6. La Orden de los Jerónimos

En este curso, haremos un viaje en el tiempo para situarnos en los orígenes del monacato cristiano. Conoceremos las distintas órdenes monásticas, a sus fundadores, sus monasterios, su arte, cultura, forma de vida y su importancia para la civilización a través de la historia hasta la actualidad.

Fecha de inicio:
11 de agosto de 2014

Fecha final:
27 de octubre de 2014

Responsable: Hini Llaguno

Moderadores: Catholic.net, Ignacio S, hini, Betancourt, PEPITA GARCIA 2, rosita forero, J Julio Villarreal M, AMunozF, Moderadores Animadores

Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor iCristinai » Vie Sep 26, 2014 12:13 pm

San Jerónimo y la cueva de Belén

Es en el humilde lugar de Belén donde San Jerónimo se retira en una cueva, en la más completa humildad, en la más absoluta contemplación y en el más árido de los silencios humanos, pero en la más profunda comunicación con Dios. Es en ese estado de la oración contemplativa donde se produce su encuentro con Dios; está en El y EL está en San Jerónimo.

El encuentro personal con Dios tiene lugar en la más humilde insignificancia humana como lo es el lugar de la Sagrada Familia, el sitio donde nació el más pobre de los mortales: Jesús.

A continuación una hermosa y breve biografía de San Jerónimo contada por S Benedicto XVI.



Este es el sitio web: http://unsacerdoteentierrasanta.blogspo ... vidad.html


Estuve celebrando Misa esta semana en la capilla de San Jerónimo. Está en unas grutas que hay debajo del lugar de la estrella, donde se venera el nacimiento del Señor. Fue una experiencia muy bonita dada la cercanía de la Navidad. Allí estuvo viviendo años san Jerónimo. Escogió ese lugar para retirarse en oración. Recojo aquí una breve biografía de san Jerónimo contada por el papa Benedicto XVI.
"Jerónimo nació en Estridon en torno al año 347 de una familia cristiana, que le dio una fina formación, enviándole a Roma para que perfeccionara sus estudios. Siendo joven sintió el atractivo de la vida mundana, pero prevaleció en él el deseo y el interés por la religión cristiana. Tras recibir el bautismo, hacia el año 366, se orientó hacia la vida ascética y, al ir a vivir a Aquileya, se integró en un grupo de cristianos fervorosos, definido por el como una especie de “coro de bienaventurados” reunido alrededor del obispo Valeriano. Se fue después a Oriente y vivió como eremita en el desierto de Calcide, en el sur deAlepo, dedicándose seriamente al estudio. Perfeccionó el griego, comenzó a estudiar hebreo, trascribió códigos y obras patrísticas. La meditación, la soledad, el contacto con la Palabra de Dios maduraron su sensibilidad cristiana. En el año 382 se fue a vivir a Roma: aquí, el Papa Dámaso, conociendo su fama de asceta y su competencia como estudioso, le tomó como secretario y consejero; le alentó a emprender una nueva traducción latina de los textos bíblicos por motivos pastorales y culturales. Después de la muerte del Papa Dámaso, Jerónimo dejó Roma en el año 385 y emprendió una peregrinación, ante todo a Tierra Santa, silenciosa testigo de la vida terrena de Cristo, y después a Egipto, tierra elegida por muchos monjes. En el año 386 se detuvo en Belén, donde gracias a la donde gracias a la generosidad de una mujer noble, Paula, se construyeron un monasterio masculino, uno femenino, y un hospicio para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, «pensando en que María y José no habían encontrado albergue». Se quedó en Belén hasta la muerte, continuando una intensa actividad: comentó la Palabra de Dios; defendió la fe, oponiéndose con vigor a las herejías; exhortó a los monjes a la perfección; enseñó cultura clásica y cristiana a jóvenes; acogió con espíritu pastoral a los peregrinos que visitaban Tierra Santa. Falleció en su celda, junto a la gruta de la Natividad, el 30 de septiembre de 419/420.

La formación literaria y su amplia erudición permitieron a Jerónimo revisar y traducir muchos textos bíblicos: un precioso trabajo para la Iglesia latina y para la cultura occidental. Basándose en los textos originales en griego y en hebreo, comparándolos con las versiones precedentes, revisó los cuatro evangelios en latín, luego los Salmos y buena parte del Antiguo Testamento. Teniendo en cuenta el original hebreo y el griego de los Setenta, la clásica versión griega del Antiguo Testamento que se remonta a tiempos precedentes al cristianismo, y de las precedentes versiones latinas, Jerónimo, ayudado después por otros colaboradores, pudo ofrecer una traducción mejor: constituye la así llamada «Vulgata», el texto «oficial» de la Iglesia latina, que fue reconocido como tal en el Concilio de Trento y que, después de la reciente revisión, sigue siendo el texto «oficial» de la Iglesia en latín."


Paz y bien,

Cristina
iCristinai
 
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor FARV » Vie Sep 26, 2014 12:27 pm

Muy buena tarde compañer@s de ruta, les comparto algo sobre San Jerónimo:

SAN JERÓNIMO
Fiesta 30 Septiembre

Uno de los cuatro Doctores originales de la Iglesia Latina. Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato.
(347-420)

Ver de sus escritos:
Convertíos a mí -de su comentario sobre el profeta Joel
Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo

En breve:
Nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado. Abrazó la vida ascética, marchó al Oriente y fue ordenado presbítero. Volvió a Roma y fue secretario del papa Dámaso. Fue en esta época cuando empezó su traducción latina de la Biblia. También promovió la vida monástica. Más tarde, se estableció en Belén, donde trabajó mucho por el bien de la Iglesia. Escribió gran cantidad de obras, principalmente comentarios de la sagrada Escritura. Murió en Belén el año 420.

San Jerónimo
Audiencias de Benedicto XVI: 7 de noviembre y 14 de noviembre, 2007

Síntesis de las audiencias sobre S. Jerónimo:

San Jeronimo:
-"Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo"
-"¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?"
-"Estoy con quien esté unido a la Cátedra de san Pedro" "yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia".

La Biblia, instrumento «con el que cada día Dios habla a los fieles, se convierte de este modo en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona».

Leer la Escritura es conversar con Dios: «Si rezas --escribe a una joven noble de Roma--hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla».

Como interpretar la Biblia
«un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia».

«Por nosotros mismos nunca podemos leer la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Biblia fue escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo»

«Sólo en esta comunión con el Pueblo de Dios podemos entrar realmente con el “nosotros” en el núcleo de la verdad que Dios mismo nos quiere decir».

«Para él una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia católica».

La lectura de la Escritura lleva al santo a entregarse a los demás: es necesario «vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo».

La Palabra de Dios «indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad».

Vida de San JERÓNIMO (Eusebius Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma. En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde. Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años )y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, "teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos". Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios.

En el año de 370, Jerónimo se estableció temporalmente en Aquilea donde el obispo, San Valeriano, se había atraído a tantos elementos valiosos, que su clero era famoso en toda la Iglesia de occidente. Jerónimo tuvo amistad con varios de aquellos clérigos, cuyos nombres aparecen en sus escritos. Entre ellos se encontraba San Cromacio, el sacerdote que sucedió a Valeriano en la sede episcopal, sus dos hermanos, los diáconos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y su sobrino Nepotiano y, sobre todo, se hallaba ahí Rufino, el que fue, primero, amigo del alma de Jerónimo y, luego, su encarnizado opositor. Ya para entonces, Rufino provocaba contradicciones y violentas discusiones, con lo cual comenzaba a crearse enemigos. Al cabo de dos años, algún conflicto, sin duda más grave que los otros, disolvió al grupo de amigos, y Jerónimo decidió retirarse a alguna comarca lejana ya que Bonoso, el que había sido compañero suyo de estudios y de viajes desde la infancia, se fue a vivir en una isla desierta del Adriático. Jerónimo, por su parte, había conocido en Aquilea a Evagrio, un sacerdote de Antioquía con merecida fama de ciencia y virtud, quien despertó el interés del joven por el oriente, y hacia allá partió con sus amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, éste último había sido esclavo de Santa Melania.

Jerónimo llegó a Antioquía en 374 y ahí permaneció durante cierto tiempo. Inocencio e Hylas fueron atacados por una grave enfermedad y los dos murieron; Jerónimo también estuvo enfermo, pero sanó. En una de sus cartas a Santa Eustoquio le cuenta que en el delirio de su fiebre tuvo un sueño en el que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado. Al preguntársele quién era, repuso que un cristiano. "¡Mientes!", le replicaron. "Tú eres un ciceroniano, puesto que donde tienes tu tesoro está también tu corazón". Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su espíritu y su encuentro con San Maleo, cuya extraña historia se relata en esta obra en la fecha del 21 de octubre, ahondó todavía más el sentimiento. Corno consecuencia de aquellas emociones, Jerónimo se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma. Ahí soportó grandes sufrimientos a causa de los quebrantos de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales.

"En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto", escribió años más tarde a Santa Eustoquio, "quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma ... En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma". De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular, rnonótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginación desatada. Se propuso aprender el hebreo. "Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos", dijo en una carta fechada en el año 411 y dirigida al monje Rústico, "como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido judío, a fin de que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, de las juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicerón, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio, pasé a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas. ¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios". No obstante su tenaz aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto se daba tiempo para releer a los clásicos paganos.

Por aquel entonces, la Iglesia de Antioquía sufría perturbaciones a causa de las disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de Calquis también tomaron partido en aquellas disensiones e insistían en que Jerónimo hiciese lo propio y se pronunciase sobre los asuntos en discusión. El habría preferido mantenerse al margen de las disputas, pero de todas maneras, escribió dos cartas a San Dámaso, que ocupaba la sede pontificia desde el año 366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia cuáles tendencias se inclinaba. En la primera de sus cartas dice: "Estoy unido en comunión con vuestra santidad, o sea con la silla de Pedro; yo sé que, sobre esa piedra, está construida la Iglesia y quien coma al Cordero fuera de esa santa casa, es un profano. El que no esté dentro del arca, perecerá en el diluvio. No conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extraño para mí. Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no está con Cristo, pertenece al anticristo... Ordenadme, si tenéis a bien, lo que yo debo hacer". Como Jerónimo no recibiese pronto una respuesta, envió una segunda carta sobre el mismo asunto. No conocemos la contestación de San Dámaso, pero es cosa cierta que el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de Antioquía y que Jerónimo recibió la ordenación sacerdotal de manos del Pontífice, cuando al fin se decidió a abandonar el desierto de Calquis. El no deseaba la ordenación (nunca celebró el santo sacrificio) y, si consintió en recibirla, fue bajo la condición de que no estaba obligado a servir a tal o cual iglesia con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones le llamaban a la vida monástica de reclusión. Poco después de recibir las órdenes, se trasladó a Constantinopla a fin de estudiar las Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nazianceno. En muchas partes de sus escritos Jerónimo se refiere con evidente satisfacción y gratitud a aquel período en que tuvo el honor de que tan gran maestro le explicase la divina palabra. En el año de 382, San Gregorio abandonó Constantinopla, y Jerónimo regresó a Roma, junto con Paulino de Antioquía y San Epifanio, para tomar parte en el concilio convocado por San Dámaso a fin de discutir el cisma de Antioquía. Al término de la asamblea, el Papa lo detuvo en Roma y lo empleó como a su secretario. A solicitud del Pontífice y de acuerdo con los textos griegos, revisó la versión latina de los Evangelios que "había sido desfigurada con transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras descuidadas". Al mismo tiempo, hizo la primera revisión al salterio en latín.

Al mismo tiempo que desarrollaba aquellas actividades oficiales, alentaba y dirigía el extraordinario florecimiento del ascetismo que tenía lugar entre las más nobles damas romanas. Entre ellas se encuentran muchos nombres famosos en la antigua cristiandad, corno el de Santa Marcela, a quien nos referimos en esta obra el 31 de enero, junto con su hermana Santa Asela y la madre de ambas, Santa Albina; Santa Léa, Santa Melania la Mayor, la primera de aquellas damas que hizo una peregrinación a Tierra Santa; Santa Fabiola (27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas, Santa Blesila y Santa Eustoquio (28 de septiembre). Pero al morir San Dámaso, en el año de 384, el secretario quedó sin protección y se encontró, de buenas a primeras, en una situación difícil. En sus dos años de actuación pública, había causado profunda impresión en Roma por su santidad personal, su ciencia y su honradez, pero precisamente por eso, se había creado antipatías entre los envidiosos, entre los paganos y gentes de mal vivir, a quienes había condenado vigorosamente y también entre las gentes sencillas y de buena voluntad, que se ofendían por las palabras duras, claras y directas del santo y por sus ingeniosos sarcasmos. Cuando hizo un escrito en defensa de la decisión de Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que súbitamente renunció al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jerónimo satirizó y criticó despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila hacía ostentación, atacó a aquellas damas "que se pintan las mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro, demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas. Son esas mujeres a las que el paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos". No se mostró menos áspero en sus críticas a la sociedad cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que escribió a Santa Eustoquio, donde ataca con particular fiereza a ciertos elementos del clero. "Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas ... Se les tomaría por novios y no por clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas". Después de semejante proemio, describe a cierto clérigo en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que va a engullir y usa su lengua en forma bárbara y despiadada. Jerónimo escribió a Santa Marcela en relación con cierto caballero que se suponía, erróneamente, blanco de sus ataques. "Yo me divierto en grande y me río de la fealdad de los gusanos, las lechuzas y los cocodrilos, pero él lo toma todo para sí mismo ... Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podría pasar por un hombre bien parecido y sabio".

A nadie le puede extrañar que, por justificadas que fuesen sus críticas, causasen resentimientos tan sólo por la manera de expresarlas. En consecuencia, su propia reputación fue atacada con violencia y su modestia, su sencillez, su manera de caminar y de sonreír fueron, a su vez, blanco de los ataques de los demás. Ni la reconocida virtud de las nobles damas que marchaban por el camino del bien bajo su dirección, ni la forma absolutamente discreta de su comportamiento, le salvaron de las calumnias. Por toda Roma circularon las murmuraciones escandalosas respecto a las relaciones de San Jerónimo con Santa Paula. Las cosas llegaron a tal extremo, que el santo, en el colmo de la indignación, decidió abandonar Roma y buscar algún retiro tranquilo en el oriente. Antes de partir, escribió una hermosa apología en forma de carta dirigida a Santa Asela. "Saluda a Paula y a Eustoquio, mías en Cristo, lo quiera el mundo o no lo quiera", concluye aquella epístola. "Diles que todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en qué espíritu vivió cada uno de nosotros". En el mes de agosto del año 385, se embarcó en Porto y, nueve meses más tarde, se reunieron con él en Antioquía, Paula, Eustoquio y las otras damas romanas que habían resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jerónimo, aquellas mujeres se establecieron en Belén y Jerusalén, pero antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandría.

Gracias a la generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres, próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. El propio Jerónimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde nació el Salvador. En aquel mismo lugar estableció una escuela gratuita para niños y una hostería, "de manera que", como dijo Santa Paula, "si José y María visitaran de nuevo Belén, habría donde hospedarlos". Ahí, por lo menos, transcurrieron algunos años en completa paz. "Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones ... Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno, nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que, reciben sus diarias visita.

Pero no por gozar de aquella paz, podía Jerónimo quedarse callado y con los brazos cruzados cuando la verdad cristiana estaba amenazada. En Roma había escrito un libro contra Helvidio sobre la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María, ya que aquél sostenía que, después del nacimiento de Cristo, Su Madre había tenido otros hijos con José. Este y otros errores semejantes fueron de nuevo puestos en boga por las doctrinas de un tal Joviniano. San Pamaquio, yerno de Santa Paula, lo mismo que otros hombres piadosos de Antioquía, se escandalizaron con aquellas ideas y enviaron los escritos de Joviniano a San Jerónimo y éste, como respuesta, escribió dos libros contra aquél en el año de 393. En el primero, demostraba las excelencias de la virginidad cuando se practicaba por amor a la virtud, lo que había sido negado por Joviniano, y en el segundo atacó los otros errores. Los tratados fueron escritos con el estilo recio, característico de Jerónimo, y algunas de sus expresiones les parecieron a las gentes de Roma demasiado duras y denigrantes para la dignidad del matrimonio. San Pamaquio y otros con él, se sintieron ofendidos y así se lo notificaron a Jerónimo; entonces, éste escribió la Apología a Pamaquio, conocida también corno el tercer libro contra Joviniano, en un tono que, seguramente, no dio ninguna satisfacción a sus críticos. Pocos años más tarde, Jerónimo tuvo que dedicar su atención a Vigilancio -a quien sarcásticamente llama Dormancio-, un sacerdote galo romano que desacreditaba el celibato y condenaba la veneración de las reliquias hasta el grado de llamar a los que la practicaban, idólatras y adoradores de cenizas. En su respuesta, Jerónimo le dijo: "Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron mártires de Cristo para poder adorarlo a El. Honramos a los siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su Señor". Protestó contra las acusaciones de que la adoración a los mártires era idolatría, al demostrar que los cristianos jamás adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los santos interceden por nosotros, escribió: "Si es cierto que cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra, podían pedir por otros hombres, y con cuánta mayor eficacia podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso menos poder ahora que están con Jesucristo?" Defendió el estado monástico y dijo que, al huir de las ocasiones y los peligros, un monje busca su seguridad porque desconfía de su propia debilidad y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta junto a una serpiente. Con frecuencia se refiere Jerónimo a los santos que interceden por nosotros en el cielo. A Heliodoro lo comprometió a rezar por él cuando estuviese en la gloria y a Santa Paula le dijo, en ocasión de la muerte de su hija Blesila: "Ahora eleva preces ante el Señor por ti y obtiene para mí el perdón de mis culpas".

Del año 395 al 400, San Jerónimo hizo la guerra a la doctrina de Orígenes y, desgraciadamente, en el curso de la lucha, se rompió su amistad de veinticinco años con Rufino. Tiempo atrás le había escrito a éste la declaración de que "una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera", lo mismo que, mil doscientos años más tarde, diría Shakespeare de esta manera:

... Love is not love which alters when its alteration finds or bends with the remover to remove.

(No es amor el amor que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro)

Sin embargo, el afecto de Jerónimo por Rufino debió ceder ante el celo del santo por defender la verdad. Jerónimo, corno escritor, recurría continuamente a Orígenes y era un gran admirador de su erudición y de su estilo, pero tan pronto como descubrió que en el oriente algunos se habían dejado seducir por el prestigio de su nombre y habían caído en gravísimos errores, se unió a San Epifanio para combatir con vehemencia el mal que amenazaba con extenderse. Rufino, que vivía por entonces en un monasterio de Jerusalén, había traducido muchas de las obras de Orígenes al latín y era un entusiasta admirador suyo, aunque no por eso debe creerse que estuviese dispuesto a sostener las herejías que, por lo menos materialmente, se hallan en los escritos de Orígenes. San Agustín fue uno de los hombres buenos que resultaron afectados por las querellas entre Orígenes y Jerónimo, a pesar de que nadie mejor que él estaba en posición de comprender suyas eran, necesariamente, enemigos de la Iglesia. Al tratarse de defender el bien y combatir el mal, no tenía el sentido de la moderación. Era fácil que se dejase arrastrar por la cólera o por la indignación, pero también se arrepentía con extraordinaria rapidez de sus exabruptos. Hay una anécdota referente a cierta ocasión en la que el Papa Sixto V contemplaba una pintura donde aparecía el santo cuando se golpeaba el pecho con una piedra. "Haces bien en utilizar esa piedra", dijo el Pontífice a la imagen, "porque sin ella, la Iglesia nunca te hubiese canonizado".

