8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2015

En este curso, haremos un viaje en el tiempo para situarnos en los orígenes del monacato cristiano. Conoceremos las distintas órdenes monásticas, a sus fundadores, sus monasterios, su arte, cultura, forma de vida y su importancia para la civilización a través de la historia hasta la actualidad.

Fecha de inicio:
11 de agosto de 2014

Fecha final:
27 de octubre de 2014

Responsable: Hini Llaguno

Moderadores: Catholic.net, Ignacio S, hini, Betancourt, PEPITA GARCIA 2, rosita forero, J Julio Villarreal M, AMunozF, Moderadores Animadores

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Notapor ma_allegretti » Lun Abr 13, 2015 4:25 pm

San Pio de Pietrelcina
1887-1968


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"Solo quiero ser un fraile que reza..." San Padre Pio

CRONOLOGÍA DEL P. PÍO
1887 - 25 mayo: Nace en Pietrelcina, Italia
1903 - 6 enero: Edad 15 años. Entra al noviciado franciscano OFM cap en Morcone.
1904 - 22 enero: Profesa como franciscano
1910 - 10 agosto: Ordenación sacerdotal en Benevento
1918 - 20 septiembre: Recibe las estigmas, (llagas de Jesucristo)
1923 - 1933 Le fue prohibido celebrar misa en público y comunicación con sus hijos espirituales; víctima de calumnias.
1947 Comienzan los grupos de oración del Padre Pío.
1956 - 5 mayo: Inauguración de la Casa Sollievo della Sofferenza (alivio del sufrimiento)
1968 - 23 septiembre: Fallece en San Giovanni Rotondo
1998 - 21 de diciembre: Reconocimiento de milagro
1999 - 2 de mayo: Beatificación
2001 - 20 de diciembre: Reconocimiento de 2º milagro
2002 - 16 junio: Canonización en el Vaticano

San Pio de Pietrelcina, entró en los Capuchinos con 15 años de edad.Ordenado el 10 de agosto de 1910.Asignado a San Giovanni Rotondo en 1916, vivió allí hasta su muerte.Recibió los estigmas: 20 de septiembre, 1918. Los llevó por 50 años.Entró en la Vida Eterna: 23 de septiembre, 1968.Beatificado por el Papa Juan Pablo II el 2 de mayo de 1999. Canonizado por el Papa Juan Pablo II el 16 de junio del 2002.

“Reza, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración... La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave al corazón de Dios. Debes hablarle a Jesús, no solo con tus labios sino con tu corazón. En realidad, en algunas ocasiones debes hablarle solo con el corazón...” -Padre Pío

El Padre Pío es uno de los más grandes místicos de nuestro tiempo, amado en todo el mundo. Nos enseñó a vivir un amor radical al corazón de Jesús y a su Iglesia. Su vida era oración, sacrificio y pobreza. Alcanzó una profunda unión con Dios.

Famoso confesor. El Padre Pío pasaba hasta 16 horas diarias en el confesionario. Algunos debían esperar dos semanas para lograr confesarse con él, porque el Señor les hacía ver por medio de este sencillo sacerdote la verdad del evangelio. Su vida se centraba en torno a la Eucaristía. Sus misas conmovían a los fieles por su profunda devoción. Poseía una ferviente devoción por la Virgen María.

DONES EXTRAORDINARIOS:
Discernimiento extraordinario: la capacidad de leer los corazones y las conciencias. Profecía: pudo anunciar eventos del futuro. Curación: curas milagrosas por el poder de la oración. Bilocación: estar en dos lugares al mismo tiempo. Perfume: la sangre de sus estigmas tenía fragancia de flores.

Llegaban a verle multitud de peregrinos y además recibía muchas cartas pidiendo oración y consejo. Los médicos que observaron los estigmas del Padre Pío no pudieron hacer cicatrizar sus llagas ni dar explicación de ellas. Calcularon que perdía una copa de sangre diaria, pero sus llagas nunca se infectaron. El Padre Pío decía que eran un regalo de Dios y una oportunidad para luchar por ser más y más como Jesucristo Crucificado. Su beatificación fue la de mayor asistencia en la historia. La plaza de San Pedro y sus alrededores no pudieron contener la multitud que asistió a su beatificación. El Padre Pío es un poderoso intercesor. Los milagros se siguen multiplicando.

BIOGRAFÍA

Infancia
Francisco Forgione (San Padre Pío) nació en el seno de una humilde y religiosa familia, el Miércoles 25 de mayo de 1887 a las 5 de la tarde, hora en que las campanas de la Iglesia sonaban para llamar a todos los fieles a honrar a la Virgen Santísima en su mes. El Beato Padre Pío nació en una pequeña aldea del Sur de Italia, llamada Pietrelcina, una pequeña villa en la provincia de Benevento, Italia. Sus padres, Horacio Forgione y María Giuseppa de Nunzio Forgione, ambos agricultores, encomendaron la protección de su recién nacido a San Francisco de Asís, por esta razón le bautizaron con el nombre de Francisco al día siguiente de su nacimiento.

La familia Forgione vivía en el sector más pobre de Pietrelcina. Francisco fue pobre, pero como él mismo diría más adelante, nunca careció de nada... Los valores eran diferentes en aquella época; un niño se consideraba dichoso si tenía lo básico para vivir. Fue un niño muy sensible y espiritual.

Inicio de sus experiencias extraordinarias
Su vida transcurrió en los alrededores de la Iglesia Santa María de los Ángeles, que podríamos decir fue como su "hogar". Aquí fue bautizado, hizo su Primera Comunión y su Confirmación. Tenía trato familiar con su ángel guardián, con el que tuvo la gracia de comunicarse toda su vida y el cual sirvió grandemente en la misión que él recibiría de Dios. Es también a esta edad que los demonios comenzaron a torturarlo. El niño acostumbraba a cobijarse bajo la sombra de un árbol particular durante los cálidos y soleados días de verano. Amigos y vecinos testificaron que fueron en más de una ocasión las veces que le vieron pelear con lo que parecía su propia sombra. Estas luchas continuarían por el resto de su vida.

Fue un niño callado, diferente y tímido, muchos dicen que a tan corta edad ya mostraba signos de una profunda espiritualidad. Era piadoso, permanecía largas horas en la iglesia después de Misa. Hizo hasta arreglos con el sacristán para que le permitiera visitar al Señor en la Eucaristía, en los momentos en los cuales la iglesia permaneciera cerrada.

Curado por los chiles
En tiempos en que el Padre era aún pequeño, la tifoidea era una enfermedad mortal y el pequeño Francisco se vio al borde de la muerte a consecuencia de ella. La fiebre le llego tan alta, que el mismo doctor le informó a su madre que al pequeño Francisco le quedaban unas cuantas horas de vida. La madre, aun con el dolor que experimentaba su corazón, debió continuar sus labores domésticas y preparó, como de costumbre, alimentos para los trabajadores que les ayudaban con sus tierras. La comida que Guiseppa preparó fueron chiles fritos y los trabajadores no se los terminaron por ser tan picosos. Al pequeño enfermo, el olor de los chiles le resultó muy apetecible y en cuanto se encontró a solas, no pudiendo caminar, se arrastró hasta el lugar en el que se encontraban los chiles que tanto le apetecían y se los comió todos.

Cuando terminó de comer, se regresó a su cama y sintió una gran sed. Llamó a su hermano Miguel para que le trajera algo de tomar. Su hermano le llevó una botella de leche y le sirvió un poco en una cuchara, como lo habían estado haciendo.

Francisco, tomó la botella y se la tomó toda para la sorpresa de su hermano. Cuando su madre regresó más tarde a buscar los chiles, encontró el plato vacío y no se imaginó que hubiese sido Francisco el que se los hubiese comido. Aunque esta comida podría haber sido fatal para su salud, produjo cambios radicales. Desde ese momento, Francisco se curó de la tifoidea y su salud se restauró por completo.

Primeros estudios
Francisco tenía gran sed de aprender. Por no haber escuelas en la villa, unos granjeros se voluntarizaron para enseñar a los niños del área. Su mayor ambición era que los niños pudieran aprender a leer y los más brillantes a escribir. La enseñanza se llevaba a cabo durante la noche por la necesidad existente de trabajar, tanto adultos como niños durante el día. Francisco estudiaba durante este tiempo. Otros niños preferían jugar, pero esto no era una de sus prioridades. Su preferencia era siempre pasar la mayor parte del tiempo en oración y estudiar en el tiempo destinado para el aprendizaje. Padre Pío fue un niño disciplinado, que entendía el sacrificio que era para sus padres patrocinar su tiempo de aprendizaje.

Estudios para prepararlo a la Vida Religiosa
Llegó el momento en el cual Francisco manifestará su deseo de ser religioso. Su padre, al ver la limitación existente de educación en la villa, emigró buscando mejor solvencia económica que le permitiera sufragar los gastos de educación para Francisco. Sus padres, aunque humildes, recibieron gran sabiduría del Señor para ver el camino que su hijo habría de seguir. Hicieron grandes sacrificios para que se hiciera posible.

Fue durante este tiempo en que su madre, Giuseppa, hizo arreglos para que su hijo recibiera la formación necesaria para poder ingresar en el seminario. La única posibilidad en ese momento era recibir clases con Don Domenico Tizzani, un exsacerdote que habiendo abandonado el ministerio, había contraído matrimonio. Don Domenico tenía la reputación de ser muy buen maestro, pero algo pasaba con el joven Francisco que parecía tener un bloqueo mental en su presencia. Doña Giuseppa buscó otro maestro para Francisco y lo encontró en el maestro Angelo Cavacco. Con él, el joven Francisco avanzó con gran rapidez y mostró tener gran capacidad.

Preparación para el Noviciado
Los días antes de entrar al seminario fueron días de visiones del Señor, que le prepararían para grandes luchas. Jesús le permitió ver a Francisco el campo de batalla, los obstáculos y enemigos. A un lado habían hombres radiantes, con vestiduras blancas, al otro lado, inmensas bestias espantosas de color oscuro. Era una escena aterradora y las rodillas del joven Francisco comenzaron a temblar. Jesús le dice que se tiene que enfrentar con la horrenda criatura, a lo que Francisco responde temeroso, rogándole al Señor que no le pidiera cosa semejante de la cual no podría salir victorioso.

Jesús vuelve a repetir su petición dejándole saber que estaría a su lado. Francisco entonces entra en un feroz combate, los dolores infligidos en su cuerpo eran intolerables, pero salió triunfante. Jesús alertó a Francisco de que entraría en combate nuevamente con este demonio a lo largo de toda su vida, que no temiera: “Yo estaré protegiéndote, ayudándote, siempre a tu lado hasta el fin del mundo”. Esta visión particular petrificó a Padre Pío por 20 años.

El día antes de entrar al Seminario, Francisco tuvo una visión de Jesús con su Santísima Madre. En esta visión, Jesús posa Su mano en el hombro de Francisco, dándole valor y fortaleza para seguir adelante. La Virgen María, por su parte, le habla suavemente, sutil y maternalmente penetrando en lo más profundo de su alma.

Ingreso en el Noviciado de Morcone
Padre Pío siempre caminó el sendero estrecho, no permitiéndose lujos ni nada que le pudiera desviar de su relación con Jesús. A los 15 años de edad, Francisco había adelantado lo suficiente como para entrar al Seminario; sería Fraile Capuchino. Ingresó con la Orden Franciscana de Morcone el 3 de enero de 1902. Quince días después de su entrada, el día 22 de enero de 1902, Francisco recibió el hábito franciscano que está hecho en forma de una cruz y percibió que desde ese momento su vida estaría “crucificada en Cristo”, tomó además, por nombre religioso, Fray Pío de Pietrelcina en honor a San Pío V.

La Fraternidad Capuchina en la cual ingresó era una de las más austeras de la Orden Franciscana y una de las más fieles a la regla original de San Francisco de Asís. El ayuno y la penitencia eran prácticas habituales. El Fraile Pío abrazó todas las formas de autoprivación, comiendo siempre muy poco, en una ocasión se alimentó únicamente de la Eucaristía por 20 días y aunque débil físicamente se presentaba a clases con preclara alegría. Fue una de las mejores épocas de su vida: "Soy inmensamente feliz cuando sufro, y si consintiera los impulsos de mi corazón, le pediría a que Jesús me diera todo el sufrimiento de los hombres".

Ordenación Sacerdotal
El 10 de agosto de 1910, Padre Pío es ordenado sacerdote en la Catedral de Benevento, Italia. La tarde de aquel día, escribe esta oración: “Oh Jesús, mi suspiro y mi vida, te pido que hagas de mí un sacerdote santo y una víctima perfecta”. El día de su ordenación, su padre se encontraba en América, pero su madre, su hermano Miguel y su esposa, y sus tres hermanas le acompañaron en ese día tan especial. Al finalizar la Santa Misa, su madre y sus hermanos se acercaron a la baranda para recibir su primera bendición. Su madre no podía contener sus lágrimas, tanto de la emoción como del dolor de pensar en la ausencia de su esposo, cuyo sacrificio había hecho posible la ordenación de su hijo.

Como era la costumbre, el nuevo Padre celebraría su primera Misa en la iglesia de su pueblo, en Santa María de los Ángeles. En la misma iglesia en la que 23 años antes había sido bautizado, en donde había recibido la Primera Comunión y el Sacramento de la Confirmación. El padre solía decirles a sus hijos espirituales “Si ustedes desean asistir a la Sagrada Misa con devoción y obtener frutos, piensen en la Madre Dolorosa al pie del Calvario”.

De regreso en Pietrelcina
Mientras más alto escalaba el joven sacerdote hacia la perfección, más era asechado por el demonio. Y mientras más atormentado era por Satanás, más crecía en fe y en amor al Señor. Poco después de su ordenación, le volvieron las fiebres y los males que siempre le aquejaron durante sus estudios, y fue enviado a su pueblo, Pietrelcina, para que se restableciera de salud.

Cada vez que se hacía el intento para restaurarlo a la vida religiosa dentro del monasterio, este fracasaba, pues su salud empeoraba. Su vida sacerdotal en Pietrelcina incluía mucha oración acompañada de muchas funciones religiosas, así como estudios teológicos, catecismo para los niños del pueblo y reuniones con individuos y familias. Durante este período en Pietrelcina, su antiguo profesor, el ex sacerdote Tizzani, agonizaba. Su hija, viéndolo cerca a la muerte, llamó al Padre Pío para que asistiera a su padre, quien providencialmente pasaba por su casa en ese momento. El moribundo recibió del Padre la gracia de Dios y la salvación eterna de su alma, hizo su confesión con lágrimas de arrepentimiento y murió en paz.

Primera aparición de los estigmas
Durante su primer año de ministerio sacerdotal, en 1910, el Padre Pío manifiesta los primeros síntomas de los estigmas. En una carta que escribe a su director espiritual los describe así: “En medio de las manos apareció una mancha roja, del tamaño de un centavo, acompañada de un intenso dolor. También debajo de los pies siento dolor”. Estos dolores en la manos y los pies del Padre Pío, son los primeros recuentos de las estigmas que fueron invisibles hasta el año 1918.

El día 12 de agosto de 1912 experimentó por primera vez la “llaga del amor”. El Padre Pío le escribió a su director espiritual explicándole lo sucedido: “Estaba en la Iglesia haciendo mi acción de gracias después de la Santa Misa, cuando de repente sentí mi corazón herido por un dardo de fuego hirviendo en llamas y yo pensé que me iba a morir”.
Por siete años, Padre Pío permanece fuera del Convento, en Pietrelcina. Naturalmente, esta vida estaba en contraste con la regla franciscana y algunos hermanos frailes se quejaron de esto. Fue entonces cuando el Superior General de la Orden pidió a la Sagrada Congregación de los Religiosos la exclaustración del P. Pío. Fue un golpe muy duro para él y en un éxtasis se quejó con San Francisco de Asís. La Congregación de los Religiosos no escuchó la solicitud del Superior General y concedió que el Padre Pío siguiera viviendo fuera del convento, hasta que estuviera completamente restablecida su salud.

De regreso a la vida monástica
El día 17 de febrero de 1916, el Padre Pío salió de Pietrelcina rumbo a Foggia, donde los superiores lo llamaron para dar un servicio espiritual. Gracias a las oraciones de Rafaelina Cerase, una señora muy enferma y cercana a la muerte, el Padre Pío puede regresar definitivamente a la vida comunitaria. Esta buena señora se ofreció a Dios como víctima para que el Padre pudiese oír confesiones y con ello traer gran beneficio a las almas.

Aunque el Padre nunca más pudo regresar a Pietrelcina, su amor por ella nunca disminuyó. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Padre, refiriéndose a su pueblo dijo: “Pietrelcina será preservada como la niña de mis ojos”. Y antes de morir, hablando proféticamente dijo: “Durante mi vida he favorecido a San Giovanni Rotondo. Después de mi muerte, favoreceré a Pietrelcina”.

Primera visita a San Giovanni Rotondo
El día 28 de julio de 1916, el Padre Pío llega a San Giovanni Rotondo por primera vez. San Giovanni Rotondo era en ese entonces una pequeña villa en la península del Gargano, rodeada por casas muy pobres, sin luz, sin agua potable ni cañería, sin caminos pavimentados y sin formas de comunicación modernos, muy parecido a la forma de vida en las villas pequeñas de aquel entonces.

El monasterio se encontraba a unos dos kilómetros del pueblo y para llegar a este, era necesario ir en mula. El monasterio contaba con una pequeña y rústica Iglesia de Nuestra Señora de la Gracia del siglo XIV.

Regreso permanente a San Giovanni Rotondo
Padre Pío fue invitado a San Giovanni por el Padre Guardián y su breve visita fue del 28 de julio al 5 de agosto. Durante esta visita, la salud del Padre parece haber mejorado un poco lo cual agradó al Padre Provincial y este lo mandó bajo obediencia a regresar a San Giovanni por un tiempo, hasta que mejorase más su salud. El Padre regresó al Monasterio del Gargano el día 4 de septiembre de 1916. En los designios del Señor, lo que en un inicio se pensó sería temporal, duró 52 años, hasta la muerte del Padre.

Experiencia Militar
El Padre Pío fue llamado a las filas militares tres veces durante la Primera Guerra Mundial y las tres veces fue regresado luego de un corto período por motivos de salud. La última vez que fue llamado, su salud desmejoró tanto, que los mismos médicos le dieron de baja para “permitirle morir en paz en su hogar”. Las cortas permanencias en las filas militares causaron en él grandes dolores en su alma, a causa de la dureza de los soldados, las blasfemias que escuchó y el verse alejado de la vida monástica. Otro gran dolor era el no poder ofrecer la Santa Misa todos los días.

El Padre fue dado de baja de las filas militares con papeles que atestiguaban su buena conducta, su honor y fidelidad a la patria, aunque se salvó de haber confrontado cargos de deserción por no presentarse a una cita, a causa de un error del cartero de San Giovanni Rotondo. Este no sabía que Francisco Forgione y el Padre Pío eran la misma persona y por ello no supo a quién darle la cita.

El seminario menor
El Padre Pío sirvió como padre espiritual de los jóvenes que formaban parte del seminario seráfico menor, que en ese momento estaba en San Giovanni Rotondo. Él se encargaba de proveerles meditaciones, de confesarlos y de tener conversaciones espirituales con ellos. Oraba mucho y vigilaba su avance espiritual y hasta llegó a pedir permiso para ofrecerse como víctima al Señor por la perfección de este grupo a quienes como él mismo decía “amaba con ternura”.

Un día en que daba un paseo con los jóvenes les dijo: “Uno de ustedes me traspasó el corazón”. Los jóvenes quedaron perplejos ante este comentario, pero no se atrevían a preguntar quién había sido el culpable. “Uno de ustedes esta mañana hizo una Comunión sacrílega. Y saber que fui yo el que se la dio hoy durante la Misa”. El joven culpable se arrojó a sus pies y confesó ser él el culpable. El Padre hizo seña a los demás para que se retiraran un poco y ahí mismo en la calle escuchó su confesión y lo restauró a la gracia de Dios.

Transverberación del corazón
La transverberación es una gracia extraordinaria que algunos santos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz han recibido. El corazón de la persona escogida por Dios es traspasado por una flecha misteriosa o experimentado como un dardo que al penetrar deja tras de sí una herida de amor que quema mientras el alma es elevada a los niveles más altos de la contemplación del amor y del dolor.

El Padre Pío recibió esta gracia extraordinaria el 5 de agosto de 1918. En gran simplicidad, el Padre le narró a su director espiritual lo sucedido: “Yo estaba escuchando las confesiones de los jóvenes la noche del 5 de agosto cuando, de repente, me asusté grandemente al ver con los ojos de mi mente a un visitante celestial que se apareció frente a mí. En su mano llevaba algo que parecía como una lanza larga de hierro, con una punta muy aguda. Parecía que salía fuego de la punta.
Vi a la persona hundir la lanza violentamente en mi alma. Apenas pude quejarme y sentí como que me moría. Le dije al muchacho que saliera del confesionario, porque me sentía muy enfermo y no tenía fuerzas para continuar. Este martirio duró sin interrupción hasta la mañana del 7 de agosto. Desde ese día siento una gran aflicción y una herida en mi alma que está siempre abierta y me causa agonía.”

Los estigmas de Cristo
Sin duda alguna lo que ha hecho famoso al Padre Pío es el fenómeno de los estigmas: las cinco llagas de Cristo crucificado que llevó en su cuerpo visiblemente durante 50 años. Un poco más de un mes después de haber recibido el traspaso del corazón, el Padre Pío recibe las señas, ahora visibles, de la Pasión de Cristo.

El Padre describe este fenómeno y gracia espiritual a su director por obediencia: “Era la mañana del 20 de septiembre de 1918. Yo estaba en el coro haciendo la oración de acción de gracias de la Misa y sentí poco a poco que me elevaba a una oración siempre más suave, de pronto una gran luz me deslumbró y se me apareció Cristo que sangraba por todas partes.

De su cuerpo llagado salían rayos de luz que más bien parecían flechas que me herían los pies, las manos y el costado.Cuando volví en mí, me encontré en el suelo y llagado. Las manos, los pies y el costado me sangraban y me dolían hasta hacerme perder todas las fuerzas para levantarme. Me sentía morir, y hubiera muerto si el Señor no hubiera venido a sostenerme el corazón que sentía palpitar fuertemente en mi pecho. A gatas me arrastré hasta la celda. Me recosté y recé, miré otra vez mis llagas y lloré, elevando himnos de agradecimiento a Dios”.

Los estigmas del Padre Pío eran heridas profundas en el centro de las manos, de los pies y el costado izquierdo. Tenía manos y pies literalmente traspasados y le salía sangre viva de ambos lados, haciendo del Padre Pío el primer sacerdote estigmatizado en la historia de la Iglesia (San Francisco Asís no era sacerdote).

El provincial de los Capuchinos de Foggia invitó al Profesor Romanelli, médico y director de un prestigioso hospital, para que estudiara el caso y diera su parecer. El Doctor Romanelli no tuvo la menor duda del carácter sobrenatural del fenómeno. Poco después la Curia Generalicia de los Capuchinos en Roma envió a San Gionanni Rotondo a otro especialista, el profesor Jorge Festa. Sus conclusiones fueron que “los estigmas del Padre Pío tenían un origen que los conocimientos científicos estaban muy lejos de explicar. La razón de su existencia está mas allá de la ciencia humana”.

La noticia de que el Padre Pío tenía los estigmas se extendió rápidamente. Muy pronto miles de personas acudían a San Giovanni Rotondo para verle, besarle sus manos, confesarse con él y asistir a sus Misas.

La palabra ESTIGMA viene del griego y significa “marca” o “señal en el cuerpo”, y era el resultado del sello de un hierro candente con el cual marcaban a los esclavos. En sentido médico, estigma quiere decir una mancha enrojecida sobre la piel, que es causada porque la sangre sale de los vasos por una fuerte influencia nerviosa, pero nunca llega a ser perforación. En cambio los estigmas que han tenido los místicos son lesiones reales de la piel y de los tejidos, llagas verdaderas como, en este caso, las han descrito los doctores Romanelli y Festa.

La Santa Sede interviene en las investigaciones
Después de minuciosas investigaciones, la Santa Sede quiso intervenir directamente. En aquel entonces era una gran celebridad en materia de psicología experimental, el Padre Agustín Gimelli, franciscano, doctor en medicina, fundador de la Universidad Católica de Milán y gran amigo del Papa Pío XI.

El Padre Gimelli fue a visitar al Padre Pío, pero como no llevaba permiso escrito para examinar sus llagas, este rehúso a mostrárselas. El Padre Gimelli se fue de San Giovanni con la idea de que los estigmas eran falsos, de naturaleza neurótica y publicó su pensamiento en un artículo publicado en una revista muy popular. El Santo Oficio se valió de la opinión de este gran psicólogo e hizo público un decreto el cual declaraba la poca constancia en la sobrenaturalidad de los hechos.
Primera gran prueba. Diez años de aislamiento

En los años siguientes hubo otros tres decretos y el último fue condenatorio, prohibiendo las visitas al Padre Pío o mantener alguna relación con él, incluso epistolar. Como consecuencia, el Padre Pío pasó 10 años -de 1923 a 1933- aislado completamente del mundo exterior, entre la paredes de su celda. Durante estos años no solo sufría los dolores de la Pasión del Señor en su cuerpo, también sentía en su alma el dolor del aislamiento y el peso de la sospecha. Su humildad, obediencia y caridad no se desmintieron nunca.

