamente renunció al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jerónimo satirizó y criticó despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila hacía ostentación, atacó a aquellas damas "que se pintan las mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro, demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas. Son esas mujeres a las que el paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos". No se mostró menos áspero en sus críticas a la sociedad cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que escribió a Santa Eustoquio, donde ataca con particular fiereza a ciertos elementos del clero. "Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas ... Se les tomaría por novios y no por clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas". Después de semejante proemio, describe a cierto clérigo en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que va a engullir y usa su lengua en forma bárbara y despiadada. Jerónimo escribió a Santa Marcela en relación con cierto caballero que se suponía, erróneamente, blanco de sus ataques. "Yo me divierto en grande y me río de la fealdad de los gusanos, las lechuzas y los cocodrilos, pero él lo toma todo para sí mismo ... Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podría pasar por un hombre bien parecido y sabio".
A nadie le puede extrañar que, por justificadas que fuesen sus críticas, causasen resentimientos tan sólo por la manera de expresarlas. En consecuencia, su propia reputación fue atacada con violencia y su modestia, su sencillez, su manera de caminar y de sonreír fueron, a su vez, blanco de los ataques de los demás. Ni la reconocida virtud de las nobles damas que marchaban por el camino del bien bajo su dirección, ni la forma absolutamente discreta de su comportamiento, le salvaron de las calumnias. Por toda Roma circularon las murmuraciones escandalosas respecto a las relaciones de San Jerónimo con Santa Paula. Las cosas llegaron a tal extremo, que el santo, en el colmo de la indignación, decidió abandonar Roma y buscar algún retiro tranquilo en el oriente. Antes de partir, escribió una hermosa apología en forma de carta dirigida a Santa Asela. "Saluda a Paula y a Eustoquio, mías en Cristo, lo quiera el mundo o no lo quiera", concluye aquella epístola. "Diles que todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en qué espíritu vivió cada uno de nosotros". En el mes de agosto del año 385, se embarcó en Porto y, nueve meses más tarde, se reunieron con él en Antioquía, Paula, Eustoquio y las otras damas romanas que habían resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jerónimo, aquellas mujeres se establecieron en Belén y Jerusalén, pero antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandría.
Gracias a la generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres, próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. El propio Jerónimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde nació el Salvador. En aquel mismo lugar estableció una escuela gratuita para niños y una hostería, "de manera que", como dijo Santa Paula, "si José y María visitaran de nuevo Belén, habría donde hospedarlos". Ahí, por lo menos, transcurrieron algunos años en completa paz. "Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones ... Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno, nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que, reciben sus diarias visita.
Pero no por gozar de aquella paz, podía Jerónimo quedarse callado y con los brazos cruzados cuando la verdad cristiana estaba amenazada. En Roma había escrito un libro contra Helvidio sobre la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María, ya que aquél sostenía que, después del nacimiento de Cristo, Su Madre había tenido otros hijos con José. Este y otros errores semejantes fueron de nuevo puestos en boga por las doctrinas de un tal Joviniano. San Pamaquio, yerno de Santa Paula, lo mismo que otros hombres piadosos de Antioquía, se escandalizaron con aquellas ideas y enviaron los escritos de Joviniano a San Jerónimo y éste, como respuesta, escribió dos libros contra aquél en el año de 393. En el primero, demostraba las excelencias de la virginidad cuando se practicaba por amor a la virtud, lo que había sido negado por Joviniano, y en el segundo atacó los otros errores. Los tratados fueron escritos con el estilo recio, característico de Jerónimo, y algunas de sus expresiones les parecieron a las gentes de Roma demasiado duras y denigrantes para la dignidad del matrimonio. San Pamaquio y otros con él, se sintieron ofendidos y así se lo notificaron a Jerónimo; entonces, éste escribió la Apología a Pamaquio, conocida también corno el tercer libro contra Joviniano, en un tono que, seguramente, no dio ninguna satisfacción a sus críticos. Pocos años más tarde, Jerónimo tuvo que dedicar su atención a Vigilancio -a quien sarcásticamente llama Dormancio-, un sacerdote galo romano que desacreditaba el celibato y condenaba la veneración de las reliquias hasta el grado de llamar a los que la practicaban, idólatras y adoradores de cenizas. En su respuesta, Jerónimo le dijo: "Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron mártires de Cristo para poder adorarlo a El. Honramos a los siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su Señor". Protestó contra las acusaciones de que la adoración a los mártires era idolatría, al demostrar que los cristianos jamás adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los santos interceden por nosotros, escribió: "Si es cierto que cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra, podían pedir por otros hombres, y con cuánta mayor eficacia podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso menos poder ahora que están con Jesucristo?" Defendió el estado monástico y dijo que, al huir de las ocasiones y los peligros, un monje busca su seguridad porque desconfía de su propia debilidad y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta junto a una serpiente. Con frecuencia se refiere Jerónimo a los santos que interceden por nosotros en el cielo. A Heliodoro lo comprometió a rezar por él cuando estuviese en la gloria y a Santa Paula le dijo, en ocasión de la muerte de su hija Blesila: "Ahora eleva preces ante el Señor por ti y obtiene para mí el perdón de mis culpas".
Del año 395 al 400, San Jerónimo hizo la guerra a la doctrina de Orígenes y, desgraciadamente, en el curso de la lucha, se rompió su amistad de veinticinco años con Rufino. Tiempo atrás le había escrito a éste la declaración de que "una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera", lo mismo que, mil doscientos años más tarde, diría Shakespeare de esta manera:
... Love is not love which alters when its alteration finds or bends with the remover to remove.
(No es amor el amor que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro)
Sin embargo, el afecto de Jerónimo por Rufino debió ceder ante el celo del santo por defender la verdad. Jerónimo, corno escritor, recurría continuamente a Orígenes y era un gran admirador de su erudición y de su estilo, pero tan pronto como descubrió que en el oriente algunos se habían dejado seducir por el prestigio de su nombre y habían caído en gravísimos errores, se unió a San Epifanio para combatir con vehemencia el mal que amenazaba con extenderse. Rufino, que vivía por entonces en un monasterio de Jerusalén, había traducido muchas de las obras de Orígenes al latín y era un entusiasta admirador suyo, aunque no por eso debe creerse que estuviese dispuesto a sostener las herejías que, por lo menos materialmente, se hallan en los escritos de Orígenes. San Agustín fue uno de los hombres buenos que resultaron afectados por las querellas entre Orígenes y Jerónimo, a pesar de que nadie mejor que él estaba en posición de comprender suyas eran, necesariamente, enemigos de la Iglesia. Al tratarse de defender el bien y combatir el mal, no tenía el sentido de la moderación. Era fácil que se dejase arrastrar por la cólera o por la indignación, pero también se arrepentía con extraordinaria rapidez de sus exabruptos. Hay una anécdota referente a cierta ocasión en la que el Papa Sixto V contemplaba una pintura donde aparecía el santo cuando se golpeaba el pecho con una piedra. "Haces bien en utilizar esa piedra", dijo el Pontífice a la imagen, "porque sin ella, la Iglesia nunca te hubiese canonizado".
Pero sus denuncias, alegatos y controversias, por muy necesarios y brillantes que hayan sido, no constituyen la parte más importante de sus actividades. Nada dio tanta fama a San Jerónimo como sus obras críticas sobre las Sagradas Escrituras. Por eso, la Iglesia le reconoce como a un hombre especialmente elegido por Dios y le tiene por el mayor de sus grandes doctores en la exposición, la explicación y el comentario de la divina palabra. El Papa Clemente VIII no tuvo escrúpulos en afirmar que Jerónimo tuvo la asistencia divina al traducir la Biblia. Por otra parte, nadie mejor dotado que él para semejante trabajo: durante muchos años había vivido en el escenario mismo de las Sagradas Escrituras, donde los nombres de las localidades y las costumbres de las gentes eran todavía los mismos. Sin duda que muchas veces obtuvo en Tierra Santa una clara representación de diversos acontecimientos registrados en las Escrituras. Conocía el griego y el arameo, lenguas vivas por aquel entonces y, también sabía el hebreo que, si bien había dejado de ser un idioma de uso corriente desde el cautiverio de los judíos, aún se hablaba entre los doctores de la ley. A ellos recurrió Jerónimo para una mejor comprensión de los libros santos e incluso tuvo por maestro a un doctor y famoso judío llamado Bar Ananías, el cual acudía a instruirle por las noches y con toda clase de precauciones para no provocar la indignación de los otros doctores de la ley. Pero no hay duda de que, además de todo eso, Jerónimo recibió la ayuda del cielo para obtener el espíritu, el temperamento y la gracia indispensables para ser admitido en el santuario de la divina sabiduría y comprenderla. Además, la pureza de corazón y toda una vida de penitencia y contemplación, habían preparado a Jerónimo para recibir aquella gracia. Ya vimos que, bajo el patrocinio del Papa San Dámaso, revisó en Roma la antigua versión latina de los Evangelios y los salmos, así como el resto del Nuevo Testamento. La traducción de la mayoría de los libros del Antiguo Testamento escritos en hebreo, fue la obra que realizó durante sus años de retiro en Belén, a solicitud de todos sus amigos y discípulos más fieles e ilustres y por voluntad propia, ya que le interesaba hacer la traducción del original y no de otra versión cualquiera. No comenzó a traducir los libros por orden, sino que se ocupó primero del Libro de los Reyes y siguió con los demás, sin elegirlos. Las únicas partes de la Biblia en latín conocida como la Vulgata que no fueron traducidas por San Jerónimo, son los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico, el de Baruch y los dos libros de los Macabeos. Hizo una segunda revisión de los salmos, con la ayuda del Hexapla de Orígenes y los textos hebreos, y esa segunda versión es la que está incluida en la Vulgata y la que se usa en los oficios divinos. La primera versión, conocida como el Salterio Romano, se usa todavía en el salmo de invitación de los maitines y en todo el misal, así como para los oficios divinos en San Pedro de Roma, San Marcos de Venecia y los ritos milaneses. El Concilio de Trento designó a la Vulgata de San Jerónimo, como el texto bíblico latino auténtico o autorizado por la Iglesia católica, sin implicar por ello alguna preferencia por esta versión sobre el texto original u otras versiones en otras lenguas. En 1907, el Papa Pío X confió a los monjes benedictinos la tarea de restaurar en lo posible los textos de San Jerónimo en la Vulgata ya que, al cabo de quince siglos de uso, habían sido considerablemente modificados y corregidos.
En el año de 404, San Jerónimo tuvo la gran pena de ver morir a su inseparable amiga Santa Paula y, pocos años después, cuando Roma fue saqueada por las huestes de Alarico, gran número de romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En aquella ocasión, San Jerónimo les escribió de esta manera: ¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas".
De nuevo, cuando su vida estaba a punto de terminar, tuvo que interrumpir sus estudios por una incursión de los bárbaros y, algún tiempo después, por las violencias y persecuciones de los pelagianos, quienes enviaron a Belén a una horda de rufianes para atacar a los monjes y las monjas que ahí moraban bajo la dirección y la protección de San Jerónimo, el cual había atacado a Pelagio en sus escritos. Durante aquella incursión, algunos religiosos y religiosas fueron maltratados, un diácono resultó muerto y casi todos los monasterios fueron incendiados. Al año siguiente, murió Santa Eustoquio y, pocos días más tarde, San Jerónimo la siguió a la tumba. El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.


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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor PEPITA GARCIA 2 » Lun Sep 22, 2014 6:06 pm

Orden de San Jerónimo

Escudo de la Orden Religiosa de San Jerónimo.-Imagen

La Orden de San Jerónimo fue aprobada por el Romano Pontífice Gregorio XI en 1373 con la bula Salvatoris humani generis. Se origina con grupos de ermitaños españoles e italianos que deseaban imitar la vida de San Jerónimo en comunidad; entre ellos: Fray Pedro Fernández Pecha y Fray Fernando Yáñez de Figueroa. El Papa los aprueba dándoles como norma de vida la Regla de San Agustín y permitiéndoles llamarse frailes o ermitaños de San Jerónimo. En 1414, Benedicto XIII los erige en Orden exenta.