Pero sus denuncias, alegatos y controversias, por muy necesarios y brillantes que hayan sido, no constituyen la parte más importante de sus actividades. Nada dio tanta fama a San Jerónimo como sus obras críticas sobre las Sagradas Escrituras. Por eso, la Iglesia le reconoce como a un hombre especialmente elegido por Dios y le tiene por el mayor de sus grandes doctores en la exposición, la explicación y el comentario de la divina palabra. El Papa Clemente VIII no tuvo escrúpulos en afirmar que Jerónimo tuvo la asistencia divina al traducir la Biblia. Por otra parte, nadie mejor dotado que él para semejante trabajo: durante muchos años había vivido en el escenario mismo de las Sagradas Escrituras, donde los nombres de las localidades y las costumbres de las gentes eran todavía los mismos. Sin duda que muchas veces obtuvo en Tierra Santa una clara representación de diversos acontecimientos registrados en las Escrituras. Conocía el griego y el arameo, lenguas vivas por aquel entonces y, también sabía el hebreo que, si bien había dejado de ser un idioma de uso corriente desde el cautiverio de los judíos, aún se hablaba entre los doctores de la ley. A ellos recurrió Jerónimo para una mejor comprensión de los libros santos e incluso tuvo por maestro a un doctor y famoso judío llamado Bar Ananías, el cual acudía a instruirle por las noches y con toda clase de precauciones para no provocar la indignación de los otros doctores de la ley. Pero no hay duda de que, además de todo eso, Jerónimo recibió la ayuda del cielo para obtener el espíritu, el temperamento y la gracia indispensables para ser admitido en el santuario de la divina sabiduría y comprenderla. Además, la pureza de corazón y toda una vida de penitencia y contemplación, habían preparado a Jerónimo para recibir aquella gracia. Ya vimos que, bajo el patrocinio del Papa San Dámaso, revisó en Roma la antigua versión latina de los Evangelios y los salmos, así como el resto del Nuevo Testamento. La traducción de la mayoría de los libros del Antiguo Testamento escritos en hebreo, fue la obra que realizó durante sus años de retiro en Belén, a solicitud de todos sus amigos y discípulos más fieles e ilustres y por voluntad propia, ya que le interesaba hacer la traducción del original y no de otra versión cualquiera. No comenzó a traducir los libros por orden, sino que se ocupó primero del Libro de los Reyes y siguió con los demás, sin elegirlos. Las únicas partes de la Biblia en latín conocida como la Vulgata que no fueron traducidas por San Jerónimo, son los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico, el de Baruch y los dos libros de los Macabeos. Hizo una segunda revisión de los salmos, con la ayuda del Hexapla de Orígenes y los textos hebreos, y esa segunda versión es la que está incluida en la Vulgata y la que se usa en los oficios divinos. La primera versión, conocida como el Salterio Romano, se usa todavía en el salmo de invitación de los maitines y en todo el misal, así como para los oficios divinos en San Pedro de Roma, San Marcos de Venecia y los ritos milaneses. El Concilio de Trento designó a la Vulgata de San Jerónimo, como el texto bíblico latino auténtico o autorizado por la Iglesia católica, sin implicar por ello alguna preferencia por esta versión sobre el texto original u otras versiones en otras lenguas. En 1907, el Papa Pío X confió a los monjes benedictinos la tarea de restaurar en lo posible los textos de San Jerónimo en la Vulgata ya que, al cabo de quince siglos de uso, habían sido considerablemente modificados y corregidos.

En el año de 404, San Jerónimo tuvo la gran pena de ver morir a su inseparable amiga Santa Paula y, pocos años después, cuando Roma fue saqueada por las huestes de Alarico, gran número de romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En aquella ocasión, San Jerónimo les escribió de esta manera: ¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas".

De nuevo, cuando su vida estaba a punto de terminar, tuvo que interrumpir sus estudios por una incursión de los bárbaros y, algún tiempo después, por las violencias y persecuciones de los pelagianos, quienes enviaron a Belén a una horda de rufianes para atacar a los monjes y las monjas que ahí moraban bajo la dirección y la protección de San Jerónimo, el cual había atacado a Pelagio en sus escritos. Durante aquella incursión, algunos religiosos y religiosas fueron maltratados, un diácono resultó muerto y casi todos los monasterios fueron incendiados. Al año siguiente, murió Santa Eustoquio y, pocos días más tarde, San Jerónimo la siguió a la tumba. El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.

En los últimos años se hicieron muchos progresos en el estudio y la investigación de la vida de San Jerónimo. Es particularmente valioso el volumen Miscellanea Geronimiana, publicado en Roma en 1920, en ocasión de celebrarse el décimo quinto centenario de su muerte. Gran número de ilustres investigadores, corno Duchesne, Batifol, Lanzoni, Zeiller y Bulic, colaboraron en la formación de ese libro con diversos estudios sobre puntos de particular interés en relación con el santo. En 1922, hizo su aparición la mejor de sus modernas biografías, la de F. Cavallara, Saint Jéróme, sa vie et son ceuvre (1922, 2 vols). También se deben consultar las notas críticas M padre Peeters en Analecia Bollandiana, Vol. XLIII, PP. 180-184. En fechas anteriores, tenemos el descubrimiento hecho por G. Morin de los Comentarioli et Tractatus de San Jerónimo sobre los salmos, así como otros hallazgos (ver a Morin en Études, textes, découverts, pp. 17-25). Un artículo muy completo sobre San Jerónimo, escrito por H. Leclercq, aparece en el DAC., vol. vii, ec. 2235-3304, así como otro de J. Forget, en DTC., vol. viii (1924), ce. 894-983. En el siglo dieciocho Vallarsi y los bolandistas (septiembre, vol. viii) escribieron sendas obras minuciosas sobre el santo. Los escritos más antiguos sobre San Jerónimo, a excepción de la crónica de Marcelino (editado por Mominsen en MGH., Auctores Antiquissimi, vol. ii, pp. 47 y ss.), carecen de valor. La correspondencia y las obras de San Jerónimo fueron, son y serán siempre la fuente principal para el estudio de su vida. Ver también a P. Monceaux, en St. Jerome: the early years (1935) ; a J. Duff, en Letters of St. Jerome (1942) ; A. Penna, en S. Girolamo (1949) ; a P. Antin, en Essai sur S. Jeróme (1951) y el Monument to St. Jerome (1952), un ensayo de F. X. Murphy.

Adjunto el siguiente link para profundizar en la espiritualidad de San Jerónimo a través de su iconografía y su vida: http://www.preguntasantoral.es/2013/09/ ... -jeronimo/
FARV
 
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor iCristinai » Vie Sep 26, 2014 1:16 pm

San Jerónimo en la cueva de Belén

En Belén, junto a la Gruta de la Natividad, se encuentra el lugar donde vivió y fue enterrado San Jerónimo, cuya fiesta es el 30 de septiembre. Este Doctor de la Iglesia dedicó toda su vida al servicio de la Palabra de Dios. En Belén de Judea realizó su gran traducción de la Biblia al latín: la popular Vulgata.

Les traigo este video del Franciscan Media Center; me pareció muy interesante y quiero compartirlo con ustedes


http://www.youtube.com/watch?v=Lsvjvtzsbvs

Paz y bien,

Cristina
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor iCristinai » Vie Sep 26, 2014 2:04 pm

Visita a los monasterios Jerónimos


Monasterio de los Jerónimos de Belém

País Bandera de Portugal --> Portugal
Tipo Cultural
Criterios (iii)(vi)
N.° identificación 263
Región Europa y
América del Norte
Año de inscripción 1983 (VII Sesión)
El Monasterio de los Jerónimos de Santa María de Belém, se ubica en el barrio de Belém, Lisboa.


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Diseñado en estilo manuelino por el arquitecto Juan de Castillo, fue encargado por el rey Manuel I de Portugal para conmemorar el afortunado regreso de la India de Vasco de Gama, se fundó en 1501 en la antigua ermita fundada por el Infante D. Enrique. La primera etapa constructiva de la iglesia nueva comienza en 1514 y fue ampliándose y modificándose hasta el siglo XX. Se financió gracias al 5% de los impuestos obtenidos de las especias orientales, a excepción de los de la pimienta, la canela y el clavo, cuyas rentas iban directamente a la Corona.

Este monasterio fue levantado sobre el enclave de la Ermida do Restelo en lo que fue la playa de Restelo, ermita fundada por Enrique el Navegante, y en la cual, Vasco de Gama y sus hombres pasaron la noche en oración antes de partir hacia la India.

El estilo manuelino se caracteriza por la mezcla de motivos arquitectónicos y decorativos del gótico tardío y del renacimiento. Destacan los portales principal y lateral, el interior de la iglesia y el magnífico claustro. Las capillas de la iglesia fueron remodeladas en puro estilo renacentista en la segunda mitad del siglo XVI y contienen las arcas funerarias de Manuel I y su familia, además de otros reyes de Portugal.

En los Jerónimos se hallan también las tumbas (neomanuelinas) del navegador Vasco da Gama y el poeta Luís de Camões. En una capilla del claustro descansan, desde 1985, los restos del escritor Fernando Pessoa."


Imagen

Estatua del rey Manuel I de Portugal, el principal patrocinador del monasterio. La figura detrás del rey es el santo Jerónimo.

Imagen

Imagen


IMG]http://imagizer.imageshack.us/v2/150x100q90/742/KzwwMc.jpg[/IMG]
Foto panorámica del monasterio

Imagen

Si quieren continuar con la visita este es el vinculo:
http://www.esacademic.com/dic.nsf/eswiki/819824

Paz y bien,

Cristina
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor thelmigu2014 » Vie Sep 26, 2014 2:34 pm

Buenas tardes a todos, amigos peregrinos:
Llego tarde al foro por cuestiones de trabajo. Me ausenté casi toda la semana. Pero es hoy que me pongo al día y hago mi aportación sobre San Jerónimo a quien debemos la Vulgata.

Vida de San JERÓNIMO
(Eusebius Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma. En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde. Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años )y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, "teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos". Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios.

En el año de 370, Jerónimo se estableció temporalmente en Aquilea donde el obispo, San Valeriano, se había atraído a tantos elementos valiosos, que su clero era famoso en toda la Iglesia de occidente. Jerónimo tuvo amistad con varios de aquellos clérigos, cuyos nombres aparecen en sus escritos. Entre ellos se encontraba San Cromacio, el sacerdote que sucedió a Valeriano en la sede episcopal, sus dos hermanos, los diáconos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y su sobrino Nepotiano y, sobre todo, se hallaba ahí Rufino, el que fue, primero, amigo del alma de Jerónimo y, luego, su encarnizado opositor. Ya para entonces, Rufino provocaba contradicciones y violentas discusiones, con lo cual comenzaba a crearse enemigos. Al cabo de dos años, algún conflicto, sin duda más grave que los otros, disolvió al grupo de amigos, y Jerónimo decidió retirarse a alguna comarca lejana ya que Bonoso, el que había sido compañero suyo de estudios y de viajes desde la infancia, se fue a vivir en una isla desierta del Adriático. Jerónimo, por su parte, había conocido en Aquilea a Evagrio, un sacerdote de Antioquía con merecida fama de ciencia y virtud, quien despertó el interés del joven por el oriente, y hacia allá partió con sus amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, éste último había sido esclavo de Santa Melania.

Jerónimo llegó a Antioquía en 374 y ahí permaneció durante cierto tiempo. Inocencio e Hylas fueron atacados por una grave enfermedad y los dos murieron; Jerónimo también estuvo enfermo, pero sanó. En una de sus cartas a Santa Eustoquio le cuenta que en el delirio de su fiebre tuvo un sueño en el que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado. Al preguntársele quién era, repuso que un cristiano. "¡Mientes!", le replicaron. "Tú eres un ciceroniano, puesto que donde tienes tu tesoro está también tu corazón". Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su espíritu y su encuentro con San Maleo, cuya extraña historia se relata en esta obra en la fecha del 21 de octubre, ahondó todavía más el sentimiento. Corno consecuencia de aquellas emociones, Jerónimo se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma. Ahí soportó grandes sufrimientos a causa de los quebrantos de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales.

"En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto", escribió años más tarde a Santa Eustoquio, "quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma ... En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma". De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular, rnonótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginación desatada. Se propuso aprender el hebreo. "Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos", dijo en una carta fechada en el año 411 y dirigida al monje Rústico, "como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido judío, a fin de que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, de las juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicerón, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio, pasé a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas. ¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios". No obstante su tenaz aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto se daba tiempo para releer a los clásicos paganos.

Por aquel entonces, la Iglesia de Antioquía sufría perturbaciones a causa de las disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de Calquis también tomaron partido en aquellas disensiones e insistían en que Jerónimo hiciese lo propio y se pronunciase sobre los asuntos en discusión. El habría preferido mantenerse al margen de las disputas, pero de todas maneras, escribió dos cartas a San Dámaso, que ocupaba la sede pontificia desde el año 366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia cuáles tendencias se inclinaba. En la primera de sus cartas dice: "Estoy unido en comunión con vuestra santidad, o sea con la silla de Pedro; yo sé que, sobre esa piedra, está construida la Iglesia y quien coma al Cordero fuera de esa santa casa, es un profano. El que no esté dentro del arca, perecerá en el diluvio. No conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extraño para mí. Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no está con Cristo, pertenece al anticristo... Ordenadme, si tenéis a bien, lo que yo debo hacer". Como Jerónimo no recibiese pronto una respuesta, envió una segunda carta sobre el mismo asunto. No conocemos la contestación de San Dámaso, pero es cosa cierta que el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de Antioquía y que Jerónimo recibió la ordenación sacerdotal de manos del Pontífice, cuando al fin se decidió a abandonar el desierto de Calquis. El no deseaba la ordenación (nunca celebró el santo sacrificio) y, si consintió en recibirla, fue bajo la condición de que no estaba obligado a servir a tal o cual iglesia con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones le llamaban a la vida monástica de reclusión. Poco después de recibir las órdenes, se trasladó a Constantinopla a fin de estudiar las Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nazianceno. En muchas partes de sus escritos Jerónimo se refiere con evidente satisfacción y gratitud a aquel período en que tuvo el honor de que tan gran maestro le explicase la divina palabra. En el año de 382, San Gregorio abandonó Constantinopla, y Jerónimo regresó a Roma, junto con Paulino de Antioquía y San Epifanio, para tomar parte en el concilio convocado por San Dámaso a fin de discutir el cisma de Antioquía. Al término de la asamblea, el Papa lo detuvo en Roma y lo empleó como a su secretario. A solicitud del Pontífice y de acuerdo con los textos griegos, revisó la versión latina de los Evangelios que "había sido desfigurada con transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras descuidadas". Al mismo tiempo, hizo la primera revisión al salterio en latín.

Al mismo tiempo que desarrollaba aquellas actividades oficiales, alentaba y dirigía el extraordinario florecimiento del ascetismo que tenía lugar entre las más nobles damas romanas. Entre ellas se encuentran muchos nombres famosos en la antigua cristiandad, corno el de Santa Marcela, a quien nos referimos en esta obra el 31 de enero, junto con su hermana Santa Asela y la madre de ambas, Santa Albina; Santa Léa, Santa Melania la Mayor, la primera de aquellas damas que hizo una peregrinación a Tierra Santa; Santa Fabiola (27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas, Santa Blesila y Santa Eustoquio (28 de septiembre). Pero al morir San Dámaso, en el año de 384, el secretario quedó sin protección y se encontró, de buenas a primeras, en una situación difícil. En sus dos años de actuación pública, había causado profunda impresión en Roma por su santidad personal, su ciencia y su honradez, pero precisamente por eso, se había creado antipatías entre los envidiosos, entre los paganos y gentes de mal vivir, a quienes había condenado vigorosamente y también entre las gentes sencillas y de buena voluntad, que se ofendían por las palabras duras, claras y directas del santo y por sus ingeniosos sarcasmos. Cuando hizo un escrito en defensa de la decisión de Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que súbitamente renunció al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jerónimo satirizó y criticó despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila hacía ostentación, atacó a aquellas damas "que se pintan las mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro, demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas. Son esas mujeres a las que el paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos". No se mostró menos áspero en sus críticas a la sociedad cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que escribió a Santa Eustoquio, donde ataca con particular fiereza a ciertos elementos del clero. "Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas ... Se les tomaría por novios y no por clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas". Después de semejante proemio, describe a cierto clérigo en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que va a engullir y usa su lengua en forma bárbara y despiadada. Jerónimo escribió a Santa Marcela en relación con cierto caballero que se suponía, erróneamente, blanco de sus ataques. "Yo me divierto en grande y me río de la fealdad de los gusanos, las lechuzas y los cocodrilos, pero él lo toma todo para sí mismo ... Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podría pasar por un hombre bien parecido y sabio".

A nadie le puede extrañar que, por justificadas que fuesen sus críticas, causasen resentimientos tan sólo por la manera de expresarlas. En consecuencia, su propia reputación fue atacada con violencia y su modestia, su sencillez, su manera de caminar y de sonreír fueron, a su vez, blanco de los ataques de los demás. Ni la reconocida virtud de las nobles damas que marchaban por el camino del bien bajo su dirección, ni la forma absolutamente discreta de su comportamiento, le salvaron de las calumnias. Por toda Roma circularon las murmuraciones escandalosas respecto a las relaciones de San Jerónimo con Santa Paula. Las cosas llegaron a tal extremo, que el santo, en el colmo de la indignación, decidió abandonar Roma y buscar algún retiro tranquilo en el oriente. Antes de partir, escribió una hermosa apología en forma de carta dirigida a Santa Asela. "Saluda a Paula y a Eustoquio, mías en Cristo, lo quiera el mundo o no lo quiera", concluye aquella epístola. "Diles que todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en qué espíritu vivió cada uno de nosotros". En el mes de agosto del año 385, se embarcó en Porto y, nueve meses más tarde, se reunieron con él en Antioquía, Paula, Eustoquio y las otras damas romanas que habían resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jerónimo, aquellas mujeres se establecieron en Belén y Jerusalén, pero antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandría.

Gracias a la generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres, próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. El propio Jerónimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde nació el Salvador. En aquel mismo lugar estableció una escuela gratuita para niños y una hostería, "de manera que", como dijo Santa Paula, "si José y María visitaran de nuevo Belén, habría donde hospedarlos". Ahí, por lo menos, transcurrieron algunos años en completa paz. "Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones ... Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno, nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que, reciben sus diarias visita.