El Sacrificio de la Misa
El Padre Pío se levantaba todas la mañanas a las tres y media y rezaba el oficio de las lecturas. Fue un sacerdote orante y amante de la oración. Solía repetir: “La oración es el pan y la vida del alma; es el respiro del corazón, no quiero ser más que esto, un fraile que ama”. Celebraba la Santa Misa en las mañanas acompañado de dos religiosos. Todos querían verlo y hasta tocarlo, pero su presencia inspiraba tanto respeto que nadie se atrevía a moverse en lo más mínimo. La Misa duraba casi dos horas y todos los presentes se sumergían de forma particular en el misterio del sacrificio de Cristo, multitudes se volcaban apretadas alrededor del altar deteniendo la respiración.

Aunque no existe diferencia esencial en la celebración de la Santa Misa de cualquier otro sacerdote, porque el sacerdote y la víctima es siempre Cristo, con el Padre Pío la imagen del Salvador -traspasado en sus manos, pies y costado- era más transparente.

El Padre Pío vive la Santa Misa, sufriendo los dolores del Crucificado y dando profundo sentido a las oraciones litúrgicas de la Iglesia. En los anales de la Iglesia, Padre Pío es el primer sacerdote estigmatizado; el fue esencialmente sacerdote, y su santidad fue esencialmente sacerdotal.

Toda su vida giraba alrededor de esta realidad en la cual prestaba su boca a Cristo, sus manos y sus ojos. Cuando decía: "Esto es mi Cuerpo...Esta es mi Sangre", su rostro se transfiguraba. Olas de emoción lo sacudían, todo su cuerpo se proyectaba en una muda imploración. “La Misa”, dijo una vez a un hijo espiritual, “es Cristo en al Cruz, con María y Juan a los pies de la misma y los ángeles en adoración. Lloremos de amor y adoración en esta contemplación”. Mientras el Padre celebraba el Santo Sacrificio, el tiempo parecía detenerse.

Una vez se le preguntó al Padre cómo podía pasar tanto tiempo de pie en sus llagas durante toda la Santa Misa, a lo que él respondió: “Hija mía, durante la Misa no estoy de pie: estoy suspendido con Jesús en la cruz”.

El Padre amaba a Jesús con tanta fuerza, que experimentaba en su propio cuerpo una verdadera hambre y sed de Él. “Tengo tal hambre y sed antes de recibir a Jesús, que falta poco para que muera de la angustia. Y precisamente, porque no puedo estar sin unirme a Jesús, muchas veces, aun con fiebre, me veo obligado a ir a alimentarme de su cuerpo”... “El mundo, solía decir el Padre Pío, puede subsistir sin el sol, pero nunca sin la Misa”.

En una ocasión se le preguntó si la Santísima Virgen María estaba presente durante la Santa Misa, a lo cual él respondió: “Sí, ella se pone a un lado, pero yo la puedo ver, qué alegría. Ella está siempre presente. ¿Como podría ser que la Madre de Jesús, presente en el Calvario al pie de la cruz, que ofreció a su Hijo como víctima por la salvación de nuestras almas, no esté presente en el calvario místico del altar?”.

Mártir del Sacramento de la Misericordia
Quien participara en la celebración Eucarística del Padre Pío no podía quedar tranquilo en su pecado. Después de la Santa Misa, el Padre Pío se sentaba en el confesionario por largas horas, dándole preferencia a los hombres, pues él decía que eran los que más necesitaban de la confesión. Al ser tantos los que acudían a la confesión, fue necesario establecer un orden, y confesarse con el Padre Pío podía tomarse fácilmente tres o cuatro días de espera.

Son muchos los impresionantes testimonios y las emotivas conversiones generadas a través de las Confesiones con el Padre Pío. Severo con los curiosos, hipócritas y mentirosos, y amoroso y compasivo con los verdaderamente arrepentidos.

Uno de los dones que más impresionaba a la gente era que podía leer los corazones. Una vez se le preguntó al Padre por qué echaba a los penitentes del confesionario sin darles la absolución, a lo que él respondió: “Los echo, pero los acompaño con la oración y el sufrimiento, y regresarán”. El enojo era solamente superficial.

A un hermano le explicó una vez: “Hijo mío, sólo en lo exterior he asumido una forma distinta. Lo interior no se ha movido para nada. Si no lo hago así, no se convierten a Dios. Es mejor ser reprochado por un hombre en este mundo, que ser reprochado por Dios en el otro”. Un ejemplo de ello sucedió un día en que el Padre se encontró con un joven que lloraba sin importarle el gentío que lo rodeaba.

El Padre se le acercó y le preguntó el porqué de su llanto. El muchacho respondió que “lloraba, porque no le había dado la absolución”. Padre Pío lo consoló con ternura diciendo: “Hijo, ves, la absolución no es que te la he negado para mandarte al infierno sino al Paraíso”.

El apostolado de la alegría
El Padre Pío era un hombre muy duro contra todo tipo de pecado, pero tierno, jovial y amante de la vida. Era un conversador brillante, con la astucia para mantener en suspenso a sus oyentes. Le gustaban mucho los chistes, y en su repertorio, no faltaban los que se referían a los soldados, políticos y religiosos. De la boca del Padre Pío, el chiste y la anécdota no eran solo sano humorismo y simple distracción, sino también una especie de apostolado: el apostolado de la alegría y el buen humor.

Una tarde calurosa, en que paseaba, como frecuentaba hacer con sus hermanos e hijos espirituales, les contó esta anécdota: “Una vez entró de monje un joven juglar que no conseguía cantar los salmos ni rezar las oraciones con los hermanos, pero en cuanto el coro quedaba vacío, se acercaba a la estatua de la Santísima Virgen y le hacía piruetas para congraciarse con ella y con el Niño Jesús. Una vez lo vio el fraile sacristán y avisó al Abad. Este después de haberlo observado un rato, se maravilló de ver que la estatua de la Virgen tomó vida. María sonreía y el Niño Jesús aplaudía con sus manitas. Cada uno de nosotros, decía el Padre, hace de bufón en el puesto que Dios le ha asignado. El fraile más ignorante, ofrecía a la Reina del Cielo lo único que sabía hacer, y Ella lo aceptaba con gusto”.

Auxilio seguro
A muchos que acudían a él para pedir su intercesión en momentos de necesidad, el Padre no faltaba en darles una mano con su oración. En una ocasión contaba un monseñor que a un campesino conocido de él, al cual le vino un fuerte y repentino dolor de muelas una noche, en su desesperación por sentirse que el Padre no había escuchado su súplica de intercesión, tomó un zapato y lo arrojó contra el cuadrito en el que estaba la foto del Padre. Pasado el tiempo y habiendo olvidado el gesto irreverente, fue a confesarse con el Padre, el cual le replicó en el confesionario: “Y todavía tienes el coraje, después del zapatazo que me distes en la cara...”.

Sanación milagrosa
Una de las sanaciones más conocidas del Padre Pío fue la de una niña llamada Gema, que había nacido sin pupilas en los ojos. La abuelita de ésta la llevó a San Giovanni Rotondo con la esperanza de que el Señor obrara un milagro a través de la intercesión del Padre. El Padre la bendijo e hizo la señal de la cruz sobre sus ojos. La niña recuperó la vista, aunque el milagro no terminó allí. Gema vio desde ese momento, sin nunca tener pupilas. Ya de adulta, Gema entró en la Vida Religiosa.

El Padre y los niños
El Padre tenía también un gran amor por los niños. Cuando se le pedía la intercesión por el nacimiento de algún bebé que viniese con problemas, o por algún niño que estuviese enfermo, intercedía hasta conseguir la gracia. Un canciller a cuya esposa se le aproximaba el parto que se presentaba lleno de dificultades, fue a consultar con el Padre y a pedir sus oraciones. “Vete tranquilo, le dijo el Padre, y nada de operaciones”. En el momento del parto la situación se complicó y los médicos le dijeron que si no operaban enseguida temían por la vida, tanto de la madre como del bebé. El canciller desesperado se fue al cuarto que estaba al lado donde había una fotografía del Padre Pío en la pared y delante de ella comenzó a insultarlo y a decirle palabrotas. No había terminado de desahogarse cuando escuchó el llanto de un bebé. Salió corriendo hacia el cuarto de su esposa y encontró un hermoso varoncito nacido “sin operaciones”, para sorpresa de los médicos.

Después de algunos días, el canciller fue a San Giovanni a confesarse y a darle las gracias al Padre, el cual le respondió: “Está bien, pero todas las palabrotas y los insultos que dijiste delante de mi fotografía, no tienes que decirlos más”. En otra ocasión, un niño de San Giovanni Rotondo que estaba gravemente enfermo y el cual se esperaba que podía morir en cualquier momento, se echó a reír y recuperó la salud de forma casi instantánea. La madre le preguntó que qué sentía y el niño le respondió: “Mamá, Padre Pío me hizo cosquillas en el pie”. El Padre le había hecho cosquillas en el pie y se sanó.
Hijos espirituales

El Padre Pío tenía entre aquellos que se lo solicitaban, un grupo de hijos espirituales a quienes prometía asistir con sus oraciones y cuidados a cambio de llevar una vida fervorosa de oración, virtud y obras de caridad. Entre este grupo de devotos hay un sinnúmero de anécdotas en las que el cuidado real y oportuno del Padre se manifestó de forma extraordinaria. Entre estas anécdotas está la de un joven cuya madre lo llevaba a donde el Padre desde que este era muy pequeño y un día, saliendo del convento para tomar el autobús de regreso a casa, un coche lo atropelló por la espalda haciendolo volar por los aires. Mientras este volaba sobre el coche, viendo la imagen de la Virgencita del convento al revés, se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Solo logró gritar: “Virgencita mía, ayúdame”. Lo llevaron de inmediato al hospital y todos los exámenes mostraban que todo estaba en orden, aunque no se explicaban de dónde provenía la sangre que había en su camisa. En cuanto este pudo salió corriendo hacia el convento para darle las gracias al Padre que estaba rezando en el coro. “No me des las gracias a mí, le respondió el Padre, dáselas a la Virgen, fue Ella”. Después de mirarlo con los ojos llenos de amor y con una gran sonrisa en los labios, le dijo: “Hijo mío, no te puedo dejar solo ni un minuto...”

Llamado a la Co-redención
La vida del Padre Pío está tan llena de acontecimientos extraordinarios que es necesario buscar las causas de ellos en su vida íntima. Quien es llamado a servir en la misión redentora de Jesucristo tiene que sufrir mucho moral y físicamente.

Estos sufrimientos lo purifican y encienden cada vez más del amor de Dios. En una carta escrita por el Padre en 1913 decía: “El Señor me hace ver como en un espejo, que toda mi vida será un martirio”. Desde que ingresó a la vida religiosa hasta que recibió los estigmas, la vida del Padre Pío fue un vía crucis. En 1912 escribe: “Sufro, sufro mucho pero no deseo para nada que mi cruz sea aliviada, porque sufrir con Jesús es muy agradable”. A una hija espiritual le dijo un día: “El sufrimiento es mi pan de cada día. Sufro cuando no sufro. Las cruces son las joyas del Esposo, y de ellas soy celoso. ¡Ay de aquel que quiera meterse entre las cruces y yo!”.

Su proyecto más grande en la tierra
La tarde del 9 de enero de 1940, el Padre Pío reunió a tres de sus grandes amigos espirituales y les propuso un proyecto al cual él mismo se refirió como “su obra más grande aquí en la tierra”: la fundación de un hospital que habría de llamarse “Casa Alivio del Sufrimiento”. El Padre sacó una moneda de oro de su bolsillo que había recibido en una ocasión como regalo y dijo: “Esta es la primera piedra”. El 5 de mayo de 1956 se inauguró el hospital con la bendición del cardenal Lercaro y un inspirado discurso del Papa Pío XII. La finalidad del hospital es curar al enfermo tanto espiritual como físicamente: la fe y la ciencia, la mística y la medicina, todos de acuerdo para auxiliar la persona entera del enfermo: cuerpo y alma.

Grupos de Oración
“Lo que le falta a la humanidad, repetía con frecuencia, es la oración”. A raíz de la Segunda Guerra Mundial, el mismo Padre funda los “Grupos de Oración del Padre Pío”. Los Grupos se multiplicaron por toda Italia y el mundo. A la muerte del Padre los Grupos eran 726 y contaban con 68.000 miembros, y en marzo de 1976 pasaban de 1.400 grupos con más de 150.000 miembros. “Yo invito a las almas a orar y esto ciertamente fastidia a Satanás. Siempre recomiendo a los Grupos la vida cristiana, las buenas obras y, especialmente, la obediencia a la Santa Iglesia”.

Segunda prueba y persecución
La envidia humana se echó encima de la obra del Padre Pío. Desde 1959, periódicos y semanarios empezaron a publicar artículos y reportajes mezquinos y calumniosos contra la “Casa Alivio del Sufrimiento”. Para quitar al Padre los donativos que le llegaban de todas partes del mundo para el sostenimiento de la Casa, sus enemigos planearon una serie de documentaciones falsas y hasta llegaron, sacrílegamente, a colocar micrófonos en su confesionario para sorprenderlo en error.

Algunas oficinas de la Curia Romana condujeron investigaciones, le quitaron la administración de la Casa Alivio del Sufrimiento y sus Grupos de Oración fueron dejados en el abandono. A los fieles se les recomendó no asistir a sus Misas ni confesarse con él. El Padre Pío sufrió mucho a causa de esta última persecución que duró hasta su muerte, pero su fidelidad y amor intenso hacia la Santa Madre Iglesia fue firme y constante. En medio del dolor que este sufrimiento le causaba, solía decir: “Dulce es la mano de la Iglesia también cuando golpea, porque es la mano de una madre”.

50 años de dolor y sangre
El viernes 20 de septiembre de 1968, el Padre Pío cumplía 50 años de haber recibido los estigmas del Señor. Fue grande la celebración en San Giovanni. El Padre Pío celebró la Misa a la hora acostumbrada. Alrededor del altar había 50 grandes macetas con rosas rojas para sus 50 años de sangre... De la misma manera milagrosa como los estigmas habían aparecido en su cuerpo 50 años antes, ahora, 50 años más tarde y unos días antes de su muerte, habían desaparecido sin dejar rastro alguno de cinco décadas de dolor y sangre, con lo cual el Señor ha confirmado su origen místico y sobrenatural.

El paso a la vida eterna
Tres días después, murmurando por largas horas “¡Jesús, María!”, muere el Padre Pío, el 23 de septiembre de 1968. Los que estaban presentes quedaron largo tiempo en silencio y en oración. Después estalló un largo e irrefrenable llanto. Los funerales del Padre Pío fueron impresionantes. Se tuvo que esperar cuatro días para que las multitudes pasaran a despedirlo. Se calcula que más de 100 mil personas participaron del entierro.

Una promesa de amor
Un día se le preguntó al Padre: “¿Jesús le mostró los lugares de sus hijos espirituales en el paraíso?”. “Claro, un lugar para todos los hijos que Dios me confiará hasta el fin del mundo, si son constantes en el camino que lleva al cielo. Es la promesa que Dios hizo a este miserable”. “Y en el paraíso, ¿estaremos cerca de usted?”. “Ah tontita, ¿y qué paraíso sería para mí si no tuviera cerca de mí a todos mis hijos?”. “Pero yo le tengo miedo a la muerte”. “El amor excluye el temor. La llamamos muerte, pero en realidad es el inicio de la verdadera vida. Y luego, si yo les asisto durante la vida, ¡cuánto más los ayudaré en la batalla decisiva!”.

Proceso de la Causa del Padre Pío
Muchas han sido las sanaciones y conversiones concedidas por la intercesión del Padre Pío e innumerables milagros han sido reportados a la Santa Sede.

Los preliminares de su Causa se iniciaron en noviembre de 1969. El 18 de diciembre de 1997, Su Santidad Juan Pablo II lo pronunció venerable. Este paso, aunque no tan ceremonioso como la beatificación, es ciertamente la parte más importante del proceso. El venerable Padre Pío fue beatificado el 2 de mayo de 1999. Tan grande fue la multitud en la Misa de beatificación, que desbordaron la Plaza de San Pedro y toda la Avenida de la Conciliación hasta el río Tiber sin ser estos lugares suficiente. Millones además lo contemplaron por la televisión en el mundo entero.
Un gran Santo para la Iglesia de hoy

El día 16 de junio del 2002, su Santidad Juan Pablo II canoniza al Beato Padre Pío, quien desde ese momento pasará a ser el primer sacerdote canonizado que ha recibido los estigmas de nuestro Señor Jesucristo.

Homilía de S.S. Juan Pablo II en la beatificación del Padre Pío
domingo 2 de mayo de 1999
Imagen de Cristo Doliente y Resucitado

1. "¡Cantad al Señor un cántico nuevo!" La invitación de la antífona de entrada expresa la alegría de tantos fieles que esperan desde hace tiempo la elevación a la gloria de los altares del Padre Pío de Pietrelcina. Este humilde fraile capuchino ha asombrado al mundo con su vida dedicada totalmente a la oración y a la escucha de sus hermanos.
Innumerables personas fueron a visitarlo al convento de San Giovanni Rotondo, y esas peregrinaciones no han cesado, incluso después de su muerte. Cuando yo era estudiante, aquí en Roma, tuve ocasión de conocerlo personalmente, y doy gracias a Dios que me concede hoy la posibilidad de incluírlo en el catálogo de los beatos.
Recorramos esta mañana los rasgos principales de su experiencia espiritual, guiados por la liturgia de este V domingo de Pascua, en el cual tiene lugar el rito de su beatificación.

2. "No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mi" (Jn 14, 1). En la página evangélico que acabamos de proclamar hemos escuchado estas palabras de Jesús a sus discípulos, que tenían necesidad de aliento. En efecto, la mención de su próxima partida los había desalentado. Temían ser abandonados y quedarse solos, pero el Señor los consuela con una promesa concreta: "Me voy a preparaos sitio" y después "volveré y os llevare conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros" (Jn 14, 2-3).
En nombre de los Apóstoles replica a ésta afirmación Tomás: "Señor, no sabemos a donde vas. ¿Cómo podremos saber el camino?" (Jn 14, 5). La observación es oportuna y Jesús capta la petición que lleva implícita. La respuesta que da permanecerá a lo largo de los siglos como luz límpida para las generaciones futuras. "Yo soy el camino, la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mi." (Jn 14, 6).
El "sitio" que Jesús va a preparar esta en "la casa del Padre"; el discípulo podrá estar allí eternamente con el Maestro y participar de su misma alegría. Sin embargo, para alcanzar esa meta solo hay un camino: Cristo, al cual el discípulo ha de ir conformándose progresivamente. La santidad consiste precisamente en esto: ya no es el cristiano el que vive, sino que Cristo mismo vive en él (Cf. Gal. 2, 20) horizonte atractivo, que va acompañado de una promesa igualmente consoladora: "El que cree en mi, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores. Porque yo me voy al Padre" (Jn 14, 12).

3. Escuchamos estas palabras de Cristo y nuestro pensamiento se dirige al humilde fraile capuchino del Gargano. ¡Con cuanta claridad se han cumplido en el Beato Pío de Pietrelcina!
"No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios...". La vida de este humilde hijo de San Francisco fue un constante ejercicio de fe, corroborado por la esperanza del cielo, donde podía estar con Cristo. "Me voy a prepararos un sitio (...) Para que donde estoy yo estéis también vosotros". ¿Qué otro objetivo tuvo la durísima ascesis a la que se sometió el Padre Pío desde su juventud, sino la progresiva identificación con el divino Maestro, para estar "donde esta él"?
Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en el una imágen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del Padre Pío resplandecía la luz de la resurrección.
Su cuerpo, marcado por las "estigmas" mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección que caracteriza el misterio pascual. Para el Beato de Pietrelcina la participación en la Pasión tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que "el Calvario es el monte de los santos."

4. No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras, fueron las pruebas que tuvo que soportar, por decirlo así, como consecuencia de sus singulares carismas. Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece, la obediencia es para el un crisol de purificación, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad. A este respecto, el nuevo beato escribía a uno de sus superiores: "Actúo solamente para obedecerle, pues Dios me ha hecho entender lo que más le agrada a El, que para mi es el único medio de esperar la salvación y cantar victoria." (Epist. I. p. 807).
Cuando sobre el se abatió la "tempestad", tomo como regla de su existencia la exhortación de la primera carta de San Pedro, que acabamos de escuchar: Acercaos a Cristo, la piedra viva (Cf. 1 P 2, 4). De este modo, también el se hizo "piedra viva" para la construcción del edificio espiritual que es la Iglesia. Y por esto hoy damos gracias al Señor.

5. "También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu. (1 P 2, 5). ¡Qué oportunas resultan estas palabras si las aplicamos a la extraordinaria experiencia eclesial surgida en torno al nuevo beato! Muchos, encontrándose directa o indirectamente con el, han recuperado la fe; siguiendo su ejemplo, se han multiplicado en todas las partes del mundo los "grupos de oración". A quienes acudían a el les proponía la santidad, diciéndoles: "Parece que Jesús no tiene otra preocupación que santificar vuestra alma." (Epist. II, p. 153).
Si la providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca de su convento, casi "plantado" al pie de la cruz, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el Maestro Divino lo consoló, diciéndole que "junto a la cruz se aprende a amar." (Epist. I, p. 339).
Sí, la cruz de Cristo es la insigne escuela del amor; mas aún, el "manantial" mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación.

6. Al mismo tiempo, su caridad se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de sus hermanos. El padre Pío, además de su celo por las almas, se intereso por el dolor humano, promoviendo en San Giovanni Rotondo un hospital, al que llamo "Casa de alivio del sufrimiento". Trato de que fuera un hospital de primer rango, pero sobre todo se preocupo de que en el se practicara una medicina verdaderamente "humanizada", en la que la relación con el enfermo estuviera marcada por la más solicita atención y la acogida mas cordial. Sabía bien que quien está enfermo y sufre no sólo necesita una correcta aplicación de los medios terapéuticos, sino también y sobre todo un clima humano y espiritual que le permita encontrarse a si mismo en la experiencia del amor de Dios y de la ternura de sus hermanos.
Con la "Casa del alivio del sufrimiento" quiso mostrar que los "milagros ordinarios" de Dios pasan a través de nuestra caridad. Es necesario estar disponibles para compartir y para servir generosamente a nuestros hermanos, sirviéndonos de todos los recursos de la ciencia medica y de la técnica.

7. El eco que esta beatificación ha suscitado en Italia y en el mundo es un signo de que la fama del Padre Pío, hijo de Italia y de San Francisco de Asís, ha alcanzado un horizonte que abarca todos los continentes. A todos los que han venido, de cerca o de lejos, y en especial a los padres capuchinos, les dirijo un afectuoso saludo. A todos, gracias de corazón.

8. Quisiera concluir con las palabras del Evangelio proclamado en esta misa: "No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios". Esa exhortación de Cristo la recogió el nuevo beato, que solía repetir: "Abandonaos plenamente en el Corazón Divino de Cristo, como un niño en los brazos de su madre". Que esta invitación penetre también en nuestro espíritu como fuente de paz, de serenidad y de alegría. ¿Por qué tener miedo, si Cristo es para nosotros el camino, la verdad, y la vida? ¿Por qué no fiarse de Dios que es Padre, nuestro Padre?
"Santa María de las gracias", a la que el humilde capuchino de Pietrelcina invocó con constante y tierna devoción, nos ayude a tener los ojos fijos en Dios. Que ella nos lleve de la mano y nos impulse a buscar con tesón la caridad sobrenatural que brota del Costado Abierto del Crucificado.
Y tú, Beato Padre Pío, dirige desde el cielo tu mirada hacia nosotros, reunidos en esta plaza, y a cuantos están congregados en la plaza de San Juan de Letrán y en San Giovanni Rotondo. Intercede por aquellos que, en todo el mundo, se unen espiritualmente a esta celebración, elevando a ti sus súplicas. Ven en ayuda de cada uno y concede la paz y el consuelo a todos los corazones. Amén.
L´Osservatore Romano, 7 de mayo de 1999.

Homilía de Juan Pablo II en la canonización del Padre Pío
CIUDAD DEL VATICANO, 16 junio 2002

1. «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mateo 11, 30).
Las palabras de Jesús a los discípulos, que acabamos de escuchar, nos ayudan a comprender el mensaje más importante de esta celebración. Podemos, de hecho, considerarlas en un cierto sentido como una magnífica síntesis de toda la existencia del padre Pío de Pietrelcina, hoy proclamado santo.
La imagen evangélica del «yugo» evoca las muchas pruebas que el humilde capuchino de San Giovanni Rotondo tuvo que afrontar. Hoy contemplamos en él cuán dulce es el «yugo» de Cristo y cuán ligera es su carga, cuando se lleva con amor fiel. La vida y la misión del padre Pío testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad, que se adentra en perspectivas de un bien más grande, solamente conocido por el Señor.