Monasterio de la Orden de los Jerónimos, OSH.- Imagen

Por su vida observante, austeridad y espíritu de penitencia, fueron favorecidos por la Monarquía Española, y la Dinastía de los Austrias.

Los monasterios más grandes y hermosos de España, el de Santa María de Guadalupe, en Cáceres; Nuestra Señora de Fredesval, en Burgos; San Miguel de los Reyes, en Valencia y el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial, en Madrid, Panteón Real pertenecían a la Orden; pero con las leyes liberales, anticatólicas de 1835, los Jerónimos fueron desposeídos de sus 48 monasterios y sus mil monjes fueron exclaustrados.

Real Monasterio de Guadalupe.-
Imagen-.San Jerónimo en la compañía de Santa Paula y Santa Eustoquia

Las Jerónimas subsistieron y se recuperaron con el tiempo. Cercano al cumplimiento de los 100 años prescriptivos que establecía el Derecho Canónico para la extinción de una Orden Religiosa, el P. Manuel de la Sagrada Familia (Sanz Domínguez) recibe la inspiración divina de restaurar la que fuera gloria de la vida monástica española. En 1925 comienza la restauración, con la bendición del Papa Pío XI, en el Monasterio de Santa María del Parral, en Segovia. En 1936, durante la Guerra Civil, fue apresado y martirizado por los republicanos ateos. Su sangre derramada por Cristo trajo para la recién restaurada Orden las bendiciones del Cielo.

Claustro del Monasterio de El Parral.-Imagen

Jardín del Monasterio de El Parral.- Imagen

La Orden de San Jerónimo es una institución monástica, de carácter puramente contemplativo, “que en soledad y silencio, en asidua oración y animosa penitencia, pretende llevar a sus monjes a la unión con Dios, consciente, por otro lado, de que cuanto más intensa sea esta unión por su propia donación en la vida monástica, tanto más espléndida se hace la vida de la Iglesia y más vigorosamente se fecunda su apostolado”. Así la jornada del monje Jerónimo se desarrolla en torno a la vida litúrgica y de oración, ya que “la principal y mayor parte de la vida ordenó esta Religión para el coro y alabanzas divinas: ocupación de ángeles”, y las tareas intelectuales y de trabajo. Santificando todas las horas del día, los Monjes Jerónimos celebran con canticos y solemnidad la Liturgia de las Horas, así los monjes cumple su misión de tributar todo honor y gloria a Cristo y, por medio de Él, al Eterno Padre.

La caridad pastoral impone a la comunidad monástica una fraterna acogida a todo el que quiera compartir seriamente su vida, garantizados dentro del Monasterio la soledad, silencio y el orden. Los Jerónimos han renunciado a la gloria de los altares, de la misma manera que la Orden de la Cartuja de San Bruno.

El Monasterio de San Jerónimo de Yuste en 2010 fue cerrado y en el año 2011 es ocupado hasta ahora por monjes Paulinos, mientras que los Jerónimos están en un sólo monasterio: Santa María del Parral, en Segovia.

El Monasterio de Santa María del Parral, en Segovia.-
Imagen

Fuentes: Divinas Vocaciones Religiosas. Wikipedia. Google
"No anteponer nada al amor de Dios"

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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor juaman2003 » Lun Sep 22, 2014 6:18 pm

La Orden Jerónima

El padre y fundamento de este linaje espiritual es San Jerónimo. Una de las personalidades más enérgicas, de los genios más poderosos y de los corazones más magnánimos que Dios haya creado para su gloria. Él fue un gran enamorado de Cristo y puso todo su empeño en conocerle más y en imitarle mejor. De aquí sus dos grandes ideales: la Sagrada Escritura y la vida monástica. Con este anhelo entre manos, vive unos pocos años en el desierto de Calcis y, después de otras andaduras, se retira a Belén, donde funda un monasterio en el que se dedica a las alabanzas divinas, a escudriñar la Palabra de Dios y a la penitencia.
Allí acabó sus días en el año 419 0 420. Pero su espíritu persiste en el tiempo por su fama de santidad y por sus escritos, medios de que se sirvió la Providencia para que durante el siglo XIV diversos grupos de hombres, en España y en Italia, con deseos de vida perfecta, inspirándose en la vida y enseñanzas del santo, intentaran vivir su carisma bajo distintos aspectos, dando origen a otros tantos institutos de vida consagrada Nos situamos, pues, en el siglo XIV español. Un siglo decadente bajo todos los aspectos, también el religioso y eclesial. Pero suenan gritos de reforma. Y aquí es donde hay que colocar los orígenes de la Orden de San Jerónimo, que es uno de los primeros frutos de esa reforma deseada. Diseminados por distintos puntos de la geografía ibérica surgen grupos de ermitaños que profesan especial devoción y tienen un gran deseo de imitar a aquel santo y docto varón. Estos ermitaños, entre los que destacan Pedro Fernández Pecha y Fernando Yáñez de Figueroa, después de varios años de vida eremítica, consideran que sería más provechoso atarse con los vínculos de alguna regla aprobada y deciden abrazar la vida cenobítica. Gregorio XI les concede esta gracia el 18 de octubre de 1373, les otorga la Regla de san Agustín, les permite que puedan hacer constituciones propias y que se llamen hermanos o ermitaños de San Jerónimo. Desde entonces comienza la evolución por constituir en monacato regular lo que tan espontáneamente nacía al soplo del Espíritu santo. Ya en 1415, fecha de la unión de la Orden, pueden contarse veinticinco monasterios. Siguen las fundaciones, principalmente en el siglo XVI, hasta llegar a 48 monasterios cuando llega la revolución liberal del siglo XIX, habitados entonces por unos mil monjes, que se ven obligados a abandonar para siempre sus monasterios. La suerte de estas casas fue muy diversa: los más acabaron en ruinas, otros fueron rescatados por la Iglesia o entregados a otras órdenes religiosas, otros quedaron convertidos en cualquier cosa: fábrica de cerveza, cebadero de cerdos, fincas de recreo...Pero cuando todavía no habían transcurrido los cien años que el derecho eclesiástico señala para la prescripción canónica, gracias a las oraciones y a las ayudas de las monjas jerónimas, a las que no había afectado la exclaustración, en 1925 se obtiene de la Santa Sede un rescripto de restauración, y ésta comienza en el Monasterio de Santa María del Parral, en Segovia. Más la república de 1931 y la guerra civil de 1936-1939 y dificultades de diverso género obstaculizan la marcha, hasta que puede constituirse el gobierno general en 1969.
En la actualidad existen dos comunidades, una en Santa María del Parral y otra en San Jerónimo de Yuste (Cáceres).La Orden Jerónima es una institución monástica, de tendencia puramente contemplativa, que en soledad y silencio, en asidua oración y animosa penitencia, pretende llevar a sus monjes a la unión con Dios, consciente, por otro lado, de que cuanto más intensa sea esta unión por su propia donación en la vida monástica, tanto más espléndida se hace la vida de la Iglesia y más vigorosamente se fecunda su apostolado.
En este clima, la vida del monje jerónimo se desarrolla dedicando la mañana al trabajo, medio normal para subvenir a sus necesidades, para ayudar al hermano necesitado y para mantener el equilibrio interior. La tarde la dispone para dedicarse con asiduidad a ejercicios de vida contemplativa e intelectual: oración lectura, estudio... Y en el curso del día, santificando todas las horas, la celebración cantada de la Liturgia de las Horas -las alabanzas divinas- y la Misa Conventual, primordial ocupación del jerónimo, que orienta toda su manera de vida, sus leyes y costumbres. Por otra parte, la hospitalidad es la forma más expresiva de la caridad del monje con el prójimo.
Junto a los Jerónimos, surgen las Jerónimas. Todo un linaje de claras y virtuosas mujeres que siguen sus huellas, como en otro tiempo las santas Paula y Eustoquia siguen a Jerónimo. La cosa comienza en Toledo. Un grupo de mujeres de santa vida, entre las que destacan doña María García y doña Mayor Gómez, empiezan ejercitándose en obras de humildad y caridad y, por fin, se retiran a una casa de su propiedad para consagrar sus vida a Dios en oración y penitencia. Alma de esta floración es fray Pedro Fernández Pecha que en 1374 fundaba el Monasterio de Santa María de La Sisla en las proximidades de la ciudad. Él las atiende, las orienta y les va perfilando su modo de vida en todo semejante a la recién fundada Orden de San Jerónimo.
Este primer brote dio origen al Monasterio de San Pablo de "beatas de San Jerónimo", como se las comenzó a llamar. Se mantienen con gran fama de observancia y santidad y propagan por distintos lugares de España.
En la actualidad existen 17 monasterios, la mayoría de los cuales, a pesar de sus muchos avatares a través del tiempo, perseveran desde su fundación. Otros son de fundación reciente.

Jerónimos
1. Santa María del Parral (Segovia, 1447)
2. San Jerónimo de Yuste (Cáceres)
Jerónimas
1. San Pablo (Toledo, 1464)
2. Santa Marta (Córdoba, 1464)
3. Santa Paula (Sevilla, 1475)
4. San Matías (Barcelona, 1475)
5. Santa Isabel (Palma de Mallorca, 1485)
6. La Concepción de Santa María (Trujillo, s. XV)
7. La Concepción Jerónima (Madrid, 1509)
8. San Bartolomé (Inca, 1530)
9. Santa Paula [hoy San Jerónimo] (Granada, 1553)
10. Santa María (Morón, 1568)
11. Nuestra Señora de la Salud (Garrovillas, 1572)
12. Nuestra Señora de los Remedios (Brihuega - Yunquera de Henares, 1596)
13. Corpus Christi (Madrid, 1605)
14. Nuestra Señora de los Ángeles (Constantina, 1951)
15. Nuestra Señora de las Mercedes (Almodóvar del Campo, 1964)
16. Santa María de Jesús (Cáceres, 1975)
17. Nuestra Señora de Belén (Toral de los Guzmanes, 1990).



Santa Paula

Santa Paula nació el 5 de mayo de 347. Por parte de su madre, tenía parentesco con los Escipiones, con los Gracos y Paulo Emilio. Su padre pretendía ser descendiente de Agamenón. Paula tuvo un hijo, llamado Toxocio como su marido y cuatro hijas: Blesila, Paulina, Eustoquio y Rufina.

Paula era muy virtuosa como mujer casada y con su marido edificaron a Roma con su ejemplo. Sin embargo ella tenía sus defectos, particularmente el de cierto amor a la vida mundana, lo cual era difícil de evitar por su alta posición social. Al principio Paula no se daba cuenta de esta secreta tendencia de su corazón, pero la muerte de su esposo, ocurrida cuando ella tenía 33 años, le abrió los ojos. Su pena fue inmoderada hasta el momento en que su amiga Santa Marcela, una viuda romana que asombraba con sus penitencias, la persuadió de que se entregara totalmente a Dios. A partir de entonces, Paula vivió en la mayor austeridad.

Su comida era muy sencilla, y no bebía vino; dormía en el suelo, sobre un saco; renunció por completo a las diversiones y a la vida social; y repartió entre los pobres todo aquello que le pertenecía y evitó lo que pudiera distraerla de sus buenas obras.

En una ocasión ofreció hospitalidad a San Epifanio de Salamis y a San Paulino de Antioquía, cuando fueron a roma. Ellos le presentaron a San Jerónimo, con quien la santa estuvo estrechamente asociada en el servicio de Dios mientras vivió en Roma, bajo el Papa San Dámaso.

Santa Blesila, la hija mayor de Santa Paula, murió súbitamente, cosa que hizo sufrir mucho a la piadosa viuda. San Jerónimo, que acababa de volver de Belén, le escribió una carta de consuelo, en la que no dejaba de reprenderla por la pena excesiva que manifestaba sin pensar que su hija había ido a recibir el premio celestial. Paulina, su segunda hija, estaba casada con San Pamaquio, y murió siete años antes que su madre. Santa Eustoquio, su tercera hija, fue su inseparable compañera. Rufina murió siendo todavía joven.