Pero no por gozar de aquella paz, podía Jerónimo quedarse callado y con los brazos cruzados cuando la verdad cristiana estaba amenazada. En Roma había escrito un libro contra Helvidio sobre la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María, ya que aquél sostenía que, después del nacimiento de Cristo, Su Madre había tenido otros hijos con José. Este y otros errores semejantes fueron de nuevo puestos en boga por las doctrinas de un tal Joviniano. San Pamaquio, yerno de Santa Paula, lo mismo que otros hombres piadosos de Antioquía, se escandalizaron con aquellas ideas y enviaron los escritos de Joviniano a San Jerónimo y éste, como respuesta, escribió dos libros contra aquél en el año de 393. En el primero, demostraba las excelencias de la virginidad cuando se practicaba por amor a la virtud, lo que había sido negado por Joviniano, y en el segundo atacó los otros errores. Los tratados fueron escritos con el estilo recio, característico de Jerónimo, y algunas de sus expresiones les parecieron a las gentes de Roma demasiado duras y denigrantes para la dignidad del matrimonio. San Pamaquio y otros con él, se sintieron ofendidos y así se lo notificaron a Jerónimo; entonces, éste escribió la Apología a Pamaquio, conocida también corno el tercer libro contra Joviniano, en un tono que, seguramente, no dio ninguna satisfacción a sus críticos. Pocos años más tarde, Jerónimo tuvo que dedicar su atención a Vigilancio -a quien sarcásticamente llama Dormancio-, un sacerdote galo romano que desacreditaba el celibato y condenaba la veneración de las reliquias hasta el grado de llamar a los que la practicaban, idólatras y adoradores de cenizas. En su respuesta, Jerónimo le dijo: "Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron mártires de Cristo para poder adorarlo a El. Honramos a los siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su Señor". Protestó contra las acusaciones de que la adoración a los mártires era idolatría, al demostrar que los cristianos jamás adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los santos interceden por nosotros, escribió: "Si es cierto que cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra, podían pedir por otros hombres, y con cuánta mayor eficacia podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso menos poder ahora que están con Jesucristo?" Defendió el estado monástico y dijo que, al huir de las ocasiones y los peligros, un monje busca su seguridad porque desconfía de su propia debilidad y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta junto a una serpiente. Con frecuencia se refiere Jerónimo a los santos que interceden por nosotros en el cielo. A Heliodoro lo comprometió a rezar por él cuando estuviese en la gloria y a Santa Paula le dijo, en ocasión de la muerte de su hija Blesila: "Ahora eleva preces ante el Señor por ti y obtiene para mí el perdón de mis culpas".

Del año 395 al 400, San Jerónimo hizo la guerra a la doctrina de Orígenes y, desgraciadamente, en el curso de la lucha, se rompió su amistad de veinticinco años con Rufino. Tiempo atrás le había escrito a éste la declaración de que "una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera", lo mismo que, mil doscientos años más tarde, diría Shakespeare de esta manera:

... Love is not love which alters when its alteration finds or bends with the remover to remove.

(No es amor el amor que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro)

Sin embargo, el afecto de Jerónimo por Rufino debió ceder ante el celo del santo por defender la verdad. Jerónimo, corno escritor, recurría continuamente a Orígenes y era un gran admirador de su erudición y de su estilo, pero tan pronto como descubrió que en el oriente algunos se habían dejado seducir por el prestigio de su nombre y habían caído en gravísimos errores, se unió a San Epifanio para combatir con vehemencia el mal que amenazaba con extenderse. Rufino, que vivía por entonces en un monasterio de Jerusalén, había traducido muchas de las obras de Orígenes al latín y era un entusiasta admirador suyo, aunque no por eso debe creerse que estuviese dispuesto a sostener las herejías que, por lo menos materialmente, se hallan en los escritos de Orígenes. San Agustín fue uno de los hombres buenos que resultaron afectados por las querellas entre Orígenes y Jerónimo, a pesar de que nadie mejor que él estaba en posición de comprender suyas eran, necesariamente, enemigos de la Iglesia. Al tratarse de defender el bien y combatir el mal, no tenía el sentido de la moderación. Era fácil que se dejase arrastrar por la cólera o por la indignación, pero también se arrepentía con extraordinaria rapidez de sus exabruptos. Hay una anécdota referente a cierta ocasión en la que el Papa Sixto V contemplaba una pintura donde aparecía el santo cuando se golpeaba el pecho con una piedra. "Haces bien en utilizar esa piedra", dijo el Pontífice a la imagen, "porque sin ella, la Iglesia nunca te hubiese canonizado".

Pero sus denuncias, alegatos y controversias, por muy necesarios y brillantes que hayan sido, no constituyen la parte más importante de sus actividades. Nada dio tanta fama a San Jerónimo como sus obras críticas sobre las Sagradas Escrituras. Por eso, la Iglesia le reconoce como a un hombre especialmente elegido por Dios y le tiene por el mayor de sus grandes doctores en la exposición, la explicación y el comentario de la divina palabra. El Papa Clemente VIII no tuvo escrúpulos en afirmar que Jerónimo tuvo la asistencia divina al traducir la Biblia. Por otra parte, nadie mejor dotado que él para semejante trabajo: durante muchos años había vivido en el escenario mismo de las Sagradas Escrituras, donde los nombres de las localidades y las costumbres de las gentes eran todavía los mismos. Sin duda que muchas veces obtuvo en Tierra Santa una clara representación de diversos acontecimientos registrados en las Escrituras. Conocía el griego y el arameo, lenguas vivas por aquel entonces y, también sabía el hebreo que, si bien había dejado de ser un idioma de uso corriente desde el cautiverio de los judíos, aún se hablaba entre los doctores de la ley. A ellos recurrió Jerónimo para una mejor comprensión de los libros santos e incluso tuvo por maestro a un doctor y famoso judío llamado Bar Ananías, el cual acudía a instruirle por las noches y con toda clase de precauciones para no provocar la indignación de los otros doctores de la ley. Pero no hay duda de que, además de todo eso, Jerónimo recibió la ayuda del cielo para obtener el espíritu, el temperamento y la gracia indispensables para ser admitido en el santuario de la divina sabiduría y comprenderla. Además, la pureza de corazón y toda una vida de penitencia y contemplación, habían preparado a Jerónimo para recibir aquella gracia. Ya vimos que, bajo el patrocinio del Papa San Dámaso, revisó en Roma la antigua versión latina de los Evangelios y los salmos, así como el resto del Nuevo Testamento. La traducción de la mayoría de los libros del Antiguo Testamento escritos en hebreo, fue la obra que realizó durante sus años de retiro en Belén, a solicitud de todos sus amigos y discípulos más fieles e ilustres y por voluntad propia, ya que le interesaba hacer la traducción del original y no de otra versión cualquiera. No comenzó a traducir los libros por orden, sino que se ocupó primero del Libro de los Reyes y siguió con los demás, sin elegirlos. Las únicas partes de la Biblia en latín conocida como la Vulgata que no fueron traducidas por San Jerónimo, son los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico, el de Baruch y los dos libros de los Macabeos. Hizo una segunda revisión de los salmos, con la ayuda del Hexapla de Orígenes y los textos hebreos, y esa segunda versión es la que está incluida en la Vulgata y la que se usa en los oficios divinos. La primera versión, conocida como el Salterio Romano, se usa todavía en el salmo de invitación de los maitines y en todo el misal, así como para los oficios divinos en San Pedro de Roma, San Marcos de Venecia y los ritos milaneses. El Concilio de Trento designó a la Vulgata de San Jerónimo, como el texto bíblico latino auténtico o autorizado por la Iglesia católica, sin implicar por ello alguna preferencia por esta versión sobre el texto original u otras versiones en otras lenguas. En 1907, el Papa Pío X confió a los monjes benedictinos la tarea de restaurar en lo posible los textos de San Jerónimo en la Vulgata ya que, al cabo de quince siglos de uso, habían sido considerablemente modificados y corregidos.

En el año de 404, San Jerónimo tuvo la gran pena de ver morir a su inseparable amiga Santa Paula y, pocos años después, cuando Roma fue saqueada por las huestes de Alarico, gran número de romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En aquella ocasión, San Jerónimo les escribió de esta manera: ¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas".

De nuevo, cuando su vida estaba a punto de terminar, tuvo que interrumpir sus estudios por una incursión de los bárbaros y, algún tiempo después, por las violencias y persecuciones de los pelagianos, quienes enviaron a Belén a una horda de rufianes para atacar a los monjes y las monjas que ahí moraban bajo la dirección y la protección de San Jerónimo, el cual había atacado a Pelagio en sus escritos. Durante aquella incursión, algunos religiosos y religiosas fueron maltratados, un diácono resultó muerto y casi todos los monasterios fueron incendiados. Al año siguiente, murió Santa Eustoquio y, pocos días más tarde, San Jerónimo la siguió a la tumba. El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.

En los últimos años se hicieron muchos progresos en el estudio y la investigación de la vida de San Jerónimo. Es particularmente valioso el volumen Miscellanea Geronimiana, publicado en Roma en 1920, en ocasión de celebrarse el décimo quinto centenario de su muerte. Gran número de ilustres investigadores, corno Duchesne, Batifol, Lanzoni, Zeiller y Bulic, colaboraron en la formación de ese libro con diversos estudios sobre puntos de particular interés en relación con el santo. En 1922, hizo su aparición la mejor de sus modernas biografías, la de F. Cavallara, Saint Jéróme, sa vie et son ceuvre (1922, 2 vols). También se deben consultar las notas críticas M padre Peeters en Analecia Bollandiana, Vol. XLIII, PP. 180-184. En fechas anteriores, tenemos el descubrimiento hecho por G. Morin de los Comentarioli et Tractatus de San Jerónimo sobre los salmos, así como otros hallazgos (ver a Morin en Études, textes, découverts, pp. 17-25). Un artículo muy completo sobre San Jerónimo, escrito por H. Leclercq, aparece en el DAC., vol. vii, ec. 2235-3304, así como otro de J. Forget, en DTC., vol. viii (1924), ce. 894-983. En el siglo dieciocho Vallarsi y los bolandistas (septiembre, vol. viii) escribieron sendas obras minuciosas sobre el santo. Los escritos más antiguos sobre San Jerónimo, a excepción de la crónica de Marcelino (editado por Mominsen en MGH., Auctores Antiquissimi, vol. ii, pp. 47 y ss.), carecen de valor. La correspondencia y las obras de San Jerónimo fueron, son y serán siempre la fuente principal para el estudio de su vida. Ver también a P. Monceaux, en St. Jerome: the early years (1935) ; a J. Duff, en Letters of St. Jerome (1942) ; A. Penna, en S. Girolamo (1949) ; a P. Antin, en Essai sur S. Jeróme (1951) y el Monument to St. Jerome (1952), un ensayo de F. X. Murphy.




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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor thelmigu2014 » Vie Sep 26, 2014 2:45 pm

Hola, encontré esta otra página de San Jerónimo, me parece muy bonita y quiero compartirla con todos ustedes:


San Jerónimo
Doctor de la Iglesia

Año 420

Jerónimo bendito: pídele a Dios que a nosotros se nos prenda o contagie ese amor tuyo tan inmenso por la Sagrada Biblia, por estudiar, amar y practicar la Palabra de Dios. Bendice a todos los que en el mundo entero se dedican a dar a conocer y amar el Libro Santo.

Jerónimo quiere decir: el que tiene un nombre sagrado. (Jero = sagrado. Nomos = nombre). Dicen que este santo ha sido el hombre que en la antigüedad estudió más y mejor la S. Biblia. Nació San Jerónimo en Dalmacia (Yugoslavia) en el año 342. Sus padres tenían buena posición económica, y así pudieron enviarlo a estudiar a Roma. En Roma estudió latín bajo la dirección del más famoso profesor de su tiempo, Donato, el cual hablaba el latín a la perfección, pero era pagano. Esta instrucción recibida de un hombre muy instruido pero no creyente, llevó a Jerónimo a llegar a ser un gran latinista y muy buen conocedor del griego y de otros idiomas, pero muy poco conocedor de los libros espirituales y religiosos. Pasaba horas y días leyendo y aprendiendo de memoria a los grandes autores latinos, Cicerón, Virgilio, Horacio y Tácito, y a los autores griegos: Homero, y Platón, pero no dedicaba tiempo a leer libros religiosos que lo pudieran volver más espiritual.

En una carta que escribió a Santa Eustaquia, San Jerónimo le cuenta el diálogo aterrador que sostuvo en un sueño o visión. Sintió que se presentaba ante el trono de Jesucristo para ser juzgado, Nuestro Señor le preguntaba: “¿A qué religión pertenece? Él le respondió: “Soy cristiano – católico”, y Jesús le dijo: “No es verdad”. Que borren su nombre de la lista de los cristianos católicos. No es cristiano sino pagano, porque sus lecturas son todas paganas. Tiene tiempo para leer a Virgilio, Cicerón y Homero, pero no encuentra tiempo para leer las Sagradas Escrituras”. Se despertó llorando, y en adelante su tiempo será siempre para leer y meditar libros sagrados, y exclamará emocionado: “Nunca más me volveré a trasnochar por leer libros paganos”. A veces dan ganas de que a ciertos católicos les sucediera una aparición como la que tuvo Jerónimo, para ver si dejan de dedicar tanto tiempo a lecturas paganas e inútiles (revistas, novelas) y dedican unos minutos más a leer el libro que los va a salvar, la Sagrada Biblia.

Jerónimo dispuso irse al desierto a hacer penitencia por sus pecados (especialmente por su sensualidad que era muy fuerte, y por su terrible mal genio y su gran orgullo). Pero allá aunque rezaba mucho y ayunaba, y pasaba noches sin dormir, no consiguió la paz. Se dio cuenta de que su temperamento no era para vivir en la soledad de un desierto deshabitado, sin tratar con nadie. El mismo en una carta cuenta cómo fueron las tentaciones que sufrió en el desierto (y esta experiencia puede servirnos de consuelo a nosotros cuando nos vengan horas de violentos ataques de los enemigos del alma).

San Francisco de Sales recomendaba leer esta página de nuestro santo porque es bellísima y provechosa. Dice así: “En el desierto salvaje y árido, quemado por un sol tan despiadado y abrasador que asusta hasta a los que han vivido allá toda la vida, mi imaginación hacía que me pareciera estar en medio de las fiestas mundanas de Roma. En aquel destierro al que por temor al infierno yo me condené voluntariamente, sin más compañía que los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginaba estar en los bailes de Roma contemplando a las bailarinas. Mi rostro estaba pálido por tanto ayunar, y sin embargo los malos deseos me atormentaban noche y día. Mi alimentación era miserable y desabrida, y cualquier alimento cocinado me habría parecido un manjar exquisito, y no obstante las tentaciones de la carne me seguían atormentando. Tenía el cuerpo frío por tanto aguantar hambre y sed, mi carne estaba seca y la piel casi se me pegaba a los huesos, pasaba las noches orando y haciendo penitencia y muchas veces estuve orando desde el anochecer hasta el amanecer, y aunque todo esto hacía, las pasiones seguían atacándome sin cesar. Hasta que al fin, sintiéndome impotente ante tan grandes enemigos, me arrodillé llorando ante Jesús crucificado, bañé con mis lágrimas sus pies clavados, y le supliqué que tuviera compasión de mí, y ayudándome el Señor con su poder y misericordia, pude resultar vencedor de tan espantosos ataques de los enemigos del alma. Y yo me pregunto: si esto sucedió a uno que estaba totalmente dedicado a la oración y a la penitencia, ¿qué no les sucederá a quienes viven dedicados a comer, beber, bailar y darle a su carne todos los gustos sensuales que pide?”.

Vuelto a la ciudad, sucedió que los obispos de Italia tenían una gran reunión o Concilio con el Papa, y habían nombrado como secretario a San Ambrosio. Pero este se enfermó, y entonces se les ocurrió nombrar a Jerónimo. Y allí se dieron cuenta de que era un gran sabio que hablaba perfectamente el latín, el griego y varios idiomas más. El Papa San Dámaso, que era poeta y literato, lo nombró entonces como su secretario, encargado de redactar las cartas que el Pontífice enviaba, y algo más tarde le encomendó un oficio importantísimo: hacer la traducción de la S. Biblia.

Las traducciones de la Biblia que existían en ese tiempo tenían muchas imperfecciones de lenguaje y varias imprecisiones o traducciones no muy exactas. Jerónimo, que escribía con gran elegancia el latín, tradujo a este idioma toda la S. Biblia, y esa traducción llamada “Vulgata” (o traducción hecha para el pueblo o vulgo) fue la Biblia oficial para la Iglesia Católica durante 15 siglos. Unicamente en los últimos años ha sido reemplazada por traducciones más modernas y más exactas, como por ej. La Biblia de Jerusalén y otras.

Casi de 40 años Jerónimo fue ordenado de sacerdote. Pero sus altos cargos en Roma y la dureza con la cual corregía ciertos defectos de la alta clase social le trajeron envidias y rencores (Él decía que las señoras ricas tenían tres manos: la derecha, la izquierda y una mano de pintura… y que a las familias adineradas sólo les interesaba que sus hijas fueran hermosas como terneras, y sus hijos fuertes como potros salvajes y los papás brillantes y mantecosos, como marranos gordos…). Toda la vida tuvo un modo duro de corregir, lo cual le consiguió muchos enemigos. Con razón el Papa Sixto V cuando vio un cuadro donde pintan a San Jerónimo dándose golpes de pecho con una piedra, exclamó: “¡Menos mal que te golpeaste duramente y bien arrepentido, porque si no hubiera sido por esos golpes y por ese arrepentimiento, la Iglesia nunca te habría declarado santo, porque eras muy duro en tu modo de corregir!”.

Sintiéndose incomprendido y hasta calumniado en Roma, donde no aceptaban el modo fuerte que él tenía de conducir hacia la santidad a muchas mujeres que antes habían sido fiesteras y vanidosas y que ahora por sus consejos se volvían penitentes y dedicadas a la oración, dispuso alejarse de allí para siempre y se fue a la Tierra Santa donde nació Jesús.

Sus últimos 35 años los pasó San Jerónimo en una gruta, junto a la Cueva de Belén. Varias de las ricas matronas romanas que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén a seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres, y una casa para atender a los peregrinos que llegaban de todas partes del mundo a visitar el sitio donde nació Jesús.

Allí, haciendo penitencia, dedicando muchas horas a la oración y días y semanas y años al estudio de la S. Biblia, Jerónimo fue redactando escritos llenos de sabiduría, que le dieron fama en todo el mundo. Con tremenda energía escribía contra los herejes que se atrevían a negar las verdades de nuestra santa religión. Muchas veces se extralimitaba en sus ataques a los enemigos de la verdadera fe, pero después se arrepentía humildemente.