2. «En cuanto a mí... ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gálatas 6, 14).
¿No es quizá precisamente la «gloria de la Cruz» la que más resplandece en el padre Pío? ¡Qué actual es la espiritualidad de la Cruz vivida por el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo necesita redescubrir su valor para abrir el corazón a la esperanza. En toda su existencia, buscó siempre una mayor conformidad con el Crucificado, teniendo una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de manera peculiar con la obra de la redención. Sin esta referencia constante a la Cruz, no se puede comprender su santidad.
En el plan de Dios, la Cruz constituye el auténtico instrumento de salvación para toda la humanidad y el camino explícitamente propuesto por el Señor a cuantos quieren seguirle (Cf. Marcos 16, 24). Lo comprendió bien el santo fraile de Gargano, quien, en la fiesta de la Asunción de 1914, escribía: «Para alcanzar nuestro último fin hay que seguir al divino Jefe, quien quiere llevar al alma elegida por un solo camino, el camino que él siguió, el de la abnegación y la Cruz» («Epistolario» II, p. 155).

3. «Yo soy el Señor que actúa con misericordia» (Jeremías 9, 23).
El padre Pío ha sido generoso dispensador de la misericordia divina, ofreciendo su disponibilidad a todos, a través de la acogida, la dirección espiritual, y especialmente a través de la administración del sacramento de la Penitencia. El ministerio del confesionario, que constituye uno de los rasgos característicos de su apostolado, atraía innumerables muchedumbres de fieles al Convento de San Giovanni Rotondo. Incluso cuando el singular confesor trataba a los peregrinos con aparente dureza, éstos, una vez tomada conciencia de la gravedad del pecado, y sinceramente arrepentidos, casi siempre regresaban para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental.
Que su ejemplo anime a los sacerdotes a cumplir con alegría y asiduidad este ministerio, tan importante hoy, como he querido confirmar en la Carta a los Sacerdotes con motivo del pasado Jueves Santo.

4. «Tú eres, Señor, mi único bien».
Es lo que hemos cantado en el Salmo Responsorial. Con estas palabras, el nuevo santo nos invita a poner a Dios por encima de todo, a considerarlo como nuestro sumo y único bien.
En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del padre Pío, la raíz profunda de tanta fecundidad espiritual, se encuentra en esa íntima y constante unión con Dios que testimoniaban elocuentemente las largas horas transcurridas en oración. Le gustaba repetir: «Soy un pobre fraile que reza», convencido de que «la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios». Esta característica fundamental de su espiritualidad continua en los «Grupos de Oración» que él fundo, y que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. El padre Pío unía a la oración una intensa actividad caritativa de la que es expresión extraordinaria la «Casa de Alivio del Sufrimiento». Oración y caridad, esta es una síntesis sumamente concreta de la enseñanza del padre Pío, que hoy vuelve a proponerse a todos.

5. «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque... estas cosas... las has revelado a los pequeños» (Mateo 11, 25).
Qué apropiadas parecen estas palabras de Jesús, cuando se te aplican a ti, humilde y amado, padre Pío.
Enséñanos también a nosotros, te pedimos, la humildad del corazón para formar parte de los pequeños del Evangelio, a quienes el Padre les ha prometido revelar los misterios de su Reino.
Ayúdanos a rezar sin cansarnos nunca, seguros de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.
Danos una mirada de fe capaz de capaz de reconocer con prontitud en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús.
Apóyanos en la hora del combate y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.
Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y nuestra.
Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria bienaventurada, donde esperamos llegar también nosotros para contemplar para siempre la Gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Amén!

Profetizó a Karol Wojtyla que sería Papa
Según algunas fuentes que no hemos podido confirmar, cuando Karol Wojtyla era un sacerdote en su nativa Polonia, cada vez que visitaba a Italia viajaba a San Giovanni Rotondo para confesarse con el Padre Pío. En una de esas ocasiones, el Padre Pío pareció entrar en un breve trance y le dijo: "Vas a ser Papa".. y continuó: "También veo sangre... Vas a ser Papa y veo sangre".El 13 de mayo de 1981, ocurrió el atentado contra aquel mismo sacerdote polaco, ahora S.S. Juan Pablo II. La sangre fue derramada. El mismo Papa canoniza al Padre Pío.

El mensaje del Padre Pío coincide con el mensaje de la tercera parte del secreto de Fátima aunque este era aun secreto cuando ocurrió la profecía.

Fte http://www.corazones.org/santos/pio_padre.htm
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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor PEPITA GARCIA 2 » Lun Abr 13, 2015 5:58 pm

Orden de los Hermanos Menores Capuchinos

*****Imagen*****

La Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, conocidos como los Capuchinos, fundada por San Francisco de Asís, son una reforma de los Franciscanos de la observancia (OFM) y pertenecen a la Primera Orden de San Francisco de Asís.

Las siglas de esta Orden, y su significado de ella es: “Ordo Fratum Minorum Cappuccinorum”, OFMCap

Dicha Orden se iniciada en 1525, por Fray Mateo de Bascio y los hermanos Ludovico di Fossombrone y Rafaele di Fossombrone, en compañía de otros frailes Franciscanos. Es aprobada el 3 de julio de 1528 en la Bula Religionis Zelus, contando con un superior.

......................... Imagen

Sus iniciadores fueron observantes que se retiraron a Conventos de Retiro, tener vida contemplativa, fue creciendo el número de frailes y decidieron hacer una reforma de la Orden Franciscana; separándose de los observantes y estuvieron bajo obediencia del ministro general de los Franciscanos Conventuales hasta tener su propio Ministro General.

Los Frailes Capuchinos se dedican al cuidado pastoral de las Parroquias sin desentenderse de la vida contemplativa y el estudio; así como el apostolado caritativo, social y misionero.

Hábito.- Imagen

Su hábito que portan es de color marrón con el cordón Franciscano con lo que ciñen la cintura, llevan una capucha unida a la túnica, como la que usaba San Francisco de Asís.

Fray Raniero Cantalamessa,
Imagen.- nacido en Colli del Tronto, Italia, en el año 1934; abandonó la docencia en 1979 para dedicarse al ministerio de la Palabra, para predicar. Lo ha hecho también a través de una prolífica producción bibliográfica. Nombrado predicador de la Casa Pontificia por el Papa Juan Pablo II en 1985, hoy San Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI, actualmente Papa Emérito, lo confirmó en esa labor poco después de asumir el pontificado.

El 4 de octubre del 2009 los Franciscanos celebraron a nivel mundial los 800 años de haberse aprobado la Regla de Vida como Frailes Menores Franciscanos por el Papa Inocencio III, fecha que para ellos es una verdadera fiesta.

Franciscanos de Nicaragua.- Imagen

Actualmente la presencia de los Frailes Capuchinos se encuentran en 103 países, con casi 12 mil religiosos y 7 mil Sacerdotes.

Esta es la única división de los observantes que ha podido permanecer independiente hasta el día de hoy.

Su lema: “Paz y Bien”

Fuentes: Wikipedia. Google. Hermanos Capuchinos México-Texas. Año Franciscano.
"No anteponer nada al amor de Dios"

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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor MECHA1 » Lun Abr 13, 2015 6:21 pm

Hola. Les envío mi trabajo. Gracias. Bendiciones para todos.
HISTORIA DE LOS FRANCISCANOS MENORES CAPUCHINOS
Orden de los Hermanos Menores Capuchinos

Sigla O.F.M. Cap.
(Ordo Fratrum Minorum Capuccinorum)
Gentilicio Capuchinos
Lema Paz y Bien
Tipo Orden mendicante

Fundador San Francisco de Asís

Fundación 1525
Aprobación 3 julio de 1528 (Bula Religionis Zelus)
Superior General Maestro General
Fr. Mauro Jöhri
Religiosos 11,229
Religiosos sacerdotes 7,080
Presencia 103 Países
Curia Via Piemonte, 70
00187 Roma, Italia
Página Web http://www.ofmcap.org

Orden de los Hermanos Menores Capuchinos (Ordo Fratum Minorum Cappuccinorum, abreviado OFMCap) más conocidos como los capuchinos. Son una reforma de los Franciscanos de la Observancia (OFM) y pertenecen a la Primera Orden de San Francisco. Esta es la única división de los observantes que ha podido permanecer independiente hasta el día de hoy.
Fue iniciada en 1525, cuando unos Frailes Menores de las Marcas, Italia, quisieron vivir con más rigor su vida de oración y pobreza, para estar más cercano al espíritu original de San Francisco de Asís, fundador de la familia franciscana. Los fundadroes son Fray Mateo de Bascio y por los hermanos Ludovico di Fossombrone y Rafaele di Fossombrone, en compañía de otros franciscanos.
Sus iniciadores fueron observantes que se retiraron a conventos de retiro, para allí tener una vida más contemplativa. Con el tiempo su número creció y decidieron hacer una reforma de la orden franciscana. Esto era muy común en aquella época, ya que son muchas las reformas franciscanas que se sitúan dentro de la observancia. Se separaron de los observantes y estuvieron bajo obediencia del ministro general de los Conventuales hasta tener su propio ministro general.
Como las otras ramas, por lo general los capuchinos se dedican al cuidado pastoral de parroquias. Sin embargo aprecian la vida contemplativa y el estudio.
Los capuchinos son la rama heredera de los espirituales de los primeros tiempos. Usan un hábito marrón con una cuerda (como los franciscanos observantes), pero la diferencia principal con los otros dos grupos es que lleven una capucha unida a la túnica (de acuerdo a la forma del hábito original que usaba San Francisco) y es más larga comparada con la de las otras ramas.
El espíritu de oración y de promoción de la Oración, sobre todo interior en el pueblo de Dios, fue carisma peculiar de nuestra fraternidad capuchina desde los inicios… (II CPO nº 20).
Nuestro carisma Franciscano Capuchino se concretiza mediante la coherencia personal y comunitaria como hermanos y como menores que consiste en encarnar existencialmente el evangelio, revelando con alegría y sencillez el amor del Padre hacia las personas.
Buscando la autenticidad para ser creíbles a ese carisma los capuchinos le aportaron su especificidad:
• Fraternidad: viviendo entre nosotros como verdaderos hermanos.
• Minoridad: verdaderos servidores de todos, humildes, pobres, respetuosos, pacificadores, sencillos en nuestro estilo de vida y en las relaciones con los demás.
• Experiencia del espíritu en la propia vida…auténticos hombres de Dios.
• Sensibilidad ante los problemas de la promoción integral de las personas: justicia, solidaridad, diálogo…
• Radicalismo evangélico: generosa disponibilidad, aceptación de la Cruz…

Los Capuchinos desde los orígenes de la reforma escogieron el mismo estilo de vida evangélica que el seráfico padre San Francisco de Asís, privilegiando la vida contemplativa. Los primeros frailes se autodefinieron como “los Hermanos Menores de la vida eremítica”, su estilo de vida iniciado en Albacina, un lugar apartado, montañoso, ubicado en el Ducado de Camerino, fue originalmente eremítico-contemplativo.
Las Constituciones de Santa Eufemia del 1536, logran una equilibrada armonía entre oración contemplativa y acción apostólica.
Al principio los hermanos Ludovico y Rafael Tenaglia de Fosombrone piden al Papa Clemente VII que su documento sea preferiblemente de modo irrefutable de vida eremítica-contemplativa. Su deseo es conducirse por una vida solitaria alejada de frecuentes visitas de las personas.

Piden en su documento que puedan llevar:
• Un hábito pobre de eremitas con capucho cuadrado al estilo de los mendicantes.
• Dejándose crecer la barba (llevar barba larga) entre los clérigos como en los laicos.
• Aceptar por concepción de padrinos, algún lugar solitario entre las montañas donde puedan vivir como peregrinos y forasteros para dedicarse a la oración.
Todo el texto del primer estatuto (constituciones religiones Zeus) sabe exclusivamente al estilo eremítico-contemplativo.
Comenzando por la finalidad de la vida hasta lo específico de:
• la barba larga.
• la inserción en el bosque, entre las montañas.
El primer estatuto de 1529, es de corte netamente contemplativo que exige tres tiempos de oración mental diaria:
• después de la completas.
• después de las laúdes en la mañana.
• oración mental después de tercia para garantizar la atmósfera contemplativa.

Los padres de la reforma quieren que se mantengan en oración mental durante toda la vida y precisan en las constituciones que no se trata de oración pública y con sonido de campanas, sino más bien secreta…


En las constituciones de1536 se precisa: “Los hermanos tengan siempre delante de los ojos de la mente la doctrina de la vida de nuestro salvador Jesucristo y lleven en lo profundo de su corazón el Santo Evangelio”. (cf. Const. 1536 No. 152).
• Específicamente se pide a los hermanos que mediten sobre la doctrina y la vida de nuestro salvador. Esfuércense los frailes en hablar de Dios.
• Esto ayuda mucho a inflamar sus corazones de su amor. Cf. No. 3.
• Meditar y hablar de Dios para inflamar el corazón del amor de Dios, es el mismo significado….
Octaviano Smuki nos dice que la meditación franciscana que aparece en nuestras constituciones capuchinas la encontramos en el pensamiento de San Francisco: “nuestro padre todo divino contemplaba a Dios en toda criatura”. No. 7 (Cf. 1Cel 80).
El franciscano-capuchino, no es un monje, es un hombre contemplativo de Dios, pero es al mismo tiempo itinerante: que mira, ama, adora y alaba a Dios en toda la creación.
Todo esto lo puede hacer sin afectar el fin principal, que es la unión con Dios, al cual deben dirigirse todos sus intentos y deseos, para poder transformarse en él.
El número 63 de las constituciones de 1536 o de Santa Eufemia, Roma, nos dice al respecto: “puesto que nuestro último fin es Dios, al cual cada uno debe orientarse con ardor para transformarse en él, exhortamos a todos los hermanos a dirigir a él todos sus pensamientos, a devolver todos nuestros intentos y deseos con todo posible compromiso de amor, para que podamos unirnos a nuestro óptimo Padre con todo el corazón, mente y alma, con nuestras fuerzas y virtudes” (Cf. Lc 10, 25-28; Mc 12, 28-34; Dt 6, 5…).
Por consiguiente, es indiscutible que el carisma capuchino desde sus orígenes nació evidentemente cristocéntrico, lo cual constituye el fundamento de todo nuestro accionar en el mundo.

El carisma capuchino es común con toda la familia franciscana, especialmente con la primera Orden: Menores y Conventuales. El carisma es el mismo del seráfico Padre San Francisco, que consiste el en el seguimiento de “Cristo pobre y crucificado”. Este carisma es el que imprime la identidad de nuestro ser consagrado como franciscanos capuchinos. Seguimiento de Cristo que se concretizó en Francisco en las dimensiones vertical y horizontal, interior y exterior con el encuentro con Cristo crucificado, el leproso y el llamado del Evangelio: “Vende todo lo que tiene, dáselo a los pobres y sígueme”; “la mies es mucha y los obreros son pocos…”
Desde este carisma brota una espiritualidad evangélicamente cristocéntrica, fraterna-solidaria y misionera, con opciones claras para la vida que le sugiere la pobreza-minoridad, la simplicidad, la cercanía al pobre en las personas físicas de los leprosos y demás pobres, el principio del “no poder”, la opción del compromiso por la paz y la ecología, por la fraternidad universal…
El carisma franciscano, es dado a Francisco de modo particular por el Espíritu Santo, autor y distribuidor, de los carismas en la Iglesia.
Simplicidad, minoridad, cercanía al pueblo, vida de penitencia, espíritu fraterno, contemplación, formación académica, entre otros, son signos visibles del estilo de vida del Capuchino contemporáneo.
Lo que en un principio fue como un apodo, se ha convertido en el nombre oficial de la Orden, Orden que está extendida por 101 países de todo el mundo, y que cuenta con unos 11.000 hermanos que viven en más de 1800 fraternidades o conventos.

Además de la Orden Capuchina de varones, existen muchos monasterios de religiosas Capuchinas de vida contemplativa, y una multitud de congregaciones religiosas femeninas de espíritu capuchino, fundadas, con frecuencia, con la ayuda de un hermano capuchino.

La Orden Franciscana Seglar es una organización independiente que abarca todo el espectro franciscano. Franciscanos, Conventuales, Capuchinos y otros miembros de la familia franciscana, atienden espiritualmente a la OFS. Todos estos grupos de religiosos/as profesos/as y de franciscanos seglares forman la Familia Franciscana.
Ante los cambios impuestos tras el Concilio Vaticano II un fraile capuchino francés, fray Eugenio de Villeurbanne OFMCap, rompe con este movimiento y con los superiores de su orden, entendiendo que debe mantenerse la pureza de la reforma capuchina dentro de la tradición. Entra en contacto con el arzobispo Marcel Lefebvre y funda en Morgon (Francia) un monasterio capuchino. También existe una rama femenina de clarisas capuchinas.
PRESENCIA DE LOS CAPUCHINOS EN LA REPUBLICA DOMINICANA
La presencia de los Frailes Capuchinos en la República Dominicana data desde los comienzo de la Colonia, a través de enviados apostólicos. Sin embargo es el 6 de Agosto de 1909 cuando se funda una Misión. La llegada de los primeros capuchinos fue saludada por el Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Santo Domingo. "Enviamos nuestro saludo de bienvenida a los Reverendos Padres Capuchinos llegados últimamente a esta ciudad en el Vapor presidente". Los anima el espíritu de abnegación, de sacrificio y de humildad de su Santo fundador San francisco de Asís. Se ocuparan del culto y de las necesidades de los fieles en la Iglesia de las Mercedes y en los barrios de San Miguel y San Lázaro. Que el Señor bendiga los trabajos de estos nuevos apóstoles y que los Reverendos Pedro de Castro, Venancio de Ecija, Cristóbal de Ubeda y los Hermanos Fray Anselmo de Benamejí y Fray Joaquín de Sanlúcar, tengan siempre motivos para bendecir a Dios que los ha conducido a las hospitalarias playas de la antigua Española".
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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor sverbi » Mar Abr 14, 2015 3:44 pm

un breve y resalto "breve" resumen de las tres órdenes franciscanas:Franciscanos Menores, Franciscanos Menores Conventuales, Franciscanos Menores Capuchinos

Orden Franciscana
Un término comúnmente usado para designar a los miembros de las varias fundaciones de religiosos, ya sea de hombres o mujeres, profesando observar la Regla de San Francisco de Asis en algunas de sus varias formas. El fin del presente artículo es indicar brevemente el origen y relación de estas diferentes fundaciones.
Origen de las Tres Órdenes
Es común oír decir que San Francisco fundó tres órdenes, pues se lee en el Oficio del 4 de octubre: Tres ordines hic ordinat: primumque Fratrum nominat Minorum: pauperumque fit Dominarum medius: sed Poenitentium tertius sexum capit utrumque. (Brev. Rom. Serap., in Solem. S.P. Fran., ant. 3, ad Laudes) Estas tres órdenes -los Frailes Menores, las Hermanas Descalzas y los Hermanos y Hermanas de Penitencia-son generalmente referidas como la Primera, Segunda y Tercera Orden de San Francisco.
Primera Orden
La existencia de los Frailes Menores o primera orden data propiamente de 1209, en cuyo año San Francisco obtuvo de Inocencio III una aprobación no escrita de la regla sencilla que elaboró como guía para sus primeros acompañantes. Esta regla no ha llegado a nosotros en su forma original; fue posteriormente re-escrita por el santo y solemnemente confirmado por Honorius III, el 29 de noviembre de 1223 (Litt. "Solet Annuere"). Esta segunda regla, como se le conoce usualmente, de los Frailes Menores es la que actualmente se profesa a toda la Primera Orden de San Francisco (ver REGLA DE SAN FRANCISCO).
Segunda Orden
Se puede decir que la fundación de las Hermanas Clarisas o segunda orden fue en 1212. En ese año Santa Clara, quien había suplicado a San Francisco que le permitiera abrazar la nueva forma de vida que él había instituido, fue establecida por él en San Damián cerca de Asís, junto con otras pías doncellas que se habían unido a ella. Es erróneo suponer que San Francisco alguna vez escribió una regla formal para estas Hermanas Pobres y no hay mención de un documento tal en cualquiera de las antiguas autoridades. La regla impuesta sobre las Hermanas Pobres en San Damián alrededor de 1219 por el Cardenal Ugolino, después Gregorio IX, fue reafirmado por Santa Clara hacia el fin de su vida, con asistencia del Cardenal Rinaldo, después Alejandro IV, y en esta forma revisada fue aprobada por Inocencio IV, el 9 de agosto de 1253 (Litt. "Solet Annuere"). (Ver CLARISAS DESCALZAS).
Tercera Orden
La tradición asigna a 1221 como la fecha en que se fundó los Hermanos y Hermanas de Penitencia, ahora conocidos como terciarios. Esta tercera orden fue ideada por San Francisco como un tipo de estado intermedio entre el claustro y el mundo para aquellos que, deseando seguir los pasos del santo, estuvieran impedidos, por matrimonio u otros compromisos, de entrara ya sea a la primera o a la segunda orden. Ha habido algunas diferencias de opinión en cuanto a qué tanto intervino el santo en la reglamentación para estos terciarios. Sin embargo, se acepta en general que la regla aprobada por Nicolás IV, el 18 de agosto de 1289 (Litt. "Supra Montem") no representa la regla original de la tercera orden.
Algunos escritores recientes han intentado demostrar que la tercera orden, llamada así ahora, fue realmente el punto de inicio de toda la Orden Franciscana. Ellos afirman que la Segunda y Tercera Órdenes de San Francisco no fueron adicionadas a la Primera, sino que las tres ramas, los Frailes Menores, Hermanas Pobres, y Hermanos y Hermanas de Penitencia, crecieron de la fraternidad de laicos de penitencia que fue la primera y original intención de San Francisco, y fueron separados en grupos diferentes por el Cardenal Ugolino, protector de la orden, durante la ausencia de San Francisco, cuando éste estuvo en Oriente (1219-21). Esta interesante teoría, aunque arbitraria, no deja de tener importancia para la historia sobre el origen de las tres órdenes, pero no ha sido lo suficientemente probada para desmentir el relato más usual descrito anteriormente, de acuerdo al cual la Orden Franciscana se desarrolló en tres ramas distintas, llamadas la primera, la segunda y la tercera orden, por proceso de adición y no por proceso de división, y ésta es aún la perspectiva generalmente presentada.
Organización Actual de las Tres Órdenes
Primera Orden
Siguiendo a la organización actual de la Orden Franciscana, los Frailes Menores, o primera orden, comprende ahora tres cuerpos separados, llamados: los Frailes Menores propiamente dichos, o tallo madre, fundado como se ha dicho, en 1209; los Frailes Menores Conventuales, y los Frailes Menores Capuchinos, ambos de los cuales crecieron del tallo madre, y fueron constituidos como órdenes independientes en 1517 y 1619, respectivamente.
Todas las tres órdenes profesan la regla de los Frailes Menores aprobada por Honorio III en 1223, pero cada una tiene sus constituciones particulares y su propio ministro general. Las varias fundaciones menores de los frailes Franciscanos siguieron la regla de la primer orden, la cual alguna vez disfrutó de una existencia apartada o casi apartada, se han ya sea extinguido, como los Clareni, Coletani y Celestinos, o se han amalgamado con los Frailes Menores, como en el caso de los Observantes, Reformati, Recollects, Alcantarinos, etc. (Todos ellos fundaciones menores, ahora extintos, ver (FRAILES MENORES)
Segunda Orden
En cuanto a la Segunda Orden, o Hermanas Descalzas, ahora comúnmente llamadas Clarisas Descalzas, esta orden incluye a todos los diferentes monasterios de monjas enclaustradas que profesan la Regla de Santa Clara aprobada por Inocencio IV en 1253, ya sea que observen la misma en toda su exigencia original o de acuerdo a las dispensas otorgadas por Urbano IV, el 18 de octubre de 1263 (Litt. "Beata Clara") o las constituciones compuestas por Santa Colette (m. 1447) y aprobada por Pío II, el 18 de marzo de 1458 (Litt. "Etsi"). Las Hermanas de la Anunciación y los Conceptualistas son en cierto sentido ramificaciones de la segunda orden, pero siguen ahora reglas diferentes de aquellas de las Hermanas Descalzas.
Tercera Orden
En relación a los Hermanos y Hermanas de Penitencia o Tercera orden de San Francisco, es necesario distinguir entre la tercera orden secular y la tercera orden regular.
Secular. La tercera orden secular fue fundada, como hemos visto, por San Francisco, alrededor de 1221 y abraza a personas devotas de ambos sexos que viven en el mundo y que siguen una regla de vida aprobada por Nicolás IV en 1289, y modificada por León XIII el 30 de mayo de 1883 (Constit. "Misericors"). Incluye no sólo a los miembros que forman parte de fraternidades lógicas, sino también a los aislados terciarios, ermitaños, peregrinos, etc.
Regular. La antigua historia de la tercera orden regular es incierta y susceptible de controversia. Algunos atribuyen su fundación a Santa Isabel de Hungría en 1228, otros a la Bendita Angelina de Marciano en 1395. Se dice que esta última estableció en Foligno el primer monasterio Franciscano de monjas terciarias enclaustradas en Italia. Existe certeza que a principios del siglo quince existían comunidades terciarias de hombres y mujeres en diferentes partes de Europa y que los frailes italianos de la tercera orden regular eran reconocidos como una orden mendicante por la Santa Sede. Desde alrededores de 1458 éste último cuerpo ha sido gobernado por su propio ministro general y sus miembros toman votos solemnes.
Nuevas Fundaciones. Además de esta tercera orden regular, propiamente llamada así, y de manera muy independiente de ella, un gran número de congregaciones terciarias Franciscanas -tanto de hombres como de mujeres- han sido fundadas, más especialmente desde el principio del siglo diecinueve. Estas nuevas fundaciones han tomado como base de sus institutos una regla especial para miembros de la tercera orden que viven en comunidad, aprobada por León X el 20 de enero de 1521 (Bula "Inter"), aunque esta regla ha sido ampliamente modificada por su constituciones en lo particular, y difiere ampliamente en cada fundación, de acuerdo al fin de cada una. Estas varias congregaciones de terciarios regulares son ya sea autónomos o están bajo jurisdicción episcopal, y en su mayor parte son Franciscanas sólo de nombre, no siendo pocos los que han abandonado el hábito y hasta el tradicional cordel de la orden.