Cuanto más progresaba Santa Paula en el gusto de las cosas divinas, más insoportable se le hacía la tumultuosa vida de la ciudad. La santa suspiraba por el desierto, y deseaba vivir en una ermita, sin tener otra cosa en que ocuparse más que en pensar en Dios. Determinó, pues, dejar su casa, su familia y sus amigos y partir de Roma. Aunque era la más amante de las madres, las lágrimas de Toxocio y Rufina no lograron desviarla de su propósito. Santa Paula se embarcó con su hija Eustoquio, el año 385; visitó a San Epifanio en Chipre, y se reunió con San Jerónimo y otros peregrinos en Antioquía. Los peregrinos visitaron los Santos Lugares de Palestina y fueron a Egipto a ver a los monjes y anacoretas del desierto. Un año más tarde llegaron a Belén, donde Santa Paula y Santa Eustoquio se quedaron bajo la dirección de San Jerónimo.

Las dos santas vivieron en una choza, hasta que se acabó de construir el monasterio para hombres y los tres monasterios para mujeres. Estos últimos constituían propiamente una sola casa, ya que las tres comunidades se reunían noche y día en la capilla para el oficio divino, y los domingos en la Iglesia próxima. La alimentación era escasa y mala, los ayunos frecuentes y severos.


Todas las religiosas ejercían algún oficio y tejían vestidos para sí y para los demás. Todos vestían un hábito idéntico. Ningún hombre podía entrar en el recinto de los monasterios. Paula gobernaba con gran caridad y discreción. Era la primera en cumplir las reglas, y participaba, como Eustoquio, en los trabajos de la casa. Si alguna religiosa se mostraba locuaz o airada, su penitencia consistía en aislarse de la comunidad, colocarse la última en las filas, orar fuera de las puertas y comer aparte, durante algún tiempo. Paula quería que el amor a la pobreza se manifestase también en los edificios e iglesias, que eran construcciones bajas y sin ningún adorno costoso. Según la santa, era preferible repartir el dinero entre los pobres, miembros vivos de Cristo.

Paladio afirma que Santa Paula se ocupaba de atender a San Jerónimo, y le fue a éste de gran utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y en Palestina había aprendido suficiente hebreo para cantar los salmos en la lengua original. Además, San jerónimo la había iniciado en las cuestiones exegéticas lo bastante para que Paula pudiese seguir con interés su desagradable discusión con el obispo Juan de Jerusalén sobre el origenismo. Los últimos años de la santa se vieron ensombrecidos por esta disputa y por las preocupaciones económicas que su generosidad había producido. Toxocio, el hijo de Santa Paula, se casó con Leta, la hija de un sacerdote pagano, que era cristiana. Ambos fueron fieles imitadores de la vida de su madre y enviaron a su hija Paula a educarse en Jerusalén al cuidado de su abuela. Paula, la joven, sucedió a Santa Paula en el gobierno de los monasterios. San Jerónimo envió a Leta algunos consejos para la educación de su hija, que todos los padres deberían leer. Dios llamó a sí a Santa Paula a los 56 años de edad. Durante su última enfermedad, la santa repetía incansablemente los versos de los salmos que expresaban el deseo del alma de ver la Jerusalén celestial y de unirse con Dios.
Cuando perdió el habla, Santa Paula hacía la señal de la cruz sobre sus labios. Murió en la paz del señor, el 26 de enero del año 404.


La Familia Jerónima está constituida, en la actualidad, por los monjes, las monjas, las religiosas "Jerónimas de la Adoración" y las "Jerónimas de Puebla".
A todos nos unen unos mismos lazos de origen y de hermandad. Juntos intentamos hacer presente en medio de nuestro mundo al Jesucristo del Evangelio que pasó haciendo el bien.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor Fabian_Jaramillo » Lun Sep 22, 2014 6:51 pm

SAN JERONIMO

Eusebio Hierónimo de Estridón1 o Jerónimo de Estridón (Estridón, Dalmacia, c. 340 – Belén, 30 de septiembrede 420), San Jerónimo para los cristianos (en latín: Eusebius Sophronius Hieronymus; en griego: Εὐσέβιος Σωφρόνιος Ἱερώνυμος), tradujo la Biblia del griego y el hebreo al latín.

Es considerado Padre de la Iglesia, uno de los cuatro grandes Padres Latinos. La traducción al latín de la Biblia hecha por San Jerónimo, llamada la Vulgata(de vulgata editio, 'edición para el pueblo'), ha sido, hasta la promulgación de la Neovulgata, en 1979, el texto bíblico oficial de la Iglesia católica romana.

San Jerónimo fue un célebre estudioso del latín en una época en la que eso implicaba dominar el griego. Sabía algo de hebreo cuando comenzó su proyecto de traducción, pero se mudó a Belén para perfeccionar sus conocimientos del idioma. Comenzó la traducción en el año 382 corrigiendo la versión latina existente del Nuevo Testamento. Aproximadamente en el año 390 pasó al Antiguo Testamento en hebreo. Completó su obra en el año 405. Si Agustín de Hipona merece ser llamado el padre de la teología latina, Jerónimo lo es de la exégesis bíblica. Con sus obras, resultantes de su notable erudición, ejerció un influjo duradero en la forma de traducción e interpretación de las Sagradas Escrituras y en el uso del latín como medio de comunicación en la historia de la Iglesia.

Es considerado como un santo por la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa, la Iglesia Luterana y la Iglesia Anglicana.

Nació en Estridón (oppidum, ya destruido por los godos en 392, situado en la frontera de Dalmacia y Panonia) entre el año 331 y el 347, según distintos autores. San Jerónimo, cuyo nombre significa 'el que tiene un nombre sagrado', consagró toda su vida al estudio de las Sagradas Escrituras y es considerado uno de los mejores, si no el mejor, en este oficio.
En Roma estudió latín bajo la dirección del más grande gramático en lengua latina de su tiempo, Elio Donato, que era pagano. El santo llegó a ser un gran latinista y muy buen conocedor del griego y de otros idiomas, pero era por entonces muy poco conocedor de los libros espirituales y religiosos. Pasaba horas y días leyendo y aprendiendo de memoria a los grandes autores latinos, Cicerón (quien fue su principal modelo cuyo estilo imitó), Virgilio, Horacio,Tácito y Quintiliano, y a los autores griegos Homero, y Platón, pero casi nunca dedicaba tiempo a la lectura espiritual.

Jerónimo dispuso irse al desierto a hacer penitencia por sus pecados (especialmente por su sensualidad que era muy fuerte, por su terrible mal genio y su gran orgullo). Aunque allí rezaba mucho, ayunaba, y pasaba noches sin dormir, no consiguió la paz, descubriendo que su misión no era vivir en la soledad.

De regreso a la ciudad, los obispos de Italia junto con el Papa nombraron secretario a San Ambrosio, pero este cayó enfermo, y decidieron nombrar a Jerónimo, cargo que desempeñó con mucha eficiencia. Viendo sus dotes y conocimientos, el papa Dámaso I lo nombró su secretario, y le encargó redactar las cartas que el Pontífice enviaba. Más tarde lo designó para hacer la recopilación de la Biblia y traducirla. Las traducciones de la Biblia que existían en ese tiempo (llamadas actualmente Vetus Latina) tenían muchas imperfecciones de lenguaje y varias imprecisiones o traducciones no muy exactas. Jerónimo, que escribía con gran elegancia el latín, tradujo a este idioma toda la Biblia, en la traducción llamada Vulgata (lit. "la de uso común").

Durante su estancia en Roma, Jerónimo ofició de guía espiritual de un grupo de mujeres pertenecientes a la aristocracia romana, entre quienes se contaban las viudas Marcela y Paula de Roma (ésta última, madre de la joven Eustoquio a quien Jerónimo dirigió una de sus más famosas epístolas, sobre el tema de la virginidad). Las inició en el estudio y meditación de la Sagrada Escritura y en el camino de la perfección evangélica que incluía el abandono de las vanidades del mundo y el desarrollo de obras de caridad. Ese centro de espiritualidad se ubicó en un palacio del monte Aventino, en donde residía Marcela con su hija Asella. La dirección espiritual de mujeres le valió a Jerónimo críticas de parte del clero romano llegando, incluso, a la difamación y a la calumnia. Sin embargo, Paladio afirma que el vínculo con Paula de Roma le fue a Jerónimo de utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y había aprendido suficiente hebreo en Palestina como para cantar los salmos en la lengua original. Es un hecho que buena parte del epistolario de Jerónimo se dirigió a distintos miembros de ese grupo, 2 al cual se uniría más tarde Fabiola de Roma, una joven divorciada y vuelta a casar que se convertiría en una de las grandes seguidoras de Jerónimo. Varios miembros de este grupo, incluidas Paula y Fabiola, también acompañaron a Jerónimo en diferentes momentos durante su estancia en Belén.
En el Concilio de Roma de 382, el papa san Dámaso I expidió un decreto conocido como «Decreto de Dámaso», que contenía una lista de los libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Le pidió a San Jerónimo utilizar este canon y escribir una nueva traducción de la Biblia que incluyera un Antiguo Testamento de 46 libros, los cuales estaban todos en la Septuaginta, y el Nuevo Testamento con sus 27 libros.

Alrededor de los 40 años, Jerónimo fue ordenado sacerdote. Pero sus altos cargos en Roma y la dureza con la cual corregía ciertos defectos de la alta clase social le trajeron envidias y sintiéndose incomprendido y hasta calumniado en Roma, donde no aceptaban su modo enérgico de corrección, dispuso alejarse de ahí para siempre y se fue a Tierra Santa.
Sus últimos 35 años los pasó en una gruta, junto a la cueva de Belén. Dicha cueva se encuentra actualmente en el foso de la Iglesia de Santa Catalina en Belén. Varias de las ricas matronas romanas que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén a seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres, y una casa para atender a los que llegaban de todas partes del mundo a visitar el sitio donde nació Jesús.

Con tremenda energía escribía contra las diferentes herejías. La Iglesia Católica ha reconocido siempre a San Jerónimo como un hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la Biblia, por lo que fue nombrado patrono de todos los que en el mundo se dedican a hacer entender la Biblia; por extensión, se lo considera el santo patrono de los traductores.

Murió el 30 de septiembre del año 420, a los 80 años. En su recuerdo se celebra el Día internacional de la Traducción.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor Pachelli1960 » Lun Sep 22, 2014 6:59 pm

------------------------------ Los Jerónimos ---------------------------

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I.- Qué sabemos de San Jerónimo?

San Jerónimo, Doctor de la Iglesia - 30 de septiembre..Imagen

CIUDAD DEL VATICANO, 7 NOV 2007

Benedicto XVI dedicó la catequesis de la audiencia general de los miércoles a San Jerónimo. La audiencia se celebró en la Plaza de San Pedro y contó con la presencia de 40.000 personas.

San Jerónimo, nacido alrededor del 347, "puso en el centro de su vida la Biblia: la tradujo en lengua latina, la comentó en sus obras y sobre todo se comprometió a vivirla concretamente en su existencia terrena", explicó el Papa.

Este Padre de la Iglesia, de familia cristiana, "recibió en Roma una esmerada formación (...) y una vez bautizado (...) se orientó hacia la vida ascética (...) y partió para Oriente, viviendo como eremita en el desierto. Perfeccionó el griego, (...) estudió el hebreo y transcribió códices y obras patrísticas" y "la meditación, la soledad y el contacto con la Palabra de Dios hicieron madurar su sensibilidad cristiana".

De vuelta a Roma, el Papa Dámaso lo tomó como secretario y consejero. Muerto el pontífice, Jerónimo peregrinó a Tierra Santa y Egipto y se asentó en Belén, donde permaneció hasta su muerte (419/420) "desarrollando siempre una intensa actividad".