La Santa Iglesia Católica ha reconocido siempre a San Jerónimo como un hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la S. Biblia. Por eso ha sido nombrado Patrono de todos los que en el mundo se dedican a hacer entender y amar más las Sagradas Escrituras. El Papa Clemente VIII decía que el Espíritu Santo le dio a este gran sabio unas luces muy especiales para poder comprender mejor el Libro Santo. Y el vivir durante 35 años en el país donde Jesús y los grandes personajes de la S. Biblia vivieron, enseñaron y murieron, le dio mayores luces para poder explicar mejor las palabras del Libro Santo.

Se cuenta que una noche de Navidad, después de que los fieles se fueron de la gruta de Belén, el santo se quedó allí solo rezando y le pareció que el Niño Jesús le decía: “Jerónimo ¿qué me vas a regalar en mi cumpleaños?”. Él respondió: “Señor te regalo mi salud, mi fama, mi honor, para que dispongas de todo como mejor te parezca”. El Niño Jesús añadió: “¿Y ya no me regalas nada más?”. Oh mi amado Salvador, exclamó el anciano, por Ti repartí ya mis bienes entre los pobres. Por Ti he dedicado mi tiempo a estudiar las Sagradas Escrituras… ¿qué más te puedo regalar? Si quisieras, te daría mi cuerpo para que lo quemaras en una hoguera y así poder desgastarme todo por Ti”. El Divino Niño le dijo: “Jerónimo: regálame tus pecados para perdonártelos”. El santo al oír esto se echó a llorar de emoción y exclamaba: “¡Loco tienes que estar de amor, cuando me pides esto!”. Y se dio cuenta de que lo que más deseaba Dios que le ofrezcamos los pecadores es un corazón humillado y arrepentido, que le pide perdón por las faltas cometidas.

El 30 de septiembre del año 420, cuando ya su cuerpo estaba debilitado por tantos trabajos y penitencias, y la vista y la voz agotadas, y Jerónimo parecía más una sombra que un ser viviente, entregó su alma a Dios para ir a recibir el premio de sus fatigas. Se acercaba ya a los 80 años. Más de la mitad los había dedicado a la santidad.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Jerónimo.htm)
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor cesarreto » Vie Sep 26, 2014 3:19 pm

Hola queridos hermanos en Cristo y seguidores de este camino espiritual a traves de estas rutas monastica, les comparto este enlace de un video en youtube que nos habla un poco sobre la vida de los jeronimos actualmente en el monasterio de Santa Maria del parral, en Segovia. https://www.youtube.com/watch?v=zJ0t_h98Q-w
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor Jeam » Vie Sep 26, 2014 4:13 pm

Las mujeres traductoras y San Jerónimo
MUJERES TRADUCTORAS EN EL SIGLO IV

Conferencia dictada en las 4tas. Jornadas de la Asociación Argentina de Traductores (AATI) el 1 de octubre de 2005

 

 

La escuela bíblica para mujeres

 

San Jerónimo, siendo ya un reconocido maestro de las Sagradas Escrituras, llega a Roma como secretario del Papa Dámaso en el año 382.

Ya hacía algunos años que allí en Roma,  impulsado por la noble viuda Marcela, existía un fuerte movimiento religioso por el cual varias viudas y vírgenes jóvenes se habían unido a Marcela constituyendo una especie de monasterio[1]. Marcela deja la vida que llevaba como mujer de la aristocracia romana, y junto con estas otras mujeres, comienzan una vida de trabajo, oración y estudio de las Sagradas Escrituras.

Al enviudar Paula, también mujer de la nobleza y acompañada de una de sus hijas, Eustoquia, que se consagra como virgen,  se unen al estilo de vida propuesto por su amiga Marcela.

 

San Jerónimo se dirige todas las mañanas a la casa de Marcela en el Aventino, y allí imparte enseñanza bíblica a estas mujeres (tarea que le valió el reproche de más de un clérigo y bastantes críticas). Marcela, como “abadesa” del monasterio, dirige las tareas de lectura y estudio que se realizan en su casa.

Vale notar que este primer grupo está compuesto por mujeres nobles, y, al menos en lo que hace a Marcela, Paula y su familia, han aprendido a leer y escribir desde pequeñas, tanto el latín, su lengua materna, como el griego de las obras clásicas. Junto a Jerónimo aprenden la lengua que completará su formación bíblica, el hebreo.

Sobre el nivel alcanzado en el manejo de las tres lenguas por estas mujeres, escuchemos al mismo Jerónimo hablar de sus alumnas:

Sobre Bresilla, hija de Paula: Si la hubieras oído hablar en griego, creerías que no sabía latín… En pocos, no diré meses, sino días, de tal modo había vencido las dificultades del hebreo, que competía con su madre Paula en aprender y cantar los salmos. (…) tenía siempre entre manos al Profeta o al Evangelio. (carta 39)

Sobre Paula: Otra cosa voy a decir que acaso a los émulos parezca increíble: la lengua hebrea, que yo con mucho trabajo y sudor aprendí en parte en mi mocedad y que no dejo de meditar infatigablemente por miedo de que me deje ella a mí, la quiso aprender Paula, y hasta tal punto lo logró, que cantaba los salmos en hebreo sin un resabio de latinismo. (carta 108)

Sobre Marcela, digamos simplemente que Jerónimo la llama philoponotate, incansable en el estudio (carta 127).

 

La traducción de la Biblia

 

El Papa Dámaso encarga a Jerónimo una traducción revisada de toda la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, a la lengua latina[2]. La mayor parte del Antiguo Testamento se halla escrito en hebreo, y todo el Nuevo Testamento en griego. En época de Jerónimo circulaban algunas partes de la Biblia traducidas al latín, versión conocida como Vetus Latina. Los textos más copiados eran los de los Evangelios, debido a la gran importancia que tenían en la predicación cristiana, y los Salmos, que, continuando con la tradición judía, constituían la base de la oración personal y comunitaria.

Los sucesivos copistas habían introducido modificaciones y armonizaciones del texto, por lo cual era necesaria una revisión de las traducciones existentes.

Existían ya varias versiones en griego del Antiguo Testamento[3], y algunas traducciones latinas que se utilizaban se habían hecho tomando como base ese texto griego, con lo cual eran la traducción de una traducción.

Por todo esto, el Papa encarga a Jerónimo la tarea de elaborar un texto en latín. Con los años, esta versión será la más divulgada durante la Edad Media, por lo que se llamará finalmente Vulgata.

 

Habitación de San Jerónimo en Belén.
 

Discípulas y colaboradoras

 

Jerónimo comienza la tarea de traducción estando todavía en Roma. La mayoría de los estudiosos establece que durante este tiempo tradujo los Evangelios y una primera versión de los Salmos que más tarde desechó.

¿Hasta qué punto sus dilectas alumnas, con quienes todas las mañanas comenta y estudia los textos bíblicos, participan de este trabajo? Todos los datos que podemos deducir debemos extraerlos del epistolario de Jerónimo, cuando contesta a cuestiones planteadas, ya sea por Paula o por Marcela, sobre el sentido o la  correcta traducción de tal o cual párrafo. Es de notar que, a pesar del contacto diario, estos estudios para la traducción se realizaban por escrito, probablemente para poder acudir a ellos durante el momento de trabajo ( casi como cierto tipo de e-mails que hoy en día intercambiamos con los colegas). Lamentablemente, sólo se han conservado las cartas de Jerónimo; casi ninguna de las cartas de sus alumnas.

Las cartas dirigidas a Marcela siempre versan sobre cuestiones de traducción de términos, sobre todo del hebreo, o sobre la correcta interpretación de los mismos. Son especialmente  interesantes las cartas 25 y 26 , en que Marcela pregunta por qué no se han traducido expresiones como “aleluia” u “hossana”, y si, en el texto en latín, debe conservar estas expresiones hebreas.

Algunos párrafos de Jerónimo nos revelan el tipo de relación entre maestro y discípula:

… el sentido de una carta es escribir sobre algún asunto de familia o sobre temas cotidianos. Así, en cierto modo, los ausentes se hacen presentes, mientras se comunican unos y otros lo que quieren o lo que hacen. A veces naturalmente, este convite de conversación puede ir sazonado con la sal de la ciencia. Tú, sin embargo, absorta en tus tratados, no me escribes nada, a no ser para someterme a tortura y obligarme a revolver las Escrituras… (carta 29, año 384)

Habías pedido mi parecer acerca del diapsalma; yo me excusé con la brevedad de la carta y pretexté no poder encerrar en ella lo que es materia de un libro. Pero ¿de qué valen las excusas ante mi ergodiokzen ( directora)  de mi trabajo? Con el silencio se acrecienta el apetito. Así, pues, para no tenerte más tiempo en suspenso, aquí tienes un poco de lo mucho que cabría decir. (carta 28, año 384)

 

La carta refleja claramente no sólo que Marcela fue una apasionada por el estudio de las Sagradas Escrituras, sino que su tarea no fue un simple “acompañamiento” al estilo de la frase “detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer”. ¿Qué quiere decir exactamente Jerónimo cuando la llama “directora” de mi trabajo?

 

El traslado a Belén

 

En el año 384 muere el Papa Dámaso, protector de Jerónimo. Este no queda bien posicionado en Roma, donde tiene bastantes enemigos, entre otros motivos, por el demasiado tiempo que pasa entre mujeres y por las “novedades” que ha introducido en su versión de los Evangelios (ver por ej. las cartas 27 y 40). En el año 385, Jerónimo se traslada a Belén. Unos meses más tarde lo seguirán Paula y Eustoquia.

Varias mujeres romanas, de la nobleza y también de la “clase media” se instalan en Belén bajo la dirección espiritual de Paula, imitando el estilo de vida que Marcela llevaba en Roma.

Sobre la dedicación de Paula al estudio, y la forma en que exhorta a las otras mujeres a obrar del mismo modo, dice Jerónimo: Se sabía las Escrituras de memoria, y aunque amaba la historia o sentido literal y éste decía ser el fundamento de la verdad, seguía con más gusto el sentido espiritual. (carta 108, 26)

 A ninguna hermana le era lícito ignorar los salmos ni dejar de aprender de memoria cada día algo de las Santas Escrituras . (carta 108, 20)

 

Allí en Belén Jerónimo retomará la tarea de traducción.

Parece ser que, ya traducidos los Evangelios y una vez muerto el Papa Dámaso, nadie en la Iglesia Romana se mostraba interesado por una traducción del Antiguo Testamento al latín. Es entonces cuando, según palabras de Jerónimo, sólo la insistencia de Paula y Eustoquia lo hacen volver al trabajo[4]. El preferiría, en cambio, dedicarse a escribir comentarios. Debo interrumpir mi gran trabajo sobre las Cuestiones Hebreas para asumir, a vuestro pedido, la árida e ingrata tarea del traductor[5].

Antes de encarar la tarea de traducción, durante todo un año, los tres hacen una lectura continuada del Antiguo Testamento, leyendo, traduciendo y comentando. Una monumental obra de interpretación compartida, que es el trasfondo para la futura escritura de la versión en latín. Finalmente, me impuso la tarea de leer con ella y su hija el Antiguo y el Nuevo Testamento, que yo tendría que ir comentando. Me negué por vergüenza, pero ante su importunidad y reiteradas súplicas, hube de acceder y explicar lo que yo había aprendido (…) . Si alguna vez vacilaba y confesaba ingenuamente mi ignorancia, en manera alguna se inquietaba, sino que, a fuerza de preguntas, me obligaba a indicarle, de entre varias sentencias aceptables, la que a mí me pareciera más probable. (carta 108)

 

El orden del trabajo

Al retomar la tarea de escribir la traducción, Jerónimo no trabaja ordenamente según se encuentran los libros en la Biblia, sino según los requerimientos de Paula.

Como mujer consagrada a la oración Paula solicita para ella y sus hermanas una buena versión de los Salmos en latín. Parece ser que tampoco Jerónimo estaba conforme con la primera traducción hecha en Roma.

Jerónimo se dedica a revisar la versión latina en uso hasta entonces (la Vetus Latina, no la primera traducción de Jerónimo), tomando como base el texto griego de las Hexaplas de Orígenes.[6] Johns afirma que Paula y Eustoquia colaboraron activamente en esta tarea, no como meras secretarias o correctoras.[7]

Esta versión sigue siendo traducción de una traducción. Ocurre que los salmos eran cantados y conocidos de memoria por monjes, clérigos y mujeres consagradas en la versión latina ya existente. Esta nueva versión de Jerónimo y sus colaboradoras, hecha sobre el texto griego, fue fácilmente aceptada en la liturgia, ya que presentaba pocas diferencias con el texto conocido y rezado habitualmente. Esta versión se conoce como Salterio Galicano, y constituye una verdadera edición crítica por el tipo de notas y aclaraciones que incluye (cf. Carta 106).

Años más tarde, Jerónimo hizo una nueva versión de los salmos en latín, esta vez directamente del texto hebreo, pero esta obra no se incorporó a la Vulgata.

 

Paula y Eustoquia cumplen también funciones de correctoras. Así les presenta Jerónimo la traducción del libro de los Reyes: Leed mi libro de los Reyes. Sí, mi libro, porque es verdaderamente nuestro lo que ha sido producido con tan profundo estudio y tan arduos trabajos. Leed también la edición latina y la griega y comparadlas con mi versión. [8] 

 

Cuando Paula muere, en el año 404, Jerónimo no quiere continuar con la “árida e ingrata” tarea de traductor. Sin embargo, los ruegos de Eustoquia pueden más. Cuando finalmente la Vulgata esté completa, Jerónimo la dedicará así: Ahora que la bendita y venerable Paula se ha dormido en el Señor, no  puedo rehusarte, Eustoquia, virgen de Cristo, estos libros que prometí a tu madre.

 

Todavía Eustoquia cumplirá una tarea más como “acompañante de traducción”. Jerónimo está perdiendo la vista y aún no ha completado los comentarios a los Profetas, que también había prometido a Paula. Sus asistentes, entre ellos Eustoquia, leen para él el texto hebreo, y el maestro dicta su comentario. ¿Habrá sido esta una tarea totalmente pasiva, de una secretaria ignorante sobre lo que lee y lo que se le dicta? Por más que no tenemos demasiados datos, un maestro que ha alabado en tal manera las dotes de sus discípulas, que ha realizado con ellas la tarea de traducción y comentario en forma oral, difícilmente se habrá rehusado a las sugerencias y comentarios de sus asistentes. Por otro lado, la ceguera lo obliga a confiar en quien lee. Y allí está Eustoquia.    


Capilla de Santa Paula y Santa Eustoquia
 
 

Cuando Paula murió y fue enterrada en Belén, Jerónimo escribió su epitafio. Parafraseando a Horacio hizo inscribir en la piedra: He hecho para ti un monumento más durable que el bronce, que el tiempo no destruirá jamás. Con justa razón, más que de la lápida de Paula , pueden decirse estas palabras de la Vulgata.  Con Paula, leyendo y traduciendo juntos, hizo Jerónimo el primer borrador de su obra. Sólo porque se lo había prometido  a Paula la terminó.[9]

La Vulgata fue la  Biblia leída en la Iglesia Católica Romana durante siglos. Cuando en el s. XVI la reforma protestante abandona el latín para la liturgia, la Iglesia Católica Romana  continúa utilizando este texto para todo tipo de celebración litúrgica hasta que las disposiciones del Concilio Vaticano II promueven el uso de las lenguas vernáculas.

Estas mujeres son honradas como santas en la Iglesia Católica. La fiesta de Santa Marcela es el 31 de enero, la de Santa Paula el 26 de enero y es patrona de las viudas, la de Santa Eustoquia el 28 de septiembre.

La fiesta de San Jerónimo, doctor de la Iglesia, es el 30 de septiembre. Es patrono de traductores y biblistas. En Argentina, la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa y las Iglesias Protestantes celebran juntas durante septiembre el Mes de la Biblia.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor Manuel_Azmitia » Vie Sep 26, 2014 9:55 pm

Santa Paula
Patrona de las Viudas
347- 404

Su fiesta se celebraba el 26 de enero en el antiguo calendario.
Santa Paula nació el 5 de mayo de 347. Por parte de su madre, tenía parentesco con los Escipiones, con los Gracos y Paulo Emilio. Su padre pretendía ser descendiente de Agamenón. Paula tuvo un hijo, llamado Toxocio como su marido y cuatro hijas: Blesila, Paulina, Eustoquio y Rufina.

Paula era muy virtuosa como mujer casada y con su marido edificaron a Roma con su ejemplo. Sin embargo ella tenía sus defectos, particularmente el de cierto amor a la vida mundana, lo cual era difícil de evitar por su alta posición social. Al principio Paula no se daba cuenta de esta secreta tendencia de su corazón, pero la muerte de su esposo, ocurrida cuando ella tenía 33 años, le abrió los ojos. Su pena fue inmoderada hasta el momento en que su amiga Santa Marcela, una viuda romana que asombraba con sus penitencias, la persuadió de que se entregara totalmente a Dios. A partir de entonces, Paula
vivió en la mayor austeridad.

Su comida era muy sencilla, y no bebía vino; dormía en el suelo, sobre un saco; renunció por completo a las diversiones y a la vida social; y repartió entre los pobres todo aquello que le pertenecía y evitó lo que pudiera distraerla de sus buenas obras.

En una ocasión ofreció hospitalidad a San Epifanio de Salamis y a San Paulino de Antioquía, cuando fueron a roma. Ellos le presentaron a San Jerónimo, con quien la santa estuvo estrechamente asociada en el servicio de Dios mientras vivió en Roma, bajo el Papa San Dámaso.

Santa Blesila, la hija mayor de Santa Paula, murió súbitamente, cosa que hizo sufrir mucho a la piadosa viuda. San Jerónimo, que acababa de volver de Belén, le escribió una carta de consuelo, en la que no dejaba de reprenderla por la pena excesiva que manifestaba sin pensar que su hija había ido a recibir el premio celestial. Paulina, su segunda hija, estaba casada con San Pamaquio, y murió siete años antes que su madre. Santa Eustoquio, su tercera hija, fue su inseparable compañera. Rufina murió siendo todavía joven.

Cuanto más progresaba Santa Paula en el gusto de las cosas divinas, más insoportable se le hacía la tumultuosa vida de la ciudad. La santa suspiraba por el desierto, y deseaba vivir en una ermita, sin tener otra cosa en que ocuparse más que en pensar en Dios. Determinó, pues, dejar su casa, su familia y sus amigos y partir de Roma. Aunque era la más amante de las madres, las lágrimas de Toxocio y Rufina no lograron desviarla de su propósito. Santa Paula se embarcó con su hija Eustoquio, el año 385; visitó a San Epifanio en Chipre, y se reunió con San Jerónimo y otros peregrinos en Antioquía. Los peregrinos visitaron los Santos Lugares de Palestina y fueron a Egipto a ver a los monjes y anacoretas del desierto. Un año más tarde llegaron a Belén, donde Santa Paula y Santa Eustoquio se quedaron bajo la dirección de San Jerónimo.