Fuente: Robinson, Paschal. "Franciscan Order." The Catholic Encyclopedia. Vol. 6. New York: Robert Appleton Company, 1909. <http://www.newadvent.org/cathen/06217a.htm>. Traducido por Lucía Lessan


Orden de los Frailes Menores Conventuales
La Orden de los Frailes Menores Conventuales (en latín, Ordo Fratrum Minorum Conventualium, OFMConv), de derecho pontificio, es una de las tres ramas de la familia franciscana o mendicante masculina.
Los religiosos de esta Orden son llamados de distintas maneras según países: Minoriti (en Italia), Minoriten (en Alemania), Fratri Grigi (países anglófonos), Cordelier (en Francia) y, en fin, Franciscanos Conventuales (en España e Hispanoamérica).
Desde su fundación, por voluntad de San Francisco, la Orden es una fraternidad; sus miembros, como hermanos de una única familia, participan en la vida y obras de la comunidad, según las condiciones de cada uno, con igualdad de derechos y obligaciones. San Francisco quiso que sus hermanos se llamaran Frailes Menores para que “de su mismo nombre aprendieran que habían venido a la escuela de Cristo humilde, para aprender humildad”. Están unidos en hermandad conventual para favorecer una mayor devoción, una vida más ordenada y un rezo del oficio divino más solemne, también para formar mejor a los candidatos, estudiar la teología y realizar las obras de apostolado al servicio de la Iglesia, a fin de extender en reino de Cristo en la tierra bajo la guía de la Inmaculada (cf. Constituciones de la Orden I, 1-4).

Historia
San Francisco de Asís y sus primeros compañeros se presentaron al Papa Inocencio III en 1209 y obtuvieron la aprobación oral de su forma de vida evangélica. Con este permiso (que también permitía a estos “penitentes” de Asís predicar la penitencia), la fraternidad se expandió hasta convertirse en “Religión de los Frailes Menores”, de la que Francisco habla en las últimas redacciones de la Regla. Sólo, tras el Concilio Lateranense IV, el Papa Honorio III aprueba la Regla definitiva con la bula “Solet annuere” (29-XI-1223).
En 1274, a la muerte del Ministro General San Buenaventura, se abre en la Orden una división cada vez mayor entre los “frailes de la comunidad” o “Conventuales”, que anteponían la presencia de la comunidad en las ciudades para predicar el evangelio a los pobres, y la de los “celantes”, “espirituales” u “Observantes”, con ideales de pobreza absoluta e inclinación a la vida eremítica y ascética del franciscanismo.
A inicios del s. XVI, el Papa León X constató la imposibilidad de hacer vivir bajo el mismo gobierno y regla Conventuales y Observantes y, con la bula “Ite vos” (29-V-1517) fundió todos los grupos reformados en la llamada “Orden de los Frailes Menores de la Regular Observancia”, dejando a los Conventuales bajo la guía de un Maestro General. Esta separación fue confirmada por el Papa León XIII que, con la bula “Felicitate quadam” (4-X-1897), reorganizó las órdenes franciscanas dejándolas en tres, cada una con su propio Ministro General: la Orden de los Frailes Menores, la Orden de los Frailes Menores Conventuales la y Orden de los Frailes Menores Capuchinos.

El hábito y otros signos de identidad
En los países donde sufrieron la supresión, los Frailes Menores Conventuales, visten túnica y esclavina con capucho color negro, pero en las tierras de misión se está recuperando el antiguo color de su hábito: el gris ceniciento.

Santos de la Orden
La familia de los Frailes Menores Conventuales se considera, en continuidad histórica y espiritual, la original Orden Menor fundada por San Francisco y, en consecuencia, se siente ligada a todos los santos que la Orden ha dado antes de la división, entre ellos evidentemente al fundador, y en ellos se inspira. Tampoco olvida a los que iniciaron o inspiraron la Segunda y la Tercera Orden: Santa Clara para las Clarisas, y Santa Isabel de Hungría y San Luis rey de Francia para la hoy llamada Orden Franciscana Seglar (O. F. S.).
Entre los santos más significativos de los orígenes den franciscanismo y particularmente ligada a la tradición conventual hay que mencionar a San Antonio de Padua (en su tiempo llamado “Antonio Hispano”), los protomártires de la Orden, Berardo y compañeros, San Buenaventura de Bañorregio, los beatos Egidio de Asís, Tomás de Celano, Lucas Belludi de Padua, Juan Duns Escoto, Andrea Conti de Añani, Odorico de Pordenone, Santiago de Estrepa, Ángel de Monteleone de Orvieto. Tras la división de 1517, no han faltado santos reconocidos y venerados por la Iglesia, junto con otros silenciosos y anónimos. Entre los primeros destaca San José de Cupertino, canonizado en el s. XVIII y, más recientemente, San Maximiliano Kolbe y San Francisco Antonio Fasani, canonizados por Juan Pablo II.
Entre los beatos, están Buenaventura de Potenza, Rafael Chylinski, Antonio Lucci, los mártires de la revolución francesa Juan Francisco Burté, Juan Bautista Triquerie, Nicolás Savouret y Luis Armando Adam, los siete mártires polacos y los cinco de la Guerra civil española..
http://www.ofmconv.net/index.php?option ... 84&lang=es


FRANCISCANOS MENORES OFM
Hermanos Menores "de la Unión Leonina": El 4 de octubre de 1897, el papa León XIII, por la Constitución Apostólica "Felcitate quadam", reunía en una sola familia a cuatro reformas franciscanas: Observantes, Reformados, Descalzos o Alcantarinos y Recoletos, con la simple denominación de "Hermanos Menores", título que comparten con los Hermanos Menores Conventuales y los Hermanos Menores Capuchinos.

Origen de la Observancia: La reforma Observante o de la Regular Observancia, versión moderada del movimiento de los frailes Espirituales o Fraticelli, comenzó en Italia en 1368, por obra del beato fr. Paoluccio Trinci de Foligno, en la ermita de Brogliano, entre Foligno y Camerino. A su muerte en 1391, las ermitas y conventitos bajo su jurisdicción eran ya 16, todos ellos en el centro de Italia, entre las regiones de Umbria y Marcas. El beato Paoluccio, sin embargo, sólo fundó el de San Bartolomé de Marano (Foligno); los demás se los había cedido la Orden, es decir, los llamados Conventuales, a cuyos superiores legítimos estaban sujetos.
Las reformas observantes se extendieron enseguida por Italia, Francia, España y Portugal, y fueron reconocidas por el Concilio de Constanza, con la Constitución apostólica "Supplicationibus personarum" del 23 de septiembre de 1415. Con las bulas "Vinea Domini" del 15 de marzo de 1431 y "Ut sacra" del 11 de enero de 1446, el papa Eugenio IV separó practicamente a la Observancia de los Conventuales, y la transformó en una especie de Orden paralela, ya que la dependencia de los ministros generales conventuales era simplemente nominal.
La nueva familia franciscana quedó organizada, desde entonces, en dos Vicarías Generales, autónomas entre sí: una Cismontana (Italia) y otra Ultramontana (el resto de Europa), ambas divididas en Vicarías Provinciales. Los cuatro pilares que organizaron y consolidaron la reforma observante fueron S. Bernardino de Siena, fray Alberto de Sarteano, S. Juan de Capistrano y San Jaime de la Marca, animados todos ellos por una sincera voluntad de adaptar genuinamente los ideales de San Francisco a su tiempo. Con el ejemplo, y en virtud de su enérgico y acertado gobierno, la reforma creció y se extendió rápidamente, y empezó a abandonar los eremitorios y a volver a los estudios, imprescindibles para el apostolado popular, misionero, caritativo y social, en el que se distinguieron no pocos Santos y Beatos.
Difícil convivencia: Las relaciones con el resto de la Orden no fueron siempre ejemplares. Frente a los Franciscanos Conventuales o Claustrales, que defendían a ultranza una vida estable de observancia de la Regla con mitigaciones pontificias, sin las cuales pensaban que no podrían hacer frente al cúmulo de actividades que la misma Iglesia les encomendaba, muchos Observantes no veían más solución que la radical supresión de los mismos, cosa que consiguieron en España y en sus reinos con el poderoso apoyo de los Reyes Católicos y de Felipe II. La misma intransigencia excluyente mostraron frente a las otras reformas (Villacrecianos, Amadeitas, Alcantarinos, frailes del Capucho, etc.), que defendían su legítimo derecho a vivir la Observancia sin tener que romper la comunión con la Orden. Tampoco ayudaron a mejorar las relaciones los mil y un litigios surgidos en torno a la posesión de los conventos, ya que los Observantes, cuyo crecimiento era imparable, en ciertos lugares, tendían a apropiarse de las casas conventuales, antes que fundar otras nuevas.
Bajo el signo de las divisiones: En ese ambiente de discordia, todos los esfuerzos por reunificar a la Orden fracasaron, de modo que el 29 de mayo de 1517, con la bula "Ite vos", el papa León X terminó de romper il hilo simbólico que aún mantenía unidas a ambas familias, concediendo a los frailes de la Regular Observancia el primado jurídico de la Orden, que hasta ese momento tenían los Conventuales. En cuanto a las otras reformas, el mismo papa las obligó a unirse a una u otra Orden. En ese momento, los Observantes eran ya 30.000, repartidos en 1.500 conventos. Los conventuales eran otros tantos.
En el siglo XVI, la Observancia ya no es la de antes: no rehuye los estudios, construye grandes conventos e iglesias enormes, sin mayores escrúpulos de conciencia. Nada tiene, pues, de extraño que, apenas un año después de la división, se segregaran de ellos los Frailes Menores Reformados de la Estricta Observancia, aprobada por Clemente VII el 16 de noviembre de 1532, con la bula "In suprema". El mismo papa, cuatro años antes, aprobó también la reforma de los Frailes Menores Capuchinos, desgajados igualmente de la Observancia. Luego se separan también los Alcantarinos y los Recoletos, aprobados igualmente por la Iglesia.
Tantas divisiones podrían ser motivo de escándalo para algunos, pero no dejan de ser, en realidad, un signo de la gran vitalidad del árbol plantado por San Francisco, cuyos hijos nunca han dejado de competir -no siempre de la manera más apropiada- por alcanzar la meta de la perfección evangélica, estimulados siempre por los ejemplos y las palabras del santo fundador.
Excepto los Capuchinos, que lograron conquistar y mantener su independencia, las demás familias franciscanas reformadas, aún conservando su autonomía y libertad de movimiento, siguieron formando parte de la familia Observante, compartiendo con ellos un mismo ministro general y los esfuerzos apostólicos y misioneros, distinguiéndose, de manera especial, en Hispanoamérica, donde aún son muy numerosos y constituyen una fuerza importante de la Iglesia Católica.

Crisis y reunificación: También las distintas ramas Observantes fueron víctimas del ciclón revolucionario europeo de los siglos XIX y XX, pero su fuerte vitalidad interna, la rápida fundación de nuevos seminarios y del Colegio Internacional Romano (1890) para los estudios superiores, la erección de nuevas provincias, la creación de nuevos conventos y la recuperación de los antiguos les aseguró una fuerte recuperación y una presencia aún más numerosa y prestigiosa que antes.
La reunificación de León XIII del 4 de octubre de 1897 puso fin a la secular división de la familia observante, aunque aún tendrá que intervenir Pío XII en 1940, para hacer frente a ciertas resistencias, debidas, sobre todo, a motivos políticos y nacionales.

Presencia y actividades hoy en el mundo: Hoy, los Hermanos Menores están en todo el mundo y son la fuerza misionera más importante de la Iglesia católica.
Los Hermanos Menores tienen a su cargo importantes santuarios del franciscanismo primitivo, como San Damián, Las Cárceles y la Porciúncula en Asís, la Verna, Araceli en Roma y los santuarios del valle de Rieti. También tienen bajo su custodia los Santos Lugares de Tierra Santa. El "Ateneo Antoniano" de Roma, con sus facultades de teología, filosofía y derecho desarrolla una amplia actividad científica y cultural. El Colegio S. Buenaventura de Quaracchi (ahora Grottaferrata) es célebre por sus ediciones monumentales de autores y documentación franciscana. Dignos de mención son también la Comisión Escotista y el Instituto Bíblico de Jerusalén, los centros Angelicum de Milán y Antoniano de Bolonia. Pero no todo es cultura. Los Menores también desarrollan una intensa labor misionera y pastoral en multitud de parroquias, iglesias y santuarios de todo el mundo.

El hábito y otros signos de identidad El grupo franciscano más numeroso se caracterizan por el hábito marrón o café, que sustituyó al gris tradicional en el siglo XIX, un capucho corto que no baja de los hombros y las típicas sandalias.
La curia general, después del derribo del convento de Araceli para la construcción del gigantesco monumento a Víctor Manuel II, se trasladó al convento de Santa María Mediadora, en la colina del Gelsomino de Roma.


Los "frailes de la vida eremítica" o Capuchinos
La tercera gran familia franciscana surgió del tronco de los Hermanos Menores Observantes en 1525, apenas 8 años después de que éstos obtuvieran la total separación y el primado jurídico sobre los Conventuales. Para entonces los Observantes eran ya varias decenas de miles en todo el mundo y la evolución interna y los fines apostólicos los habían llevado a una situación nueva, muy diferente de los humildes comienzos en eremitorios y pequeños conventos. Era, por tanto, inevitable que alguien, desde dentro, reivindicase el derecho de observar la Regla a la letra, con todo su rigor.
Eso es lo que hicieron el joven sacerdote Mateo Serafini de Bascio (1495-1552) y los hermanos Ludovico y Rafael Tenaglia, de la misma familia observante, la cual hizo todo cuanto pudo por reabsorberlos y contener la hemorragia. De nada sirvieron cárcel, fugas y otras peripecias de los primeros tres años: el 3 de julio de 1528, por mediación de la duquesa de Camerino Catalina Cybo, sobrina del papa, Clemente VII les concedió la bula "Religionis zelus", que marca el nacimiento de la familia Capuchina. Entre otras cosas, el papa les concedió vestir el hábito con capucho piramidal y llevar barba, como signo de pobreza, sencillez y austeridad.
Recibida la bula papal, otros frailes de la Observancia se unieron a ellos, tales como Juan de Fano, Bernardino de Asti y Bernardino de Ochino. En 1536, los "Hermanos o frailes menores de la vida eremítica", que así se llamaban entonces, ya eran 500 y, sorprendentemente, 3.300 en 1571. Ni la obstinada oposición de la familia de origen, ni la clamorosa defección de su vicario general Bernardino Ochino, que se pasó a la herejía protestante, impidieron que la nueva reforma siguiera creciendo a la sombra de los Frailes Menores Conventuales, a cuya jurisdicción se acogieron antes de conseguir de Pablo V, en 1619, la facultad de disponer de Ministro General propio, con plena autonomía. Para entonces eran ya un ejército de 14.000 religiosos comprometidos en todos los campos del apostolado católico, principalmente en la asistencia a los apestados y en el ministerio de la predicación popular.

Evolución de la Orden
También para ellos, como era previsible, la entrada en masa en el apostolado activo misionero, caritativo-social y -más lentamente- científico, supuso una evolución interna; sin embargo, a lo largo de la historia franciscana, los Capuchinos han representado siempre la línea más rígida y austera. Es más, para evitar fáciles concesiones y contradicciones con la pobreza en cuestión de iglesias y conventos, ellos son los únicos que se dotaron enseguida de una legislación concreta y minuciosa, prescribiendo que "las iglesias sean pequeñas, pobres y honestas... según la santísima pobreza... Y para este fin se ha hecho un pequeño modelo, según el cual se construirán".
Por su apostolado caritativo y social, los frailes Capuchinos han sido siempre bien acogidos por el pueblo, como bien refleja el escritor italiano Alejandro Manzoni, que en su célebre novela "Los novios" alabó admirablemente su capacidad de penetrar en el corazón de las clases más humildes. Por su afabilidad y disponibilidad y por el modo de trabajar y de vivir son conocidos también como "frailes del pueblo".
La Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, pese a su notable difusión en todo el mundo y en tierras de misión, no escapó a los movimientos revolucionarios de los últimos siglos. Sin embargo, una rápida reorganización de los colegios y una providencial expansión misionera les ha permitido, como a las demás familias franciscanas, una vigorosa recuperación. Además, son numerosos los beatos y santos capuchinos, el último de los cuales, y el más popular de todos, es el P. Pío de Pietrelcina, canonizado recientemente por Juan Pablo II.

Presencia y actividad hoy en el mundo
Hoy los Capuchinos desarrollan también una intensa labor científica y cultural a través del colegio Internacional San Lorenzo de Bríndisi, que es como su ciudadela de los estudios superiores y universitarios. En su nueva sede se encuentra también ahora el Instituto Histórico de la Orden, que edita los "Monumenta Historica" la "Bibliotheca Seeraphica-Capucina", la "Colectanea Bibliographica Franciscana" y otras obras de excelente calidad científica. En el mismo complejo se ha instalado también la rica biblioteca central de la Orden y un museo franciscano único en su género, con más de 20.000 piezas (pinturas, esculturas, cerámicas, monedas, medallas, sellos, grabados, etc.) que dan testimonio de la multisecular historia franciscana en todos sus aspectos.
Los Capuchinos presiden también el Instituto de Espiritualidad promovido por ellos en el Ateneo Antoniano, son Penitenciarios Pontificios en la Santa Casa de Loreto y en la Basílica de San Lorenzo extramuros de Roma y dirigen el Pontificio Colegio Etíope en el Vaticano. Su curia general tiene la sede en Roma, en Vía Piemonte, 70.
Los capuchinos se distinguen por el capucho largo, del que les viene el nombre, por la barba y las sandalias, además de la cuerda característica de todos los franciscanos. El color marrón o café del hábito fue adoptado en los comienzos del siglo XX.
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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor PEPITA GARCIA 2 » Mié Abr 15, 2015 1:50 pm

San Félix de Cantalicio

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San Félix de Cantalicio es el primer santo Capuchino del Siglo XVI, un fraile sencillo, caritativo y de alma transparente de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos.

Nació en el año 1513 en Cantalicio, Italia del territorio de Città Ducale, provincia de Umbría; hijo de dos campesinos pobres y piadosos. Su padre se llamaba Santo de Carato y su madre, Santa. De niño, se dedica al pastoreo de ovejas, y en el campo grababa una cruz en la corteza de un árbol de encino y ante esa cruz rezaba el Santo Rosario, uniendo el trabajo con la oración y decía que “En cualquier oficio y a cualquier hora hay que acordarse de Dios y ofrecer por Él todo lo que se hace o sufre”

Siendo ya un joven, un día estaba arando el campo de pronto los bueyes se asustaron y se le lanzaron encima, al sentir que iba a morir allí pisoteado, prometió a Dios dedicarse a una vida más perfecta. Salió ileso del accidente y al oír leer un libro de vidas de santos sintió un fuerte deseo de imitar a los santos del desierto, en la oración y penitencia. Preguntó cuál era la comunidad religiosa más exigente que existía, respondieron le que eran los Padres Capuchinos. Se dirigió a un Convento de esta Orden para que pedir ser admitido y decide pedir el hábito en el Convento de Città Ducale. El Padre Guardián, para probar la vocación de San Félix, le dice, mientras le muestra un crucifijo: «Éste es el modelo a que debe conformar su vida un Capuchino». San Félix, enamorado del sacrificio, se arroja a los pies del Padre Superior y le manifiesta que no desea sino una vida del todo crucificada.

Es enviado al Noviciado de Áscoli, como hermano lego; a los 28 años, se enferma de calenturas y un día se levanta de la cama y le dice al Padre Guardián que ya no tiene nada. Es enviado a Roma durante casi 40 años, y como oficio pidiendo limosna por las calles para ayudar a los necesitados, un oficio duro, cansado y humillante, pero él lo hacía con una alegría que impresionaba a la gente. A un compañero de fatigas y de alegrías a lo divino le decía: «Buen ánimo, hermano: los ojos en la tierra, el espíritu en el cielo y en la mano el Santo Rosario»

Solía exclamar, recordando una frase que había leído: «O César o nada». Se ha dicho que sólo hay una tristeza: la de no ser santo. Sí; la de no ser «césar» de la santidad. Y llegó a «césar» de Dios por el camino de la santa simplicidad. «Toda mi ciencia está encerrada en un libro de seis letras: cinco rojas, las llagas de Cristo, y una blanca, la Virgen Inmaculada»

Ayunaba a pan y agua las tres cuaresmas de San Francisco, comía los mendrugos de pan que dejaban los frailes y dormía 3 horas en un lecho de tarima, no se quitaba el cilicio, se la pasaba rezando, viajaba descalzo por las calles y caminos.

Tenía una contagiosa felicidad y un buen humor; bromeaba con su amigo San Felipe de Neri. Uno y otro se saludaban de esta manera:
–Buenos días, Fray Félix. ¡Ojalá te quemen por amor de tu Dios!
–Salud, Padre Felipe. ¡Ojalá te apaleen y te descuarticen en el nombre de Cristo!


Cuando ya estaba ancianito, en visita al Cardenal de Santa Severina, dijo a éste que mandase a Fray Félix descargar la limosna. «Señor –respondió el lego–, el soldado ha de morir con la espada en la mano y el asno con la carga a cuestas. No permita Dios que yo alivie jamás a un cuerpo que sólo es de provecho para que se le mortifique». Cuando alguien le insultaba, replicaba: «¡Que Dios te haga un santo. Pediré por ti!»

Tantas las veces que repetía la frase "Gracias a Dios", que las personales al verlo decían: allá viene el hermanito "Gracias a Dios"

Desde niño fue muy devoto de la Santísima Virgen, cuando pasaba frente a las imágenes de María, repetía: "Acuérdate que eres mi Madre". Y decía: "Yo soy siempre un pobre niño y los niños no pueden andar sin la ayuda de la Madre. No me sueltes jamás de tus manos"

Imagen Estaba rezando un día, cuando la imagen de la Virgen puso al Niño en los brazos de Fray Félix. Y así le pintó Murillo. Imagen

Muchas las anécdotas con trascendencia de eternidad que se cuentan de San Félix de Cantalicio. Su hermano en religión, Padre Prudencio de Salvatierra, recoge algunas verdaderamente entrañables. En cierta ocasión, iba pidiendo limosna, que era su oficio cotidiano de pronto, siente un cansancio extraordinario. ¿Por qué le pesaba tanto el morral que llevaba a la espalda? Porque alguien había depositado una moneda de plata en la alforja del Santo, moneda que le pareció la sonrisa burlona del demonio.«Este es el peso maldito que no me deja caminar»; sacudiendo la alforja, hizo que la moneda cayese al suelo, para seguir tan sólo con los regojos a cuestas. Durante las jornadas frías, quizá algunos religiosos se acercaban al fuego para confortar un poquillo sus cuerpos ateridos, Fray Félix huía del calor, a la vez que se decía: «Lejos, lejos del fuego, hermano asno, porque San Pedro, estando junto a una hoguera, negó a su Maestro»

Venerable y al mismo tiempo jovial figura, por las calles de Roma, la de este hermano lego, al que rodeaban los chiquillos para tirarle de las barbas y curiosear en sus alforjas. El lego, sonriente, enseñaba el catecismo a los niños, y les daba consejos con sus palabras dulces y sencillas.

San Félix con el morral.- Imagen

Inventaba coplas religiosas, que en seguida se hacían populares en la ciudad, tenía buen oído y voz de barítono. «Dentro del convento sabía unir, por modo maravilloso, la alegría con el silencio, el trabajo con la oración». Fray Domingo decía: «Félix es avaro en sus palabras, pero lo poco que dice es siempre bueno»

Enferma un fraile, a quien los médicos desahucian. Pero entra Fray Félix en la celda del paciente y profiere unas palabras como mojadas de humor y frescura celestiales: «Vamos, perezoso, levántate; lo que a ti te conviene es un poco de ejercicio y el aire puro del huerto», y el fraile había sanado.