En Belén, San Jerónimo "comentó la Palabra de Dios, defendió la fe oponiéndose con vigor a diversas herejías; exhortó a los monjes a la perfección; enseñó la cultura clásica y cristiana a sus jóvenes alumnos y acogió con solicitud pastoral a los peregrinos que visitaban la Tierra Santa".

II.- Quién fué Santa Paula?

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Su fiesta se celebraba el 26 de enero en el antiguo calendario.

Santa Paula nació el 5 de mayo de 347. Por parte de su madre, tenía parentesco con los Escipiones, con los Gracos y Paulo Emilio. Su padre pretendía ser descendiente de Agamenón. Paula tuvo un hijo, llamado Toxocio como su marido y cuatro hijas: Blesila, Paulina, Eustoquio y Rufina.

Paula era muy virtuosa como mujer casada y con su marido edificaron a Roma con su ejemplo. Sin embargo ella tenía sus defectos, particularmente el de cierto amor a la vida mundana, lo cual era difícil de evitar por su alta posición social. Al principio Paula no se daba cuenta de esta secreta tendencia de su corazón, pero la muerte de su esposo, ocurrida cuando ella tenía 33 años, le abrió los ojos. Su pena fue inmoderada hasta el momento en que su amiga Santa Marcela, una viuda romana que asombraba con sus penitencias, la persuadió de que se entregara totalmente a Dios. A partir de entonces, Paula
vivió en la mayor austeridad.

Su comida era muy sencilla, y no bebía vino; dormía en el suelo, sobre un saco; renunció por completo a las diversiones y a la vida social; y repartió entre los pobres todo aquello que le pertenecía y evitó lo que pudiera distraerla de sus buenas obras.

En una ocasión ofreció hospitalidad a San Epifanio de Salamis y a San Paulino de Antioquía, cuando fueron a roma. Ellos le presentaron a San Jerónimo, con quien la santa estuvo estrechamente asociada en el servicio de Dios mientras vivió en Roma, bajo el Papa San Dámaso.

Santa Blesila, la hija mayor de Santa Paula, murió súbitamente, cosa que hizo sufrir mucho a la piadosa viuda. San Jerónimo, que acababa de volver de Belén, le escribió una carta de consuelo, en la que no dejaba de reprenderla por la pena excesiva que manifestaba sin pensar que su hija había ido a recibir el premio celestial. Paulina, su segunda hija, estaba casada con San
Pamaquio, y murió siete años antes que su madre. Santa Eustoquio, su tercera hija, fue su inseparable compañera. Rufina murió siendo todavía joven.

III.- Cómo está constituida la Familia Jerónima?

La Familia Jerónima está constituida, en la actualidad, por los monjes, las monjas, las religiosas "Jerónimas de la Adoración" y las "Jerónimas de Puebla".
A todos nos unen unos mismos lazos de origen y de hermandad. Juntos intentamos hacer presente en medio de nuestro mundo al Jesucristo del Evangelio que pasó haciendo el bien.

---Imagen--- Monjes Jerónimos

------Imagen---Monjas Jerónimas

---------Imagen ------Religiosas Jerónimas de la Adoración

------------Imagen --------Jerónimas de Puebla


IV.- San Jerónimo en Belén

https://www.youtube.com/watch?v=Lsvjvtzsbvs
Sus últimos 35 años los pasó en una gruta, junto a la Cueva de Belén. Varias de las ricas matronas romanas que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén a seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres, y una casa para atender a los que llegaban de todas partes del mundo a visitar el sitio donde nació Jesús.

Con tremenda energía escribía contra los herejes que se atrevían a negar las verdades de nuestra santa religión. La Santa Iglesia Católica ha reconocido siempre a San Jerónimo como un hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la Biblia, por lo que fue nombrado Patrono de todos los que en el mundo se dedican a hacer entender y amar más las Sagradas Escrituras. Murió el 30 de septiembre del año 420, a los 80 años.

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V.- Visita de Monasterios Jerónimos y sus Fundadores

El Real Monasterio de San Jerónimo de Cotalba (en valenciano Sant Jeroni de Cotalba) es un edificio conventual fundado en el año 1388 y construido entre los siglos XIV y XVIII que está localizado en el término municipal de Alfahuir, (Valencia), a 8 km de Gandía.

El monasterio se levanta sobre el Tossalet de Cotalba en el término de Alfahuir. Se trata de una de las construcciones monásticas más notables de la Comunidad Valenciana, hecho que se ve acentuado por la gran diversidad estilística de su conjunto que, arrancando de una primitiva estructura gótica medieval se desarrolla fundamentalmente desde el siglo XVI al XVIII y abarca cinco estilos diferenciados: mudéjar, gótico, renacimiento, barroco y neoclásico.

En 1388 el Duque Real Alfonso "el Viejo", nieto de Jaime II y primo de Pedro IV el Ceremonioso, impulsa la construcción del Monasterio, comprando el lugar de Cotalba a los musulmanes y donando este terreno a la comunidad jerónima de Jávea para que se trasladen allí, evitando con ello las reiteradas incursiones de los piratas berberiscos en la costa valenciana ya supone un lugar mucho más seguro. A partir de entonces se inicia la consolidación y expansión de la famosa Orden de los Jerónimos convirtiéndose este monasterio en la Casa Madre, al ser la primera comunidad jerónima establecida en la antigua Corona de Aragón.

su fundador, el Duque Alfonso de Aragón y Foix, siente por el monasterio se vera reflejada tanto por las continuas donaciones que realiza al monasterio como por el enterramiento de su esposa, Violante de Aragón (en 1411) y la de dos de sus hijos, los Infantes Juan y Blanca, en el propio monasterio.

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El Monasterio Jerónimo de Santa Ana estaba situado en una colina a unos 400 m al sur de la villa de Tendilla, entre ésta villa y su castillo. Su carta fundacional es de 25 de agosto de 1473 debido al interés de Iñigo López de Mendoza y Figueroa, primer Conde de Tendilla, quien trajo monjes jerónimos de San Isidoro de Sevilla (los llamados "isidros").

El primer conde de Tendilla trajo de su embajada de 1459 ante el Papa en Roma un jubileo plenísimo y la autorización para fundar en Tendilla un convento. Intentó fundar un monasterio de monjes jerónimos en Tendilla. Al negarse los jerónimos de Lupiana por su cercanía, el conde acudió a la rama disidente de los jerónimos que fray Lope de Olmedo creara en Sevilla desde 1423. Éstos aceptaron la oferta del conde, viniendo como primer prior fray Juan Melgarejo. Una de las razones de la disidencia era que fray Lope quiso que los jerónimos se rigieran por una regla monástica basada en la doctrina de San Jerónimo, aunque en su fundación se había establecido que seguirían la regla de San Agustín. No hubo más que siete monaterios "isidros" en toda España, bastante menos ricos que los demás. La separación desaparecería en 1567 cuando Felipe II ordenó que se unifiquen las dos ramas. Asimismo el convento tuvo dos jubileos plenísimos, pues al logrado en 1459 por el primer Conde de Tendilla se unió otro posterior obtenido por el segundo Conde en su embajada de 1486.

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El Monasterio de Santa María de la Murta (siglos XIV - XV), es un antiguo cenobio de la orden de los jerónimos situado en el Valle de La Murta, en Alcira.

A lo largo de su historia fue un importante emporio de cultura y espiritualidad y centro de peregrinaje de la realeza, la aristocracia y de influyentes personajes religiosos. Fue adquirido por el Ayuntamiento de la ciudad en 1989, y, desde 1995, se encuentra en fase de recuperación y restauración tanto el convento-fortaleza como su entorno y reserva natural protegida.

En 568, bajo el reinado de Leovigildo, San Donato y sus eremitas huidos de África fundaron en el valle, llamado entonces valle de Miralles, un monasterio servetano. La invasión árabe en 711 lo dejó asolado y los eremitas se dispersaron, muriendo el fundador y siendo enterrado en el monasterio.

No obstante sus orígenes están documentados en el manuscrito de 1773 del Padre J.B. Morera, estudioso del archivo del monasterio, a partir del siglo XIV, cuando el caballero alcireño Arnau de Serra, señor de las tierras de La Murta, previa autorización del rey Pedro el Ceremonioso, las donó a un grupo de ermitaños establecidos en el valle con la condición de fundar una comunidad religiosa, que viviese bajo la regla de San Jerónimo. Tras profesar en Jávea como monjes de esta orden, el papa Gregorio XI les concedió la bula para fundar un monasterio en 1376.

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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor guicol » Lun Sep 22, 2014 7:01 pm

Orden de Los Jerónimos

SAN JERÓNIMO, Presbítero y Doctor de la Iglesia (+420)

Cada santo es único e irrepetible. Cada santo tiene su carisma particular. Cada santo nos trae su mensaje. El de San Jerónimo es el amor entrañable a la Palabra de Dios. La oración colecta de su fiesta nos habla de su "estima tierna y viva por la Sagrada Escritura", y se pide para el pueblo fiel ese mismo amor que es fuente de la verdadera vida.

San Jerónimo, el Doctor máximo en la exposición de la Escritura, el varón trilingüe (latín, griego y hebreo), nació en Estridón, Dalmacia, hacia el 333. A los 15 años llegó a Roma. Le atraía la Roma pagana y se engolfó en el estudio de los escritores clásicos. Pero le fascina sobre todo la Roma Cristiana. La visita a las catacumbas enciende su admiración por los Héroes cristianos. El 363 es bautizado por el Papa Liberio.

Siente fuerte la llamada de Oriente. Marcha a Siria y se establece en el desierto de Calcis, sembrado de monjes estilitas, reclusos y acemétas. Desaparecidas las persecuciones por la paz de Constantino, acudían al desierto estos nuevos mártires, testigos de la radicalidad del Evangelio.

En Calcis pasó cinco años, entregado a la oración, al ayuno, al estudio del hebreo y a una rigurosa penitencia, en lucha perenne con la carne. "Yo que no tenía por compañeros más que a los escorpiones y a las fieras, me veía con frecuencia entre las danzas de las jóvenes de Roma... Entonces no cesaba de golpearme el pecho hasta domar la carne rebelde".

Así lo pintan Ribera, el Greco y Van Dyck: semidesnudo, con una calavera en la mano, con la Biblia y el Crucifijo, junto a un león o con una piedra. Su penitencia es estremecedora: "Señor San Jerónimo, suelte usted esa piedra con que se machaca: ¡me pegó con ella!" (Machado).

En Antioquía se ordena sacerdote y se perfecciona en griego. Pasa a Constantinopla y entra en contacto con los Gregorios Niceno y Nacianceno. El Papa San Dámaso le llama a Roma para asistirle en un Sínodo.

El Papa le encarga la obra cumbre de su vida: la versión de la Biblia al latín, que con el nombre de Vulgata será el texto oficial de la Iglesia. Escribe libros llenos de unción y erudición, como la Vida de Pablo el Ermitaño y la Carta sobre la Virginidad... Escribe cartas llenas de fuego a San Agustín, a Nepociano y a tantos otros.
Dirigió el Cenáculo del Aventino, donde se reunían las damas de la aristocracia romana. La santidad y doctrina de este gran director espiritual las encaminó por las sendas de la perfección.

Fue muy calumniado y se alejó de Roma para siempre. Se dirigió a Tierra Santa donde fundó y dirigió muchos cenobios. Se estableció junto a la Gruta del Nacimiento en Belén. Allí sigue sus estudios y comentarios bíblicos. Desde allí sigue batallando por la verdad e iluminando las conciencias con sus escritos y con sus cartas a los cenobios fundados por él.

Allí donde nació Jesús, quiso Jerónimo morir. Junto a la Gruta de Jesús, aún se visita hoy con emoción la gruta de Jerónimo, donde siguió orando y trabajando casi hasta los 90 años. Y al lado, el sepulcro de sus hijas espirituales, Santa Paula y su hija Santa Eustaquia, que le siguieron desde Roma. Los restos de Jerónimo fueron más tarde trasladados a Roma, a Santa María la Mayor.