Las dos santas vivieron en una choza, hasta que se acabó de construir el monasterio para hombres y los tres monasterios para mujeres. Estos últimos constituían propiamente una sola casa, ya que las tres comunidades se reunían noche y día en la capilla para el oficio divino, y los domingos en la Iglesia próxima. La alimentación era escasa y mala, los ayunos frecuentes
y severos.

Todas las religiosas ejercían algún oficio y tejían vestidos para sí y para los demás. Todos vestían un hábito idéntico. Ningún hombre podía entrar en el recinto de los monasterios. Paula gobernaba con gran caridad y discreción. Era la primera en cumplir las reglas, y participaba, como Eustoquio, en los trabajos de la casa. Si alguna religiosa se mostraba locuaz o airada, su penitencia consistía en aislarse de la comunidad, colocarse la última en las filas, orar fuera de las puertas y comer aparte, durante algún tiempo. Paula quería que el amor a la pobreza se manifestase también en los edificios e iglesias, que eran construcciones bajas y sin ningún adorno costoso. Según la santa, era preferible repartir el dinero entre los pobres, miembros vivos de Cristo.

Paladio afirma que Santa Paula se ocupaba de atender a San Jerónimo, y le fue a éste de gran utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y en Palestina había aprendido suficiente hebreo para cantar los salmos en la lengua original. Además, San Jerónimo la había iniciado en las cuestiones exegéticas lo bastante para que Paula pudiese seguir con interés su desagradable discusión con el obispo Juan de Jerusalén sobre el origenismo. Los últimos años de la santa se vieron ensombrecidos por esta disputa y por las preocupaciones económicas que su generosidad había producido. Toxocio, el hijo de Santa Paula, se casó con Leta, la hija de un sacerdote pagano, que era cristiana. Ambos fueron fieles imitadores de la vida de su madre y enviaron a su hija Paula a educarse en Jerusalén al cuidado de su abuela. Paula, la joven, sucedió a Santa Paula en el gobierno de los monasterios. San Jerónimo envió a Leta algunos consejos para la
educación de su hija, que todos los padres deberían leer. Dios llamó a sí a Santa Paula a los 56 años de edad. Durante su última enfermedad, la santa repetía incansablemente los versos de los salmos que expresaban el deseo del alma de ver la Jerusalén celestial y de unirse con Dios.

Cuando perdió el habla, Santa Paula hacía la señal de la cruz sobre sus labios. Murió en la paz del señor, el 26 de enero del año 404.
Manuel_Azmitia
 
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor nanxdo » Sab Sep 27, 2014 11:57 am

Historia y arte
EL MONASTERIO DEL PARRAL

El monasterio jerónimo de Santa María del Parral está enclavado, extramuros de la ciudad de Segovia, en el paraje conocido como la Alameda, en la ribera del río Eresma.
"De los Huertos al Parral paraíso terrenal", reza un viejo proverbio segoviano en referencia al hermoso paisaje que se extiende entre el monasterio premostratense de Santa María de los Huertos -hoy casi desaparecido- y el del Parral. Y así es, porque Segovia, edificada en lo alto de la colina yerma, sometida a los fríos invernales y abrasada por el sol del estío, se ha recreado con deleite en los valles que la rodean, fértiles y umbríos, donde la naturaleza y el hombre hicieron posible un edén en las riberas del río.
El angosto valle, por donde antaño discurrió el Clamores, y el más abierto bañado por el Eresma, definen la ciudad, que se percibe como un oasis en los campos de Castilla. La arboleda, que arropa al caserío y le aísla del campo circundante, ha llamado la atención de urbanistas, viajeros y escritores. Pocos como Pío Baroja han sabido describir esta imagen de Segovia, precisamente desde El Parral: "Enfrente, sobre la cintura de follaje verde de los árboles que rodean la ciudad, aparecían los bastiones de la muralla y encima las casas, de paredes oscuras y grises, y las espadañas de las iglesias. Como la corola sobre el verde cáliz veíase el pueblo, soberbia floración de piedra y sus torres y sus pináculos se destacaban perfilándose en el azul intenso y luminoso del horizonte". Muchos años antes, a finales del siglo XVI, Enrique Cook ya había reparado en la singular topografía de Segovia: "Su sitio es en un otero alto, descubierto a la parte del mediodía y de levante pasa un riachuelo llamado Eresma [...] en cuya ribera abajo está una buena alameda y en ella algunos monasterios".
La vida en el valle se remonta a tiempos remotos. El hombre cultivó las márgenes del río y con la fuerza de su agua movió molinos y levantó industrias, entre las que sobresale la Fábrica de Moneda, vecina del Parral, y surgida del ingenio de Juan de Herrera. Pero ante todo fue lugar escogido para las primeras fundaciones monásticas en Segovia. De hecho en una vida del mítico San Jeroteo, primer obispo de Segovia, publicada en 1643, se inserta un esquemático plano del valle cuajado de iglesias y monasterios. De oriente a poniente, Santa María y San Vicente, de monjas del cister; Santa Cruz, antiguo convento de dominicos; Santa María de los Huertos, premonstratense, hoy con escasos vestigios; Santa María del Parral, de jerónimos, y Santa María de Rocamador, de trinitarios, ocupado a partir de 1566 por los carmelitas descalzos.
La Alameda, tal y como hoy la vemos, es el resultado del desvelo del Ayuntamiento que, ya desde el siglo XVI, cuidaba de plantar toda suerte de árboles al borde del camino que une Los Huertos y el Parral, plantación que se amplió, en 1573, a toda la zona con el fin de embellecerla y de que los segovianos contaran con un paseo público. Idéntica preocupación sintió la Sociedad Económica Segoviana de Amigos del País, con repoblaciones periódicas de olmos, álamos y otras especies.
En este lugar privilegiado por la naturaleza y cuidado por los hombres, y al abrigo del farallón calizo, pensó el marqués de Villena fundar un monasterio de monjes jerónimos.

LA ORDEN JERÓNIMA.

Antes de iniciar la visita del monasterio, creemos oportuno decir algunas palabras sobre la Orden que lo habita, no sólo para su mejor comprensión sino porque los jerónimos son una Orden estrictamente española, que renació en El Parral hace ya ocho décadas.
Europa estuvo sometida durante el siglo XIV a graves crisis de todo tipo y a una reconversión religiosa que hizo brotar movimientos eremíticos. En Italia hubo varios que tomaron como modelo a San Jerónimo, en su calidad de ermitaño en Calcis (Siria), entre otros el de Tomás Succio (Siena), algunos de cuyos miembros vinieron a España. A éstos se unieron algunos españoles deseosos de imitarles.
Con uno de los grupos, el establecido en El Castañar (Toledo), entró en contacto Fernando Yáñez de Figueroa, de noble familia y eclesiástico en la corte de Pedro I, quien atraído por su espiritualidad optó por esta nueva forma de vida. Pronto le seguiría su amigo Pedro Fernández Pecha, también de ilustre cuna y camarero del rey. Por entonces los ermitaños se habían trasladado a la ermita de Nuestra Señora de Villaescusa (Orusco-Madrid). Después, a instancias de Alfonso, hermano de Pedro y obispo de Jaén, pasaron a Lupiana (Guadalajara) donde un familiar de ambos había construido la ermita de San Bartolomé.
La vida eremítica siempre ha suscitado recelos. Las tensiones y acusaciones que soportaban les aconsejaron acudir al Papa. Hacia Aviñón se encaminaron Pedro Fernández Pecha y Pedro Román con ánimo de reconvertirse en Orden. Escuchada su petición, Gregorio XI autorizaba la fundación de la Orden de San Jerónimo el 15 de octubre de 1373. Su hábito, blanco y pardo, y las Constituciones las tomaron del monasterio de Santa María del Santo Sepulcro (Florencia). A su regreso, los ermitaños de Lupiana pasaron de la vida eremítica a la cenobítica. En 1374 San Bartolomé se transformaba en monasterio, el primero de la Orden. Rápidamente los jerónimos comenzarían a expandirse, protegidos por los reyes y la nobleza. En 1389, Juan I de Castilla, a petición del obispo don Juan Serrano, último prior secular de Guadalupe, les entregaba este famoso santuario mariano del que, andando los años, vendrían algunos monjes para fundar Santa María del Parral.
El año de 1415 es fecha clave. En Guadalupe tiene lugar el primer capítulo general, bajo la presidencia de monjes cartujos. Los monasterios, hasta entonces dependientes de los respectivos obispos, quedaron integrados en una Orden exenta, con el General residiendo en el monasterio de San Bartolomé de Lupiana. Se iniciaba una gloriosa andadura en la que, después de haberse superado algunas crisis internas, como la producida por fray Lope de Olmedo, y salvado el peligro de verse convertida en orden militar, los jerónimos alcanzaron un papel preponderante en la espiritualidad española y fueron espejo para otras órdenes.
Dedicados en especial a las alabanzas divinas -su liturgia era tan solemne como famosa- los jerónimos alcanzaron el favor de la monarquía. De hecho, cuando Felipe II fundó San Lorenzo de El Escorial se lo entregó a ellos, con la finalidad de que rezaran para siempre por el alma de los reyes de España.
Fue y es una Orden española. Española por los cuatro costados, pues nunca rebasó las fronteras de la Península Ibérica. Sí hubo, por distintas razones, monasterios en Portugal, pero ni siquiera pasaron a América. Circunscritos a la península, sus casas se contaban entre las más importantes y renombradas: Nuestra Señora de Guadalupe (1389), San Jerónimo de Yuste (1415), San Isidoro del Campo (Santiponce, Sevilla, 1431), Santa Engracia de Zaragoza (1459), San Jerónimo de Granada (1496), San Miguel de los Reyes, de Valencia (1544), San Lorenzo de El Escorial (1561), etc.

EL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DEL PARRAL

"El puente de la Casa de la Moneda conduce al monumento más grandioso del otro lado del Eresma, al monasterio del Parral, flotante por decirlo así sobre un onduloso mar de verdor". Cuando Quadrado visita el monasterio hacía ya muchos años que la exclaustración había expulsado a la comunidad que allí habitaba desde mediados del siglo XV. El ilustre viajero no pudo sustraerse a la leyenda de la fundación del cenobio, que una lápida caliza, en la pared de una huerta y en el recodo del camino que conduce al monasterio, le recuerda al visitante de forma sucinta: "Traidor no te valdrá tu traición pues si uno de los que te acompañan cumple lo prometido quedaremos iguales", términos dirigidos por don Juan Pacheco, marqués de Villena, a su rival, quien había acudido acompañado de dos sicarios a un duelo concertado. La confusión creada por estas palabras fue aprovechada por el marqués, obteniendo la victoria. En acción de gracias, decidió convertir en monasterio la ermita de Nuestra Señora del Parral, en cuya vecindad se había producido el encuentro.
Fray Gabriel de Talavera y fray José de Sigüenza, historiadores de la Orden, atribuyen a Enrique IV la construcción del mismo, si bien bajo el nombre de Pacheco, su camarero mayor, porque, según éstos, no parecía oportuno que siendo todavía príncipe levantara edificios.
En 1440 Juan II entregaba Segovia a su hijo don Enrique, quien, por haberse criado en ella, siempre sintió gran afecto por la ciudad, a la que favoreció con privilegios y donde dejó muestras de su magnanimidad. A él se deben el convento de San Antonio el Real, importantes obras en el Alcázar y el palacio real de San Martín, amén del edificio que ahora nos ocupa. Sigüenza escribe que el futuro rey, que era muy aficionado a la caza y de profunda religiosidad, echaba de menos un monasterio donde poder hospedarse cuando quisiera, y poder seguir los oficios divinos. Reparó en la Orden Jerónima, por entonces en su esplendor, e hizo participe de su idea a don Juan Pacheco, marqués de Villena desde 1445, quien se encargó de llevarlo a la práctica. Éste encontró el sitio adecuado junto al río Eresma, en un paraje "un poco levantado en la ladera de una cuesta, abrigado con ella y con unas peñas de los cierzos fríos, que lo son mucho en aquella tierra, puesto al mediodía, donde le da el sol desde la mañana hasta la noche, a tiro de ballesta de los muros, frontero del Alcázar real, algo subido al oriente, templado cuanto allí puede desearse y como una primavera perpetua, comparado con el frío a que está sujeta la ciudad, por estar puesta al cierzo y por la vecindad de la sierra. Allí había una ermita, de tiempos atrás, llamada Nuestra Señora del Parral, porque estaba cubierta de una parra antigua. Yo la vi, y cogí algunos años harto sabrosas uvas de ella, porque me crié a su sombra y no puedo olvidarme de ella y le seré agradecido eternamente. En el contorno y junto a la ermita, debajo de unos grandes riscos que tiene a las espalda, hay muchas fuentes caudalosas, de buen agua, en que ni por lluvias continuas ni por calores ni secas del tiempo, jamás vi ni crecimientos ni menguas".
Hoy día sigue inalterado el paisaje que describe Sigüenza, como si el tiempo no hubiera transcurrido, como tampoco han cesado de manar las aguas que surten las numerosas fuentes, que tanto llamaron la atención de Bosarte (1804), quien escribe: "Otra [fuente] se siente reír fuertemente por una pieza interior de tránsito para la iglesia: ¡qué ruido este tan agradable en el silencio de aquella Santa casa las calurosas tardes de verano". Todo sigue igual, es más, la situación del monasterio responde a las condiciones que habían de acompañar a toda fundación jerónima: ermita preexistente y alejada del núcleo de población para gozar del aislamiento que toda vida monástica requiere, pero no tanto que impidiera a los seglares asistir al culto divino. En este sentido El Parral es un modelo.
La ermita era propiedad del cabildo catedralicio y muy frecuentada por los segovianos, al menos desde el siglo XIII. En ella se daba culto a Santa María. En 1301, la reina doña María de Molina había donado al cabildo los huertos y el parral que estaban junto a la ermita, además de cierta cantidad de dinero para trabajos en la misma, así como para los "portales e las casas" que fueren necesarios. La alusión a los edificios confirma que era lugar visitado; es más, ponía como condición que hubiese un capellán que oficiara misa a diario y cuatro canónigos que oficiaran misa cantada todos los sábados. En 1346 fueron vendidos algunos vestidos de seda y otros objetos del tesoro de la ermita para ayudar a "pagar la ymagen y el frontal de la estancia de Sancta María del Parral", lo que parece hacer referencia a la talla en madera que actualmente se venera en el monasterio.
Puesto que la ermita era propiedad de la catedral, el príncipe don. Enrique propuso al cabildo su venta, así como la de los huertos y parrales inmediatos, y si bien en principio se mostró un tanto reacio, acabó doblegándose a los deseos de aquel. El día 7 de diciembre de 1447 don Alonso González de la Hoz, secretario del príncipe, en nombre de don Juan Pacheco, entregaba al cabildo diez mil maravedis situados en las alcabalas de Aguilafuente, al tiempo que fray Rodrigo de Sevilla, prior del monasterio de San Blas de Villaviciosa (Guadalajara) y primer prior del monasterio, presentaba la carta de aceptación, firmada por el General de la Orden, para recibir la ermita y anejos. El acto oficial de toma de posesión tuvo lugar tres días después, fecha en que don Enrique fue a la catedral a la hora de prima, acompañado de don Juan, del hermano de éste, don Pedro Girón, maestre de Calatrava, del obispo de Ciudad Rodrigo, de numerosos caballeros y de la clerecía. Desde allí y en solemne procesión, acompañados por la futura comunidad, que procedía de Guadalupe y a quien se iba a hacer la entrega, bajaron a la ermita, ante cuya puerta se ratificaron los acuerdos. El deán hizo el traspaso de la misma y el canónigo Nuño Fernández de Peñalosa, en nombre del cardenal obispo, don Juan de Cervantes, la erigió en monasterio.
Una vez obtenida la bula fundacional, otorgada por Nicolás V, y por la que se concedían los mismos privilegios que al monasterio de Guadalupe, el marqués de Villena construyó unas casillas donde aposentar a los monjes, mientras se disponía la edificación del monasterio. Sin embargo, Pacheco no hizo nada de lo prometido, hasta el punto de que la incipiente comunidad estuvo a punto de abandonar el sitio. Solamente la solicitud de algunas familias de la ciudad, entre ellas los de La Hoz, les retuvieron.
En 1454 fallece Juan II y es proclamado rey su hijo. Es entonces cuando Enrique IV, ante la situación en que se hallaba la comunidad y en su condición de monarca, asume como propia la fundación e inicia las obras, comenzando por encauzar todos los manantiales, que habrían de suministrar el agua a las fuentes y pilones esparcidos por el recinto: Abrió los fundamentos de toda la casa y de la yglesia, y con harta brevedad levanto un edificio de lo bueno de aquel tiempo. Labró todo el claustro principal, que es grande, con su celdas y officinas. Hizo luego un claustro menor para hospedería, donde se venía a recrear y comunicar con sus religiosos, que los amava tiernamente", y continúa Sigüenza diciendo que adornó muchas estancias con artesonados -en el estilo que denominamos mudéjar-, y que él, hombre del renacimiento, consideraba trabajo minucioso, "aunque de poco ingenio". Los techos del claustro alto estaban adornados con artesones policromados, y el refectorio, la librería y la celda del Prior, a la que califica de obra regia, con otros tipos de armaduras. Y pese a su gusto por el arte renacentista, -pensemos que vivía en El Escorial-, no duda en calificar al Parral como una de las mejores casas de la Orden. Por último el rey puso mano a la obra de la iglesia "y la Capilla Mayor, que siempre se entendió la hazia para su entierro. Tardó en esto algunos años".
El denominado "Libro del Parral" nos aporta algunos datos de interés. Por él sabemos que a Enrique IV se debe casi toda la capilla mayor, pero no la nave, entre otras razones porque envuelto el reino en la anarquía y disturbios en los que participaba la nobleza, a veces con posturas ambiguas como los Villena, las obras sufrieron una paralización.
En octubre de 1474 moría don Juan Pacheco y en diciembre del mismo año el monarca. De nuevo se dejó sentir la inestabilidad en el reino por el problema de sucesión planteado entre los partidarios de doña Juana, la hija del rey, y los de Isabel, su hermanastra, en que participaría de forma activa don Diego López Pacheco, hijo de don Juan. Una vez concluida, en 1479, la guerra civil con el triunfo de Isabel se reanudaron las obras. Era entonces prior fray Pedro de Mesa, el primer segoviano que ingresó en el monasterio, quien se encaminó hacia Escalona para entrevistarse con el marqués, de quien conseguiría, así como de sus parientes, el dinero necesario para reanudar las obras, que se finalizarían en lo esencial en 1503.