No pensemos que las que pudiéramos llamar personalidades importantes de aquel tiempo dejaban de acudir a la «ciencia» del «ignorante» lego. El sabio Obispo de Milán, luego San Carlos Borromeo, solicitan de Fray Félix algunos consejos para la reforma del clero diocesano. Le da este consejo: «Eminencia: que los curas recen devotamente el oficio divino. No hay nada más eficaz que la oración para la reforma del espíritu»

Con empuje de alma inspirada por Dios, dice al Cardenal de la Orden Franciscana Montalto, en vísperas de ser elegido para el Solio Pontificio: «Cuando seas Papa, pórtate como tal para la gloria de Dios y bien de la Iglesia: porque, si no, sería mejor que te quedaras en simple fraile». Ya era Pontífice el Cardenal Montalto, S. S. Sixto V, cuando una vez pidió al lego un poco de pan. Fray Félix busca para el Santo Padre el mejor pan, pero el Papa le replica: «No haga distinción, hermanito: deme lo primero que salga». Lo primero que salió fue un mendrugo negro, el lego toma el pan y se lo entrega a Su Santidad con estas palabras: «Tenga paciencia, Santo Padre; también Vuestra Santidad ha sido fraile»

Siempre el humor junto al amor, siempre la gracia junto a la gracia. En actitud poéticamente Franciscana, repartía pedacitos de pan a los pobres, a los perros y pájaros. A fuerza de oración consigue librarse de una epidemia, para poder seguir asistiendo a numerosos enfermos.

Con fidelidad cumple los 3 votos monásticos de su vida religiosa: obediencia, pobreza y castidad. Respetaba al Sacerdote y rendía homenaje a «la dignidad más sublime de la tierra»

Cargado de trabajos, de dolores, pero con una alegría desbordante, presiente su muerte. Y dice: «El pobre jumento ya no caminará más». Pretende ir a la iglesia desde el lecho, arrastrándose, mas se le prohíbe. Recibe los Sacramentos, se queda en éxtasis, vuelve en sí, pide que le dejen solo. Los frailes le preguntan: «¿Qué ves?» Y él responde: «Veo a mi Señora rodeada de ángeles que vienen a llevar mi alma al paraíso». Sin haber entrado en agonía, muere el 18 de mayo de 1587, a los 72 años. Los feligreses van al Convento para besar el cadáver del santo lego y obtener reliquias.

El Papa Sixto V, que testificaba 18 milagros, quiso beatificar a Fray Félix, pero no tuvo tiempo. S. S. Paulo V quien inicia el proceso de beatificación, que solemnemente será verificado por Urbano VIII. En 1712, el Papa Clemente XI canonizó a Fray Félix de Cantalicio.

Tumba de San Félix de Cantalicio.-
Imagen-. en la iglesia romana de Nuestra Señora de la Concepción de los Capuchinos.

Una vida colmada de santa simplicidad, una vida clara y sencilla, alegre por sacrificada, sublime por humilde, la vida de un lego capuchino del Siglo XVI, cuyo perfume llega hasta nuestros días con la fragancia de las más puras esencias de la virtud.

«Querida Madre: os recomiendo que os acordéis del pobre Fray Félix. Yo deseo amaros como buen hijo, pero vos, como buena Madre, no apartéis de mí vuestra mano piadosa, porque soy como los niños pequeños, que no pueden andar un paso sin la ayuda de su madre»

Fuentes: Año Cristiano, Tomo II. Evangelio de hoy. Frailes Franciscanos. Wikipedia. Corazones.
"No anteponer nada al amor de Dios"

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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor juaman2003 » Jue Abr 16, 2015 1:53 am

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. ORIGEN DE LA ORDEN CAPUCHINA
por Fr. Julio Micó, o.f.m.cap.
La desazón producida por el sentimiento de infidelidad al proyecto original de Francisco de Asís acompañará a muchos, como una sombra, en el caminar histórico de la Fraternidad, siendo el motivo de los innumerables intentos de reforma que el Franciscanismo ha conocido a través del tiempo.
A mitad del siglo XIV, por reacción contra el «conventualismo» de la Orden, comenzaron a aparecer en Italia, España y Francia diferentes grupos de frailes que aspiraban a una vida más coherente con los orígenes franciscanos, deseosos de volver a una vida más acorde con los orígenes de la Fraternidad, especialmente en el retiro y la pobreza. Dentro de este ambiente de reforma nacieron los Capuchinos.
El motivo fue el mismo de siempre: un grupo de frailes, en este caso Mateo de Bascio, Pablo de Chioggia y los hermanos Ludovico y Rafael de Fossombrone, insatisfechos de la vida que se llevaba en la «Observancia», decidieron volver al eremitismo de los orígenes como una forma de cumplir literalmente la Regla.
Sin permiso previo de su Provincial, optaron por hacer efectiva su nueva forma de vida, lo que les ocasionó persecuciones y aventuras sin fin hasta que su amistad con Catalina Cibo, duquesa de Camerino y sobrina del Papa, hizo posible que el 3 de julio de 1528, por medio de la bula Religionis zelus, Clemente VII concediera existencia jurídica a la nueva Fraternidad. En realidad se trataba, simplemente, de poder llevar «vida eremítica», guardando la Regla de San Francisco, de usar la barba y el hábito con el capucho piramidal -de aquí el nombre de «Capuchinos»- y de predicar al pueblo.
La afluencia inmediata de gran número de observantes y algunos novicios planteó la necesidad de hacer unas Constituciones que definieran la incipiente reforma. Un año después se convocó el primer Capítulo para organizarse y redactar las Constituciones que, por hacerse en el eremitorio de Albacina, han pasado a la historia como Las Constituciones de Albacina, aunque en realidad llevaran el título de Constituciones de los hermanos llamados de vida eremítica.
La reforma Capuchina, de tanto rigor en sus formas, se mostraba en el fondo poco franciscana. Reforzada por el ingreso de grandes personalidades de la Observancia, se vio la necesidad de hacerla más equilibrada volviendo al genuino espíritu de Francisco. Para ello se convocó un nuevo Capítulo con el fin de discutir las nuevas Constituciones. Algunos de los iniciadores de la reforma no resistieron este cambio, creando verdaderos problemas, por lo que tuvieron que ser expulsados de la Orden. En 1536 se promulgaron las nuevas Constituciones, donde la mesura y el equilibrio entre la contemplación y la acción llegaron a tal punto que sé que convirtieron, prácticamente, en la legislación definitiva de la Orden. Las posteriores renovaciones sólo introducirán detalles de forma que no afectan al contenido.
La celebración del Concilio de Trento (1545-1563) favoreció la consolidación de la reforma. Con la instauración de casas de estudio en vistas a la formación para el ministerio, unos conventos más espaciosos y una organización más disciplinada, los Capuchinos no sólo se afianzaron sino que lograron expandirse geográficamente.
Primero fue Francia, después Bélgica. En España resultó más difícil por la prevención existente en la Corte de Felipe II, al considerar que la nueva reforma de los Capuchinos no añadía nada a la ya existente en España y muy extendida reforma de los Descalzos y Alcantarinos. El primer intento parece que fue en 1570, aunque sin resultados positivos. Fue en 1578 cuando consiguieron establecerse en Barcelona. La Orden fue extendiéndose rápidamente hacia el Rosellón, luego hacia Valencia (1596) y, finalmente, Aragón (1598) y Navarra (1606). Castilla seguía cerrada a los Capuchinos, hasta que en 1609 lograron establecerse en Madrid, multiplicándose posteriormente por otros puntos de Castilla y Andalucía (1613).
Los capuchinos, por tanto, en su opción de volver a los orígenes, no hicieron más que seguir el ambiente de renovación y darle una forma concreta. «Volver a Francisco» era la consigna que latía en el fondo de la reforma; pues, como dice uno de los primeros cronistas: «Reformarse no es otra cosa que retornar a la forma original dada en los comienzos a nuestra Orden».