Jerónimo fue un luchador, genio fuerte e insobornable, temple de acero, forjado en la lucha contra los demonios y contra los enemigos de la fe. En los momentos más recios de su vida, este hombre de grandeza ciclópea daba gracias a Dios "por haberle juzgado digno de que el mundo le odiara".
1. BI/LECTURA: Lee con frecuencia la Sagrada Escritura: que el sueño te sorprenda con el libro en la mano y que al inclinarse tu cabeza lo reciba la página santa.

2. Los últimos 34 años de su vida los pasa retirado en Belén, dedicado por completo a comentar y traducir las Sagradas Escrituras. Su nueva traducción de la Biblia, más tarde conocida como La Vulgata o del pueblo, se implantó apenas en un lento proceso de cinco siglos y sólo a partir del siglo décimo adquirió máxima autoridad, convirtiéndose a partir de entonces en la Biblia oficial del catolicismo hasta el Concilio Vaticano II. El principal aporte de San Jerónimo a la vida de la Iglesia fue su nueva y fiel traducción de las Sagradas Escrituras. “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”, sostenía este apasionado biblista, cuyo lema era “seguir desnudo al Cristo desnudo”.

San JERONIMO.CARTAS
guicol
 
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor AMunozF » Lun Sep 22, 2014 7:31 pm

----------------------------------------ICONOGRAFÍA DE SAN JERÓNIMO----------------------------------------

..........Imagen.........................Imagen
........................................................(Desconocido)

..........Imagen..................................Imagen
..........SAN JERÓNIMO - EL GRECO 1605...............................SAN JERÓNIMO - ESCUELA CUZQUEÑA - S. XVIII

..........Imagen....................................................Imagen
..........SAN JERÓNIMO - FRANCISCO RIBALTA 1625..................SAN JERÓNIMO - FRANCESCO BASSANO EL JOVEN - S. XVI

..........Imagen...............Imagen
..........SAN JERÓNIMO - FRANCISCO SALZILLO.........................SAN JERÓNIMO - LEONARDO DA VINCI 1480
.........MUSEO CATEDRAL DE MURCIA, ESPAÑA


..........Imagen.....................................................Imagen
..........SAN JERÓNIMO PENITENTE......................................SAN JERÓNIMO - LUCA CAMBIASO
..........MICHELANGELO CARAVAGGIO 1605............................GALERÍA CANOSSO - PARIS, FRANCIA

..........Imagen.........................................Imagen
..........SAN JERÓNIMO CON SANTA PAULA Y SANTA EUSTOQUIA...SAN JERÓNIMO EN SU ESTUDIO -
..........FRANCISCO ZURBARÁN - REAL MONASTERIO DE..............DOMENICO GHIRLANDAIO 1480
..........GUADALUPE, ESPAÑA

..........Imagen............Imagen
..........SAN JERÓNIMO ESCRIBIENDO....................................SAN JERÓNIMO - IMAGEN DE TERRACOTA
..........MICHELANGELO CARAVAGGIO 1605............................PIETRO TORRIGIANO -
................................................................................MUSEO DE LAS BELLAS ARTES - SEVILLA - ESPAÑA

..........Imagen......................................Imagen
..........SAN JERÓNIMO PENITENTE ......................................SAN JERÓNIMO EN SU GABINETE -
..........JOSÉ MARÍA RODRÍGUEZ DE LOSADA - .........................ALBERTO DURERO 1514
..........MUSEO ROMÁNICO DE MADRID - ESPAÑA
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor agape » Lun Sep 22, 2014 7:43 pm

Monasterio de Santa Maria de Belem

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Todo un monumento a la grandeza de la Era de los Descubrimientos, el Monasterio de Santa María de Belém, tal su nombre original, fue construido al regreso de Vasco da Gama de su histórica aventura marítima.
El dinero obtenido con el comercio de las especias impulsó al rey Manuel I a solicitar a la Santa Sede la autorización para la construcción de un gran monasterio a la entrada de Lisboa, en las márgenes del Tajo. Manuel I quería, en realidad, utilizarlo como panteón para la dinastía real Avis-Beja, por él iniciada.
Las obras comenzaron en 1501 y se extendieron durante todo el siglo XVI. Durante su construcción se sucedieron prestigiosos arquitectos: Diogo de Boitaca, João de Castilho, Diogo de Torralva y Jerónimo de Ruão son algunos de los que participaron en la obra.

Manuel I eligió a los monjes jerónimos para ocupar el monasterio, quienes tenían entre otras, la función de rezar por el rey y dar asistencia espiritual a los marinos y navegantes que partían al descubrimiento de nuevas tierras. La orden de los jerónimos se disolvió en 1833 y el monasterio quedó desocupado y fue incorporado a los bienes del Estado. Hasta 1940 funcionó allí la Casa Pia de Lisboa, institución solidaria destinada a los niños.

Además de los mausoleos reales, también tienen sepultura aquí importantes personalidades de la historia de Portugal.



El impresionante conjunto, cuya fachada se extiende más de 300 metros, sufrió en el siglo XIX una serie de transformaciones, luego de una de las cuales el sector de los dormitorios pasó a ser la sede del Museo de Antropología.
El portal sur es el centro visual de la fachada que corre paralela al río. Nuestra Señora de Belém es la figura central en la suntuosa decoración, rodeada de una multitud de profetas, apóstoles y santos. Se reproducen escenas de la vida de San Jerónimo, y el Arcángel San Miguel domina el conjunto desde lo alto. Aunque ricamente decorada esta es sólo una puerta lateral.

La puerta principal se encuentra al oeste. Sobre ella hay escenas del nacimiento de Cristo, a la izquierda esculturas del rey Manuel I y San Jerónimo y a la derecha, de su segunda esposa, la reina María, y San Juan Bautista. Por ella se accede a la nave de la Iglesia de Santa María de Belém, en la cual destacan delgadas columnas que sostienen una impresionante bóveda nervada de 29 x 19 metros sin apoyatura central. A cada lado de la nave se encuentran las tumbas de Vasco da Gama y del poeta Luis de Camões.

Al otro extremo de la nave se encuentra la capilla mayor, construida en 1572, donde se encuentra el panteón real. Los restos de Manuel I y su segunda esposa, la reina María, y Joao III, su hijo, con su esposa, Catalina de Austria, descansan aquí junto a todos sus hijos. La tumba de Sebastián I está vacía; el joven rey nunca regresó de la batalla de Alcazarquivir... Llaman la atención un extravagante mausoleo sostenido por elefantes y las pinturas con escenas de la Pasión de Cristo y la Adoración de los Magos, obras de Lourenço de Salzedo.

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agape
 
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor sverbi » Lun Sep 22, 2014 8:21 pm

Cómo está constituida la Familia Jerónima en la actualidad.
Monjes Jerónimos, Orden de San Jerónimo
“De esta manera, por la profesión de los Consejos Evangélicos y vacando sólo a Dios, con la ofrenda de nuestro ser y de nuestra vida, elevamos nuestras voces al Padre en un continuo himno de adoración, de alabanza y de acción de gracias, encomendamos las grandes intenciones de la Iglesia, "aplacamos la ira de Dios contra los pecados del mundo" y ayudamos a que se dilate el Pueblo de Dios con misteriosa fecundidad apostólica, cooperando espiritualmente para que la edificación de la ciudad terrena se funde siempre en el Señor y se ordene a Él, no sea que trabajen en vano quienes la edifican.” (Constituciones nº 5)

La Orden de San Jerónimo fue aprobada por el Romano Pontífice Gregorio XI en 1373 con la bula Salvatoris humani generis. Su origen radica en varios grupos de ermitaños españoles e italianos que deseaban imitar la vida de San Jerónimo en comunidad. Entre ellos, destacan Fray Pedro Fernández Pecha y Fray Fernando Yáñez de Figueroa. El Papa los aprueba dándoles como norma de vida la Regla de San Agustín y permitiéndoles llamarse frailes o ermitaños de San Jerónimo. En 1414, Benedicto XIII los erige en Orden exenta.
Por su vida observante, austeridad y espíritu de penitencia, fueron altamente favorecidos por la Monarquía Española, especialmente la Dinastía de los Austrias. Tuvieron los monasterios más grandes y hermosos de España, como el de Santa María de Guadalupe en Cáceres, Nuestra Señora de Fredesval en Burgos, San Miguel de los Reyes en Valencia y, sobre todo, el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial en Madrid, Panteón Real. Con las leyes liberales, anticatólicas y desamortizadoras de 1835, los Jerónimos fueron desposeídos de sus 48 monasterios y sus mil monjes fueron exclaustrados. No habían salido de la península Ibérica (en Portugal corrieron la misma suerte) y esto supuso su sentencia de muerte.
Cercano al cumplimiento de los 100 años prescriptivos que establecía el Derecho Canónico para la extinción de una Orden religiosa, el P. Manuel de la Sagrada Familia (Sanz Domínguez) recibe la inspiración divina de restaurar la que fuera gloria de la vida monástica española. En 1925 comienza la restauración, con la bendición de Pío XI, en el Monasterio de Santa María del Parral en Segovia. En 1936, durante la Guerra Civil, fue apresado y martirizado por los republicanos ateos en Paracuellos del Jarama. Su sangre derramada por Cristo trajo para la recién restaurada Orden las bendiciones del Cielo.
La Orden de San Jerónimo es una institución monástica, de carácter puramente contemplativo, “que en soledad y silencio, en asidua oración y animosa penitencia, pretende llevar a sus monjes a la unión con Dios, consciente, por otro lado, de que cuanto más intensa sea esta unión por su propia donación en la vida monástica, tanto más espléndida se hace la vida de la Iglesia y más vigorosamente se fecunda su apostolado”. Así pues, la jornada del monje Jerónimo se desarrolla entorno a la vida litúrgica y de oración, ya que “la principal y mayor parte de la vida ordenó esta Religión para el coro y alabanzas divinas: ocupación de ángeles”, y las tareas intelectuales y de trabajo. En el curso del día, santificando todas las horas, los monjes Jerónimos celebran con cantos y con gran belleza y solemnidad la Liturgia de las Horas. Con esto, el monje Jerónimo cumple su misión de tributar todo honor y gloria a Cristo y, por medio de él, al Eterno Padre.
La caridad pastoral impone a la comunidad monástica una fraterna acogida a todo el que quiera compartir seriamente su vida, siempre que queden garantizados dentro del monasterio la soledad, el silencio y el orden. Los Jerónimos han renunciado a la gloria de los altares, de la misma manera que la Orden de la Cartuja de San Bruno.
Tras el cierre definitivo del Monasterio de San Jerónimo de Yuste en 2010 (ocupado ahora por monjes Paulinos desde 2011) los Jerónimos están presentes en un sólo monasterio: Santa María del Parral en Segovia.
Monjas Jerónimas, Orden de San Jerónimo