EL MONASTERIO

Antes de iniciar la construcción de la iglesia, Enrique IV, al asumir la fundación de Santa María del Parral, emprendió la edificación de las dependencias monásticas en 1454. La empresa corrió íntegramente a sus expensas, como lo testimonia la heráldica real, con las ramas de granado, visibles en varios sitios.
Cuando Juan Gallego trazó el monasterio ya se estaba definiendo el tipo de monasterio jerónimo, que había de ser de cuatro claustros, modelo del que El Parral es cumplido ejemplo: claustros de la Portería, de la Hospedería, de la Botica y Principal o de las Procesiones. Rodea el conjunto una tapia que encierra la huerta, arboleda y tierras de secano.
Todo la zona monástica es de clausura y, por lo mismo, vedada a la visita del público, excepto el claustro de la Portería. Por ello, y habida cuenta de los fines de ésta guía, nos limitaremos a reseñar lo más significativo.
A principios del siglo XX faltaban las cubiertas y se habían desplomado muros y arquerías. En 1914 es declarado Monumento Nacional y se emprenden obras de restauración, centradas en la iglesia. En 1916 Ricardo Velázquez Bosco encauza el agua que discurre por la nave y sustituye la antigua armadura de madera por otra de fábrica. Pese a todo, y como hemos dicho, hubo un intento de desmontar el retablo y trasladarlo a la catedral en 1916. En 1917 Eladio Laredo redacta un proyecto para adecuarlo a seminario, con curiosas soluciones como transformar el claustro de la botica en salón de actos, obras que no evitarían que en 1919 se desplomara el artesonado de la sala capitular.
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La grandeza y servidumbre de la Orden Jerónima fue su carácter estrictamente español. Nunca había rebasado las fronteras de la Península, por eso cuando amainó el furor desamortizador muchas órdenes pudieron restaurarse y ocupar sus antiguos cenobios con religiosos procedentes del extranjero, lo que era imposible en la jerónima. No obstante, algunos de los monjes exclaustrados volvieron a El Escorial (1854) y a Guadalupe (1884). Pero su avanzada edad y otros contratiempos hizo que a los pocos meses, en uno y otro caso, feneciera el intento.
La Orden de San Jerónimo, pues, de hecho, había desaparecido, mas no canónicamente, ya que según las leyes eclesiásticas, han de transcurrir cien años para que una orden quede extinta. Hacia 1915 se nota ya cierto interés por su restauración. Gracias el desvelo de la rama jerónima femenina y al tesón de don Manuel Sanz, se dan los pasos necesarios para emprenderla y, precisamente, en este monasterio de Santa María del Parral. A instancias del obispo de Segovia, la Dirección General de Rentas Públicas, el 27 de abril de 1925, pone a disposición de la mitra segoviana el edificio, y en agosto llegan los primeros postulantes. En 1927, en solemne ceremonia, se emiten los primeros votos en la iglesia. Hay que recuperar el edificio; poco a poco se ponen en pie muros, forjados y arquerías. Entre 1926 y 1928 el arquitecto Luis Saínz de los Terreros reconstruye el claustro principal y otras dependencias, sin embargo no se dio importancia a la Hospedería que, frente a otras partes del edificio, estaba casi intacta.
No se había consolidado aún la comunidad cuando el cambio de régimen político está a punto de dar al traste con lo conseguido. En 1931 se suspenden las obras y parte de la comunidad abandona el monasterio. Allí quedarán, en tan graves momentos, cinco monjes que fueron la base sobre la que en 1941 se asentarán nuevas vocaciones. Santa María del Parral se ha convertido en la Casa Madre de la Orden y de allí saldrán monjes para los monasterios de Santiponce (1956), Yuste (1958) y Jávea (1964).
Entre 1940 y 1943 interviene activamente el arquitecto Cabello y Dodero. Se reparan el claustro principal, la sala capitular, etc. En 1947 se restaura la bóveda de la capilla mayor. En 1958 el parteluz de la portada de la iglesia. En 1961 se pavimentó el claustro y se hicieron obras en las capillas del lado norte de éste, con eliminación de ciertas cosas de interés como la decoración barroca de la capilla de Adrados. En los años que trascurren entre 1965 y 1967 tuvo lugar una desafortunada "restauración" que alteró gravemente la iglesia; se picaron las paredes y se desmontó la escalinata de mármol del presbiterio, quedando el retablo suspendido, efecto que se palió con la colocación de la sillería traída del monasterio jerónimo de San Pedro de La Ñora (Murcia). Por otra parte se diseñó una horrible mesa de altar que ocupa el centro del crucero. Todas estas anomalías tienen su antecedente en el proyecto de Saínz de los Terreros. Tampoco se libró la sacristía, de la que borraron le decoración pictórica de las bóvedas. En 1972 se termina de demoler el claustro de la Hospedería. En 1974 se trazan los jardines y estanques y se levantan las galerías del claustro de la Enfermería.
Además de las obras de restauración, se han ido recuperando piezas que antaño formaron parte del tesoro del monasterio, como la librería del siglo XVIII, hasta hace poco, como ya hemos indicado, en el Archivo Municipal. A veces, una mano anónima, devuelve al Parral una talla u otro objeto que había estado en la familia desde los días de la desamortización.
La Orden Jerónima, hispánica cien por cien, ha renacido en este ilustre monasterio. Las aguas se han encauzado, la huerta ha recuperado su verdor y bajo las bóvedas de la iglesia ha vuelto a resonar la "Salve" en honor a Santa María.

TODOS LOS MONJES JERONIMOS DE ESPAÑA SE CONGREGAN EN EL MONASTERIO DEL PARRAL EN SEGOVIA.

Las obras que se están llevando a cabo en el monasterio de Yuste (Cáceres) han motivado el traslado de su comunidad a Segovia
La totalidad de los monjes jerónimos de España (o lo que es lo mismo, del mundo, ya que esta orden nunca rebasó las fronteras de la Península Ibérica) se han concentrado en el monasterio de Santa María del Parral, en Segovia, como consecuencia de las obras en el monasterio de Yuste, en la provincia de Cáceres. Así, los seis jerónimos que residían en el monasterio donde murió el emperador Carlos V se han trasladado al complejo situado a la ribera del río Eresma, donde moraban otros seis monjes.
Un acuerdo adoptado en el año 2004 permitió a Patrimonio Nacional iniciar la gestión del monasterio de Yuste. Desde esa fecha se han realizado diferentes actuaciones en el complejo, entre ellas el cierre del monasterio y la mejora del estacionamiento de vehículos en los accesos al conjunto monumental.
En una breve nota de prensa emitida por la orden se señala que los monjes de Yuste han decidido ahora “ausentarse temporalmente” del monasterio, acogiéndose a una claúsula estipulada en el convenio firmado con Patrimonio Nacional. El texto agrega que la decisión se tomó “con el consentimiento” del presidente del consejo de administración de Patrimonio Nacional y los permisos del Definitorio de la orden, del delegado de la Santa Sede para la orden de San Jerónimo y del obispo diocesano.
La morada temporal de los monjes de Yuste en Segovia es un monasterio levantado en el siglo XV que alternó momentos de esplendor y otros oscuros hasta que el furor desamortizador del siglo XIX amenazó con enterrar definitivamente la presencia de jerónimos. Sin embargo, en la década de los años 20 del pasado siglo los monjes regresaron, iniciando una revitalización del complejo, todavía no concluida, como demuestra la reciente petición de distintas entidades segovianas, capitaneadas por Caja Segovia, para que la sillería del Parral, guardada en el Museo Arqueológico Nacional, regrese a su ubicación primigenia.
A lo largo de su trayectoria, la relación entre los monasterios de Yuste y El Parral ha sido siempre cordial. Como curiosidad, un segoviano, Rafael Aznar, ha cedido recientemente a los jerónimos una pintura realizada por un bisabuelo suyo, Francisco Aznar y García (¿1835? -1911), titulada “Los funerales de Carlos V”, debiendo ahora la orden decidir su ubicación definitiva, o bien en Yuste o bien en El Parral. JUAN MARTIN
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor rocio del pilar » Sab Sep 27, 2014 1:36 pm

¿Qué sabemos de san Jerónimo?

Vida de San JERÓNIMO (Eusebius Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma. En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde. Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años )y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, "teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos". Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios.
En el año de 370, Jerónimo se estableció temporalmente en Aquilea donde el obispo, San Valeriano, se había atraído a tantos elementos valiosos, que su clero era famoso en toda la Iglesia de occidente. Jerónimo tuvo amistad con varios de aquellos clérigos, cuyos nombres aparecen en sus escritos. Entre ellos se encontraba San Cromacio, el sacerdote que sucedió a Valeriano en la sede episcopal, sus dos hermanos, los diáconos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y su sobrino Nepotiano y, sobre todo, se hallaba ahí Rufino, el que fue, primero, amigo del alma de Jerónimo y, luego, su encarnizado opositor. Ya para entonces, Rufino provocaba contradicciones y violentas discusiones, con lo cual comenzaba a crearse enemigos. Al cabo de dos años, algún conflicto, sin duda más grave que los otros, disolvió al grupo de amigos, y Jerónimo decidió retirarse a alguna comarca lejana ya que Bonoso, el que había sido compañero suyo de estudios y de viajes desde la infancia, se fue a vivir en una isla desierta del Adriático. Jerónimo, por su parte, había conocido en Aquilea a Evagrio, un sacerdote de Antioquía con merecida fama de ciencia y virtud, quien despertó el interés del joven por el oriente, y hacia allá partió con sus amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, éste último había sido esclavo de Santa Melania.
Jerónimo llegó a Antioquía en 374 y ahí permaneció durante cierto tiempo. Inocencio e Hylas fueron atacados por una grave enfermedad y los dos murieron; Jerónimo también estuvo enfermo, pero sanó. En una de sus cartas a Santa Eustoquio le cuenta que en el delirio de su fiebre tuvo un sueño en el que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado. Al preguntársele quién era, repuso que un cristiano. "¡Mientes!", le replicaron. "Tú eres un ciceroniano, puesto que donde tienes tu tesoro está también tu corazón". Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su espíritu y su encuentro con San Maleo, cuya extraña historia se relata en esta obra en la fecha del 21 de octubre, ahondó todavía más el sentimiento. Corno consecuencia de aquellas emociones, Jerónimo se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma. Ahí soportó grandes sufrimientos a causa de los quebrantos de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales.
"En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto", escribió años más tarde a Santa Eustoquio, "quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma ... En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma". De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular, rnonótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginación desatada. Se propuso aprender el hebreo. "Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos", dijo en una carta fechada en el año 411 y dirigida al monje Rústico, "como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido judío, a fin de que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, de las juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicerón, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio, pasé a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas. ¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios". No obstante su tenaz aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto se daba tiempo para releer a los clásicos paganos.
Por aquel entonces, la Iglesia de Antioquía sufría perturbaciones a causa de las disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de Calquis también tomaron partido en aquellas disensiones e insistían en que Jerónimo hiciese lo propio y se pronunciase sobre los asuntos en discusión. El habría preferido mantenerse al margen de las disputas, pero de todas maneras, escribió dos cartas a San Dámaso, que ocupaba la sede pontificia desde el año 366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia cuáles tendencias se inclinaba. En la primera de sus cartas dice: "Estoy unido en comunión con vuestra santidad, o sea con la silla de Pedro; yo sé que, sobre esa piedra, está construida la Iglesia y quien coma al Cordero fuera de esa santa casa, es un profano. El que no esté dentro del arca, perecerá en el diluvio. No conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extraño para mí. Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no está con Cristo, pertenece al anticristo... Ordenadme, si tenéis a bien, lo que yo debo hacer". Como Jerónimo no recibiese pronto una respuesta, envió una segunda carta sobre el mismo asunto. No conocemos la contestación de San Dámaso, pero es cosa cierta que el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de Antioquía y que Jerónimo recibió la ordenación sacerdotal de manos del Pontífice, cuando al fin se decidió a abandonar el desierto de Calquis. El no deseaba la ordenación (nunca celebró el santo sacrificio) y, si consintió en recibirla, fue bajo la condición de que no estaba obligado a servir a tal o cual iglesia con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones le llamaban a la vida monástica de reclusión. Poco después de recibir las órdenes, se trasladó a Constantinopla a fin de estudiar las Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nazianceno. En muchas partes de sus escritos Jerónimo se refiere con evidente satisfacción y gratitud a aquel período en que tuvo el honor de que tan gran maestro le explicase la divina palabra. En el año de 382, San Gregorio abandonó Constantinopla, y Jerónimo regresó a Roma, junto con Paulino de Antioquía y San Epifanio, para tomar parte en el concilio convocado por San Dámaso a fin de discutir el cisma de Antioquía. Al término de la asamblea, el Papa lo detuvo en Roma y lo empleó como a su secretario. A solicitud del Pontífice y de acuerdo con los textos griegos, revisó la versión latina de los Evangelios que "había sido desfigurada con transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras descuidadas". Al mismo tiempo, hizo la primera revisión al salterio en latín.
Al mismo tiempo que desarrollaba aquellas actividades oficiales, alentaba y dirigía el extraordinario florecimiento del ascetismo que tenía lugar entre las más nobles damas romanas. Entre ellas se encuentran muchos nombres famosos en la antigua cristiandad, corno el de Santa Marcela, a quien nos referimos en esta obra el 31 de enero, junto con su hermana Santa Asela y la madre de ambas, Santa Albina; Santa Léa, Santa Melania la Mayor, la primera de aquellas damas que hizo una peregrinación a Tierra Santa; Santa Fabiola (27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas, Santa Blesila y Santa Eustoquio (28 de septiembre). Pero al morir San Dámaso, en el año de 384, el secretario quedó sin protección y se encontró, de buenas a primeras, en una situación difícil. En sus dos años de actuación pública, había causado profunda impresión en Roma por su santidad personal, su ciencia y su honradez, pero precisamente por eso, se había creado antipatías entre los envidiosos, entre los paganos y gentes de mal vivir, a quienes había condenado vigorosamente y también entre las gentes sencillas y de buena voluntad, que se ofendían por las palabras duras, claras y directas del santo y por sus ingeniosos sarcasmos. Cuando hizo un escrito en defensa de la decisión de Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que súbitamente renunció al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jerónimo satirizó y criticó despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila hacía ostentación, atacó a aquellas damas "que se pintan las mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro, demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas. Son esas mujeres a las que el paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos". No se mostró menos áspero en sus críticas a la sociedad cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que escribió a Santa Eustoquio, donde ataca con particular fiereza a ciertos elementos del clero. "Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas ... Se les tomaría por novios y no por clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas". Después de semejante proemio, describe a cierto clérigo en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que va a engullir y usa su lengua en forma bárbara y despiadada. Jerónimo escribió a Santa Marcela en relación con cierto caballero que se suponía, erróneamente, blanco de sus ataques. "Yo me divierto en grande y me río de la fealdad de los gusanos, las lechuzas y los cocodrilos, pero él lo toma todo para sí mismo ... Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podría pasar por un hombre bien parecido y sabio".
A nadie le puede extrañar que, por justificadas que fuesen sus críticas, causasen resentimientos tan sólo por la manera de expresarlas. En consecuencia, su propia reputación fue atacada con violencia y su modestia, su sencillez, su manera de caminar y de sonreír fueron, a su vez, blanco de los ataques de los demás. Ni la reconocida virtud de las nobles damas que marchaban por el camino del bien bajo su dirección, ni la forma absolutamente discreta de su comportamiento, le salvaron de las calumnias. Por toda Roma circularon las murmuraciones escandalosas respecto a las relaciones de San Jerónimo con Santa Paula. Las cosas llegaron a tal extremo, que el santo, en el colmo de la indignación, decidió abandonar Roma y buscar algún retiro tranquilo en el oriente. Antes de partir, escribió una hermosa apología en forma de carta dirigida a Santa Asela. "Saluda a Paula y a Eustoquio, mías en Cristo, lo quiera el mundo o no lo quiera", concluye aquella epístola. "Diles que todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en qué espíritu vivió cada uno de nosotros". En el mes de agosto del año 385, se embarcó en Porto y, nueve meses más tarde, se reunieron con él en Antioquía, Paula, Eustoquio y las otras damas romanas que habían resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jerónimo, aquellas mujeres se establecieron en Belén y Jerusalén, pero antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandría.
Gracias a la generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres, próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. El propio Jerónimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde nació el Salvador. En aquel mismo lugar estableció una escuela gratuita para niños y una hostería, "de manera que", como dijo Santa Paula, "si José y María visitaran de nuevo Belén, habría donde hospedarlos". Ahí, por lo menos, transcurrieron algunos años en completa paz. "Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones ... Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno, nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que, reciben sus diarias visita.
Pero no por gozar de aquella paz, podía Jerónimo quedarse callado y con los brazos cruzados cuando la verdad cristiana estaba amenazada. En Roma había escrito un libro contra Helvidio sobre la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María, ya que aquél sostenía que, después del nacimiento de Cristo, Su Madre había tenido otros hijos con José. Este y otros errores semejantes fueron de nuevo puestos en boga por las doctrinas de un tal Joviniano. San Pamaquio, yerno de Santa Paula, lo mismo que otros hombres piadosos de Antioquía, se escandalizaron con aquellas ideas y enviaron los escritos de Joviniano a San Jerónimo y éste, como respuesta, escribió dos libros contra aquél en el año de 393. En el primero, demostraba las excelencias de la virginidad cuando se practicaba por amor a la virtud, lo que había sido negado por Joviniano, y en el segundo atacó los otros errores. Los tratados fueron escritos con el estilo recio, característico de Jerónimo, y algunas de sus expresiones les parecieron a las gentes de Roma demasiado duras y denigrantes para la dignidad del matrimonio. San Pamaquio y otros con él, se sintieron ofendidos y así se lo notificaron a Jerónimo; entonces, éste escribió la Apología a Pamaquio, conocida también corno el tercer libro contra Joviniano, en un tono que, seguramente, no dio ninguna satisfacción a sus críticos. Pocos años más tarde, Jerónimo tuvo que dedicar su atención a Vigilancio -a quien sarcásticamente llama Dormancio-, un sacerdote galo romano que desacreditaba el celibato y condenaba la veneración de las reliquias hasta el grado de llamar a los que la practicaban, idólatras y adoradores de cenizas. En su respuesta, Jerónimo le dijo: "Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron mártires de Cristo para poder adorarlo a El. Honramos a los siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su Señor". Protestó contra las acusaciones de que la adoración a los mártires era idolatría, al demostrar que los cristianos jamás adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los santos interceden por nosotros, escribió: "Si es cierto que cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra, podían pedir por otros hombres, y con cuánta mayor eficacia podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso menos poder ahora que están con Jesucristo?" Defendió el estado monástico y dijo que, al huir de las ocasiones y los peligros, un monje busca su seguridad porque desconfía de su propia debilidad y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta junto a una serpiente. Con frecuencia se refiere Jerónimo a los santos que interceden por nosotros en el cielo. A Heliodoro lo comprometió a rezar por él cuando estuviese en la gloria y a Santa Paula le dijo, en ocasión de la muerte de su hija Blesila: "Ahora eleva preces ante el Señor por ti y obtiene para mí el perdón de mis culpas".
Del año 395 al 400, San Jerónimo hizo la guerra a la doctrina de Orígenes y, desgraciadamente, en el curso de la lucha, se rompió su amistad de veinticinco años con Rufino. Tiempo atrás le había escrito a éste la declaración de que "una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera", lo mismo que, mil doscientos años más tarde, diría Shakespeare de esta manera:
... Love is not love which alters when its alteration finds or bends with the remover to remove.
(No es amor el amor que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro)
Sin embargo, el afecto de Jerónimo por Rufino debió ceder ante el celo del santo por defender la verdad. Jerónimo, corno escritor, recurría continuamente a Orígenes y era un gran admirador de su erudición y de su estilo, pero tan pronto como descubrió que en el oriente algunos se habían dejado seducir por el prestigio de su nombre y habían caído en gravísimos errores, se unió a San Epifanio para combatir con vehemencia el mal que amenazaba con extenderse. Rufino, que vivía por entonces en un monasterio de Jerusalén, había traducido muchas de las obras de Orígenes al latín y era un entusiasta admirador suyo, aunque no por eso debe creerse que estuviese dispuesto a sostener las herejías que, por lo menos materialmente, se hallan en los escritos de Orígenes. San Agustín fue uno de los hombres buenos que resultaron afectados por las querellas entre Orígenes y Jerónimo, a pesar de que nadie mejor que él estaba en posición de comprender suyas eran, necesariamente, enemigos de la Iglesia. Al tratarse de defender el bien y combatir el mal, no tenía el sentido de la moderación. Era fácil que se dejase arrastrar por la cólera o por la indignación, pero también se arrepentía con extraordinaria rapidez de sus exabruptos. Hay una anécdota referente a cierta ocasión en la que el Papa Sixto V contemplaba una pintura donde aparecía el santo cuando se golpeaba el pecho con una piedra. "Haces bien en utilizar esa piedra", dijo el Pontífice a la imagen, "porque sin ella, la Iglesia nunca te hubiese canonizado".
Pero sus denuncias, alegatos y controversias, por muy necesarios y brillantes que hayan sido, no constituyen la parte más importante de sus actividades. Nada dio tanta fama a San Jerónimo como sus obras críticas sobre las Sagradas Escrituras. Por eso, la Iglesia le reconoce como a un hombre especialmente elegido por Dios y le tiene por el mayor de sus grandes doctores en la exposición, la explicación y el comentario de la divina palabra. El Papa Clemente VIII no tuvo escrúpulos en afirmar que Jerónimo tuvo la asistencia divina al traducir la Biblia. Por otra parte, nadie mejor dotado que él para semejante trabajo: durante muchos años había vivido en el escenario mismo de las Sagradas Escrituras, donde los nombres de las localidades y las costumbres de las gentes eran todavía los mismos. Sin duda que muchas veces obtuvo en Tierra Santa una clara representación de diversos acontecimientos registrados en las Escrituras. Conocía el griego y el arameo, lenguas vivas por aquel entonces y, también sabía el hebreo que, si bien había dejado de ser un idioma de uso corriente desde el cautiverio de los judíos, aún se hablaba entre los doctores de la ley. A ellos recurrió Jerónimo para una mejor comprensión de los libros santos e incluso tuvo por maestro a un doctor y famoso judío llamado Bar Ananías, el cual acudía a instruirle por las noches y con toda clase de precauciones para no provocar la indignación de los otros doctores de la ley. Pero no hay duda de que, además de todo eso, Jerónimo recibió la ayuda del cielo para obtener el espíritu, el temperamento y la gracia indispensables para ser admitido en el santuario de la divina sabiduría y comprenderla. Además, la pureza de corazón y toda una vida de penitencia y contemplación, habían preparado a Jerónimo para recibir aquella gracia. Ya vimos que, bajo el patrocinio del Papa San Dámaso, revisó en Roma la antigua versión latina de los Evangelios y los salmos, así como el resto del Nuevo Testamento. La traducción de la mayoría de los libros del Antiguo Testamento escritos en hebreo, fue la obra que realizó durante sus años de retiro en Belén, a solicitud de todos sus amigos y discípulos más fieles e ilustres y por voluntad propia, ya que le interesaba hacer la traducción del original y no de otra versión cualquiera. No comenzó a traducir los libros por orden, sino que se ocupó primero del Libro de los Reyes y siguió con los demás, sin elegirlos. Las únicas partes de la Biblia en latín conocida como la Vulgata que no fueron traducidas por San Jerónimo, son los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico, el de Baruch y los dos libros de los Macabeos. Hizo una segunda revisión de los salmos, con la ayuda del Hexapla de Orígenes y los textos hebreos, y esa segunda versión es la que está incluida en la Vulgata y la que se usa en los oficios divinos. La primera versión, conocida como el Salterio Romano, se usa todavía en el salmo de invitación de los maitines y en todo el misal, así como para los oficios divinos en San Pedro de Roma, San Marcos de Venecia y los ritos milaneses. El Concilio de Trento designó a la Vulgata de San Jerónimo, como el texto bíblico latino auténtico o autorizado por la Iglesia católica, sin implicar por ello alguna preferencia por esta versión sobre el texto original u otras versiones en otras lenguas. En 1907, el Papa Pío X confió a los monjes benedictinos la tarea de restaurar en lo posible los textos de San Jerónimo en la Vulgata ya que, al cabo de quince siglos de uso, habían sido considerablemente modificados y corregidos.
En el año de 404, San Jerónimo tuvo la gran pena de ver morir a su inseparable amiga Santa Paula y, pocos años después, cuando Roma fue saqueada por las huestes de Alarico, gran número de romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En aquella ocasión, San Jerónimo les escribió de esta manera: ¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas".
De nuevo, cuando su vida estaba a punto de terminar, tuvo que interrumpir sus estudios por una incursión de los bárbaros y, algún tiempo después, por las violencias y persecuciones de los pelagianos, quienes enviaron a Belén a una horda de rufianes para atacar a los monjes y las monjas que ahí moraban bajo la dirección y la protección de San Jerónimo, el cual había atacado a Pelagio en sus escritos. Durante aquella incursión, algunos religiosos y religiosas fueron maltratados, un diácono resultó muerto y casi todos los monasterios fueron incendiados. Al año siguiente, murió Santa Eustoquio y, pocos días más tarde, San Jerónimo la siguió a la tumba. El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor Faustinak » Sab Sep 27, 2014 6:57 pm