LOS ORÍGENES DE LA REFORMA CAPUCHINA (1525)
por José-Vicente Ciurana, o.f.m.cap.
La presente nota no pretende ser algo original ni exhaustivo. Intenta solamente poner de relieve algunos datos, recogidos de autores que se han dedicado a estudiar nuestro tema (Pobladura, Iriarte, Van Asseldonk, Campagnola), sobre la aparición de la reforma capuchina dentro de la familia franciscana y sobre la cristalización de sus inquietudes espirituales en su primer texto legislativo: las Constituciones de Albacina.
Para comprender mejor el nacimiento de la reforma capuchina, no se ha de perder de vista la eterna lucha en torno a la interpretación práctica del ideal franciscano. Dos tendencias, latentes siempre, van reflejándose de tarde en tarde en toda la historia franciscana, bajo diferentes denominaciones, pero traduciendo siempre el mismo conflicto. En el siglo XIII se llamaron Espirituales y Comunidad; en el XV, Observancia y Conventualismo; en el XVI, Estrecha Observancia y Regular Observancia.
Ambas concepciones reconocen como norma intangible de vida la Regla de san Francisco. Pero mientras los más radicales la interpretan a la luz de la vida del Fundador y de su Testamento, la otra tendencia se esfuerza por actualizarla conforme a las exigencias prácticas de la evolución de la Orden y de sus fines apostólicos. Siempre que aparece una reforma bajo el signo de la más pura observancia, no tarda en aparecer dentro de la Orden la misma doble tendencia y en repetirse los episodios de pugna entre Comunidad, representada por la prudencia humana y el espíritu de disciplina, y los Celantes, religiosos fervorosos e idealistas que esperan una voz de insubordinación legal para hacer valer su derecho a observar la Regla a la letra.
El fenómeno concreto a que nos referimos se produjo en el seno de la Observancia a comienzos del siglo XVI con incontenible efervescencia. El remedio hubiera podido hallarse en el fomento inteligente de las casas de recolección, con una mayor comprensión hacia los religiosos descontentos. Pero esta comprensión falló, sobre todo en Italia. Abundaban los religiosos y superiores deseosos de mayor observancia, pero se desconfiaba de las iniciativas privadas, ya que en la práctica existían religiosos que, con el pretexto de mayor perfección, se separaban de la observancia y llevaban una vida de vagabundos.
Lo que ocurrió en la floreciente Provincia italiana de Las Marcas, podía haber ocurrido en otra cualquiera. El Ministro provincial de la misma, Juan de Fano, ansioso como el que más de una renovación, esperaba que ella viniera desde arriba, de los superiores y de los Capítulos; repugnaba a su índole noble y distinguida toda actitud que se desviase de la legalidad. La experiencia le demostrará que tales reformas, llegan tarde y sin eficacia.
I. LOS INICIADORES DE LA ESCISIÓN
Mateo de Bascio, joven sacerdote de escasa cultura y temple de predicador popular, pertenecía al grupo de los que en la Provincia de Las Marcas reclamaban la libertad de observar la Regla a la letra. Había entrado en la Observancia hacia 1510, en el convento de Montefalcone. A finales de 1522 y principios de 1523, se declaró una epidemia de peste en el ducado de Camerino, y Mateo, con el permiso de sus superiores, se dedicó a atender a los apestados. Su acción caritativa le valió la amistad de los duques de Camerino, Juan Bautista Varano y Catalina Cibo, sobre todo, de esta última, que será considerada como la madre de los capuchinos en sus comienzos, haciendo valer su condición de sobrina del papa Clemente VII.
En 1525 Mateo tuvo una visión en la que el mismo san Francisco le confirmó en sus propósitos y actitud. Enterado luego de que el hábito que a la sazón usaban los frailes no era el mismo que había usado san Francisco, ya que éste era mucho más áspero y con un capucho puntiagudo cosido a la túnica, lo adoptó sin más y se entregó a la práctica literal de la Regla. Viendo que no podía contar con la aprobación del superior ni con la benevolencia de sus hermanos de comunidad, decidió procurarse la aprobación del papa; y una noche salió secretamente de su convento de Montefalcone y se encaminó a Roma.
Obtuvo con facilidad de Clemente VII el permiso de viva voz, vivae vocis oraculo, para observar la Regla según sus deseos, vestir el hábito que llevaba puesto y andar predicando de una parte para otra, con la única obligación de presentarse todos los años, durante el Capítulo, a su superior provincial. Luego, comenzó a anunciar la palabra de Dios con gran fervor por el ducado de Urbino, teniendo buen cuidado de no aproximarse a los conventos de los Observantes, para no ser apresado por los suyos.
A finales de abril se celebraba el Capítulo provincial en Jesi, y allí se presentó Mateo conforme al mandato del papa. Como era natural, el Provincial, Juan de Fano, lo hizo encarcelar, como fugitivo y vagabundo, en el convento de Forano. Mateo de Bascio, en efecto, no poseía documento alguno escrito de la autorización pontificia ni se había preocupado de procurárselo.
Unos tres meses llevaba en su reclusión, cuando la noticia de lo ocurrido le llegó a Catalina Cibo, que veneraba a Mateo desde que había ejercitado la caridad durante la peste. Inmediatamente exigió de Juan de Fano que en el plazo de tres días pusiera en libertad al preso. El Provincial tuvo que doblegarse, y Mateo de Bascio reanudó su vida de predicador ambulante.
A finales de 1525 acudían al mismo Provincial los hermanos carnales Ludovico y Rafael de Fossombrone, pidiendo permiso para retirarse a un eremitorio con otros compañeros, a fin de observar la Regla en toda su pureza. Juan de Fano se lo negó. Entonces ellos huyeron y se refugiaron entre los conventuales de Cingoli.
En noviembre de 1525 llegaba a la Provincia de Las Marcas, en visita pastoral, el Ministro general de los Observantes, Francisco de los Angeles Quiñones. Enterado de estos acontecimientos, excomulgó a los fugitivos. El Provincial, Juan de Fano, previendo lo que aquel hecho podía significar para la unidad de la Provincia, obtuvo de Clemente VII el breve Cum nuper, de 8 de marzo de 1526, en el que se declaraba a Mateo de Bascio y a los dos hermanos, apóstatas de la Religión, con la facultad de poder encerrarlos. En consecuencia, se dirigió a Cingoli con un grupo de frailes para apresarlos; pero Ludovico y Rafael huyeron a los montes, y sólo su astucia pudo librarles de caer en manos de sus perseguidores.
Decidieron entonces pedir alojamiento en el eremitorio de los camaldulenses de Massaccio. Allí acudió Juan de Fano con los suyos, acompañado de fuerza armada; pero los fugitivos se escaparon por segunda vez, disfrazados de camaldulenses, a otro monasterio. Cuando el Provincial finalmente les dio alcance, los dos hermanos habían solicitado ya formalmente su incorporación a la Camáldula. Los monjes rehusaron esta petición, por no indisponerse con los Observantes; pero, de momento, el asilo les valió a Ludovico y Rafael.
Ambos fueron después en busca de Mateo de Bascio para acogerse con él a la autorización pontificia; pero Mateo les hizo observar que ésta era exclusivamente personal; de ahí que optaran por dirigirse a Roma. El 18 de mayo de 1526 obtenían el breve Ex parte vestra, extendido por el Penitenciario mayor, que les autorizaba para separarse de la comunidad, juntamente con Mateo de Bascio, y para vivir en un eremitorio observando la Regla. Con todo, debían pedir antes el consentimiento de su Provincial; si se lo negaba, podían hacer uso de la concesión del breve, aunque sin dejar de ser miembros de la Observancia ni cambiar el hábito. El permiso era también esta vez exclusivamente personal.
Juan de Fano, apoyado por el Ministro general Quiñones, obtuvo por su parte la renovación del breve. Entre tanto, a los tres se les había unido Pablo de Chiogga, observante que se había secularizado para atender a su madre; también éste obtuvo permiso personal de Roma.
Los cuatro se reunieron en Fossombrone, refugiándose bajo la protección de la duquesa de Camerino contra la obstinada persecución de Juan de Fano. Éste intentó el camino de la persuasión, y, en presencia de los duques de Camerino, tuvo lugar una discusión en la que los fugitivos presentaron todas sus querellas contra la comunidad.
Ante la imposibilidad de someterlos por la fuerza o de atraerlos mediante la persuasión, el Provincial Juan de Fano se esforzó entonces por evitar al menos otras deserciones. En junio de 1527 publicó su Dialogo della salute, replicando a los descontentos. El autor del Dialogo se plantea el problema de la observancia integral de la Regla según la «intención» de san Francisco. Juan de Fano representa, como Provincial de Las Marcas, la postura oficial de la Orden frente a los movimientos reformistas que habían surgido en su seno. Para él, el ideal de la Orden franciscana no existe fuera de la observancia de la Regla según las declaraciones pontificias; no hay que apelar al espíritu o a la intención de san Francisco. Esto no se da fuera de la Observancia oficial, tal como había sido estructurada por san Bernardino de Sena, san Juan de Capistrano y el Ministro general Francisco de los Angeles Quiñones. Los reformadores apelaban al Testamento de san Francisco; pero éste, según las declaraciones pontificias, no tiene valor jurídico. Los grupos de reforma, siguiendo las sendas de los Espirituales, tienden a una ficción injustificable y peligrosa, a una utopía. Solamente donde está la Observancia, todo es seguro y bueno; mientras toda disidencia viene del maligno. (Posteriormente, Juan de Fano, siendo sincero consigo mismo en su afán de reforma, dio la razón a sus perseguidos, pasándose a los capuchinos. Esta decisión motivó el que hiciera una nueva redacción de su Dialogo entre 1535 y 1536. Esta segunda redacción de su obra es importante por ser la primera exposición de la Regla surgida de entre los capuchinos y por la defensa que hace en favor de la propia razón de ser de los mismos dentro de la familia franciscana).
Mientras tanto y a pesar de las dificultades, los cuatro reformados cobraban gran aprecio entre los habitantes de Camerino en la nueva peste que entonces se cebó en la ciudad durante el verano de 1527.
II. LA BULA «RELIGIONIS ZELUS» (1528)
La situación de los reformados, jurídicamente considerada, era, cuando menos, expuesta; separados de la comunidad, no tenían entre sí ningún lazo de sociedad canónica, ni organización alguna reconocida. Había que dar el paso definitivo.
La ayuda incondicional y decisiva vino, también esta vez, de Catalina Cibo, la cual se dirigió a su tío el papa Clemente VII, cuando éste se encontraba en Orvieto, fugitivo del sacco de Roma, y le presentó una súplica de Ludovico y de Rafael de Fossombrone. Después de maduro examen, el 3 de julio de 1528, el papa expedía la bula Religionis zelus, que daba existencia jurídica a la nueva fraternidad. La Orden capuchina estaba fundada. La duquesa hizo publicar inmediatamente el documento en la plaza pública de Camerino y en todas las iglesias del ducado.
La bula iba dirigida a Ludovico y a Rafael, y contenía los puntos siguientes: facultad de llevar una vida eremítica guardando la Regla de san Francisco; usar barba y el hábito con capucho piramidal, y predicar al pueblo; los reformados quedaban bajo la protección de los superiores Conventuales, pero bajo el gobierno directo de un superior propio con autoridad parecida a la de los Ministros provinciales; se les autorizaba a recibir novicios, tanto clérigos como laicos.
III. LAS CONSTITUCIONES DE ALBACINA (1529)
La bula Religionis zelus tuvo como efecto inmediato el que gran número de Observantes y algunos novicios fueran a unirse con los recién constituidos capuchinos. Hubo que multiplicar los eremitorios y pensar en una organización más estudiada. En un principio se consideró a Mateo de Bascio como el padre de la reforma; pero el verdadero jefe, de hecho y de derecho, en virtud de la bula de aprobación, fue Ludovico.
En abril de 1529, Ludovico convocó el primer Capítulo, integrado por doce religiosos, con el fin de elegir superiores y redactar unas constituciones. Se celebró en el eremitorio de Albacina (Ancona), y de ahí que las normas allí redactadas se conozcan con el nombre de Constituciones de Albacina.
En cuanto se refiere al ideal que Francisco quería para su Orden, los primeros capuchinos se pronuncian desde sus comienzos por una observancia lo más perfecta posible de todo lo que el Santo quería y deseaba para su Orden. Esta aspiración hacia el ideal integral de Francisco, que los caracteriza como Orden comunitaria, significa de hecho un intento serio de responder lo más fielmente posible a su «plan» sobre la Orden, como se afirma frecuentemente en las fuentes. Los primeros capuchinos buscan esta intención de Francisco, no sólo en la Regla bulada de 1223, sino también en el ejemplo de su vida misma y en la doctrina que contienen sus otros escritos, especialmente el Testamento.
Custodia de los Angeles y para la Provincia de San Gabriel respectivamente. También hay semejanzas con las normas que el Ministro general de la Observancia, Francisco de los Angeles Quiñones, había promulgado para las casas de recolección. Los 67 párrafos de que consta el primer texto legislativo de los capuchinos pueden reducirse fácilmente a cuatro grandes capítulos: pobreza y vida austera; oración y vida contemplativa; ceremonias litúrgicas y disciplina regular; soledad y vida eremítica. En cuanto al orden en que se suceden los temas, el texto de Albacina no es precisamente un modelo, ya que los asuntos están entremezclados.
Respecto a la orientación de la nueva reforma, es indicativo ya el título: Constituciones de los Hermanos Menores llamados de la vida eremítica. El eremitismo y la contemplación es algo que recorre todos los párrafos del texto. Es querer hacer hincapié en un valor fundamental del franciscanismo primitivo; pero, hay que reconocerlo también, quizás se hayan cargado demasiado las tintas. Es la tentación de la vida eremítica, siempre latente en la historia franciscana, que acaba siempre superada por una vida mixta de contemplación y de acción.
El desorden interno de las Constituciones puede explicarse también por la intención primordial de los legisladores. Estos pretenden, más que redactar un texto legislativo completo, salir al paso de los abusos que ellos han vivido dentro de la Observancia. De hecho, la primera generación capuchina, formada en su mayoría por religiosos provenientes de la Observancia, mantenían cierto espíritu de cuerpo con los Observantes y no perdieron la conciencia de que su intento había sido reformar la Observancia. La generación siguiente, en cambio, formada por capuchinos que no habían sido antes Observantes, tendió a considerar la nueva reforma como una rama distinta del árbol franciscano.
Las Constituciones de Albacina, sin embargo, tuvieron una vida corta. En 1536 se promulgaron otras nuevas. Estas últimas constituirán la legislación definitiva de la Orden capuchina y el punto de mira de las revisiones posteriores de la legislación. Se vio claramente que había que superar las imperfecciones y parcialidades del primitivo texto legal. Con todo, éste había dado ya a la naciente reforma la unidad fundamental que precisaba. Es cierto que las Constituciones de Albacina no eran un cuerpo orgánico de leyes apropiado para encauzar la vida de una institución, y que había que superarlas. Pero su importancia estriba en que en ellas podemos rastrear las directrices carismáticas de fondo del primitivo grupo capuchino, para una interpretación vital nueva de la Regla de san Francisco. Hoy las debemos leer con perspectiva crítica, pero no podemos considerarnos ante ellas como extraños. Esto último lo digo para los capuchinos.
[J. V. Ciurana, OFMCap, Nota sobre los orígenes de la reforma capuchina (1525) y las Constituciones de Albacina (1529), en Selecciones de Franciscanismo, vol. VII, n. 20 (1978) 243-249]
* * * * *
LOS PRIMEROS CAPUCHINOS
Y LA OBSERVANCIA DE LA REGLA FRANCISCANA
por Fidel Elizondo, o.f.m.cap.
[El P. Elizondo ha publicado numerosos y amplios estudios sobre la Regla franciscana y sobre las Constituciones de los capuchinos y otros temas afines. Aquí ofrecemos la última parte de uno de sus escritos, publicado en Estudios Franciscanos 80 (1979) 1-42]
No queremos terminar nuestro estudio en torno a la mentalidad de los primeros capuchinos sobre la observancia de la Regla sin hacer algunas reflexiones que juzgamos de interés.
1. ORIGINALIDAD DE LA FORMA DE VIDA CAPUCHINA
Si se leen las fuentes narrativas del siglo XVI, fácilmente se puede llegar a una conclusión que no responde a la realidad: la originalidad de la forma de vida capuchina.
Es verdad que los nuevos religiosos insisten en ciertos aspectos un tanto olvidados y a veces voluntariamente silenciados: forma del hábito, cumplimiento del Testamento del seráfico Padre, pobreza franciscana llevada a sus últimas consecuencias, pronunciada austeridad de vida, ardientes deseos de contemplación y alejamiento del mundo...
Pero todo ello se encuentra ya a través de los siglos en la propia familia minorítica, no en su conjunto, sino en cenáculos de hermanos, ansiosos por vivir íntegramente el espíritu franciscano. Los movimientos de reforma son una constante nunca extinguida en la trayectoria ideal y práctica de la Fraternidad.
La Orden capuchina es otra reforma surgida en el seno de la Orden; una de las más florecientes, si se quiere; pero siempre dentro de la misma y enriquecida con su caudal cristiano y religioso. De ahí, la importancia de establecer científicamente las relaciones verdaderas, no fantásticas, entre la espiritualidad y normas prácticas de las primeras generaciones capuchinas y las existentes en otros focos de reforma franciscana.
Desgraciadamente son escasos los esfuerzos realizados en la empresa. Se formulan algunos principios generales sobre el tema; se aducen algunos ejemplos; pero nada más. Falta el estudio minucioso y comparativo, que nos ofrezca datos ciertos y esclarecedores. Tal vez este planteamiento no agrade a ciertos ambientes de tendencia magnificadora, por estimar que se empobrecería la supuesta originalidad de la vida capuchina. No lo creemos. Se pondría cada cosa en el lugar que le corresponde, lo cual siempre es deseable, y, a la vez, se comprobaría la absorción de las más auténticas esencias espirituales franciscanas por parte de la familia capuchina. Tal vez, algunos detalles podrán tener origen en casa extraña: serán pocos y de escasa importancia, nunca y en nada, determinantes. También la mentalidad del siglo en que se vive en torno a la concepción del hombre, del cristiano y del religioso deberá tenerse en cuenta, pues siempre influye en toda institución eclesiástica y civil. Pero las verdaderas y profundas fuentes de la vida ideada por la reforma capuchina hay que buscarlas principalmente en la Orden franciscana.
2. EQUILIBRIO CONTEMPLACIÓN-ACCIÓN
No fue fácil a los capuchinos el establecerlo. Como tampoco a otras reformas franciscanas. Las crónicas del siglo XVI presentan frecuentemente ejemplos de religiosos entregados a la contemplación y al servicio de los demás. Es normal que, en el laudable afán de vivir íntegramente la vida minorítica, los primeros capuchinos acentúen el aspecto que más fácilmente olvida la naturaleza humana: la oración; mejor, la contemplación. Por el esfuerzo, por el trabajo y por la dificultad que entraña. Ni siquiera hay que acudir, para explicarlo, a la mentalidad de los cenáculos de oración en el siglo XVI. Basta recordar la historia de las reformas franciscanas en los siglos XIV-XV, y los cauces nos conducen a las mismas fuentes: al seráfico Padre y su encarnación profunda del binomio contemplación-acción, alejamiento-presencia entre los hombres; binomio de difícil desarrollo en una agrupación numerosa de personas. Los legisladores de 1536 intentan realizarlo; pero los de 1552, por algunas correcciones hechas al respecto, patentizan su no consecución total.
Pero el ejemplo ahí está. Y muy actual. La concepción activa de la vida, el desasosiego por el trabajo cotidiano, el continuo movimiento sin espacios convenientes de conversación pacífica y tranquila con Dios, tendrán de todo menos de franciscano o capuchino. ¿Es la mentalidad moderna? ¿Es el discurrir de la sociedad agobiada? Poco valen los argumentos para quien se mueve por otros principios y quiere encarnarlos hoy. También existe afán de dinero; también, ansias de comodidad. Y el capuchino se empeña en derivar hacia otros derroteros.
3. POBREZA Y AUSTERIDAD DE VIDA
Otro de los elementos que hace impacto entre los hombres del siglo XVI es la estampa del capuchino rabiosamente pobre y chillonamente austera: en los conventos, en las iglesias, en los vestidos, en los alimentos y en el ajuar. Científicamente está demostrado que los nuevos religiosos sólo desean vivir íntegramente la Regla seráfica. Igualmente hay que afirmar que en no pocas ocasiones el ferviente anhelo se cristaliza en ciertas exageraciones, como norma de vida permanente.
Pero de nuevo surge el problema actual. ¿La acomodación moderna de la Orden sigue la pista trazada por las primeras generaciones capuchinas? Con mentalidad distinta, con diversidad de entorno, con discrepancia de enfoque; ¿pero con el mismo sincero deseo de practicar de hecho hoy y a nuestro modo la pobreza-austeridad con todas sus consecuencias, en edificios, vestidos, alimentos, uso del dinero y necesarias limitaciones? Si se prefiere, diversas de las vividas por los capuchinos en el siglo XVI; ¿pero reales, no teóricas, en el siglo XX?
4. OBSERVANCIA Y APRECIO DE LA REGLA
Si consultamos las fuentes diplomáticas, legislativas y narrativas del primer siglo de la Orden, un ideal emerge por doquier, foguea el espíritu capuchino y encuadra la actuación de los hermanos: el íntimo, ininterrumpido y anhelante deseo de observar escrupulosamente la Regla y las intenciones del seráfico Padre. ¿Razones? ¿Se deberá a que para el Fundador la norma de vida por él trazada es "la medula del evangelio, el libro de la vida, la esperanza de la salvación y el pacto de la eterna alianza"? ¿Acrecentarán la estima de los religiosos las exhortaciones del Santo para que sus hijos la observen sin glosa y a la letra? ¿Influirá, tal vez, la creencia de que ha sido inspirada directamente por Dios, hasta el punto de considerarla más como obra divina que humana?
Puede opinarse cuanto se quiera; pero la conclusión siempre permanece idéntica; el único motivo fundamental del origen de la Orden capuchina es el cumplimiento visceral de la Regla, que conduce a los religiosos a apreciarla, estudiarla, llevarla consigo, leerla con frecuencia, conversar y meditar sobre ella. Y, como consecuencia, a plasmarla en la práctica, sin mitigación alguna.
La reflexión incluye un problema de hondura. Estudiados científicamente muchos aspectos de la reforma capuchina, reconocidos los íntimos deseos de observar integralmente la Regla y comprobados ciertos extremos de exageraciones concretas, perfectamente comprensibles por la mentalidad del siglo XVI y las lecturas que alimentan la espiritualidad de los primeros reformadores, cabe preguntar: ¿a qué debemos atenernos hoy: a las intenciones por ellos alimentadas, o también, al modo práctico de encarnarlas? En otras palabras: ¿basta al capuchino ser auténticamente franciscano o ha de buscar y mantener sus peculiaridades propias?
Muchas distinciones podrían formularse para responder cumplidamente al problema planteado. Pero estimamos que la realidad no puede apartarse mucho de las siguientes conclusiones: ante todo, se debe mirar las intenciones de los fundadores, y, por lo tanto, la Regla franciscana debe ser para los capuchinos la norma fundamental peculiar de vida religiosa. Las pretendidas exageraciones en cumplirla, las concreciones a la vida práctica ideada por las primeras generaciones, en parte influenciada por la espiritualidad cristiana y religiosa de aquella época, son elementos secundarios, sujetos a necesarios o convenientes cambios; pero ellos han formado un ambiente de familia que, nosotros, sin más, no podemos abandonar. Con todo, lo verdaderamente importante para el capuchino de ayer y de hoy es el esfuerzo denodado en observar, no de palabra y en teoría, sino de hecho y en verdad el espíritu y la substancia de la norma de vida minorítica.
Los capuchinos, a través de los siglos y con las limitaciones propias de la naturaleza humana, han pretendido encarnarlos, acomodando su cotidiana existencia a los postulados fundamentales de la Regla. Y, justo es afirmarlo, la Orden, por haber seguido la trayectoria trazada por ésta en torno a la pobreza, a la humilde y sencilla minoridad, a la exquisita caridad para con los necesitados e indigentes, al íntimo recogimiento con el Señor, ha dejado una huella no despreciable de su vivir y actuar en la Iglesia: el capuchino era algo especial para los fieles sencillos, para el verdadero pueblo de Dios.
En nuestro sincero deseo actual de renovación, tal vez hayamos olvidado en demasía nuestro peculiar sentido franciscano de la vida y la concretización básica y exigente de la Regla. Sin reflexionarlo suficientemente, queremos asemejarnos, quizás en demasía, a los sacerdotes diocesanos y a otros religiosos, haciendo un conglomerado no siempre fácil de digerir. Y, sin pretenderlo, surge una pregunta humilde y sencilla: ¿hoy, la Orden capuchina proyecta luz peculiar de vida y actuación entre los fieles?
[F. Elizondo, OFMCap, Los primeros capuchinos y la observancia de la Regla franciscana, en Selecciones de Franciscanismo, vol. VIII, n. 23 (1979) 297-300]
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FISONOMÍA ESPIRITUAL DE LOS CAPUCHINOS
por Lázaro Iriarte, o.f.m.cap.
Cuando los capuchinos se establecieron en Barcelona, 1578, la pujante reforma se hallaba en lo que podríamos llamar la tercera fase de su evolución. Dejada atrás la etapa de la reacción primera contra la institución, con su tanto de espíritu de rebelión y de fondo polémico, superada la crisis sobrevenida con la apostasía de Bernardino Ochino, la Orden se había situado en el pueblo de Dios con una conciencia segura de su personalidad espiritual y de su misión en la Iglesia. El Concilio de Trento había visto en su última época al vicario general de los capuchinos sentado entre los demás superiores generales de las Órdenes religiosas, pero había contribuido a impulsar la vida y la acción de la reforma hacia una mayor institucionalización, especialmente por lo que hace a los estudios y a los medios de apostolado. La estadística dada a conocer en el capítulo general de 1578 enumeraba 21 provincias, todas en Italia, 325 casas y 3.746 religiosos.
Las 21 provincias eran italianas; ese mismo capítulo de 1578 instituyó los dos comisariatos de Francia, que agrupaban los conventos fundados desde 1574, en que llegaron a París los primeros capuchinos. Italianos fueron los que configuraron el espíritu y la vida de observancia de la primera generación francesa. Los capuchinos españoles, iniciadores de la reforma en Cataluña, se habían formado en Italia. El sello italiano, muy marcado en lo que se refiere a la fisonomía interna, tuvo gran parte en el estilo de las comunidades que se fueron extendiendo por España, si bien poco a poco, como pasó en las provincias del otro lado de los Alpes, la índole nacional se fue abriendo paso, creando no pocos conflictos, que aparecerían en la visita de los ministros generales, empeñados en ver relajación en todo lo que pudiera contrastar con el modo de vivir italiano. Aun la severidad empleada por san Lorenzo de Brindis en su recorrido por los conventos de España se explica en gran parte por esa concepción cismontana.
La fuente fundamental para conocer la espiritualidad de los capuchinos en el primer siglo de su historia son las Constituciones, que constituyen no sólo el código legislativo fundamental, sino sobre todo el auténtico proyecto de vida, con la formulación precisa del ideal intensamente vivido. Un primer esbozo de Constituciones se hizo en el capítulo tenido en el eremitorio de Albacina en 1529, todavía en un clima de contestación; su título original e íntegro es «Constituciones de los Hermanos Menores llamados de la vida eremítica». Más tarde, en el capítulo de 1535, cuando el movimiento se veía consolidado y consciente de sí, se hizo una reflexión a fondo sobre la intensidad de la nueva reforma, bajo la dirección de Bernardino de Asti, hombre de gran cultura teológica y franciscana, hecho al manejo directo de los escritos de san Francisco y de las antiguas fuentes, profundamente compenetrado con el espíritu de san Francisco, clarividente y, lo que más importa, él mismo alma de oración y de auténtica experiencia espiritual.
Él fue quien preparó el texto de las Constituciones promulgadas al año siguiente, 1536, que son las que, en cuanto al texto fundamental, han regido la Orden hasta el capítulo de renovación de 1968. Bernardino de Asti concibió la ley básica de la reforma como un programa de vida, en el cual las motivaciones evangélicas y franciscanas ocupan el lugar primario; las prescripciones aparecen como aplicaciones concretas del ideal, casi desapercibidas. En ulteriores revisiones de esas Constituciones irían apareciendo nuevos elementos jurídicos y penales, a veces en contradicción con las motivaciones espirituales, que se dejaban intactas. Un ejemplo del estilo de legislar adoptado en 1536 lo tenemos en el capítulo séptimo, cuando se habla de las medidas coercitivas con los hermanos culpables. Preceden cuarenta líneas sobre la comprensión y misericordia con que debe ser tratado el pecador, según las enseñanzas de Jesús y de san Francisco; y al final todo termina con esta norma: «Mandamos que en nuestras cuestiones internas y, sobre todo, en la corrección y castigo de los hermanos, no se observe la sutileza de la ley ni se apliquen las marañas judiciarias» (n. 95s). No pensaba Bernardino de Asti que, andando el tiempo, sin modificar esas preciosas motivaciones de hondura evangélica, el capítulo general llegaría a promulgar un Modus procedendi, verdadero código penal adicional; esto sucedería en 1593.
Además de las Constituciones, tenemos las relaciones y crónicas editadas en Monumenta Historica y las circulares de los ministros generales.
LA «REFORMA» CAPUCHINA
Y SUS FUENTES DE INSPIRACIÓN
Cuando se leen las primeras constituciones y los relatos de los cronistas del siglo XVI, una de las cosas que llaman la atención es la insistencia con que se habla de reforma, más aún, de la verdadera reforma que tantos buenos religiosos de la Observancia estaban esperando. Esta insistencia, que llevaba como peligro inevitable lanzar contra la institución, de la que se habían desligado, la tacha de «relajación», originaría más tarde una seria querella por parte de los agraviados, en especial al aparecer el primer tomo de los Anales de Baronio. Todo movimiento reformista tiende siempre a buscar una justificación en esa acusación a la situación precedente. Es difícil afirmar valores con la opción vital de un ideal, como lo hizo san Francisco, sin incurrir en actitudes anti.
El movimiento que se dio en 1525 con Mateo de Bascio no era aislado, ni mucho menos. Había en toda la Orden franciscana una fuerte efervescencia que reclamaba urgentemente cauces legítimos de renovación con un retorno sincero a san Francisco. A la inquietud creciente en Italia había precedido en España la reforma de los guadalupenses, con su anhelo de austeridad y retiro, y el movimiento de las casas de recolección, grandemente apoyado por Francisco de los Angeles Quiñones, ministro general desde 1523.
He dicho que el sello de italianidad aparece patente en la reforma capuchina. Pero debo decir también que la primera inspiración llegó más bien de España. Un cotejo de las Constituciones de Albacina con el Modo de vivir dado por Quiñones, en 1523, para las casas de retiro de Castilla, en 1524 para las de Portugal y en 1526 para las de Italia, pone de manifiesto que lo tuvieron a la vista los capitulares que en 1529 se dieron a sí mismos el nombre de «hermanos menores de la vida eremítica», pero acentuando notablemente el rigor en la austeridad y en la práctica de la pobreza.
Volver a san Francisco fue la consigna desde un principio: «Reformarse no es otra cosa que retornar a la forma original dada en los comienzos a nuestra santa Religión», dice Bernardino de Colpetrazzo. Y el símbolo de este retorno fue recobrar la forma del hábito usado por el santo Fundador, según aparece en las más antiguas pinturas y en los hábitos conservados como reliquias. En concreto fue el capucho cónico lo que distinguió a los agrupados en la nueva reforma y se convirtió en denominación popular. Los valores de forma en aquella época eran de orden primario; no hemos de extrañarnos de que la cuestión del verdadero hábito de san Francisco originara polémicas no siempre pacíficas.
Pero en la base había una voluntad sincera de conformarse en todo a san Francisco, como él se conformó en todo a Cristo. Lo expresaban en estos términos las Constituciones de 1536: «Puesto que en tanto somos hijos del seráfico Padre en cuanto imitamos su vida y doctrina, por lo cual nuestro Salvador dijo a los hebreos: "Si sois hijos de Abraham haced las obras de Abraham"; así, si somos hijos de san Francisco, debemos hacer las obras de san Francisco: por esto se ordena que cada cual se esfuerce por imitar a este nuestro Padre, dado a nosotros como regla, norma y ejemplo, más aún, hemos de imitar en él a nuestro Señor Jesucristo, no sólo tomando en cuenta la Regla y el Testamento, sino todas sus encendidas palabras y sus obras llenas de caridad. Por lo cual deben leerse con frecuencia su vida y las de sus compañeros» (n. 6).
«Dado a nosotros como regla, norma y ejemplo». Francisco siguió siendo siempre, aún después de su muerte, la Regla viva, sobre todo para los celadores de la fidelidad a la Regla escrita. Mientras que la orientación oficial de la Orden, apoyada en la posición jurídica de los doctos, fue aferrándose cada vez más a la letra, leída a la luz de las declaraciones pontificias, el sector «espiritual» tuvo como punto de referencia la vida y la «intención» de san Francisco.
Esa intención se esforzaba por descubrirla Bernardino de Asti, redactor de las Constituciones, no sólo en la letra de la Regla y del Testamento, sino en las encendidas palabras y en el ejemplo del Fundador, y secundariamente en las fuentes biográficas antiguas.
Por desgracia no todos estaban capacitados para establecer esa escala preferencial, quizá porque el acceso a los escritos personales de san Francisco -cartas, admoniciones, Regla no bulada- no era fácil a la mayoría de los religiosos. En realidad, poco a poco los responsables de la formación de los jóvenes capuchinos fueron dando más importancia al Espejo de Perfección y al Libro de las Conformidades, que ofrecían una imagen deformada del Fundador y de los orígenes de la Orden. Las constituciones de 1536 decían ya a este propósito: «Para conocer mejor y al detalle la mente de nuestro seráfico Padre, léanse sus Florecillas, las Conformidades y los otros libros que hablan de él» (n. 142).
Interesante: ese criterio de leer las Conformidades como fuente del genuino espíritu franciscano se mantuvo hasta la revisión de 1968.
Al enlazar con los «espirituales» del primer siglo franciscano, los capuchinos cayeron en el literalismo por lo que hace a la Regla. Mateo de Bascio habría escuchado en la oración las mismas palabras que, según la leyenda recogida por el Espejo de Perfección (n. 1), dijo Cristo a san Francisco ante los ministros: «Quiero que esta Regla sea observada a la letra, a la letra, a la letra». Y lo mismo que en los tiempos de Ángel Clareno, no dejó de producir cierto fanatismo, que se refleja en las relaciones de los cronistas.
Con todo, no faltan testimonios de una pedagogía sana en la fidelidad al espíritu y al contenido evangélico de la Regla más bien que a la letra material. Bernardino de Asti consideraba la sana interpretación de la Regla como un don del Espíritu del Señor a los que la observan con sencillez. Mateo de Schio (+1550) solía decir: «Ahora yo comprendo la Regla porque la observo... La Regla no consiste en practicar observancias; sino que el que está enamorado de Dios e iluminado por el Espíritu Santo puede guardar la Regla de san Francisco, ya que ésta se resume en un verdadero desapropio de sí mismo y en el verdadero amor de Dios. La Regla es espiritual y debe ser observada por el espíritu y para el espíritu». Y Bernardo de Offida (c. 1558): «La Regla es toda espíritu y no se la puede entender sino es por espíritu y observancia...».
Las Constituciones de 1536 (n. 5) contienen un ardoroso compromiso de fidelidad a la Regla, que debe ser observada «sencillamente, a la letra y sin glosa»; se renuncia por ello a toda exposición «carnal, inútil, dañosa y relajatoria», pero se aceptan las declaraciones pontificias; el comentario vivo, sin embargo, ha de ser «la santísima vida, doctrina y ejemplo del Padre san Francisco». El Testamento viene presentado como «glosa y exposición espiritual de la Regla» (n. 6).
A los maestros de novicios inculcaban las mismas Constituciones que no se contentaran con enseñarles observancias y ceremonias, sino sobre todo las cosas del espíritu, «necesarias para imitar perfectamente a Cristo, nuestra luz, camino, verdad y vida», mostrándoles, con el ejemplo y con la palabra, «en qué consiste la vida del cristiano y del hermano menor» (n. 17).
PRIMACÍA DE LA CONTEMPLACIÓN
En la vida de san Francisco y en los orígenes de su Orden, la vida de oración contemplativa ocupa un puesto primario. Una vuelta sincera al Fundador no puede menos de hacer resaltar los valores de la intimidad con Dios, del retiro y de la soledad. Todas las reformas franciscanas, a partir de los observantes del siglo XIV, acentuaron este elemento, incluso exagerándolo en una opción marcadamente eremítica en la primera generación. La época en que aparecen los capuchinos señala el punto culminante de la marcha hacia la contemplación personal.
Los capuchinos se pronunciaron desde el principio por un rechazo neto de todo aparato externo en las celebraciones comunitarias y contra la multiplicidad de «oficios de gracia» y de rezos vocales. El oficio divino debía recitarse en tono recto, sin modulaciones. La misma nota de austeridad y de recolección regía en la celebración de la Misa, pero supieron valorar el sentido comunitario del culto divino, en especial de la Misa. San Francisco había mandado, en la carta a toda la Orden, que en cada lugar no se celebrase más que una sola Misa, aun cuando hubiera varios sacerdotes; y esto, para evitar que la fraternidad se disgregara en el momento más intenso de la unión entre los hermanos.
Todo se subordinaba a la oración mental. Los maestros de la nueva reforma, Bernardino de Asti, Juan de Fano, Eusebio de Ancona, la consideraban como el fin de la Regla y aun de la vida religiosa en general; y se fundaban en la cláusula del mismo san Francisco en la Regla: «Lo que más importa es orar siempre a Dios con corazón puro y mente limpia». De ahí el papel que concedían a la pobreza como la gran liberadora de los impedimentos para la oración.
Para facilitar la espontaneidad y el sosiego de la contemplación solitaria, estaba mandado que hubiera algunas celdas en el bosque próximo al convento, donde por tiempos los hermanos atraídos por la soledad pudieran llevar «vida eremítica» sin ser molestados (Albac. 42). No sólo las ocupaciones manuales y los rezos mecánicos podían ser causa de aminorar la afición a la oración contemplativa, sino aun el ministerio de la predicación. Por eso las Constituciones de 1536 ordenaban que los predicadores, «cuando por el trato con seglares sintieran disminuir en ellos el espíritu, volvieran a la soledad, y en ella estuvieran hasta tanto que, llenos otra vez de Dios, los impulsara a diseminar las gracias divinas por el mundo...» (n. 114).
POBREZA EVANGÉLICA, LA GRAN LIBERADORA
Una vuelta sincera a san Francisco no puede menos de llevar consigo el redescubrimiento del ideal y de la vida de pobreza evangélica. La primera generación capuchina hizo de la pobreza como el cimiento del compromiso personal y colectivo de seguir a Cristo según el ejemplo y las enseñanzas de san Francisco. Bajo el magisterio de Bernardino de Asti, la espiritualidad de la reforma supo captar todo el sentido profundamente evangélico de la pobreza voluntaria y se ligó aun con las consecuencias heroicas de la misma. Es lo que aparece en las extensas motivaciones del capítulo sexto de las Constituciones de 1536. La «altísima» y «celestial» pobreza (n. 38, 69, 81) es llamada «madre santísima», «madre amadísima» (n. 23, 27, 84), «reina y madre de todas las virtudes, esposa de Cristo y del seráfico Padre» (n. 27), «firmísimo fundamento de toda la regular observancia» (n. 126).
Pero la pobreza, aun siendo tan fundamental, no es la meta de una vida; sigue siendo medio de perfección, y ésta consiste en la caridad. Ante todo, la razón última de elegir una vida en pobreza es la opción hecha por el Hijo de Dios, «hecho pobre por nosotros en este mundo» (2 R 6,3); una vida señalada por la pobreza desde el nacimiento hasta la cruz (n. 69).
Ya san Buenaventura había puesto de relieve la importancia de la práctica de la pobreza como disposición para las ascensiones místicas. Los capuchinos vieron desde el primer momento en la renuncia a los bienes y a todo afecto terreno un requisito imprescindible para la verdadera oración. Bernardino de Asti enseñaba que tres virtudes son el fundamento de la vida de un verdadero capuchino: caridad, pobreza y oración. Las tres se necesitan mutuamente.
a) Pobreza-abdicación. Como verdaderos franciscanos, los primeros capuchinos daban más importancia a la pobreza del grupo que a la de cada hermano. Es la fraternidad como tal la que se compromete a vivir en pobreza total, en inseguridad, renunciando a los medios fijos de vida. No es la pobreza monástica, que toma como modelo la primera comunidad de Jerusalén, esto es, la vita communis fruto de la renuncia individual, sino la pobreza apostólica, la de Cristo y los apóstoles. Aceptaron la interpretación tradicional del Nada se apropien de la Regla (2 R 6,1), en sentido jurídico de abdicación del dominio, en conformidad con las declaraciones pontificias, pero teniendo presente el sentido evangélico dado por san Francisco.
b) Pobreza-peregrinación. El sentido de peregrinación, connatural a la vocación cristiana y tan esencial en el ideal de pobreza de san Francisco, lo vivieron intensamente los primeros capuchinos; la misma preocupación de depender de propietarios inmediatos de las casas y lugares obedecía, de acuerdo con la Regla, a la voluntad de no instalarse en lugar alguno. A la misma mística de peregrinación respondía la manera sencilla y provisional de hacer los edificios en los «lugares» (nunca dieron el nombre de «convento» ni menos de «monasterio» a la vivienda). En los comienzos eran eremitorios o construcciones abandonadas. Debían estar situados ni demasiado cerca ni demasiado lejos de las ciudades, buscando un equilibrio entre la soledad y la integración en el contexto humano. Las Constituciones se atenían a la norma dada por san Francisco en el Testamento para las casas e iglesias; habían de ser «pequeñas, humildes, despreciables y bajas, para que todo predicase humildad, pobreza y desprecio del mundo». Lo mismo las iglesias: «pequeñas, pobres y sencillas», y esto por un sentido de minoridad. Aun cuando más tarde las casas se hicieron con material más consistente, los capuchinos se mantuvieron fieles a la norma de sencillez y austeridad.
c) Pobreza-minoridad. San Francisco dio mayor importancia a la pobreza interior, del espíritu, que a la exterior de las cosas materiales. «Vivir sin propio» significa para él tener el corazón verdaderamente «desapropiado», liberado de toda ambición, codicia, propia complacencia, envidia de los bienes ajenos. Las Constituciones de 1536 recogen esta doctrina; y era inculcada a los hermanos por los maestros de la primera generación. El binomio pobreza-humildad, que hallamos en los escritos de san Francisco, se expresa con el término minoridad, que quiere decir actitud evangélica de no ocupar los primeros puestos, de no estar sobre los otros, de no imponerse a ninguno, sino estar al servicio de todos, siempre disponible para hacer el bien, sin pretender ni compensaciones ni gratitud ni honores o gloria.
d) Pobreza-austeridad. La joven reforma, al igual que los demás movimientos del tiempo, franciscanos y no franciscanos -como por un acuerdo tácito denominado de descalzos-, hizo de la austeridad la palabra de orden. El hombre del siglo XVI, aristócrata o burgués, era amigo de comodidades, del bien vestir, especialmente del bien calzar; la vanidad de quien tenía medios aparecía en la ostentación de los grandes palacios con sus portaladas solemnes, sus espaciosos ventanales, sus salones altos y profusamente adornados, de las carrozas lujosas, de las quintas señoriales, de los banquetes de manjares variados y refinados. La pobreza no suponía sólo, para los capuchinos, elegir un modo de vivir pobremente, sino la respuesta profética a todo aquel «mundo». En todas las cosas, establecían las Constituciones de Albacina, «ha de resplandecer la sobriedad, la pobreza y la austeridad» (n. 15). Las fuentes hablan, como de un elemento connatural a la pobreza, de la santa rudeza, vileza, sencillez, estrechez. «La austeridad aterrorizaba, la pobreza y sencillez enternecían, y la devoción conmovía» a los que visitaban los «lugares» de los capuchinos (Pablo de Foligno).
e) Pobreza-fraternización con los pobres. La pobreza no es una opción filosófica o ascética, sino una realidad trágica en los que son víctima de ella. San Francisco, en su itinerario penitencial, descubrió primero al pobre, como un hermano, después descubrió al Cristo pobre y paciente. Para él la pobreza es una existencia pobre, la de todo hombre que padece penuria, marginación u opresión; pero, sobre todo, es la existencia del Hijo de Dios, «hecho pobre por nosotros en este mundo» (2 R 6,1), el cual afirma que lo hallaremos siempre que vayamos al encuentro de todo hermano que tiene necesidad de nosotros. También en el origen de la reforma capuchina nos encontramos con el mismo itinerario. Mateo de Bascio, en 1525, se sintió llamado a renovar la pobreza franciscana después de haber ejercido la caridad con un desgraciado. Él y los primeros iniciadores de la reforma se acreditaron ante la población en la asistencia denodada a los apestados. Pedían hospitalidad gustosamente en los hospitales y se entregaban a los servicios más humildes en los mismos. Además, existía la norma de compartir con los pobres la parvedad de los propios recursos.
VIDA FRATERNA
La pobreza y la austeridad sólo son auténticamente evangélicas si liberan los corazones para el amor. Tomás de Celano pone de manifiesto el papel que la vida de pobreza voluntaria desempeñaba en el grupo inicial formado por san Francisco: libre y desprendido de afanes terrenos y de afectos «privados», cada hermano volcaba en los otros toda la intensidad del amor (1 Cel 39).
Esta conjunción feliz de renuncia y de gozo en la convivencia fraterna, difícil de comprender para quien no capta el dinamismo evangélico en profundidad, supieron realizarla las primeras generaciones capuchinas. Los cronistas nos ofrecen cuadros sorprendentes de ingenuidad, espontaneidad, compenetración y ayuda recíproca, de manifestaciones de amor fraterno hasta la ternura, en un clima de alegría y de sencillez.
Al recobrar la espontaneidad original, hallaron absurdos los convencionalismos de precedencia, jerarquías, exenciones y todo cuanto afea la igualdad fraterna, incluso la diferencia entre sacerdotes y no sacerdotes en el interior del grupo. En los primeros decenios, gran parte de los superiores locales eran hermanos legos, y ellos iban también como delegados a los capítulos, hasta que el Concilio de Trento puso fin a esta práctica.
VITALIDAD APOSTÓLICA
Tras un primer estadio de concentración eremítica, que no es precisamente anacorética, ya que con el cultivo de la soledad va unida la intimidad fraterna, suele seguir en las reformas franciscanas una incontenible expansión evangelizadora. En los capuchinos, este segundo tiempo no se hizo esperar, tal vez vino demasiado pronto para algunos que hubieran necesitado más tiempo de cenáculo recoleto.
Ya el capítulo de 1535, bajo Bernardino de Asti, lanzó a la nueva reforma a la predicación en gran escala. El capítulo nueve de las Constituciones ofrecen la descripción ideal del anunciador del Evangelio: hombre de profunda experiencia del trato con Dios, enamorado de Cristo, contemplador de la Palabra de Dios, lleno de celo por la salvación de las almas, ejemplar en toda su vida, ardoroso, pero prudente en lo que dice, dando gratuitamente lo que gratuitamente ha recibido, duro con los vicios, pero suave con el pecador, cuidadoso de poseer la necesaria cultura teológica, en especial de la sagrada Escritura.
Esta fue la razón única de que, no obstante el recelo expresado en el capítulo de Albacina contra la ciencia, en 1535 se determinara establecer «algunos devotos y santos estudios, impregnados de caridad y humildad» (n. 122). Andando el tiempo la Orden se abriría plenamente al cultivo de las ciencias sagradas, siempre con el único fin de formar sacerdotes convenientemente preparados y dando siempre la primacía a la sagrada Escritura.
Los predicadores capuchinos renovaron la predicación de la época, sea aligerándola del uso eclesiástico de divisiones y sutilezas, que la hacían pesada y nada accesible al pueblo, sea principalmente reaccionando intencionadamente contra la moda humanista de hacer alarde de erudición clásica, aun mitológica.
Pero no fue la predicación la única forma de apostolado de los capuchinos en el siglo XVI. Hemos hablado ya de la asistencia caritativa a los hambrientos y apestados. Muy pronto se distinguirían como impulsores de iniciativas sociales, como enviados de paz, como válidos directores de almas, etc.
Y hay que añadir la conciencia de la vocación misionera de la Orden. Ya las Constituciones de 1536 recuerdan el celo de san Francisco por la conversión de los infieles, estimulan a ofrecerse para tal empresa a los hermanos que se sienten llamados, en conformidad con la Regla.
CONCLUSIÓN
De nuevo nos hallamos hoy en el esfuerzo por volver sinceramente al Evangelio y a san Francisco. ¿Cuáles son los elementos de la espiritualidad de la reforma capuchina que constituyen un reclamo en el momento actual?
1. Ante todo, esa misma consigna de retorno a san Francisco, superando convencionalismos y adherencias de tiempos y situaciones que ya no existen. Hoy tenemos medios mejores de conocer el espíritu y las «intenciones evangélicas» del Poverello. Pero quizá nos falte aquella sinceridad elemental de los reformadores.
2. El elemento contemplativo, esencial en la vida franciscana, está en la aspiración de muchos y es actualísimo en un momento en que el Espíritu Santo está impulsando tantos movimientos en el seno de la Iglesia hacia el descubrimiento de la oración como clima de la experiencia de la fe. No estaría mal exagerar, como en los comienzos de las reformas, esa nota de retiro y de recolección para recobrar el sentido de la oración.
3. La pobreza evangélica. «Los contemporáneos nos interpelan con insistencia, a nosotros los religiosos, sobre nuestra fidelidad a la pobreza prometida» (Pablo VI, Ev. testif. 16). ¿Estamos en disposición de asumir, en nuestro tiempo y para nuestro tiempo, los gestos heroicos de los antiguos capuchinos?: a) en cuanto a la abdicación, renunciando a la autonomía, si no en la posesión de los edificios, sí en lo que se refiere a obras e instituciones, recursos propios de acción, etc., optando más bien por una inserción en obras, instituciones e iniciativas ajenas; b) en cuanto al sentido de peregrinación y de disponibilidad, renunciando a tantas formas de instalación personal o colectiva que hoy nos quitan la libertad evangélica y apostólica; c) en cuanto a la actitud de minoridad en medio del pueblo de Dios, si no con la renuncia a la exención canónica, muy delimitada hoy por el Concilio, sí con una participación desinteresada en la pastoral de conjunto y con la preferencia por campos de acción y de servicio a los hermanos, sin lustre y sin provecho temporal; d) la pobreza-austeridad fue un concepto muy actual en el siglo XVI, que hoy quizás sea más difícil restaurar en nuestra sociedad del confort y del consumo; en cambio, son muy actuales ciertos aspectos de esa misma pobreza, como son la sencillez, la sobriedad, el contentarse con lo elemental...; pero ciertamente la pobreza evangélica no es una disciplina ascética, sino una liberación para amar y darse; e) el aspecto de hoy es seguramente el de ver en la pobreza voluntaria un compromiso de fraternización con los pobres; los primeros capuchinos tradujeron ese compromiso en el gesto heroico de obligarse a socorrer a los necesitados en tiempo de carestía y a los apestados en tiempo de epidemia; hoy se ofrecen nuevas oportunidades: los marginados, los emigrantes, los drogadictos...
4. La vida fraterna busca cauces evangélicos de espontaneidad y de compenetración, lo mismo que en el origen de nuestra reforma. Lo importante es que sepamos poner los presupuestos imprescindibles de ese redescubrimiento: desapropio, sobre todo afectivo, aceptación de cada hermano como es, mutua apertura y confianza, conciencia de hallarnos ligados por un compromiso de grupo a un ideal de vida sumamente exigente, que hemos de llevar adelante entre todos, con lealtad fraterna. Para ello se impone el diálogo confiado, el espíritu de servicio, que tiene como fórmula evangélica la obediencia, un estilo de mando que brota de esa misma actitud de servicio, y una proyección externa de la hermandad descubierta y realizada primero hacia adentro.
5. La acción apostólica tiene hoy la misma raíz de siempre y, más o menos, se desenvuelve por los mismos cauces que hallaron los antiguos capuchinos: experiencia personal de la fe, de la intimidad con Dios, mensaje sincero y directo, denuncia profética con nuestra vida y con nuestra palabra de lo que nuestra sociedad tiene de antievangélico, audacia de ser diferente en un mundo más preparado que nunca para descubrir los valores de una vida de renuncia, de autenticidad cristiana, de verdad austera y diáfana.
[Extraído de L. Iriarte, OFMCap, Fisonomía espiritual de los primeros capuchinos. Rasgos fundamentales de su espiritualidad, en Selecciones de Franciscanismo, vol. VIII, n. 23 (1979) 277-296] .
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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor ayga127 » Vie Abr 17, 2015 7:29 pm