La Orden de San Jerónimo había recibido la aprobación de Gregorio XI en 1373 con la bula Salvatoris humani generis. Al tiempo que surgía dicha Orden, un grupo de mujeres, encabezadas por Doña María García, se retiraban en unas casas de Toledo para consagrar sus vidas a Dios en oración y penitencia. Fray Pedro de Guadalajara (Fernández Pecha), fundador de la Orden, las atiende, la orienta y les va perfilando su modo de vida. Se funda entonces el Monasterio de San Pablo de Beatas de San Jerónimo. La Orden asume el monasterio en 1464 y en 1510 el Capítulo General lo incorpora jurídicamente a la Orden. Con el tiempo fueron surgiendo otros grupos de mujeres deseosas de incorporarse a la Orden, y ésta los fue aceptando en los posteriores Capítulos Generales.
Llegaron a fundarse veinte monasterios. Sin embargo, la Desamortización de Mendizábal de 1835 asestó un duro golpe a las monjas Jerónimas que quedaron sin el apoyo de los Jerónimos que habían sido disueltos. Al no haber tampoco dependencia jurídica entre los monasterios, las Jerónimas fueron manteniéndose a duras penas hasta que la Providencia guió hasta la Orden a la Madre Cristina de la Cruz de Arteaga y Falguera (1902-1984), artífice del renacer de la Orden en su rama femenina. Ella dirigió la Federación Jerónima de Santa Paula, a raíz de la Sponsa Christi de Pío XII, y con su especial carisma llevó a la Orden a un nuevo florecimiento de vocaciones y de fidelidad a la tradición jerónima.
Las Jerónimas son monjas contemplativas que asumen en sus vidas el misterio salvador de Cristo, y se consagran totalmente a Él. Con su ausencia aparente en el mundo, testifican ante éste que Dios vive, que su realidad invisible basta para llenar una existencia humana, en la que se condensa el fin esencial de la creación: alabar, glorificar y dar gracias a Dios.
La oración, el trato íntimo y perseverante del alma con Dios, constituye la respiración de la monja Jerónima que busca a Dios en la soledad y ora con Jesús en la intimidad del claustro del alma. Las monjas rezan el Oficio Divino completo y tienen sus horas preceptivas de oración personal. Siguiendo el ejemplo de San Jerónimo y Santa Paula de Roma, sus hijas aman la Sagrada Escritura que celosamente estudian y traducen en palabras y obras. Así, en el horario monástico de cada día hay un lugar holgado para la lectura lenta, desinteresada, penetrada de oración, dedicada exclusivamente a la búsqueda de Dios, al diálogo con Dios, a estudiar el corazón de Dios: la lectio divina.
Las Jerónimas cuidan el silencio, madre de las virtudes monásticas, que crea el desierto bienhechor y fecundo para el coloquio con Dios. Las Jerónimas observan el silencio a lo largo del día, exceptuando los tiempos de alegre recreación comunitaria. Característica de su tradición es la guarda de la celda. En la celda se cultiva el silencio, la lectura de libros santos y con ellos la meditación y la oración, la mortificación y la paciencia, en suma, que se abre puerta al trato y a la unión con Dios, fin para el que han sido llamadas a la vida contemplativa.
Forma característica de caridad con el prójimo es la buena acogida y hospitalidad que dispensan las Jerónimas. Y es que sus Santos Padres Jerónimo y Paula edificaron la primera hospedería en Tierra Santa, “no fuera que viniendo a Belén María y José se encontraran sin posada”.
Actualmente existen en España 17 monasterios de Jerónimas y uno en la India:
- San Pablo (Toledo, fundado en 1464).
- Santa Marta (Córdoba, 1464).
- Santa Paula (Sevilla, 1475).
- San Matías (Barcelona, 1475).
- Santa María de la Concepción (Trujillo, Cáceres, 1478).
- Santa Isabel (Palma de Mallorca, 1485).
- La Concepción Jerónima (Madrid, 1504).
- San Bartolomé (Inca, Baleares, 1530).
- Santa Paula (Granada, 1540).
- Santa María de la Asunción (Morón de la Frontera, Sevilla, 1568).
- Nuestra Señora de los Remedios (Yunquera de Henares, Guadalajara, 1572).
- Nuestra Señora de la Salud (Garrovillas, Cáceres, 1572).
- Corpus Christi (Madrid, 1605).
- Nuestra Señora de los Ángeles (Constantina, Sevilla, 1951).
- Nuestra Señora de las Mercedes (Almodóvar del Campo, Ciudad Real, 1964).
- Santa María de Jesús (Cáceres, 1975).
- Nuestra Señora de Belén (Toral de los Guzmanes, León, 1990).
- Mater Eclessiae (Punalur, Kerala, India, 2000).
Los monasterios de Jerónimas son autónomos y se encuentran federados. Cada comunidad monástica es particular y dado que la vocación implica vivir esta forma de vida en una comunidad concreta, única e irrepetible, la interesada debe buscar aquella que mejor comulgue con sus ideales. Compartiendo el mismo carisma, las comunidades de Jerónimas son diferentes. Por ejemplo en la cuestión del hábito (algunas visten el hábito tradicional y otras uno reformado), en la liturgia, en la guarda de la clausura, en el trabajo…

La Congregación de Jerónimas de la Adoración es una comunidad de hermanas que, por buscar únicamente a Dios sobre todas las cosas, unimos la contemplación -por la que nos adherimos a El con la mente y el corazón-, con el amor apostólico -por el que procuramos asociarnos a la obra de la redención y a la extensión del reino de Dios-, de lo que es su mejor expresión el culto y la adoración a la Santísima Eucaristía y a la educación cristiana de los jóvenes, pero sin que esto excluya estar abiertas a otras formas de piedad o de acción apostólica según los signos de los tiempos y las necesidades de la Iglesia. (Cons. n. 4)


RELIGIOSAS JERÓNIMAS DE PUEBLA
herederas espirituales de Nuestra Padre San Jerónimo en su amor a la Iglesia. El enamorado de la vida monástica, San Jerónimo (420) fue uno de los inspiradores de la vida eremitita en Occidente, la cual organizada en el siglo XIV, dio origen a la orden de San Jerónimo bajo la regla de san Agustín.
Del primer monasterio femenino de la orden de San Jerónimo fundado en la ciudad de México, en 1585, nació el de Puebla fundado el 15 de julio de 1600. De aquellas antiguas monjas que hubieron de enfrentarse a las vicisitudes de la historia: independencia, Reforma, Revolución Mexicana, Conflicto religioso, heredemos la fidelidad a Cristo y a su Iglesia que perfila nuestro espíritu.
Jerónimas
Iniciada la era de paz de que disfruta la Iglesia en México a partir de 1940, iluminadas por el espíritu del Señor a través de las enseñanzas y exhortaciones de la Constitución Apostólica “Sponsa Christi” de S. S. Pio XII y guiadas por la sabiduría y prudencia de Mons. Luis Maldonado Cortés, a quien consideramos nuestro fundador en esta nueva etapa. Quisimos estar unidas a la Iglesia no sólo con nuestra vida de oración, si no también con las tareas apostólicas. La santa sede nos otorgó la transformación en Congregación Religiosa de derecho pontificio el 7 de febrero de 1957
El Espíritu Santo nos impulsó bajo el carisma de nuestro fundador el Ilmo. Dr. Luis Maldonado Cortés, transformándonos en un Instituto de vida apostólica.
El Instituto de Jerónimas de Puebla nace en el año 1600 en la ciudad de Puebla. Cuando un grupo de jóvenes se unen con el fin de vivir una vida consagrada a Dios. Educadas e instruidas por las monjas Jerónimas provenientes del convento de San Lorenzo de la ciudad de México. Las monjas Jerónimas atendian una escuela llamada Jesús María. Con el paso del tiempo el monasterio se transformó en Instituto de vida apostolica, teniendo como carísma: el amor esponsal a la Iglesia, a ejemplo de Cristo que dio su vida por redimirla.
sverbi
 
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor MECHA1 » Lun Sep 22, 2014 8:24 pm

Hola. Muy interesante la vida de San Jerónimo y Santa Paula. Gracias. Dios y nuestra Señora María de la Merced los bendiga.
SANTA PAULA de ROMA
Es una de las figuras más importantes del monacato femenino de finales del S. IV. Estaba dotada de una educación exquisita, noble de corazón, de sentimiento delicado y profundo, magnánima y capaz de hacer renuncias heroicas a fin de conseguir su ideal religioso. Fue una antigua santa romana. Nació el 5 de Mayo 347. Por parte de su madre, tenía parentesco con los Escipiones, con los Gracos y Paulo Emilio. Su padre pretendía ser descendiente de Agamenón. A los quince años de edad se casó con el noble Toxocio, con quien tuvo cuatro hijas, Blesila, Paulina, Eustquia y Rufina y un hijo, del mismo nombre Toxocio. Paula era muy virtuosa como mujer casada y con su marido edificaron a Roma con su ejemplo. Sin embargo ella tenía sus defectos, particularmente el de cierto amor a la vida mundana, lo cual era difícil de evitar por su alta posición social
A los treinta y dos años de edad quedó viuda. Guardó un luto severo y con el tiempo se convirtió en modelo de las viudas cristianas. Su pena fue inmoderada hasta el momento en que su amiga Santa Marcela, una viuda romana que asombraba con sus penitencias, la persuadió de que se entregara totalmente a Dios. A partir de entonces, Paula vivió en la mayor austeridad. Su comida era muy sencilla, y no bebía vino; dormía en el suelo, sobre un saco; renunció por completo a las diversiones y a la vida social; y repartió entre los pobres todo aquello que le pertenecía y evitó lo que pudiera distraerla de sus buenas obras. En 382 ofreció hospitalidad a San Epifanio de Salamis y a San Paulino de Antioquía, cuando fueron a roma. Ellos le presentaron a San Jerónimo, con quien la santa estuvo estrechamente asociada en el servicio de Dios mientras vivió en Roma, bajo el Papa San Dámaso. Santa Blesila, la hija mayor de Santa Paula, murió súbitamente, cosa que hizo sufrir mucho a la piadosa viuda. San Jerónimo, que acababa de volver de Belén, le escribió una carta de consuelo, en la que no dejaba de reprenderla por la pena excesiva que manifestaba sin pensar que su hija había ido a recibir el premio celestial. Paulina, su segunda hija, estaba casada con San Pamaquio, y murió siete años antes que su madre. Santa Eustoquia, su tercera hija, fue su inseparable compañera. Rufina murió siendo todavía joven.
Cuanto más progresaba Santa Paula en el gusto de las cosas divinas, más insoportable se le hacía la tumultuosa vida de la ciudad. La santa suspiraba por el desierto, y deseaba vivir en una ermita, sin tener otra cosa en que ocuparse más que en pensar en Dios. Determinó, pues, dejar su casa, su familia y sus amigos y partir de Roma. Aunque era la más amante de las madres, las lágrimas de Toxocio y Rufina no lograron desviarla de su propósito. Santa Paula se embarcó con su hija Eustoquia, el año 385; visitó a San Epifanio en Chipre, y se reunió con San Jerónimo y otros peregrinos en Antioquía. Los peregrinos visitaron los Santos Lugares de Palestina y fueron a Egipto a ver a los monjes y anacoretas del desierto. Un año más tarde llegaron a Belén, donde Santa Paula y Santa Eustoquio se quedaron bajo la dirección de San Jerónimo. Las dos santas vivieron en una choza, hasta que se acabó de construir el monasterio para hombres y los tres monasterios para mujeres. Estos últimos constituían propiamente una sola casa, ya que las tres comunidades se reunían noche y día en la capilla para el oficio divino, y los domingos en la Iglesia próxima. La alimentación era escasa y mala, los ayunos frecuentes
y severos. Todas las religiosas ejercían algún oficio y tejían vestidos para sí y para los demás. Todos vestían un hábito idéntico. Ningún hombre podía entrar en el recinto de los monasterios. Paula gobernaba con gran caridad y discreción. Era la primera en cumplir las reglas, y participaba, como Eustoquia, en los trabajos de la casa. Si alguna religiosa se mostraba locuaz o airada, su penitencia consistía en aislarse de la comunidad, colocarse la última en las filas, orar fuera de las puertas y comer aparte, durante algún tiempo. Paula quería que el amor a la pobreza se manifestase también en los edificios e iglesias, que eran construcciones bajas y sin ningún adorno costoso. Según la santa, era preferible repartir el dinero entre los pobres, miembros vivos de Cristo.
Paladio afirma que Santa Paula le fue a San Jerónimo de gran utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y había aprendido suficiente hebreo en Palestina como para cantar los salmos en la lengua original. San jerónimo la había iniciado en las cuestiones exegéticas lo bastante para que pudiese seguir con interés su discusión con el obispo Juan de Jerusalén sobre el origenismo Aunque no fue designada como oficial de facto lo fue durante 15 siglos. Los enemigos de Jerónimo encontraron que sus denuncias respecto a la indulgencia clerical y su defensa de abnegación eran raros cuando ellos consideraban su íntima relación con Paula. Se ha sugerido que hubo una relación amorosa entre Jerónimo y Paula.
Los últimos años de la santa se vieron ensombrecidos por esta disputa y por las preocupaciones económicas que su generosidad había producido. Toxocio, el hijo de Santa Paula, se casó con Leta, la hija de un sacerdote pagano, que era cristiana. Ambos fueron fieles imitadores de la vida de su madre y enviaron a su hija Paula a educarse en Jerusalén al cuidado de su abuela. Paula, la joven, sucedió a Santa Paula en el gobierno de los monasterios. San Jerónimo envió a Leta algunos consejos para la educación de su hija, que todos los padres deberían leer. Dios llamó a sí a Santa Paula a los 56 años de edad. Durante su última enfermedad, la santa repetía incansablemente los versos de los salmos que expresaban el deseo del alma de ver la Jerusalén celestial y de unirse con Dios. Cuando perdió el habla, Santa Paula hacía la señal de la cruz sobre sus labios. Murió en la paz del señor, el 26 de enero del año 404 y fue enterrada debajo de la iglesia de la Natividad en Belén
Sabemos sobre los primeros años de santa Paula a través de los escritos de san Jerónimo. En su carta 108, afirma que ella había llevado una vida de lujo y que tenía gran estatus. Vestía en sedas, y había sido llevada por la ciudad por sus esclavos eunucos. La fuente principal sobre la vida de Paula son las cartas de san Jerónimo (P. L., XXII). La vida de santa Paula se encuentra en la Carta CVIII y la de su familia se encuentran en los números XXII, XXX, XXXI, XXXIII, XXXVIII, XXXIX, LXVI, CVII.
Santa Paula nos enseña la importancia del desprendimiento para encontrar la Verdad. Santa Paula ruega por nosotros.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor mariaines » Mar Sep 23, 2014 6:29 am