hola, acá les dejo algo de esta orden y su fundador (absolutamente desconocida para mi).

San Jerónimo, Doctor de la Iglesia


Nació en Dalmacia (Yugoslavia) en el año 342. San Jerónimo cuyo nombre significa "el que tiene un nombre sagrado", consagró toda su vida al estudio de las Sagradas Escrituras y es considerado uno de los mejores, si no el mejor, en este oficio.
En Roma estudió latín bajo la dirección del más famoso profesor de su tiempo, Donato, quien era pagano. El santo llegó a ser un gran latinista y muy buen conocedor del griego y de otros idiomas, pero muy poco conocedor de los libros espirituales y religiosos. Pasaba horas y días leyendo y aprendiendo de memoria a los grandes autores latinos, Cicerón, Virgilio, Horacio y Tácito, y a los autores griegos: Homero, y Platón, pero casi nunca dedicaba tiempo a la lectura espiritual.
Jerónimo dispuso irse al desierto a hacer penitencia por sus pecados (especialmente por su sensualidad que era muy fuerte, por su terrible mal genio y su gran orgullo). Pero allá aunque rezaba mucho, ayunaba, y pasaba noches sin dormir, no consiguió la paz, descubriendo que su misión no era vivir en la soledad.
De regreso a la ciudad, los obispos de Italia junto con el Papa nombraron como Secretario a San Ambrosio, pero éste cayó enfermó, y decidió nombrar a San Jerónimo, cargo que desempeñó con mucha eficiencia y sabiduría. Viendo sus extraordinarios dotes y conocimientos, el Papa San Dámaso lo nombró como su secretario, encargado de redactar las cartas que el Pontífice enviaba, y luego lo designó para hacer la traducción de la Biblia. Las traducciones de la Biblia que existían en ese tiempo tenían muchas imperfecciones de lenguaje y varias imprecisiones o traducciones no muy exactas. Jerónimo, que escribía con gran elegancia el latín, tradujo a este idioma toda la Biblia, y esa traducción llamada "Vulgata" (o traducción hecha para el pueblo o vulgo) fue la Biblia oficial para la Iglesia Católica durante 15 siglos.
Alrededor de los 40 años, Jerónimo fue ordenado sacerdote. Pero sus altos cargos en Roma y la dureza con la cual corregía ciertos defectos de la alta clase social le trajeron envidias y sintiéndose incomprendido y hasta calumniado en Roma, donde no aceptaban su modo enérgico de corrección, dispuso alejarse de ahí para siempre y se fue a Tierra Santa.
Sus últimos 35 años los pasó en una gruta, junto a la Cueva de Belén. Varias de las ricas matronas romanas que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén a seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres, y una casa para atender a los que llegaban de todas partes del mundo a visitar el sitio donde nació Jesús.
Con tremenda energía escribía contra los herejes que se atrevían a negar las verdades de nuestra santa religión. La Santa Iglesia Católica ha reconocido siempre a San Jerónimo como un hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la Biblia, por lo que fue nombrado Patrono de todos los que en el mundo se dedican a hacer entender y amar más las Sagradas Escrituras. Murió el 30 de septiembre del año 420, a los 80 años.

La Orden de San Jerónimo (Latín: Ordo Sancti Hieronymi), (sigla O.S.H.)
Es una orden religiosa católica de clausura monástica y de orientación puramente contemplativa que surgió en el siglo XIV. Siguiendo el espíritu de San Jerónimo, un grupo de ermitañoscastellanos encabezados por Pedro Fernández Pecha y Fernando Yáñez Figueroa resolvieron sujetarse a vida cenobítica y la orden, sujeta a la regla de regla de san Agustín, fue aprobada en el año 1373 por el papa Gregorio XI que residía en Aviñón en el momento.1 Se trata de una orden religiosa exclusivamente hispánica, puesto que sólo se implantó en España y Portugal, y estuvo muy vinculada a las monarquías reinantes en ambos países.
La Orden de San Jerónimo prescribe una vida religiosa de soledad y de silencio, en asidua oración y fortaleza en la penitencia, y trata de llevar a sus monjes y monjas a la unión mística con Dios, consideran que cuanto más intensa sea esta unión, por su propia donación en la vida monástica, mucho más espléndida se convierte la vida de la Iglesia y con más fuerza su fecundo apostolado. La vida del religioso jerónimo se rige por el equilibrio entre oración y trabajo.

Nacimiento de la Orden
A mediados del siglo XIV surgen espontáneamente varios grupos de eremitas que deseaban imitar la vida de San Jerónimo. Entre ellos destacaron Pedro Fernández Pecha y Fernando Yáñez de Figueroa; deciden organizarse, y el 18 de octubre de 1373 el papa Gregorio XI les concede la bula por la que otorga a estos ermitaños la regla de san Agustín, siguiendo la espiritualidad de san Jerónimo. En 1415 veinticinco monasterios se unen formando la Orden de San Jerónimo.
La nueva orden tuvo un gran desarrollo en España, fijando su sede central en el monasterio de San Bartolomé de Lupiana, en la provincia de Guadalajara. Sus monjes eran famosos por su austeridad y espíritu de penitencia. Los reyes de España favorecieron la Orden Jerónima encargándole labores de gobierno. En 1516, cuando más problemas había en las Indias, le encargaron su gobierno a tres frailes de la Orden, encabezados por fray Luis de Figueroa. 2 Asimismo, dotaron ampliamente muchas fundaciones, entre las que destaca el monasterio de Guadalupe en Cáceres, el Real monasterio de Nuestra Señora de Fresdelval cerca de Burgos, el monasterio de Yuste, escogido porCarlos I de España para su retiro, el Convento de Nuestra Señora de la Victoria en Salamanca, el monasterio de San Jerónimo el Real enMadrid, anejo al Palacio del Buen Retiro, y sobre todo, el Monasterio de El Escorial, mandado construir por Felipe II como monasterio, panteón real, iglesia (hoy basílica) y palacio.

Extinción y restauración de los jerónimos
En el siglo XIX esta Orden atravesó las mismas dificultades que las demás órdenes religiosas en España. Sufrieron tres exclaustraciones, entre 1808 y 1813, entre 1820 y 1823 y por fin la de 1836. Esta exclaustración, consecuencia de la desamortización de 1836, afectó gravemente a la Orden de San Jerónimo, pues supuso la expropiación de todos sus monasterios y la exclaustración de todos los frailes. Eran 48 monasterios y unos mil monjes. Como tras lasGuerras Liberales, se expulsaron a las órdenes religiosas de Portugal en 1833, incorporando todas sus propiedades a la Hacienda Nacional, ya no tenían casas fuera de España, la desamortización supuso el fin de la orden. Sin embargo, las jerónimas continuaron su existencia. Ellas persiguieron la restauración de la rama masculina; en 1925 obtienen de la Santa Sede el rescripto para la restauración de la Orden de San Jerónimo, atendiendo a un principio canónico que autoriza a revivir una persona jurídica antes de los cien años de su extinción. La Orden recién restaurada pasa por múltiples dificultades -la política laicista de la República desde 1931, la Guerra Civil de 1936-39 y dificultades internas- que obstaculizan su marcha, hasta que en 1969 consigue constituir el Gobierno General. Actualmente la rama masculina sobrevive con muy pocos miembros y sólo posee un monasterio, el Monasterio de Santa María del Parral en Segovia. Las jerónimas cuentan con 17 monasterios (entre los cuales el Convento de Santa Paula en Sevilla).

Hábito religioso
El hábito religioso de los religiosos de la Orden de San Jerónimo es de color blanca e incluye el escapulario marrón.
Los religiosos de la Orden de San Jerónimo (tanto los monjes, como las monjas) adoptarón como hábito religioso un hábito en que se visten de blanco, con un escapulario marrón (igual al Escapulario de Nuestra Señora del Carmen utilizado por los religiosos Carmelitas) y una capucha del mismo color.

Espiritualidad
La Orden de San Jerónimo es una orden contemplativa y se inspira en la vida de San Jerónimo como modelo para imitar a Jesucristo en su camino a la perfección. La vida del monje jerónimo se desarrolla dedicando la mañana al trabajo. Durante la tarde se dedica con asiduidad a ejercicios de vida contemplativa e intelectual: oración lectura, estudio, etc. Y en el curso del día, santificando todas las horas, los monjes jerónimos celebran de modo cantado la Liturgia de las Horas y asisten a la Misa Conventual.
Además, la Orden de San Jerónimo «tiene determinado desde sus principios ser pequeña, humilde, escondida y recogida, llevar a sus hijos por una senda estrecha, tratando dentro de sus paredes de la salud de sus almas, ocupándose continuamente en las alabanzas divinas, recompensa de las ofensas que por otra parte se hacen: orando, cantando y llorando, servir a la Iglesia y aplacar la ira de Dios contra los pecados del mundo». Esto ha llevado a los jerónimos a renunciar al honor de los altares, aunque seguramente podrían componer una nutrida galería de santos, pues son varios los que han muerto con fama de santidad.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor Faustinak » Sab Sep 27, 2014 7:02 pm

También les dejo un link de un libro donde se pude observar la historia de la arquitectura de sus monasterios

http://oa.upm.es/10677/5/cap%C3%ADtulo_08.pdf
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor chiquinquira14 » Sab Sep 27, 2014 8:50 pm

Investigando sobre la Orden de san Jerónimo conseguí este video sobre la vida de los monjes:

http://www.youtube.com/watch?feature=pl ... J0t_h98Q-w

saludos.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor felopero » Dom Sep 28, 2014 9:48 am

LA ORDEN DE LOS JERÓNIMOS.-
La figura de San Jerónimo a pesar de su antigüedad, no ha dejado de estar presente en el mundo de lo religioso, su vida ha trascendido y sigue haciéndolo a través del tiempo.- Un gigante de espíritu que a extendido sus enseñanzas a todas las almas que han querido escucharlas.- Su vida gira especialmente a través de dos ideas fundamentales: la Sagrada Escritura y la vida monástica.- Él decía: "Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo", no le faltaba razón; un cristiano que no conozca la Sagrada Escritura, que no frecuente a diario la fuente de la Palabra, no puede decir que vive el Mensaje de Jesús.- Se impone la necesidad para todo cristiano de conocer, vivir y alimentarse de la Palabra de Dios, de otro modo nos situamos al margen de las enseñanzas del Maestro.- Las figuras que han aparecido hasta ahora en este curso, se revelan como grandes hombres, verdaderos gigantes del espíritu; hombres que se tomaron muy en serio la relación íntima y profunda con el Señor.- ¿Cuántas personas conocemos hoy, en la vida de la Iglesia, que manifiesten esta talla?.- Es que el Señor ya no nos llama como antiguamente, o más bien no nos sentimos urgidos por la Palabra de Dios?.- Ya sé que si Dios no llama no podemos hacer nada, pero ¿respondemos nosotros de verdad a su gracia?.- Hoy hay santos, muchos santos y santas en la Iglesia de Dios, pero hombres de la talla de Jerónimo, san Bernardo, san Pablo Hermitaño, no los vemos.-
Se nos cuenta que había nacido en la primera mitad del siglo IV, en Stridón (Dalmacia), parece que sus padres gozaban de buena posición, esto le valió a Jerónimo poder realizar estudios y adquirir una buena cultura.- Tuvo un tiempo en que se inclinó por los autores profanos, apesar de ello le gustaba visitar, con sus amigos, las catacumbas.- En esta época todavía él no estaba bautizado; al terminar sus estudios recibió el bautismo en Roma.- Al entrar en contacto con la colonia monástica de Tréveris, se le ocurrió peregrinar a Jerusalén; apartir de este momento su vida cambia de modo sorprendente, la gracia había venido en ayuda de la naturaleza e inició una vida ascética que por su rigor tuvo que soportar terribles tentaciones, de las que salió con la ayuda de la gracia del cielo.- Hacía el año 382, invitado por el papa san Dámaso, se trasladó a Roma.- Tres años duró esta estancia de Jerónimo en Roma y durante ella pasó un verdadero calvario, al principio con fama de sabio y de santo, todo eran rosas, mas tarde surgieron los problemas debido al hecho de unirse a unas damas y organizar con ellas un modo de vida que la gente no aceptaba.- Entre ellas estaban las viudas Marcela y Paula, así como la hija de ésta, Eustoquio.- Las murmuraciones fueron surgiendo solapadamente.- La tormenta estallo cuando murió la joven Blesila, otra hija de Paula.- Jerónimo, tuvo que abandonar Roma y emprender el camino de Jerusalén.- Hacía el año 386, se estableció definitivamente en Belén, en compañía de Paula y Eustoquio; debido al rico patrimonio de Paula pudieron construir tres monasterios femeninos y uno de hombres.- Una vida poblada de trabajos, preocupaciones y problemas llevó a san Jerónimo a descansar en el Señor hacía el 20 de septiembre del año 420.- Sus huellas han quedado grabadas en la historia para enseñarnos un modo de vida que nos puede acercar a Dios.-
En Belén de Judea realizó su traducción de la Biblia al latín: la popular Vulgata.- En Belén, junto a la gruta de la Natividad, se encuentra el lugar donde vivió y fue enterrado San Jerónimo.- La Iglesia celebra su fiesta el 30 de septiembre.-
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor Olinpa » Dom Sep 28, 2014 1:00 pm

¿Qué sabemos de San Jerónimo?