Orden Franciscana Seglar (OFS) en República Dominicana
La Orden Tercera fue fundada en el país en el templo patronal de Nuestra Señora de Las Mercedes, el 4 de Octubre de 1914. El año siguiente, en 1915, en la misma fecha fueron ya más de 150 los hermanos y hermanas los que vistieron el santo hábito de San Francisco de Asís e hicieron su profesión.
Las reuniones principales eran dos veces por mes: los domingos primeros eran para la instrucción y los terceros para las reuniones de la fraternidad.
El 16 de noviembre de 1919, Fray Cipriano de Utrera, celebró la toma de hábito de 34 personas en la Parroquia de San Pedro de Macorís.
Con su carisma genuino los Frailes Capuchinos propagaron la Orden Franciscana Seglar en toda la geografía nacional. Los terciarios dominicanos viven auténticamente el Seguimiento de Cristo, tras las huellas de San francisco, expresado en la Regla, dando testimonio de santidad en sus respectivas fraternidades.

Entre muchas figuras destacadas en la orden franciscana seglar del país tuvimos el muy querido y recordado P. Fantino Falco, quien se consagró en la orden tercera aún siendo sacerdote secular. Así también muchos sacerdotes y laicos viven la aventura franciscana desde su opción preferencial.

La Venerable Orden Tercera Franciscana de Santo Domingo tiene en la actualidad, aproximadamente 18,000 hermanos, motivo por el cual se ha convertido en la fraternidad más grande del mundo.

Fuente:http://frailescapuchinos.com/
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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor ayga127 » Vie Abr 17, 2015 7:52 pm

CARACTERÍSTICAS Y ESPIRITUALIDAD
DE LA REGLA FRANCISCANA



La Regla de los Hermanos Menores aprobada por Honorio III en 1223, a la cual los hermanos dicen el «sí» en la profesión, es el fundamento de su fraternidad. Esta Regla es ciertamente un documento de carácter jurídico que contiene prescripciones jurídicas con limitaciones precisas. Y este aspecto, en el pasado, ocupó de tal manera el primer plano que, debido a la casuistica derivada del mismo, se olvidó que esta Regla es también un documento espiritual. Este predominio de la mentalidad jurídica impidió a muchos Hermanos Menores aceptar con gozo su Regla. Buscaban el espíritu y la vida en otra parte, no en su Regla.
LOS ELEMENTOS FUNDAMENTALES
1.-Intentemos, pues, recoger en la Regla los elementos más importantes de este espíritu animador de la vida.
a) Los hermanos deben vivir en el espíritu del Evangelio, como se dice en la primera y en la última frase de la Regla misma, que impregnan así todo su contenido. El Evangelio es la forma de vida que los hermanos han aceptado en su profesión: «... y guardemos el santo Evangelio de N. S. Jesucristo, que firmemente prometimos». Puesto que Francisco en general no fija esta vida según la forma del santo Evangelio en todos sus pormenores, es evidente que deja a la Orden la posibilidad de adecuarse en cada ocasión a los estímulos e impulsos que provienen de una más profunda inteligencia y comprensión de la Sagrada Escritura.
b) El segundo fundamento de la vida de los Hermanos Menores, fijado también éste de manera decisiva en el primero y en el último capítulo de la Regla, es la unión con la Iglesia. La vida de los hermanos, además de calcada en la forma evangélica, debe igualmente estar siempre e incondicionalmente injertada, mediante la obediencia fiel, en la vida de la Iglesia. También aquí la Regla se contenta con indicaciones genéricas, pero insistentes: «Siempre súbditos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica», los hermanos deben guardar el santo Evangelio. Por consiguiente, queda también aquí la posibilidad de adaptar la vida de la Orden al conocimiento acrecentado de la vida íntima y externa de la misma Iglesia.
Estas dos bases no se han fijado de una vez para siempre, sino que han de examinarse continuamente y deben estar inmersas en la acción del Espíritu Santo en la Iglesia. Tal vez por esto, Francisco pensó en establecer que el Ministro General de la Orden es el Espíritu Santo, y así hubiese querido ponerlo expresamente en la Regla de no habérselo impedido el hecho de que había sido ya aprobada por el Papa.
c) Esta «vida de los Hermanos Menores», como vida evangélica en la Iglesia, centrada en la contemplación de la pobreza y humildad de N. S. Jesucristo, halla su auténtica expresión en la «minoridad» y en la «fraternidad». En resumidas cuentas, tal «vida» debe ser una hermandad evangélica, que sólo la pobreza y la humildad pueden garantizar, proteger y potenciar; ésta es para los hermanos la realización del Reino de Dios, como afirma S. Francisco en el emocionante himno del capítulo sexto de la Regla: «Ésta es la eminencia de la altísima pobreza, que os instituyó, carísimos hermanos míos, herederos y reyes del reino de los cielos, os hizo pobres de bienes temporales, os sublimó en virtudes. Ésta sea vuestra herencia, la cual conduce a la tierra de los vivientes».
d) Precisamente porque se trata del Reino de Dios, la Regla exige un espíritu que respete, por encima de todo, la libertad de Dios. La Regla quiere que se garantice absolutamente la libertad de intervención inmediata de Dios en la vida de los hermanos. No pretende interponerse, ni como obstáculo ni como norma, entre Dios y los hermanos; la vida de éstos debe estar constantemente sometida al dominio de Dios. Y mientras nosotros habríamos esperado prescripciones más precisas para tantos pormenores, Francisco nos remite sencilla y fielmente a Dios: «como el Señor les inspirare»; «por divina inspiración»; «con la bendición de Dios», es decir, que Dios pueda aprobarlo, (bene dicere); «según Dios»; «en el nombre del Señor». Estas y otras expresiones semejantes -hay diez en la Regla- fundamentan la necesidad de una vida total de fe, no aferrada a la letra de la ley, sino abierta en cada situación y abandonada a la acción del Dios viviente.
El pobrísimo Francisco tenía un raro y delicado sentido de la acción inmediata de Dios en el hombre, que reconoce a Dios como el verdadero autor y señor de todos los bienes de nuestra vida. El abandono en manos de Dios que brota de ahí, la firme confianza en su paternal guía, no pueden ni deben ser obstaculizados nunca por ley humana alguna.
El perfecto abandono a Dios, garantizado por el misterio de la pobreza, hace que Dios sea concreta y directamente Padre de los hermanos. Por él, los hermanos son «hombres bajo el Señorío de Dios». No por casualidad la Regla llama a los hermanos «siervos de Dios» y «sirvientes del Señor», tal como la Escritura, en el Antiguo y Nuevo Testamento, define al hombre que pertenece a Dios en calidad de siervo suyo. Son cabalmente estos términos bíblicos los que excluyen toda falsa interpretación, como si la Regla dejase a cada uno hacer lo que quiera en estos puntos.
Al contrario, el pertenecer a Dios debe estimular en cada hermano un fortísimo sentido de responsabilidad personal, en virtud del cual puede y debe decidir sólo y siempre por Dios y por su Reino. La verdadera libertad en Dios hay que buscarla en este sincero sentido de responsabilidad personal. Así como la auténtica libertad de los hermanos, como hijos de Dios, está garantizada por la confiada obediencia en este servicio de Dios. Y precisamente bajo este aspecto se pone en evidencia la responsabilidad que cada uno de los hermanos tiene delante de Dios.
HERMANO ESPIRITUAL
2.- La realización del Reino de Dios en la Fraternidad de los Menores será posible sólo en la medida en que -como describe el cap. 10 de la Regla, ensamblándolo todo- el «espíritu de la carne», es decir, el egoísmo, la soberbia, la vanagloria, la envidia, la avaricia, el orgullo, la obstinación, sea superado, extirpado y suplantado en cada hermano por el «espíritu del Señor» y por «su santa operación»; que es como decir, en la proporción en que cada uno llega a ser verdaderamente «hermano espiritual» en el sentido que le da la Regla.
Ahora bien, vencer el espíritu de la carne, del propio «yo», por medio del espíritu del Señor es penitencia en el sentido de la metanoia evangélica, de la que Francisco habla tantas veces y que describe en la Regla con siempre renovadas expresiones. Su núcleo es la pobreza en cuanto «vivir sin propio», una pobreza exterior y más aún interior. Ciertamente la pobreza material es importante; pero la interior, de la que trata la Regla de múltiples maneras, la pobreza que se funda sobre la real y sincera despreocupación del interés personal en todo, es de una importancia mucho más decisiva. Es ella precisamente la que crea en el hombre el ambiente y la disponibilidad para el «espíritu del Señor y su santa operación».
Francisco, pues, no considera la pobreza como un valor absoluto. Tiene una función de medio, de protección, de ayuda. La pobreza es el camino para la hermandad cristiana arraigada en el amor desinteresado, como demuestra, además del cap. 10 de la Regla, la trabazón íntima que hay entre las dos partes del cap. 6. Para decirlo con palabras de la Historia de la salvación: la pobreza es el camino del Reino de Dios.
OBEDIENCIA Y LIBERTAD
3.- Por estas razones, el apostolado de los Hermanos Menores no está ligado a la «estabilidad del lugar», como atestiguan el contexto del cap. 9 y la última parte del cap. 3.
Los hermanos deben peregrinar libremente por el mundo y trabajar por el Reino de Dios allá donde sea mayor la urgencia. De ahí que el Hermano Menor no es recibido en un convento, sino que, según la Regla, «es recibido a la obediencia». El verdadero convento es la relación de obediencia que une a superiores y súbditos. Por esto, Francisco usa de muy buena gana como preposiciones de lugar: «más allá de la obediencia», «fuera de la obediencia», «permanecer en la obediencia», y raramente «contra la obediencia». Los hermanos, viviendo en esta relación de obediencia, ejercen su apostolado, conscientes de que sola esta obediencia que han aceptado en su profesión puede hacer sentir, en su vida proyectada fuera de la clausura, aquellos lazos sin los cuales no puede subsistir una comunidad. Semejante relación obediencial no es, sin embargo, dominio, sino servicio en el espíritu del Evangelio: «Porque así debe ser, que los ministros sean los siervos de todos los hermanos». También esta relación obediencial se inserta en el gran misterio de la pobreza y vive en tensión hacia la Pobreza obediente, hacia el «anonadamiento de Cristo». Y el apostolado de los hermanos únicamente será bendecido y fructuoso en esta obediencia, como dice la misma Regla: «Y ningún hermano se atreva a predicar al pueblo si no fuere examinado y aprobado por el ministro general de esta fraternidad y no hubiere recibido de él el oficio de la predicación».
LO NECESARIO PARA LA VIDA
4.- La pobreza y la obediencia quedan aún más especificadas en la Regla por el concepto de necesidad. La vida de pobreza minorítica, tal como se prevé en la Regla, está siempre bajo el signo de la necesidad. Es lícito y justo procurar aquello que puede remediar la necesidad, lo que es indispensable para la vida del hombre, sin lo cual tampoco el hermano puede pasar.
En seis pasajes importantes habla la Regla de esta «necesidad», de «lo necesario para la vida». Sin embargo, no determina su alcance, dejando la decisión a la conciencia de los hermanos, tanto superiores como súbditos. Francisco hace esto con tanta naturalidad como si fuese una cosa del todo natural y obvia, que no merece la pena «regular». Esto vale tanto para aquellos «que son constreñidos por la necesidad» a llevar calzado, como para la «manifiesta necesidad» durante la cual los hermanos no están obligados al ayuno corporal, y para la «manifiesta necesidad» que permite a los hermanos incluso cabalgar, o usar hoy un automóvil. Idéntico criterio se da a los superiores en su obligación de proveer a sus hermanos: «Así como vieren que conviene a la necesidad»; y a los hermanos que trabajan, a quienes se concede que reciban, como precio del trabajo, lo «necesario a la vida» para sí y para sus hermanos.
La Regla reconoce, pues, que en caso de necesidad se debe afrontar la situación incluso con excepciones y, con todo, no determina los límites jurídicos para enmarcar el estado de necesidad. Evidentemente porque se debe juzgar, caso por caso, lo que conviene hacer.
Es cierto que esta libertad sin contornos jurídicamente bien definidos podía llevar a abusos: uno podía tener más pretensiones que otro, o permitirse más que los otros. Sin embargo, en el cap. 6 de la Regla está el remedio contra este peligro. Es «por desgracia» sólo un principio espiritual, no jurídico-legal, pero claramente vinculante y obligatorio en conciencia: cada hermano debe atender a la necesidad del propio hermano con una caridad mayor que el amor de una madre a su hijo. Dondequiera que se encuentren o lleguen a estar juntos, los hermanos deben actuar la perfecta comunidad del dar y del recibir. Deben, a todos los efectos y de veras, tener y usarlo todo en común, manteniéndose así disponibles para las necesidades de los demás.
En el espíritu de la genuina pobreza, con el ánimo de «no querer retener nada para sí», cada uno debe estar pronto para socorrer la necesidad de los otros. De esta manera, queda absolutamente excluida de su vida y de su comunidad la apetencia de poseer y la avaricia que incluso en la vida de la Iglesia amenazan de muerte el espíritu de la verdadera fraternidad evangélica. Si los signos de los tiempos no engañan, la Iglesia, en la época posconciliar, necesitará este testimonio y lo esperará con viva ansia.
LA COMUNIDAD
5.- Según nuestra Regla, los elementos que crean la vida común de los hermanos son los siguientes:
- El culto divino, en íntima unión con la vida de la Iglesia; en él, la vida común de los hermanos alcanza su vértice supremo, su verdadera fuente, su significado más sublime; la Regla trata de él precisamente antes que cualquier otra cosa referente a la vida práctica de los hermanos (cap. 3).
- La obediencia según la nueva y originalísima concepción de espacio, de ambiente; quien sale de ella se hace inhábil para el Reino de Dios (cap. 2).
- La «familiaridad»: fundada sobre una caridad mayor que el amor de una madre (cap. 6) e inserta en la atmósfera que, según el cap. 10, debe reinar, sobre todo, entre superiores y súbditos.
- El amor, más que materno, entre los hermanos espirituales, es decir, entre hermanos animados sólo por el espíritu del Señor: ésta es su casa, por lo cual «muéstrense familiares -domésticos- entre sí» (cap. 6).
Estos cuatro elementos básicos son la prueba clara de que la Fraternidad de los Hermanos Menores se funda más en vínculos personales que ambientales.
6.- La Regla nos proporciona también los elementos que conservan esta vida común. Son los siguientes:
- Los vestidos: sencillos e iguales para todos y, sobre todo, no costosos; tales que, «dondequiera que se encontraren los hermanos» por los caminos, puedan reconocerse entre sí (caps. 2 y 6).
- El superior general para toda la Fraternidad; por él, la vida de los hermanos queda ordenada en la obediencia a la Iglesia, de suerte que el vínculo que viene a parar en él, los mantenga unidos aunque estén dispersos «dondequiera que se hallen los hermanos» (cap. 1 y 8); y deberán obedecer también a sus representantes en los diversos territorios, es decir, en las provincias (cap. 8 y 10).
- Los capítulos que han de convocarse regularmente, sobre todo los capítulos provinciales, si y en cuanto pueden considerarse un encuentro de los hermanos con su ministro en el interés de la vida común de la Fraternidad (cap. 8).
- Y por último, la Regla misma que, con sus profundas enseñanzas verdaderamente espirituales, tiende a imprimir constantemente en la vida de los hermanos el sello de «hermanos de veras menores».
CONCLUSIÓN
La Regla, pues, trata de una vida. Se dirige a la vida concreta de los Hermanos Menores de todos los tiempos y quiere animarlos integralmente del espíritu del Evangelio e insertarlos en la vida de la Iglesia. El modo en que cumple esta tarea es del todo original. Admitamos que tal modo es insuficiente desde el punto de vista jurídico-legal. Es un hecho que viene confirmado por las múltiples declaraciones de la Regla, oficiales o privadas. Lo atestiguan igualmente las más de treinta y seis ediciones de las Constituciones Generales, que son el complemento necesario a la Regla. Mas con todo, es ciertamente un modo excelente por su espíritu evangélico.
La Regla quiere no sólo ser vivida jurídicamente, sino también, y mucho más, correr el riesgo a una con la fe cristiana. Es la misma Regla la que incita a afrontar este riesgo, como nos lo hacen ver los frecuentes reclamos a la «divina inspiración» y a la «necesidad de los hermanos». Nuestra vida según la Regla no puede sustraerse a este riesgo que está en el Evangelio mismo; más bien debe ser una lucha generosa por el «Espíritu del Señor y su santa operación». Consolidados en este espíritu, deberemos procurar cada día hacer lo que Francisco quiere proteger con tanto vigor en el cap. 10 de la Regla: empeñarnos siempre y en todo lugar en guardar la Regla no «a la letra y sin glosa», sino de una manera ciertamente más difícil: «guardar la regla espiritualmente».
Fuente: http://www.franciscanos.org/
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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor thelmigu2014 » Vie Abr 24, 2015 2:26 pm

Muy buenas tardes a todos, por fin, después de tanto tiempo de ausencia, me es grato saludarles y reincorporarme al curso.
No me es fácil seguirles por cuestiones de trabajo, me ausento unos días, pues trabajo en un área rural, pero procuraré ponerme al día.
La tecnología tampoco es mi fuerte, así que por favor me tienen paciencia en relación a lo de las fotos.