La familia Jeronima en Sevilla

En el corazón del barrio de San Julián, uno de los más antiguos de Sevilla, no lejos de la Macarena, cerca de San Marcos, que es su parroquia, y de la inmediata iglesia de Santa Isabel, se yergue la espadaña del monasterio de Santa Paula.

Aureolada de sol, sobre el azul del cielo, tiene reflejos de oro y esmaltes. Iluminada, de noche, es de un efecto sorprendente. Corona al monasterio como una peina sevillana y preside la plazuela que le da entrada.

¿Quién fue Santa Paula?
Una gran patricia romana, descendiente de los Gracos y de los Escipiones, conquistadores de España, les debió su nombre de Paula. En el siglo IV, cuando lloraba su viudez, se encontró en Roma con San Jerónimo, que venía del desierto a ser intérprete de unos obispos orientales, citados a concilio por el papa español San Dámaso.

Después de haber hecho en Roma una experiencia de vida monástica, dedicados al estudio de las Sagradas Escrituras, a la recitación de los salmos y a la vida de caridad evangélica, marcharon a Tierra Santa y fundaron en Belén dos monasterios: uno de varones y otro de mujeres en el año 386.

Aquellos monasterios betlemitas, de jerónimos y jerónimas, fueron tipo y modelo de esa Orden de San Jerónimo, tan célebre en España, que resurgió en nuestra península en el siglo XIV “a impulsos del Espíritu Santo”. Ermitaños venidos de Italia la esparcieron por España y Portugal, instaurando la Orden de San Jerónimo de las Españas, bajo la regla de San Agustín, con Constituciones propias y hábito blanco y pardo que “manos apostólicas” (las de Gregorio XI) impusieron a sus restauradores. Y que, a la sombra de San Jerónimo de Buenavista, fundó en Sevilla, en 1473, este monasterio de monjas, hijas y seguidoras de Santa Paula.




Ana de Santillán nació en Sevilla en 1424, hija de Fernando de Santillán, caballero veinticuatro, o sea sucesor de uno de los conquistadores de Sevilla bajo el reinado de San Fernando y de su esposa Leonor de Saavedra, ambos temerosos de Dios y muy amantes de la Orden de San Jerónimo.

Cuando murió su marido, D. Pedro Ortiz Núñez de Guzmán, quedó viuda con una única hija, Blanca. Doña Ana se dio toda a la piedad y a la educación y tutela de dicha hija pero la perdió en sus dieciocho años. Entonces renunciando al mundo se recluyó en un beaterio, pero con el plan de fundar, en casas propias, un monasterio de monjas de la Orden de San Jerónimo, bajo cuya jurisdicción seguiría en todo sus leyes. Con la ayuda de su padre, logró comprar otras casas más espaciosas que fueron del abad de Xerez, lindantes con las suyas y que habían pasado, por herencia, a propiedad del monasterio de San Jerónimo de Buenavista.

Por Bula plomada de 27 de enero de 1473 concedió Sixto IV la deseada fundación de Santa Paula de Sevilla. Parece que la Orden la admitió en el Capítulo general de 1474 y el 8 de julio de 1475, se hizo el traslado de las 14 fundadoras, del emparedamiento de San Juan de la Palma a su nueva mansión, donde recibieron el hábito de la Orden y tuvieron el consuelo de ver bendita su primitiva iglesia (la actual sala capitular) y establecida su clausura. La M. Ana, que a 13 de julio, con otras compañeras firmó su carta de profesión “fasta la muerte” venía nombrada por la Bula priora de por vida.

Creció el convento felicísimamente, la fama de su observancia irradiaba por toda la ciudad atrayendo a nuevas vocaciones. La iglesia y el coro resultaban pequeños, las monjas pedían a Dios solución de su problema, y hasta la esperaban de una marquesa que las visitaba y favorecía. Cuentan que, estando en oración, oyeron una voz que decía: “Marquesa será, pero no esa”.

Doña Isabel Enríquez, biznieta de D. Enrique III de Castilla y del rey D. Fernando de Portugal, fue la inesperada bienhechora
que envió al monasterio la divina providencia. Estaba casada con D. Juan de Braganza, codestable de Portugal y Marqués de Montemayor. Vivía cerca del monasterio de Santa Paula y al quedar viuda, tenía todo su consuelo en el trato con la venerable priora y con sus monjas, a quienes llamaba las mies maes. Decidió en su duelo, que permanecería en Sevilla, que edificaría la iglesia y los coros que la comunidad estaba necesitando tanto y que este sería el panteón de su esposo y propio, al final de sus días.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor ruizmaiquez » Mar Sep 23, 2014 7:11 am

Breve biografía de san Jerónimo contada por el papa Benedicto XVI.

"Jerónimo nació en Estridon en torno al año 347 de una familia cristiana, que le dio una fina formación, enviándole a Roma para que perfeccionara sus estudios. Siendo joven sintió el atractivo de la vida mundana, pero prevaleció en él el deseo y el interés por la religión cristiana. Tras recibir el bautismo, hacia el año 366, se orientó hacia la vida ascética y, al ir a vivir a Aquileya, se integró en un grupo de cristianos fervorosos, definido por el como una especie de “coro de bienaventurados” reunido alrededor del obispo Valeriano. Se fue después a Oriente y vivió como eremita en el desierto de Calcide, en el sur de Alepo, dedicándose seriamente al estudio. Perfeccionó el griego, comenzó a estudiar hebreo, trascribió códigos y obras patrísticas. La meditación, la soledad, el contacto con la Palabra de Dios maduraron su sensibilidad cristiana. En el año 382 se fue a vivir a Roma: aquí, el Papa Dámaso, conociendo su fama de asceta y su competencia como estudioso, le tomó como secretario y consejero; le alentó a emprender una nueva traducción latina de los textos bíblicos por motivos pastorales y culturales. Después de la muerte del Papa Dámaso, Jerónimo dejó Roma en el año 385 y emprendió una peregrinación, ante todo a Tierra Santa, silenciosa testigo de la vida terrena de Cristo, y después a Egipto, tierra elegida por muchos monjes. En el año 386 se detuvo en Belén, donde gracias a la generosidad de una mujer noble, Paula, se construyeron un monasterio masculino, uno femenino, y un hospicio para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, «pensando en que María y José no habían encontrado albergue». Se quedó en Belén hasta la muerte, continuando una intensa actividad: comentó la Palabra de Dios; defendió la fe, oponiéndose con vigor a las herejías; exhortó a los monjes a la perfección; enseñó cultura clásica y cristiana a jóvenes; acogió con espíritu pastoral a los peregrinos que visitaban Tierra Santa. Falleció en su celda, junto a la gruta de la Natividad, el 30 de septiembre de 419/420.
La formación literaria y su amplia erudición permitieron a Jerónimo revisar y traducir muchos textos bíblicos: un precioso trabajo para la Iglesia latina y para la cultura occidental. Basándose en los textos originales en griego y en hebreo, comparándolos con las versiones precedentes, revisó los cuatro evangelios en latín, luego los Salmos y buena parte del Antiguo Testamento. Teniendo en cuenta el original hebreo y el griego de los Setenta, la clásica versión griega del Antiguo Testamento que se remonta a tiempos precedentes al cristianismo, y de las precedentes versiones latinas, Jerónimo, ayudado después por otros colaboradores, pudo ofrecer una traducción mejor: constituye la así llamada «Vulgata», el texto «oficial» de la Iglesia latina, que fue reconocido como tal en el Concilio de Trento y que, después de la reciente revisión, sigue siendo el texto «oficial» de la Iglesia en latín".
ruizmaiquez
 
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor marce685 » Mar Sep 23, 2014 8:49 am

SAN JERÓNIMO
Fiesta 30 Septiembre

Uno de los cuatro Doctores originales de la Iglesia Latina. Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato. (347-420)

Ver de sus escritos:
Convertíos a mí -de su comentario sobre el profeta Joel
Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo

En breve:
Nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado. Abrazó la vida ascética, marchó al Oriente y fue ordenado presbítero. Volvió a Roma y fue secretario del papa Dámaso. Fue en esta época cuando empezó su traducción latina de la Biblia. También promovió la vida monástica. Más tarde, se estableció en Belén, donde trabajó mucho por el bien de la Iglesia. Escribió gran cantidad de obras, principalmente comentarios de la sagrada Escritura. Murió en Belén el año 420.

San Jerónimo
Audiencias de Benedicto XVI: 7 de noviembre y 14 de noviembre, 2007

Síntesis de las audiencias sobre S. Jerónimo:

San Jeronimo:
-"Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo"
-"¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?"
-"Estoy con quien esté unido a la Cátedra de san Pedro" "yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia".

La Biblia, instrumento «con el que cada día Dios habla a los fieles, se convierte de este modo en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona».

Leer la Escritura es conversar con Dios: «Si rezas --escribe a una joven noble de Roma--hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla».

Como interpretar la Biblia «un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia».

«Por nosotros mismos nunca podemos leer la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Biblia fue escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo»

«Sólo en esta comunión con el Pueblo de Dios podemos entrar realmente con el “nosotros” en el núcleo de la verdad que Dios mismo nos quiere decir».

«Para él una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia católica».

La lectura de la Escritura lleva al santo a entregarse a los demás: es necesario «vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo».

La Palabra de Dios «indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad».

SAN JERONIMO EN BELEN
https://www.youtube.com/watch?v=Lsvjvtzsbvs


SANTA PAULA

Patrona de las Viudas
347- 404
Su fiesta se celebraba el 26 de enero en el antiguo calendario.

Santa Paula nació el 5 de mayo de 347. Por parte de su madre, tenía parentesco con los Escipiones, con los Gracos y Paulo Emilio. Su padre pretendía ser descendiente de Agamenón. Paula tuvo un hijo, llamado Toxocio como su marido y cuatro hijas: Blesila, Paulina, Eustoquio y Rufina.

Paula era muy virtuosa como mujer casada y con su marido edificaron a Roma con su ejemplo. Sin embargo ella tenía sus defectos, particularmente el de cierto amor a la vida mundana, lo cual era difícil de evitar por su alta posición social. Al principio Paula no se daba cuenta de esta secreta tendencia de su corazón, pero la muerte de su esposo, ocurrida cuando ella tenía 33 años, le abrió los ojos. Su pena fue inmoderada hasta el momento en que su amiga Santa Marcela, una viuda romana que asombraba con sus penitencias, la persuadió de que se entregara totalmente a Dios. A partir de entonces, Paula vivió en la mayor austeridad.