San Jerónimo nació entre el año 331 y 347 en Estridón (situado en la frontera de Dalmacia y Panonia, Italia). Consagró toda su vida al estudio de las Sagradas Escrituras y es considerado uno de los mejores en este oficio. En Roma estudió latín bajo la dirección del más grande maestro de esa época, Donato, quien era pagano. San Jerónimo aprendió muy bien el latín y el griego además de otros idiomas, pero estudiaba muy poco los libros religiosos. Jerónimo decidió irse al desierto a hacer penitencia por sus pecados (se dice que por su sensualidad que era muy fuerte, su mal genio y su gran orgullo). Rezaba mucho en el desierto, ayunaba y pasaba noches sin dormir pero no consiguió la paz y descubrió que su misión no era vivir en soledad.

Tradujo la biblia del griego y el hebreo al latín. Esta traducción se conoce como la Vulgata, que es el texto bíblico oficial de la Iglesia Católica Romana.

Es considerado un santo por la iglesia Católica, la iglesia Ortodoxa, la iglesia Luterana y la iglesia Anglicana
La Iglesia Católica siempre lo ha reconocido como un hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la Biblia, por lo que fue nombrado patrono de todos los que en el mundo se dedican a hacer entender la Biblia; por extensión, se lo considera el santo patrono de los traductores.

Murió el 30 de septiembre del año 420, a los 80 años. En esa fecha se celebra el día internacional de los traductores.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor sorines » Dom Sep 28, 2014 2:59 pm

SAN JERONIMO:

ImagenNació en Estridón, Dalmacia en el 347

Representa uno de los mayores exponentes del monaquismo ascético.

Tiene el título de Doctor de la Iglesia.

Recibió su primera formación en la fe en su familia.

Estudió en Milán y después en Roma, con Rufino de Aquileya, en la escuela del célebre Donato.

Roma le sedujo por su vida mundana así como por su ambiente de estudios.

Fue bautizado a los 19 años cuando comenzó su vida retirada, en búsqueda de una profunda y sincera conversión la cual alimentaba con una vida de gran ascetismo y contemplación.

Cuando termino sus estudios se dirigió a Tréveris para comenzar su carrera, pero allí descubrió la vida monacal.

En contra de la voluntad de su familia se retiró a Aquileya de Dalmacia, junto con su amigo Rufino. Desde allí decidió dirigirse hacia Oriente, a la cuna del monaquismo, en búsqueda de una vida más ascética aun. Se detuvo en Antioquia, junto al obispo Evagrio, de quien aprendió la lengua griega. Fue el tiempo en que más intensa fue su experiencia ascética y espiritual, con la lectura de la Palabra y por la enfermedad.


ImagenPintura de Leonardo Da Vinci. (Explicacion de la obra) En alrededor de 370, San Jerónimo, más tarde, un Padre de la Iglesia, se dice que se han retirado a vivir como un ermitaño en el desierto de Calcis, cerca de Antioquía, con el fin de producir una traducción de la Biblia y vivir como un asceta. Leonardo representa el Padre de la Iglesia como un penitente, no un erudito. San Jerónimo está de rodillas en una postura humilde que despierta nuestra simpatía, frente a la cruz de Cristo dibujado a la derecha, y ante él se encuentra el león, su atributo. En su mano derecha sostiene una piedra con la que se golpeaba el pecho. La sección de la cabeza del panel de terminar estaba fuera aserrada en el siglo 18 y no se sustituye y restaurado hasta el siglo 19.

Desde Antioquia fue al desierto de Calcis (frontera con Siria) donde se retiró, y comenzó una vida de verdadero anacoreta. Allí aprendió el hebreo, para poder leer el Antiguo Testamento en su lengua original. Es en este momento, bajo estas intensas experiencias donde le encargan la traducción de la Sagrada Escritura al latín, lo cual ha significado, hasta nuestros días, el trabajo más grande, hermoso y prodigioso para la Iglesia, sobre todo de Occidente.

Imagen Imagen
Detalles de la Capilla de San Jerónimo Belén

A esa traducción del hebreo al latín se le llama Vulgata. Y hasta hoy es el texto confirmado oficial para la Iglesia.

Tras una experiencia que tuvo precenobítica en el Monte Aventino de Roma, se retiró a Belén, donde vivió los últimos años de su vida. Allí también pudo concluir su trabajo de traducción de la Biblia.

En Belén tuvo la compañía de Paula y su hija Eustoquia, dos patricias romanas que le ayudaron con fuertes sumas de dinero para la construcción de dos monasterios, uno masculino y otro femenino, un hospicio para peregrinos y una escuela monástica, significando esta ultima la primera experiencia monástica en las cercanías de la Gruta de la Natividad. Las proximidades a la Gruta, sin duda que favorecieron a Jerónimo en su vida de oración y meditación.

A continuación un fragmento de una de sus meditaciones:

«¡Ay, si pudiera contemplar aquel pesebre en el cual reposó el Señor! Hoy en día, en honor a Cristo, hemos limpiado la suciedad de aquel lugar y lo hemos adornado con objetos de plata, aunque para mí tiene más valor aquello que se quitó. Propio es de paganos el oro y la plata; la fe cristiana prefiere, en cambio, aquel otro pesebre lleno de estiércol. Aquel que nació en ese pesebre rechaza el oro y la plata. No es que esté criticando a quienes, con el fin de tributarle un honor, obraron de tal modo (así como tampoco a aquellos que en el templo fabricaron vasos de oro): lo que me admira es que el Señor, creador del mundo entero, no naciera en medio del oro y la plata, sino en un lugar lleno de lodo» (Jerónimo, Homilía para la Natividad del Señor, finales del siglo IV).

EN LATIN:
[«O si mihi liceret illud praesepe videre, in quo Dominus iacuit! Nunc nos Christi quasi pro honore tulimus luteum et posuimus argenteum: sed mihi pretiosius illud est quod ablatum est. Argentum et aurum meretur gentilitas: christiana fides meretur luteum illud praesepe. Qui in isto praesepe natus est, aurum condempnat et argentum. Non condempno eos qui honoris causa fecerunt (neque enim illos condempno qui in templo fecerunt vasa aurea): sed admiror Dominum, qui creator mundi non inter aurum et argentum, sed in luto nascitur»].

Copia textual de la fuente: http://www.belen.custodia.org/default.asp?id=165

“Este párrafo (el anterior en latín y traducido anteriormente al español) manifiesta el deseo de reconocer la humildad y la sencillez de la encarnación de Cristo, que fue depositado en un pesebre sencillo, no hecho de materiales preciosos, un simple pesebre que hiciera más patente la grandeza del acontecimiento de la encarnación. Tras la muerte de Paula y Eustoquia, y tras la llegada de la noticia de la toma de Roma por parte de Alarico (410), Jerónimo experimentó un cierto desarme moral y el agravamiento de su estado de salud. Permaneció ya solo en su monasterio, que se iba desmoronando y estaba amenazado por continuos saqueos, y se dedicó a la acogida de cuantos llegaban al lugar y necesitaban refugio y hospitalidad”.

El 30 de septiembre de 420 murió, tras un periodo de fuertes sufrimientos físicos, dejando a la Iglesia el tesoro inestimable de sus escritos.

Se considera el mes de Septiembre dedicado a la Biblia.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor sorines » Dom Sep 28, 2014 3:40 pm

ICONOGRAFIA DE SAN JERONIMO

Sin duda, han sido abundantes las obras dedicadas a este hombre de fe, entregado en su totalidad a Dios, basta abrir google imagenes y ver cuantas pinturas alegóricas, cuántas páginas exponiendo su vida y obra. Aquí tan solo se han colocado algunas, clasificadas en dos partes:

1. Su vida de ascetismo y
2. Su vida de estudio (dedicado a la traducción de la Biblia.

El asceta orante:

Imagen San Jerónimo, Leonardo da Vinci, circa 1480.
Imagen San Jerónimo en oración, El Bosco,circa 1482-1499
ImagenSan Jerónimo penitente, Caravaggio, circa 1605.
Imagen San Jerónimo, El Greco, circa 1605.
Imagen San Jerónimo, Francesco Bassano el Joven, S. XVI

San jerónimo el hombre que traduce la Biblia en su vida retirada.

Imagen San Jerónimo en su estudio, Domenico Ghirlandaio, 1480.
Imagen San Jerónimo en su gabinete, Alberto Durero, 1514.
Imagen San Jerónimo, Francisco Ribalta, circa 1625.
Imagen San Jerónimo, Escuela cuzqueña, S. XVIII
Imagen San Jerónimo escribiendo, Caravaggio, 1605.
NADA TE TURBE, NADA TE ESPANTE. SOLO DIOS BASTA. QUIEN A DIOS TIENE NADA LE FALTA.
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor chilecito-renata » Dom Sep 28, 2014 4:42 pm

SANTA PAULA
Santa Paula nació en Roma el 5 de Mayo del año 347. Era descendiente de los Scipiones y Gracos, quienes eran gente influyente y rica, por lo que se crió con gran opulencia como lo requería su nobleza. Cuando tuvo edad para casarse, sus padres la casaron con un joven nobilísimo llamado Toxocio o Torcuato..
A pesar de la corrupción de costumbres que se había introducido en Roma por la exesiva opulencia, Paula permaneció siempre al margen de los malos ejemplos, conservando su honestidad y pureza.
Paula tuvo cinco hijos: Blesilla, quien quedó viuda 7 meses después de casada y murió a los 20 años llena de virtudes y méritos; Paulina, casada con Pamaquio, a quien dejó en herencia su patrimonio y espíritu; Eustoquio, virgen santa cuya fiesta se celebra el 28 de septiembre; Rufina quien murió a edad temprana y Toxocio, único varón y menor de los cinco.
Cuando falleció su esposo, Paula tuvo el medio de ofrecerse a Dios y lo hizo con mucho fervor.
Paula repartió a los pobre casi todas sus riquezas. Sus parientes la reprendieron porque de esta manera despojaba a sus hijos de un gran patrimonio, pero la santa, llena de fe, respondía que no creía poder dejar a sus hijos mayor herencia que la divina misericordia.

San Epifanio, obispo de Salamina en Chipre y Paulino, obispo de Antioquía, fueron a Roma. Con estos obispos había ido a Roma San Jerónimo, quien terminado el Concilio permaneció un tiempo en la Ciudad Eterna. Cuando Paula lo conoció, le eligió como director espiritual. San Jerónimo reconoció en Paula un alma escogida, a quien Dios llamaba a la cumbre de la perfección y es así que ayudó a la santa a recorrer el camino que había comenzado a andar.
El palacio de Paula se transformó en asilo para los pobres y enfermos. A las obras de caridad unía la mas severa mortificación para si y se instruía en la santa doctrina, dirigida por San Jerónimo, de quien aprendió el hebreo con tal perfección que cantaba los salmos en la lengua en que se escribieron.

Paula no descuidaba sus deberes de madre. La afligía el estado de algunas de sus hijas. Buscaba para Paulina un esposo cristiano y velaba por la educación de Rufina y Toxocio. Su hija Eustoquio, quien había tomado el velo de las vírgenes , la auxiliaba. Pero Paula aspiraba a mayor perfeccion en la soledad.

Dios escucho las plegarias de Paula. Casada Paulina con Pamaquio dejo al cuidado de ellos a Rufina. Toxocio ya era mayor de edad y Blesilla había muerto y ya nada impedía su santo propósito.

Arreglo las cosas de familia y después de despedirse de sus hijos embarco con su hija Eustoquio rumbo a los Santos Lugares, sin hacer caso a sus parientes, quienes la acusaban de desapego de su familia.

Paula deseaba llegar cuanto antes a Jerusalen. En Salamina se detuvo a visitar a San Epifanio y algunos monasterios donde repartió limosnas. Luego paso a Antioquia, donde encontró de nuevo a San Jeronimo, a quien el obispo San Paulino daba hospitalidad. No hubo que aplazar el viaje a pesar de ser invierno.

Cuando llego a Jerusalen rehuso el alojamiento suntuoso que le habían preparado y prefirió una casa modesta.

Visito y venero los lugares santos. Adoro la Santa Cruz, visito el Santo Sepulcro, subió al Monte Sion. Vio también el lugar donde descendió el Espiritu Santo sobre 120 creyentes, según el oráculo de Joel y distribuyo limosnas a los pobres.

Las soledades de Egipto la llamaban y asi emprendió este viaje. Luego de dejar el desierto, fue a Belen y determino quedarse ahí por toda su vida. Hizo edificar varios monasterios y varios hospedajes para los peregrinos. Al lado de la cueva de Belen edifico un monasterio para las vírgenes del Señor y otro para San Jeronimo y sus monjes.

Cuando Paula estuvo ya dentro del monasterio de vírgenes, una de las cuales era su hija Eustoquio, puso en practica la austeridad que habia admirado en los anacoretas en Egipto. Eran tan grandes sus mortificaciones que San Jeronimo la reprendió, temeroso de que muriera por ellas, y en efecto le produjeron fiebre muy alta y se fue debilitando. A pesar de su espíritu fuerte, su cuerpo fue quedando débil por tanta abstinencia y hacia fines del año 403 cayço tan enferma que los médicos declararon que en lo humano no había remedio para su mal. Hubo gran dolor en el monasterio y su hija Eustoquio le prodigo los mas tiernos cuidados que el amor hacia su madre le sugería. Pese a ellos, su transito ocurrió el 26 de Enero del año 404.

Su muerte se divulgo por toda Palestina, Egipto y provincias contiguas y de todas partes fueron innumerables personas a tributarle homenaje.

Sus deseos de morir en la pobreza se cumplieron y no dejo a sus hijos mas herencia que su espíritu.
chilecito-renata
 
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Re: 6. La Orden de los Jerónimos

Notapor PEPITA GARCIA 2 » Dom Sep 28, 2014 5:25 pm

Monasterio de San Jerónimo de Cotalba

*****Imagen*****

El Real Monasterio de San Jerónimo de Cotalba, se ubica en Alfahuir, Valencia, España; es un conjunto conventual fundado en el año 1388 y construido entre los Siglos XIV y XVIII. Su estilo arquitectónico: Mudéjar, Gótico, Renacentista, Barroco y Neoclásico.

Fue fundado por el Duque Alfonso de Aragón y Foix.

Se destacan dentro del edificio cuatro grupos constructivos con características homogéneas: la torre del homenaje o de las campanas, la Iglesia, el claustro en sus dos plantas y las dependencias del monasterio propiamente dichas.

Interior del claustro.-
Imagen

La torre del homenaje o de las campanas que llama la atención del edificio por que sobresale por su volumen y altura.
La iglesia de planta basilical sin crucero, con 4 tramos de bóveda cubiertos por arcos de crucería. El presbiterio rectangular con añadidos barrocos y un coro elevado con bóveda estrellada. Las capillas laterales se sitúan entre los contrafuertes interiores encontrándose sepulturas en algunas de ellas. La portada, es muy sencilla, de estructura ojival moldurada.

Sarcófago medieval.-
Imagen

La actual Capilla de la Virgen de la Salud fue la antigua Sala Capitular del monasterio. Adosado a sus muros se encuentra el sarcófago medieval en piedra tallada de los hijos del Duque Alfonso el Viejo: los Infantes Juan y Blanca de Aragón; un bello ejemplo de escultura funeraria gótica valenciana, que fue elaborado en Játiva en el año 1380, unos años antes de la fundación del monasterio, por el maestro de la piedra Pere Andreu.

La escalera de estilo gótico-flamígero, junto a la sala capitular.

El claustro con dos plantas; la inferior de estilo gótico-mudéjar, un espacio policromo abierto con nervaduras. En el ángulo más cercano a la iglesia se sitúa una escalera helicoidal cuasi flamígera. La parte superior del claustro tiene elementos que lo sitúan en el Siglo XVI: la cubierta con nervaduras medievales se opone a los arcos rebajados del exterior. El moldurado y la tipología constructiva de estilo renacentista.

Ventanales en la parte superior del claustro de estilo renacentista.-
Imagen

Las galerías forman un patio central llamado "Patio de los Naranjos", en el que se encuentra un aljibe medieval con 24 fuentes, del Siglo XVI, ordenando su construcción la Duquesa de Gandía, María Enríquez de Luna; en el aljibe almacenaban el agua para el abastecimiento del cenobio, y un pozo que data de los orígenes del monasterio.

El refectorio de estilo majestuoso, corresponde a la primera época del edificio y guardaba similitud con el claustro mudéjar del propio monasterio. A lo largo del Siglo XVIII los monjes llevan a cabo distintas mejoras en el refectorio, cambiando su aspecto inicial y de las cuales se conserva una pila de agua de piedra. La familia Trénor también realizó diferentes mejoras para convertirlo en un salón de ceremonias, una gran chimenea al fondo y una escalera imperial, inspirada en la escalera aurea de la Catedral de Burgos, para unir el refectorio con el Salón de Armas de la planta superior.

El interior del monasterio presenta en ocasiones unos recorridos intrincados y tortuosos, consta de variadas dependenciasm y tiene numerosas salas y salones con bóveda de cañón con arcos fajones que reparten el peso de la cubierta.

Jardines románticos del Monasterio, de principios del Siglo XX..-
Imagen

Los jardines de estilo romántico datan de principios del Siglo XX y están inspirados en el estilo de los jardines que el arquitecto paisajista francés Nicolás Forestier realizó en España. En ellos se encuentra una interesante variedad de árboles y plantas no autóctonos junto a un lago o estanque artificial que recibe agua por medio de una cascada adosada al acueducto gótico medieval. Los jardines románticos así como el resto de parajes adyacentes al monasterio, constituyen espacios ambientales de interés paisajístico.

Destaca el acueducto medieval de estilo gótico del Monasterio, que conducía el agua desde la fuente de Batlamala o de la Finestra, a casi 6 kilómetros, en el término de Almiserà para el abastecimiento del propio monasterio. El acueducto se divide en dos alturas, la inferior del Siglo XIV y la superior de los Siglos XV y XVI. Se conserva en buen estado y puede contemplarse desde los alrededores de la parte posterior del monasterio o desde los jardines románticos del mismo.

La iglesia tenía un retablo cuyas pinturas eran obra del Monje Fray Nicolás Borrás (1530-1610), y en total disponía de catorce tablas. Estas pinturas hoy en día se encuentran en el Museo de Bellas Artes de Valencia.

El Monasterio cuenta con numerosas dependencias anexas para la explotación agrícola, algunas de las cuales se han habilitado como un museo etnológico.

Fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) el 24 de mayo de 1994 mediante el decreto 93/1994 de la Generalidad Valenciana. Desde el 26 de mayo de 2005 el Monasterio está abierto al público, se puede visitar la mayor parte de él.

Fuentes: Realmonasterio. Tour. Wikipedia. Google. Paint
"No anteponer nada al amor de Dios"

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