La Iglesia y Convento de las Capuchinas… un lugar de recogimiento y espiritualidad

28.03.2015, en Guatemala, por Juan Manuel


Su nombre original: “Convento e Iglesia de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza”. Ahora más conocido como “Las Capuchinas”.

Está ubicado en la 2ª Avenida Norte y la 2ª Calle Oriente. Éste fue el 5º y último Convento que se construyó en aquella época. Y también fue el 1º en dejar de exigir una dote para las nuevas internas, circunstancia que impedía a muchas jóvenes de escasos recursos acogerse a la vida religiosa.

Sin embargo, esto sólo fue un precedente ya que en el convento solamente se aceptaban de 25 a 28 monjas bajo la supervisión de una abadesa. Según parece a Santa Teresa de Ávila no le gustaba que fueran más de 18.

Éste lugar, donde se construyó tan magno convento, parece que estaba destinado originalmente para un proyecto llamado “del niñado”; y las monjas de la Orden de las Clarisas Capuchinas deberían haber estado adjuntas al Convento del Carmen. Esta orden de las Clarisas Capuchinas pertenece a la 2ª orden de San Francisco, constituye la rama femenina de la reforma franciscana, y tienen un marcado carácter contemplativo de clausura. Pero al Arzobispo de aquel tiempo el Sr. Juan José Gómez de Parada, no le pareció conveniente, y después de consultas con el Rey Felipe V, logró su aprobación y hasta ayudó a su financiamiento.

Su construcción se inició en el año de 1,731; después de algunos cambios estructurales y de diseño, se terminó en el año de 1,736. Todo esto se hizo bajo la supervisión de Diego de Torres, Arquitecto Mayor de la Ciudad.

La aprobación para la llegada de las Monjas Carmelitas a Guatemala, la hizo el Rey Felipe V en el año 1,725. Así que cuando ellas llegaron a Guatemala, tuvieron que estar un tiempo en el Convento del Carmen.

Finalmente, en 1,736, las monjas tomaron posesión de su nuevo convento. La rutina diaria de las profesas estaba regida por una estricta disciplina que incluía las reglas máximas de pobreza, penitencia y ayuno, asimismo deberían subsistir solamente con las limosnas proveídas por los fieles.

Entre las estructuras sobresalientes de dicho convento, están la llamada “Torre del Retiro” que es única en América, son 18 celdas dispuestas en forma circular y cada una tiene su propio retrete y área de estudio, lo que ha motivado que se la considere como la primera edificación de apartamentos del continente. Debajo de esta área del noviciado se encuentra una columna de 3 metros de diámetro en forma de hongo que sostiene y forma la base de esta edificación. Este sótano además, probablemente habrá servido también como bodega.

Su iglesia consta de una sola nave y no posee alas a sus costados. Tiene dos áreas para coros, una en la planta baja a un lado del altar y la otra en la parte superior al final de la nave.

La fachada de esta iglesia monástica, al igual que la de la Escuela de Cristo, fue trabajada en piedra, característica que la hace diferente a todos los demás templos coloniales de la ciudad.

En su interior posee muchas criptas que no eran exclusivas para el entierro de sus miembros, sino que también eran usadas para el recogimiento y la oración, lo que da a este lugar una profunda espiritualidad.

A pesar de que la orden patronalmente estaba dedicada a la Virgen del Pilar, su iglesia siempre estuvo dedicada al Arcángel San Miguel a quien tenían una profunda devoción.

Sin embargo, este monasterio sólo existió 47 años, aunque en este tiempo tan corto fue un ejemplo espléndido de la vida conventual.

Con los terremotos de Santa Marte en 1,773, pareciera que el convento no fue del todo afectado, pero debido al traslado obligatorio de la ciudad, fue totalmente desmantelado, y todos sus bienes fueron trasladados al nuevo templo de San Miguel de Capuchinas en la actual ciudad capital de la Nueva Guatemala de la Asunción.

Con la propiedad en un total abandono, finalmente fue autorizada su venta en el año de 1,813, y sus instalaciones se destinaron para varios usos, como el secado del café en sus patios y también funcionó una tintorería.

En el año de 1,943 comenzó su preservación. Hacia el año 1,950, el Instituto de Antropología e Historia de Guatemala desarrolló trabajos de restauración. Y en 1,972 se instalaron las oficinas del Consejo Nacional para la protección de
La Antigua Guatemala. En la actualidad constituye uno de los sitios más visitados por los turistas nacionales e internacionales.

Visitar este lugar es realmente mágico, nuestra imaginación vuela de manera indescriptible al contemplar sus instalaciones, es uno de los lugares mejor conservados y que mejor reflejan la vida monástica conventual de aquella época
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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor thelmigu2014 » Vie Abr 24, 2015 2:36 pm

Un poco más sobre los capuchinos:

Capuchinos comparten el secreto Franciscano
Oración, pobreza, austeridad, fraternidad, sencillez en la predicación y dedicación a los más pobres y marginados de la sociedad


Por: Cristina Ferrer |



Aunque ambos comparten el apelativo, conviene saber que el café capuchino no tiene nada que ver con los monjes capuchinos, quienes aparecen en la historia justo tres siglos después de que San Francisco de Asís estableciera en 1209 la Orden de Frailes Menores. Junto a otros dos seguidores, en 1525 el monje italiano Matteo da Bascio obtuvo un permiso del Papa Clemente VII para retomar el camino original del fundador.

Él revivió el carisma franciscano, subrayando la vida de oración, pobreza, austeridad, fraternidad, sencillez en la predicación y dedicación a los más pobres y marginados de la sociedad. Y como hasta en el atuendo quiso mantener la fidelidad a la primera Regla del “hermano de los hermanos”, la túnica con capucha puntiaguda pronto distinguió a los frailes “capuchinos”.

Hoy forman una comunidad de 10,109 hermanos repartidos en 56 países de los cinco continentes y cuentan con 400 postulantes.

Como Orden de Frailes Menores (OFM), ellos recalcan que están abiertos a miembros que no son sacerdotes, pero que desean vivir consagrados a la oración contemplativa en comunidad fraternal.

Al visitar este verdadero “puerto virtual” capuchino resulta fascinante introducirse en el mundo de la espiritualidad de San Francisco. Así, se entienden las sucesivas reformas que dieron origen no sólo a los monjes capuchinos, sino a otras tres ramas de frailes menores.

También, se puede conocer la actividad de dos órdenes más que también fundó el “pobrecillo de Asís”: la Orden de Santa Clara, a la que pertenecen religiosas recluidas en monasterios inspirados en la regla de San Benito y la Tercera Orden o Terciarios, integrada por religiosos o laicos que desean vivir insertos en el mundo.

Cabe destacar que actualmente existen cerca de 400 fraternidades o congregaciones terciarias franciscanas dedicadas a labores específicas al servicio de la salud y la educación. De hecho, el Papa Juan XXIII era terciario, según destaca el Boletín Electrónico Capuchino.

La riqueza del método franciscano de oración también se ofrece en esta página , en donde es posible encontrar desde los fundamentos de la meditación personal hasta la metodología de los famosos Talleres de Oración que promueve el fraile franciscano capuchino, Ignacio Larrañaga.
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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor thelmigu2014 » Vie Abr 24, 2015 2:43 pm

Hola:
Desconocía que el Padre Larrañaga( QEPD), perteneciera a la orden de Franciscanos Menores Capuchinos!



Padre Ignacio Larrañaga
Orbegozo ofm cap

Nació en España, un 4 de mayo, en la ciudad de Azpeitia, en el Barrio Baristain, caserío Txanton. Sus padres fueron: Marcelino Larrañaga Larrañaga y María Salomé Orbegozo, quienes forman una numerosa familia compuesta por sus hijos: Josefa Ignacia que nace en 1924; Jesís en 1925; José María en 1927; Ignacio en 1928; María Ascensión en 1930; José Luis en 1931; Francisco en 1934; María del Carmen en 1937; y Javier María, en el año 1943.

A la edad de 12 años, en 1940, ingresa al Seminario de los Capuchinos de Alsasua; poco antes de su ordenación sacerdotal, recibe el Subdiaconado el 29 de marzo de 1952, en la misma ciudad de Pamplona; y recibe la ordenación el 20 de diciembre de 1952, en San Sebastián.

Radicado en Chile desde 1959, desplegó un apostolado variado y fecundo.

Emprendió una serie de semanas de convivencia franciscana a lo largo de la angosta y larga geografía chilena. Como resultado de esta prolongada evangelización fue suscitándose con el paso de los años, un gran entusiasmo entre los integrantes de toda la familia franciscana, que no se redujo solo a emociones o palabras, sino que fue concretizándose en proyectos preciosos. Y desde 1974, han sido 33 años ininterrumpidos aplicando Encuentros de Experiencia de Dios (EED) en 34 países de los cuatro continentes, con un promedio de 35 a 40 Encuentros anuales y una asistencia media de 250 personas por semana.

También inicia su etapa de escritor en 1974, tardíamente, a la edad de 46 años, y hasta el año 2004 ha escrito 16 libros, la mayoría de los cuales han alcanzado numerosas ediciones, y han sido traducidos a 10 idiomas. En la actualidad está considerado como uno de los autores de mayor difusión de literatura religiosa y de autoayuda.

Los Talleres de Oración y Vida (TOV), servicio eclesial aprobado por la Santa Sede desde 1997, constituyen la cumbre y coronamiento de toda su actividad apostólica- segín afirma el propio Padre Ignacio Larrañaga- por su fuerza expansiva, por sus frutos y por el alto aprecio hacia los mismos, manifestado por la Santa Sede y los Obispos, que fundó en el año 1984, y atestigua que han pasado por sus sesiones formativas cerca de 8 millones de personas. La frase, clara y evidente, que sintetiza el camino a recorrer en Talleres de Oración y Vida es: "del encanto de Dios, al encanto de la vida".

En los últimos años ha desplegado una específica actividad evangelizadora a grandes masas en teatros, gimnasios, estadios, sobre materias cristológicas, matrimoniales, etc.

Fuente: Catholic.net igual al artículo anterior.
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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor Pachelli1960 » Sab Abr 25, 2015 1:18 pm

Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.).


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Los "frailes de la vida eremítica"

La tercera gran familia franciscana surgió del tronco de los Hermanos Menores Observantes en 1525, apenas 8 años después de que éstos obtuvieran la total separación y el primado jurídico sobre los Conventuales. Para entonces los Observantes eran ya varias decenas de miles en todo el mundo y la evolución interna y los fines apostólicos los habían llevado a una situación nueva, muy diferente de los humildes comienzos en eremitorios y pequeños conventos. Era, por tanto, inevitable que alguien, desde dentro, reivindicase el derecho de observar la Regla a la letra, con todo su rigor. Eso es lo que hicieron el joven sacerdote Mateo Serafini de Bascio (1495-1552) y los hermanos Ludovico y Rafael Tenaglia, de la misma familia observante, la cual hizo todo cuanto pudo por reabsorberlos y contener la hemorragia. De nada sirvieron cárcel, fugas y otras peripecias de los primeros tres años: el 3 de julio de 1528, por mediación de la duquesa de Camerino Catalina Cybo, sobrina del papa, Clemente VII les concedió la bula "Religionis zelus", que marca el nacimiento de la familia Capuchina. Entre otras cosas, el papa les concedió vestir el hábito con capucho piramidal y llevar barba, como signo de pobreza, sencillez y austeridad.

Recibida la bula papal, otros frailes de la Observancia se unieron a ellos, tales como Juan de Fano, Bernardino de Asti y Bernardino de Ochino. En 1536, los "Hermanos o frailes menores de la vida eremítica", que así se llamaban entonces, ya eran 500 y, sorprendentemente, 3.300 en 1571. Ni la obstinada oposición de la familia de origen, ni la clamorosa defección de su vicario general Bernardino Ochino, que se pasó a la herejía protestante, impidieron que la nueva reforma siguiera creciendo a la sombra de los Frailes Menores Conventuales, a cuya jurisdicción se acogieron antes de conseguir de Pablo V, en 1619, la facultad de disponer de Ministro General propio, con plena autonomía. Para entonces eran ya un ejército de 14.000 religiosos comprometidos en todos los campos del apostolado católico, principalmente en la asistencia a los apestados y en el ministerio de la predicación popular.

Evolución de la Orden

También para ellos, como era previsible, la entrada en masa en el apostolado activo misionero, caritativo-social y -más lentamente- científico, supuso una evolución interna; sin embargo, a lo largo de la historia franciscana, los Capuchinos han representado siempre la línea más rígida y austera. Es más, para evitar fáciles concesiones y contradicciones con la pobreza en cuestión de iglesias y conventos, ellos son los únicos que se dotaron enseguida de una legislación concreta y minuciosa, prescribiendo que "las iglesias sean pequeñas, pobres y honestas... según la santísima pobreza... Y para este fin se ha hecho un pequeño modelo, según el cual se construirán".

Por su apostolado caritativo y social, los frailes Capuchinos han sido siempre bien acogidos por el pueblo, como bien refleja el escritor italiano Alejandro Manzoni, que en su célebre novela "Los novios" alabó admirablemente su capacidad de penetrar en el corazón de las clases más humildes. Por su afabilidad y disponibilidad y por el modo de trabajar y de vivir son conocidos también como "frailes del pueblo".

La Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, pese a su notable difusión en todo el mundo (ver estadísticas) y en tierras de misión, no escapó a los movimientos revolucionarios y a las desamortizaciones de los últimos siglos. Sin embargo, una rápida reorganización de los colegios y una providencial expansión misionera les ha permitido, como a las demás familias franciscanas, una vigorosa recuperación. Además, son numerosos los beatos y santos capuchinos, el último de los cuales, y el más popular de todos, es el P. Pío de Pietrelcina, canonizado recientemente por Juan Pablo II.

Presencia y actividad hoy en el mundo

Hoy los Capuchinos desarrollan también una intensa labor científica y cultural a través del colegio Internacional San Lorenzo de Bríndisi, que es como su ciudadela de los estudios superiores y universitarios. En su nueva sede se encuentra también ahora el Instituto Histórico de la Orden, que edita los "Monumenta Historica" la "Bibliotheca Seeraphica-Capucina", la "Colectanea Bibliographica Franciscana" y otras obras de excelente calidad científica. En el mismo complejo se ha instalado también la rica biblioteca central de la Orden y un museo franciscano único en su género, con más de 20.000 piezas (pinturas, esculturas, cerámicas, monedas, medallas, sellos, grabados, etc.) que dan testimonio de la multisecular historia franciscana en todos sus aspectos.

Los Capuchinos presiden también el Instituto de Espiritualidad promovido por ellos en el Ateneo Antoniano, son Penitenciarios Pontificios en la Santa Casa de Loreto y en la Basílica de San Lorenzo extramuros de Roma y dirigen el Pontificio Colegio Etíope en el Vaticano. Su curia general tiene la sede en Roma, en Vía Piemonte, 70.

Los capuchinos se distinguen por el capucho largo, del que les viene el nombre, por la barba y las sandalias, además de la cuerda característica de todos los franciscanos. El color marrón o café del hábito fue adoptado en los comienzos del siglo XX.

Sitio oficial de los Hermanos Menores Capuchinos
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Re: 8. Franciscanos Menores Capuchinos (OfmCap.). 13 abril 2

Notapor PEPITA GARCIA 2 » Sab Abr 25, 2015 8:10 pm

EL CRUCIFIJO DE LA VOCACIÓN FRANCISCANA

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EL CRISTO DE SAN DAMIÁN

En el año 1206, el Señor ordenó a San Francisco, por medio de un sueño, que regresara de Espoleto a Asís, y que esperara allí hasta que Él le revelase su voluntad (cf. TC 6). En su tierra, San Francisco empezó a orar intensamente para poder reconocer la voluntad divina. Para esta oración, iba a la pequeña Iglesia de San Damián, que se encontraba fuera de la ciudad. Allí había un antiguo y venerable crucifijo. Y este crucifijo habló un día a San Francisco y le dijo: «Francisco, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo» (2 Cel 10)

Descripción del icono

El crucifijo de San Damián es un icono de Cristo glorioso. Es el fruto de una reposada meditación, de una detenida contemplación, acompañada de un tiempo de ayuno.

El icono fue pintado sobre tela, poco después del 1100, y luego pegado sobre madera. Obra de un artista desconocido del valle de la Umbría, se inspira en el estilo románico de la época y en la iconografía oriental. Esta cruz, de 2.10 X 1.30 mts., fue realizada para la Iglesita de San Damián, de Asís. Quien la pintó, no sospechaba la importancia que esta cruz iba a tener hoy para nosotros. En ella expresa toda la fe de la Iglesia. Quiere hacer visible lo invisible. Quiere adentrarnos, a través y más allá de la imagen, los colores, la belleza, en el misterio de Dios

Nosotros los Franciscanos veneramos este crucifijo porque nos recuerda un momento decisivo de la vida de nuestro Padre San Francisco. Este crucifijo tiene una expresividad que, desde el punto de vista teológico, es de una riqueza única. Contemplémoslo en todos sus detalles.

Nuestro Salvador no aparece desgarrado por el sufrimiento. Más bien parece que está de pie sobre la cruz, con una paz inmensa. ¿Acaso no sufrió verdaderamente la pasión de la cruz como vencedor del pecado, del infierno y de la muerte? Sí, Él sufrió la cruz, la muerte; pero ésta no lo destrozó. Fue Él, más bien, quien la tomó sobre sí para destruirla.
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Imaginémonos la cruz sin el cuerpo del Señor crucificado. Detrás de los brazos abiertos se abre entonces la tumba vacía, como la encontraron las piadosas mujeres la mañana de Pascua de Resurrección. En los extremos de los brazos de la cruz podemos ver a las mujeres que están llegando a la tumba vacía. En ambos lados de la cruz, debajo de cada uno de los brazos del Crucificado, podemos ver a dos ángeles que, delante de la tumba, dialogan animadamente, mientras con sus manos señalan al Señor. Se trata de los ángeles que hablaron de la Resurrección de Jesucristo a quienes creían en Él.

Sobre la cabeza del Crucificado vemos, en un círculo de un rojo luminoso, al Señor que sube al cielo. Lo rodean coros de ángeles exultantes. En la mano izquierda lleva la cruz como trofeo de su victoria. Y en la cima, en el extremo superior de la cruz, en un semicírculo, está representada la diestra del Padre.

El rostro de Cristo.- http://www.franciscanos.org/enciclopedia/cristosdam51.jpg

En esta cruz se encuentra representada la entera obra de salvación de nuestro Señor, tal como la expresamos en el Credo: «Crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre» «Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos». Y también esto está representado en la cruz. Al pie del crucifijo pueden verse, aunque muy estropeadas por el paso de los siglos, las pequeñas figuras de los apóstoles que miran a lo alto, hacia el Señor: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo» Hch 1,11

Parte superior del icono.- http://www.franciscanos.org/enciclopedia/cristosdam61.jpg

El Señor llevó a cabo la obra de la salvación para nosotros los hombres. Seremos partícipes de la salvación si hemos estado de su parte. Esto significan los personajes que están a derecha e izquierda del cuerpo del Crucificado. Las figuras pequeñitas que están en los márgenes de la cruz, a la altura de las rodillas de Cristo, son: el soldado con la lanza (a la izquierda del que mira) y un judío que se está burlando del Señor (a la derecha)

En primer lugar, de abajo arriba, una inscripción sobre una línea roja y otra negra, con las palabras: «Iesus Nazarenus Rex Iudeorum», «Jesús Nazareno, el Rey de los judíos» http://www.franciscanos.org/enciclopedia/cristosdam77.jpg

Los brazos de la cruz.- http://www.franciscanos.org/enciclopedia/cristosdam58.jpg

Quien está contra el Señor es un hombrecito pequeño e insignificante. Mientras se vuelve grande quien reconoce al Señor y está de su parte. Esto lo vemos expresado en las figuras grandes: a la izquierda del que mira, debajo del brazo derecho de Cristo, María la Madre de Dios y el apóstol san Juan; a la derecha del que mira, debajo del brazo izquierdo de Cristo, María Magdalena, María la madre de Santiago y el centurión romano. Además, por encima del hombro izquierdo del centurión se puede advertir un rostro pequeño. Con mucha probabilidad se ha inmortalizado aquí el artista desconocido, autor del crucifijo.

A los lados de Cristo.- http://www.franciscanos.org/enciclopedia/cristosdam68.jpg http://www.franciscanos.org/enciclopedia/cristosdam73.jpg

A la altura de la pantorrilla izquierda de Cristo, en la parte derecha de quien mira, sobre la franja de color negro, está pintado un gallo. Éste quiere sin duda decirnos: «¡Cuidado y no te sientas demasiado seguro! Ya una vez hubo uno que estaba convencido de su inquebrantable fidelidad al Señor. Pero renegó de Él antes que el gallo cantase»

A los pies de Cristo.- http://www.franciscanos.org/enciclopedia/cristosdam88.jpg

No existe otro crucifijo teológicamente tan rico. Expone ante nosotros toda la obra de la salvación. Al mismo tiempo, nos exhorta a salir al encuentro, en la manera debida, de esta obra de salvación.

A través de este crucifijo Dios habló a San Francisco y lo llamó al servicio de la Iglesia. En aquella ocasión él respondió:
«Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para cumplir tu santo y verdadero mandamiento» (OrSD)

¿Acaso esta oración no debería convertirse en nuestra propia oración? Porque también nuestra vocación era y es llamamiento al servicio de la vida interna de la Iglesia.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XVI, n. 46 (1987) 43-44]
Por Lothar Hardick, OFM y Richard Moriceau, o.f.m.cap.
Enciclopedia Franciscana
"No anteponer nada al amor de Dios"

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