Su comida era muy sencilla, y no bebía vino; dormía en el suelo, sobre un saco; renunció por completo a las diversiones y a la vida social; y repartió entre los pobres todo aquello que le pertenecía y evitó lo que pudiera distraerla de sus buenas obras.

En una ocasión ofreció hospitalidad a San Epifanio de Salamis y a San Paulino de Antioquía, cuando fueron a roma. Ellos le presentaron a San Jerónimo, con quien la santa estuvo estrechamente asociada en el servicio de Dios mientras vivió en Roma, bajo el Papa San Dámaso.

Santa Blesila, la hija mayor de Santa Paula, murió súbitamente, cosa que hizo sufrir mucho a la piadosa viuda. San Jerónimo, que acababa de volver de Belén, le escribió una carta de consuelo, en la que no dejaba de reprenderla por la pena excesiva que manifestaba sin pensar que su hija había ido a recibir el premio celestial. Paulina, su segunda hija, estaba casada con San Pamaquio, y murió siete años antes que su madre. Santa Eustoquio, su tercera hija, fue su inseparable compañera. Rufina murió siendo todavía joven.

Cuanto mas progresaba Santa Paula en el gusto de las cosas divinas, mas insoportable se le hacía la tumultuosa vida de la ciudad. La santa suspiraba por el desierto, y deseaba vivir en una ermita, sin tener otra cosa en que ocuparse más que en pensar en Dios. Determinó, pues, dejar su casa, su familia y sus amigos y partir de Roma. Aunque era la más amante de las madres, las lágrimas de Toxocio y Rufina no lograron desviarla de su propósito. Santa Paula se embarcó con su hija Eustoquio, el año 385; visitó a San Epifanio en Chipre, y se reunió con San Jerónimo y otros peregrinos en Antioquía. Los peregrinos visitaron los Santos Lugares de Palestina y fueron a Egipto a ver a los monjes y anacoretas del desierto. Un año más tarde llegaron a Belén, donde Santa Paula y Santa Eustoquio se quedaron bajo la dirección de San Jerónimo.

Las dos santas vivieron en una choza, hasta que se acabó de construir el monasterio para hombres y los tres monasterios para mujeres. Estos últimos constituían propiamente una sola casa, ya que las tres comunidades se reunían noche y día en la capilla para el oficio divino, y los domingos en la Iglesia próxima. La alimentación era escasa y mala, los ayunos frecuentes y severos.

Todas las religiosas ejercían algún oficio y tejían vestidos para sí y para los demás. Todos vestían un hábito idéntico. Ningún hombre podía entrar en el recinto de los monasterios. Paula gobernaba con gran caridad y discreción. Era la primera en cumplir las reglas, y participaba, como Eustoquio, en los trabajos de la casa. Si alguna religiosa se mostraba locuaz o airada, su penitencia consistía en aislarse de la comunidad, colocarse la última en las filas, orar fuera de las puertas y comer aparte, durante algún tiempo. Paula quería que el amor a la pobreza se manifestase también en los edificios e iglesias, que eran construcciones bajas y sin ningún adorno costoso. Según la santa, era preferible repartir el dinero entre los pobres, miembros vivos de Cristo.

Paladio afirma que Santa Paula se ocupaba de atender a San Jerónimo, y le fue a éste de gran utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y en Palestina había aprendido suficiente hebreo para cantar los salmos en la lengua original. Además, San jerónimo la había iniciado en las cuestiones exegéticas lo bastante para que Paula pudiese seguir con interés su desagradable discusión con el obispo Juan de Jerusalén sobre el origenismo. Los últimos años de la santa se vieron ensombrecidos por esta disputa y por las preocupaciones económicas que su generosidad había producido. Toxocio, el hijo de Santa Paula, se casó con Leta, la hija de un sacerdote pagano, que era cristiana. Ambos fueron fieles imitadores de la vida de su madre y enviaron a su hija Paula a educarse en Jerusalén al cuidado de su abuela. Paula, la joven, sucedió a Santa Paula en el gobierno de los monasterios. San Jerónimo envió a Leta algunos consejos para la educación de su hija, que todos los padres deberían leer. Dios llamó a sí a Santa Paula a los 56 años de edad. Durante su última enfermedad, la santa repetía incansablemente los versos de los salmos que expresaban el deseo del alma de ver la Jerusalén celestial y de unirse con Dios.

Cuando perdió el habla, Santa Paula hacía la señal de la cruz sobre sus labios. Murió en la paz del señor, el 26 de enero del año 404.

Santa Paula, ruega por nosotros.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor marce685 » Mar Sep 23, 2014 8:49 am

SAN JERÓNIMO
Fiesta 30 Septiembre

Uno de los cuatro Doctores originales de la Iglesia Latina. Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato. (347-420)

Ver de sus escritos:
Convertíos a mí -de su comentario sobre el profeta Joel
Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo

En breve:
Nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado. Abrazó la vida ascética, marchó al Oriente y fue ordenado presbítero. Volvió a Roma y fue secretario del papa Dámaso. Fue en esta época cuando empezó su traducción latina de la Biblia. También promovió la vida monástica. Más tarde, se estableció en Belén, donde trabajó mucho por el bien de la Iglesia. Escribió gran cantidad de obras, principalmente comentarios de la sagrada Escritura. Murió en Belén el año 420.

San Jerónimo
Audiencias de Benedicto XVI: 7 de noviembre y 14 de noviembre, 2007

Síntesis de las audiencias sobre S. Jerónimo:

San Jeronimo:
-"Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo"
-"¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?"
-"Estoy con quien esté unido a la Cátedra de san Pedro" "yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia".

La Biblia, instrumento «con el que cada día Dios habla a los fieles, se convierte de este modo en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona».

Leer la Escritura es conversar con Dios: «Si rezas --escribe a una joven noble de Roma--hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla».

Como interpretar la Biblia «un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia».

«Por nosotros mismos nunca podemos leer la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Biblia fue escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo»

«Sólo en esta comunión con el Pueblo de Dios podemos entrar realmente con el “nosotros” en el núcleo de la verdad que Dios mismo nos quiere decir».

«Para él una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia católica».

La lectura de la Escritura lleva al santo a entregarse a los demás: es necesario «vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo».

La Palabra de Dios «indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad».

SAN JERONIMO EN BELEN
https://www.youtube.com/watch?v=Lsvjvtzsbvs


SANTA PAULA

Patrona de las Viudas
347- 404
Su fiesta se celebraba el 26 de enero en el antiguo calendario.

Santa Paula nació el 5 de mayo de 347. Por parte de su madre, tenía parentesco con los Escipiones, con los Gracos y Paulo Emilio. Su padre pretendía ser descendiente de Agamenón. Paula tuvo un hijo, llamado Toxocio como su marido y cuatro hijas: Blesila, Paulina, Eustoquio y Rufina.

Paula era muy virtuosa como mujer casada y con su marido edificaron a Roma con su ejemplo. Sin embargo ella tenía sus defectos, particularmente el de cierto amor a la vida mundana, lo cual era difícil de evitar por su alta posición social. Al principio Paula no se daba cuenta de esta secreta tendencia de su corazón, pero la muerte de su esposo, ocurrida cuando ella tenía 33 años, le abrió los ojos. Su pena fue inmoderada hasta el momento en que su amiga Santa Marcela, una viuda romana que asombraba con sus penitencias, la persuadió de que se entregara totalmente a Dios. A partir de entonces, Paula vivió en la mayor austeridad.

Su comida era muy sencilla, y no bebía vino; dormía en el suelo, sobre un saco; renunció por completo a las diversiones y a la vida social; y repartió entre los pobres todo aquello que le pertenecía y evitó lo que pudiera distraerla de sus buenas obras.

En una ocasión ofreció hospitalidad a San Epifanio de Salamis y a San Paulino de Antioquía, cuando fueron a roma. Ellos le presentaron a San Jerónimo, con quien la santa estuvo estrechamente asociada en el servicio de Dios mientras vivió en Roma, bajo el Papa San Dámaso.

Santa Blesila, la hija mayor de Santa Paula, murió súbitamente, cosa que hizo sufrir mucho a la piadosa viuda. San Jerónimo, que acababa de volver de Belén, le escribió una carta de consuelo, en la que no dejaba de reprenderla por la pena excesiva que manifestaba sin pensar que su hija había ido a recibir el premio celestial. Paulina, su segunda hija, estaba casada con San Pamaquio, y murió siete años antes que su madre. Santa Eustoquio, su tercera hija, fue su inseparable compañera. Rufina murió siendo todavía joven.

Cuanto mas progresaba Santa Paula en el gusto de las cosas divinas, mas insoportable se le hacía la tumultuosa vida de la ciudad. La santa suspiraba por el desierto, y deseaba vivir en una ermita, sin tener otra cosa en que ocuparse más que en pensar en Dios. Determinó, pues, dejar su casa, su familia y sus amigos y partir de Roma. Aunque era la más amante de las madres, las lágrimas de Toxocio y Rufina no lograron desviarla de su propósito. Santa Paula se embarcó con su hija Eustoquio, el año 385; visitó a San Epifanio en Chipre, y se reunió con San Jerónimo y otros peregrinos en Antioquía. Los peregrinos visitaron los Santos Lugares de Palestina y fueron a Egipto a ver a los monjes y anacoretas del desierto. Un año más tarde llegaron a Belén, donde Santa Paula y Santa Eustoquio se quedaron bajo la dirección de San Jerónimo.

Las dos santas vivieron en una choza, hasta que se acabó de construir el monasterio para hombres y los tres monasterios para mujeres. Estos últimos constituían propiamente una sola casa, ya que las tres comunidades se reunían noche y día en la capilla para el oficio divino, y los domingos en la Iglesia próxima. La alimentación era escasa y mala, los ayunos frecuentes y severos.

Todas las religiosas ejercían algún oficio y tejían vestidos para sí y para los demás. Todos vestían un hábito idéntico. Ningún hombre podía entrar en el recinto de los monasterios. Paula gobernaba con gran caridad y discreción. Era la primera en cumplir las reglas, y participaba, como Eustoquio, en los trabajos de la casa. Si alguna religiosa se mostraba locuaz o airada, su penitencia consistía en aislarse de la comunidad, colocarse la última en las filas, orar fuera de las puertas y comer aparte, durante algún tiempo. Paula quería que el amor a la pobreza se manifestase también en los edificios e iglesias, que eran construcciones bajas y sin ningún adorno costoso. Según la santa, era preferible repartir el dinero entre los pobres, miembros vivos de Cristo.

Paladio afirma que Santa Paula se ocupaba de atender a San Jerónimo, y le fue a éste de gran utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y en Palestina había aprendido suficiente hebreo para cantar los salmos en la lengua original. Además, San jerónimo la había iniciado en las cuestiones exegéticas lo bastante para que Paula pudiese seguir con interés su desagradable discusión con el obispo Juan de Jerusalén sobre el origenismo. Los últimos años de la santa se vieron ensombrecidos por esta disputa y por las preocupaciones económicas que su generosidad había producido. Toxocio, el hijo de Santa Paula, se casó con Leta, la hija de un sacerdote pagano, que era cristiana. Ambos fueron fieles imitadores de la vida de su madre y enviaron a su hija Paula a educarse en Jerusalén al cuidado de su abuela. Paula, la joven, sucedió a Santa Paula en el gobierno de los monasterios. San Jerónimo envió a Leta algunos consejos para la educación de su hija, que todos los padres deberían leer. Dios llamó a sí a Santa Paula a los 56 años de edad. Durante su última enfermedad, la santa repetía incansablemente los versos de los salmos que expresaban el deseo del alma de ver la Jerusalén celestial y de unirse con Dios.

Cuando perdió el habla, Santa Paula hacía la señal de la cruz sobre sus labios. Murió en la paz del señor, el 26 de enero del año 404.

Santa Paula, ruega por nosotros.
www.corazones.org
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